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Textos historiográficos

«Antiquísimas escuelas de Sevilla»

Autor del texto editado
Caro, Rodrigo (1573-1647)
Título de la obra
Varones insignes en letras naturales de la ilustrísima ciudad de Sevilla, ms. c. 1647.
Autor de la obra
Caro, Rodrigo
Edición
1647
Paginación
pp. 47-56
Fuentes
Transcripción realizada sobre la edición moderna Rodrigo Caro, Varones insignes en letras naturales de la ilustrísima ciudad de Sevilla, ed. Luis Gómez Canseco. Huelva: Servicio de Publicaciones de la Universidad de Huelva, 2018.
Información técnica
Transcriptor: Sara Ruiz Notario
Editor: Pedro Ruiz Pérez
Encoding: Fátima Rueda Giráldez
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
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Sevilla, 29 agosto 2025

ANTIQUÍSIMAS ESCUELAS DE SEVILLA


Ocupe este gran vacío que se interpone con espesas tinieblas, desde la pérdida de España con la general inundación de los bárbaros mahometanos hasta la dichosa recuperación de Sevilla, este discurso en que procuraremos averiguar cuán de antiguo ha tenido célebres escuelas de todas las ciencias, y en que sin duda se colige cuán gloriosos varones ha tenido en todos tiempos, aunque sus nombres y sus obras han perecido a manos del tiempo, que todo lo consume y aniquila.

Suponemos que han sido efectos de la divina misericordia y particular providencia de Dios que generalmente, en todos los tiempos y en todas las provincias del mundo, ha habido hombres grandes que, filosofando con la hermosura de Naturaleza y sus admirables obras, buscaron su artífice y hacedor, conociendo, aunque con alguna obscuridad, que era uno y que era bueno, premiador justo de la virtud y castigador severo de lo malo. Y estos, inspirados de Dios, conmovidos del dictamen de la misma Naturaleza, enseñaban a los hombres agrestes y rústicos a vivir en comunidad, enseñándoles cosas ocultas y misterios que los encaminaban a vivir bien, por lo menos aquellos primeros preceptos: «Quod tibi non vis alteri ne feceris», 1os movimientos del sol, curso de las estrellas y otras cosas que, viéndolas con los ojos corporales, las admiraban, pero no las entendían. Tales fueron los que los egipcios llamaron profetas; los asirios, caldeos; los persas, magos; los indios de Oriente, gimnosofistas; los bactrianos, samaneos; los hebreos, esenos; los galos, druidas; los italianos, pitagóricos.

No careció nuestra España de esta buena suerte, especialmente en la provincia Bética, llamada primero Turdetania, donde, como dice Estrabón, de todos los españoles, los doctísimos eran los turdetanos, los cuales tenían y profesaban filosofía, eran poetas, tenían historias escritas en su antigua lengua y leyes no menos que de seis mil años, contándolos de cuatro meses, como los árcades, con que se ajustan dos mil años que había que el patriarca Noé (o sus hijos y nietos) fundó el primer pueblo en esta provincia, que fue Hispalis, de donde toda se llamó Hispania. La doctrina enseñada por el santo patriarca se conservó por el dicho tiempo hasta Augusto César, en cuyo tiempo escribió Estrabón. Sus palabras son vueltas del griego en latín del libro 3 de su Geografía, hablando de los turdetanos: «Hi omnium Hispanorum doctissimi iudicantur; utunturque Grammatica, et antiquitatis monumenta habent conscripta, ut poemmata et leges metris inclusas, a sex millibus, ut aiunt annorum».

Siendo, pues, Sevilla el primer pueblo, o por lo menos de los primeros que Noé o su nieto Tubal acá fundó, ¿quién puede poner en duda que aquella santa filosofía que enseñó se conservó en el pueblo que fue después metrópoli de toda su provincia y de ella se derivó a los demás pueblos? Si alguno dudase de la antigüedad de Sevilla, vea en mi libro 1, capítulo 3, lo que allí escribo y los autores que lo dicen, y en el que intitulo Veterum Hispaniae Deorum, al principio, que excuso repetir lo que allí escribo largamente.

