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Textos historiográficos

Prólogo

Autor del texto editado
Sempere y Guarinos, Juan 1754-1830
Título de la obra
Ensayo de una biblioteca española de los mejores escritores del reinado de Carlos III. Tomo quinto.
Autor de la obra
Sempere y Guarinos, Juan 1754-1830
Edición
Madrid: Imprenta real, 1785
Paginación
pp. (1)-(10)
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de la Universidad de Toronto LS. H S4734c. Digitalización disponible en (texto completo)
Información técnica
Encoding: Carmen Calzada Borrallo
Transcriptor: Fátima Rueda Giráldez
Edición preparada para el Proyecto I+D "BIOGRAFÍAS Y POLÉMICAS: HACIA LA INSTITUCIONALIZACIÓN DE LA LITERATURA Y EL AUTOR" (SILEM II) RTI2018-095664-B-C21 y C22 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
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Sevilla, 6 marzo 2022

Prólogo


Una historia literaria de nuestra nación, en la que se tratara filosóficamente, de las causas de los progresos de las Letras en España, en algunos tiempos, y de su decadencia en otros, de su estado actual; de los vigorosos esfuerzos que han hecho nuestros reyes, particularmente los de la Augusta Casa de Borbón, para desterrar la barbarie, y extender la Ilustración; de los obstáculos que han encontrado estos esfuerzos, y que han estorbado que fueran mayores, y más rápidos entre nosotros los adelantamientos en las Ciencias y Artes; de los ocultos y execrables medios con que se ha procurado arruinar a muchos que han trabajado por introducir en su patria el buen gusto y la juiciosa crítica; los que por el contrario han usado otros para acreditarse, y ser reputados por sabios, sin serlo; y en fin, una historia, en la cual se señalaran claramente nuestros errores, nuestras preocupaciones, nuestras luces, y se describiera exactamente la vida literaria de los mejores escritores españoles, sería una obra utilísima, y al mismo tiempo instructiva, curiosa y agradable.

Entre otros buenos efectos que produciría esta historia, sería el de corregir dos errores muy comunes y dañosos: uno hijo de la ignorancia, y otro de la presunción. El primero es el de los que piensan, y creen que en España se sabe todo, y que en materia de literatura, para nada necesitamos los libros de los extranjeros: error tan perjudicial como ridículo. Perjudicial, porque quien cree que lo sabe todo, es un ignorante, y no puede dejar de serlo, mientras no mude de opinión. Ridículo: porque ¿qué mayor ridiculez puede haber que el despreciar a los extranjeros, cuando en nuestras Universidades, Colegios, y demás escuelas públicas, casi no se estudian otros libros que los suyos, ni se predican otros sermones, ni se leen otras obras, o bien sean de piedad, y devoción, o de diversión, y entretenimiento? ¿Son españoles Goudin, Roselli, Jacquier, Billuart, Gotti, Berti, Vinio, Vallensis, Selvagio, Cullen, Séñeri, Bourdalue, Massillon, Flechier, Croiset, etc.?

El otro error es de los que creen que no hemos adelantado nada: error no tan general, y propio de los que se tienen, y quieren ser reputados por críticos, a poca costa, y sin más trabajo que el de ir contra la corriente. El mismo efecto que produce en los primeros la ignorancia, engendra en estos la arrogancia, y presunción, esto es, la indocilidad, y la poca aplicación a la lectura, de donde resulta, por una parte el desaliento en los que los oyen; y por otra, que dominados del deseo de singularizarse, y distinguirse, no pudiendo hacerlo, ni por la superioridad de su talento, ni por el trabajo de la continua lectura, y meditación, que se requiere para ser verdaderamente sabios, lo hacen adoptando máximas, proyectos, y pensamientos extravagantes, e impracticables, contrarios a nuestro gobierno, usos, y costumbres, cuya propagación, llamada malamente ilustración, y filosofía, puede causar más daños que la ignorancia misma.

Pero semejante historia literaria, si se ha de escribir como corresponde, es no solamente