Esto es todo tan antiguo, que no es mucho que, a la luz de una bien guiada conjetura, se tenga por verísimo, que, como dijo prudentísimamente Tito Livio, «In antiquis veri similia, pro certis iudicantur». Pues, si hemos de creer tan calificados testimonios, forzoso será asentar por cierto que, aun antes que acá viniesen griegos, fenices y romanos, había en la Turdetania escuelas de gramática, filosofía y leyes escritas en verso, y que, siendo Sevilla, como no se puede negar, cabeza y metrópoli de esta provincia, en ella había escuelas de estas ciencias y que aquí vivían los más doctos de toda ella.

Del tiempo de los romanos, aunque nos ha invidiado algunas memorias, o, por mejor decirlo, todas las más que pudieron claramente probar nuestro intento, rastrearemos por las reliquias que nos han quedado algo de que nos valgamos. Tal es una inscripción sepulcral que se ve en una columna de San Salvador, iglesia colegial de Sevilla, en cuyo pedestal se leen estas letras:

L. VIVIO. M.F.............
AVINO ...........CON…
.........................RI........
A .......................VII….
T. R.P. IN. LVDIS.
HISPAL.


Supliendo algo de las letras borradas y guiándonos por las que restan, parece se puede interpretar así: «A Lucio Vivio, hijo de Marco, que tuvo por sobrenombre Flavino, por los méritos suyos con la patria se le puso el título de su sepultura en las escuelas de Sevilla».

Aquellas letras T.R.P. in ludis Hispalensibus están claras y distintas, de modo que, aunque para con los méritos del difunto se yerre algo, por ser conjetura, no se puede errar en lo que está sin lesión alguna. Aquellas letras singulares no son muy vulgares en todas las inscripciones sepulcrales, pero en este arzobispado de Sevilla hay muchas que yo he visto y traigo en mi libro de las Antigüedades de esta ciudad y siempre las he interpretado así: Titulus Requitori Positum Dolenter. Y es fórmula que no se puede acomodar otra interpretación, reservando las que escribieron antiguamente Valerio Probo, Magnón y Pedro Diácono, y, en estos tiempos, Justo Lipsio, Jano Grutero y otros; y la misma fórmula se halla en Joan Kirmano en el libro De funeribus romanorum.

A esto se oponen dos dificultades considerables: la primera es que la voz latina Ludus es cierto que significa el lugar donde se enseña alguna ciencia o facultad o ejercicio, de donde a cualquier maestro le llamaban Ludi Magister, y en Roma, cabeza del Imperio y de la lengua latina, había estas escuelas; y así se halla en Publio Víctor, Ludus Matutinus, Ludus Gladiatorius y otros, y en los autores antiguos es muy ordinario; pero en el plural siempre significa las fiestas o espectáculos, y no el lugar ni edificio, porque estos tenían otros nombres. La segunda dificultad es que, estando prohibido por Ley de las Doce Tablas que los muertos no se enterrasen dentro de la ciudad: «Mortuum intra urbem ne sepelito neve urito», ¿cómo puede ser que le diesen sepultura a este Lucio Vivio dentro de los escuelas, que estarían, según buena consideración, dentro de Sevilla?

Respondo que es cosa asentada que esta voz, Ludi, ludorum, en el número plural, significa las fiestas y espectáculos públicos, y que esto no se puede poner en duda, pero tal vez vemos impropiadas estas voces, así en la lengua latina como en la nuestra vulgar castellana. En aquella, Palestra, ae significa la lucha, pero infinitas veces significa también el lugar donde se luchaba: en la nuestra, audiencia significa la acción de oír y también significa el lugar mismo donde se oye, y, así, vulgarmente llamamos la Audiencia Real a las casas donde se oyen y se sentencian los pleitos, y la Audiencia del Provisor donde se hace para los eclesiásticos.

Mas valgámonos de ejemplos de la república romana, pues el instrumento es de su tiempo y de su lengua. Suetonio, en Calígula, capítulo 56: «Cum placuisset Palatinis ludis spectaculo egressum meridie aggredi», donde vemos ambas voces, Ludis Palatinis y spectaculum cada una en su significación: la primera, el lugar donde se hacía la representación, y la segunda, spectaculum, por la representación que en aquel lugar se hacía, que se llamaban las escuelas palatinas. Pero con más certeza lo hallo en Publio Víctor, que describió todos los lugares públicos que había en las catorce regiones en que se dividía Roma. Tratando de la octava, dice, después de haber discurrido por muchos: «Carcer imminens foro a Tullo Hostilio aedificatus media urbe. Porticus margaritaria. Ludi Literarii. Vicus unguentarius aedes Vortumni in Vico Thusco». Aquí no trata este autor más que de los edificios materiales de Roma, y hallamos Ludos Literarios; luego cierta cosa es que en nuestra inscripción la misma voz en el número plural puede significar las escuelas materiales, donde se enseñaban letras a la juventud. Mayormente, que ponerle allí el título de su sepultura no podía ser sino lugar material permanente y no de fiestas o espectáculos para entretener a los ciudadanos, que se acaban con el día.

A la segunda dificultad, suponiendo por cosa constante, que casi era uso de todas las naciones, sepultar los muertos en los campos y, lo ordinario, vera de los caminos, aunque, conforme a la costumbre, quemasen los cuerpos, las cenizas, en urnas o de barro, mármol o vidrio, las ponían en sus sepulcros. Pero de esta costumbre se exceptuaban las personas de muchos y grandes servicios a la patria; y, así, dentro de Roma había un campo que llamaban Marcio, donde a los hombres de grandes méritos se les daba sepultura por privilegio particular y premio de sus méritos. Y esto fue en tanto numero, que dijo Aurelio Prudencio, Contra Símaco:

Et tot templa Deum Romae, quot ir urbe sepulchra
Heroum numerare licet.


Nuestro Vivio Flavino sin duda fue varón de grandes méritos, pues le dieron título de sepultura dentro de la ciudad y en las escuelas públicas, y eso da a entender el decir en la inscripción el lugar donde se lo dieron, porque de otra manera no se pusieran aquellas palabras «in ludis Hispalensibus», con que privilegiaron y honraron sus méritos. Y esto no se ve en tantas y tan innumerables inscripciones como hemos visto y traen los anticuarios. Véase a Joan Kirmano, en el libro 2° De Funeribus Romanorum, capítulo 26, donde se verán muchos ejemplos de esto, que excuso referirlos aquí.

Otra prueba de las escuelas de Sevilla es que en tiempo de los romanos, había tantos profesores de todas ciencias y facultades, no solo en Roma, sino en todas las provincias, que fue menester prohibir la multitud, tasando los que había de haber privilegiados y excusados de tutelas y otras cargas populares. Pero en las ciudades metropolitanas, por su grande autoridad, daban vacación de las cargas de diez médicos, cinco gramáticos y otros tantos retóricos, y esto con obligación de curar y enseñar. Así lo mandó Antonino Pío, cuyo rescripto pone el jurisconsulto Modestino en la ley Si duas. ff. de excusationibus tutorum.

¿Pues qué hombre habrá tan ciego o sin razón que, siendo Sevilla ciudad máxima y metrópolis, niegue que en ella había escuelas de todas ciencias? Pudiera excusar mucha parte de lo dicho, y lo traigo aquí porque cierto amigo mío, que se preciaba de erudito, o negaba o dudaba que en ella hubiese habido escuelas, siendo así que casi todos los municipios y ciudades menores las tenían, como parece de la dicha ley y rescripto de Antonino Pío.

Hasta aquí las escuelas gentílicas. Más claridad hallaremos en las cristianas, porque el año de Cristo nuestro Señor, aunque no dudo hubiese quien enseñase y predicase particular y públicamente el santo Evangelio (que este fue oficio propio de los arzobispos y obispos), pero escuelas con nombre de colegio no sé que las hubiese hasta el año de 370, en que dice Dextro, conservador grande de las antigüedades de España, que en Sevilla y otras ciudades fundaron colegios para enseñar la juventud, reintegrando la costumbre antigua, intermitida por mucho tiempo. Sus palabras en el año de Cristo dicho arriba: «Collegia iuvenum ad clericatum educandorum, negligentia temporum intermissa, diligentia sancti Praesulis Audentii Toletani et aliorum Pontificum reintegratur». Y en el año de 185 había dicho: «Plurima collegia iuventutis, per Hispanias ad clerum instituendum; praesertim Caesaraugustae, Tarraconae, Hispali, Carthagine, Toleti, Braccarae Augustae, Illiberi praecipuis in urbibus Praesulum diligentia eriguntur». Ya aquí está expresamente mencionada Sevilla en tener estas escuelas y colegios cristianos en oposición de los gentiles, que enseñaban las ciencias gentílicas y profanas.

Después de todo esto entraron los godos y otras naciones bárbaras, destruyendo el Imperio romano, de que no cupo poca parte a Sevilla, pues los vándalos y silingos casi la pusieron por el suelo, destruyendo la hermosura de sus edificios, que de antiquísimos tiempos tenía. Los godos hicieron más asiento después de esto en ella. Sus estudios y escuelas siempre se continuaron con el mayor lucimiento que en todas las Españas había, pues resplandecieron en Sevilla aquellos tres luceros del firmamento, Leandro, Fulgencio e Isidoro, acérrimos defensores de la fe católica contra la herejía arriana, soberbia con el valimiento de los reyes godos, que, con la potencia, metieron en estos reinos esta pestilencia infernal.

A este intento ponderé las palabras de Matamoros en el libro De Academiis Hispaniae. Dice: «In hac tanta fortunae iactatione et aestu furentium Gothorum inmensa barbarie nox incubuit communibus studiis donec stellae castores in Baetica per opportune promicare coeperunt fulgoreque suo illustrare orbem conati, maculam Arraniae Haeresque penitus iam insiderat, atque inveteraverat in Gothicae gentis nomine dexteri ac salutares deleverunt. Hi fuerunt tres germani fratres lumina et ornamenta reipublicae nostrae, Leander, Fulgentius et Isidorus, nobilitate clari, eruditione insignes, sanctimoniam venerabiles, qui Romanam et Atticam eloquentiam insigniter edocti, in litteris quaque hebraicis minime infantes. Gothos ipsos Valentis imperatoris sceleri ac sacrilegio corruptos christianam religionem fortiter docuerunt. Vigebant porro, ea tempestate Hebraicae litterare in Hispania, quam multis ante saeculis sub Tiberium Caesarem Urbe Italiaque tota pulsi fugientesque decreto Senatus Iudaei et paucis post annis exacti imperio Claudii in Hispaniam invexerant. Florebant quoque Hispali Latinae et Graecae litterae, artes etiam omnes humanitatis, unde et sermo facetus, et nulla in re rudis invenerat nostris hominibus».

Joan de Mariana, hablando de estas escuelas, dice que de ellas, como de un alcázar de sabiduría, salieron grandes capitanes: «Collegium Hispali constituendum curavit; iuventute litteris et sapientiae studiis imbuenda; unde tamquam ex arce sapientiae plurimi prodierunt, morum probitate et doctrianae laude insignes. In his Illefonsus et Braulius». Véase Mariana en la Historia latina, libro 6, capítulo 7.

Mejor lo dice Paulo Sherlogo, Sobre el Cantica Canticorum, tomo III. Vectigat. 35, sect. 1, núm. 54, por estas palabras: «In Hispania vero Isidori consummatissimi omni disciplinarum genere et virtutibus Presulis industria amplissimum collegium Malacae, dein Hispali constitutum est septimi saeculi exordio, quo post Graecam, Latinam, Hebream linguam, post Aristotelis subtilitates docebantur Scripturarum interpretationes cum Theosophiae quaestionibus». A lo cual añade Portocarrero en la Vida de San Ildefonso, capítulo 6.

Vino, después de tanta felicidad y dicha de Sevilla, aquella inundación de bárbaros mahometanos que, con su ínsita ferocidad e ignorancia, destruyeron la hermosura de España, poniéndose luto la sabiduría, la religión cristiana, huyendo por todas partes a los montes los sabios, los obispos, los nobles. Y, en esta miserable y general calamidad, dice el moro Rasis, que escribe algo de ella, que, habiendo Muza ganado Mérida, «dejó en ella omes que la guardasen y fue a cercar a Sevilla, e avía en ella muy buena gente, e por ende moraban allí los sesudos clérigos y los buenos caballeros e los sotiles menestrales». Estaba en esta ciudad tan radicada la universidad de letras, que, ni aun en su mayor desdicha, no se había acabado y obligó al bárbaro escritor a decirlo y escribirlo así, aunque con estilo tosco y corto, a su usanza.

En el tiempo de su captividad, los moros, o por ejemplo de estos pasados o por la grandeza de la ciudad, tuvieron en Sevilla famosas escuelas y célebres en el mundo, pues Gilberto, monje en el convento floriacense, que después fue Sumo Pontífice romano y se llamó Silvestro II, dejó el convento y atravesó mucha parte de Francia y España y penetró las ciudades de la morisma hasta venir a las escuelas de esta ciudad, en que estuvo cuatro años aprendiendo, y adquirió la sabiduría que los mayores príncipes de la cristiandad le codiciaron para que fuese maestro de sus hijos. Así lo dicen los autores de aquel tiempo y Platina en la vida de este Silvestre: «Silvester secundus Gilbertus antea vocatus relicto monasterio Hispalim civitatem Hispaniae bonarum artium causa pervenit, erat enim doctrinae el litteraturae cupidus, qua in re tantum profecit ut brevi ex disicipulo optimus praceptor fuit habitus». Mejor lo dice san Antonio de Florencia en la parte historial, título 16, cap. 1, § 18, por estas palabras: «Demum claustrum exiens Hispaniam petiit veniensque Hispalim, quae nunc Sivilia dicitur, ibidem diu mansit; haec enim civitas tunc a sarracenis tenebatur. Quadrivium etiam ita imbibit ut illas artes quas liberales vocant, iam dudum obsoletas, in Galliam revocaret».

No solo había escuelas en Sevilla, mas tales que, saliendo de ellas, tan docto discípulo restituyó a las Galias o Francia las buenas letras, ya en ellas desusadas. Deba esto hoy París y toda Francia a Sevilla. Gonzalo de Illescas en la Historia Pontifical, lib. 5. cap. 1: «Fue monje, cuando mozo, en el convento floriacense y de allí dicen que vino a estudiar las artes liberales y matemáticas a Sevilla, a donde los moros, entonces, tenían una muy principal escuela de todas ellas, y en ella aprendió consumadísimamente todas las letras de humanidad y muchos secretos de naturaleza, con lo cual alcanzó tanta fama de letrado que muchos príncipes lo codiciaron tener en su casa para que enseñase a sus hijos».

De estas escuelas de los moros hay memoria en una piedra de mármol blanco que está en la torre de San Salvador con letras árabes relevadas. Interpretola Sergio Maronita. Entre otras cosas dice: «Este es el estudio del señor Maruán; que Dios nos dé su gracia». Véase lo que yo escribo en el libro 1 de las Antigüedades de Sevilla, capítulo l4.

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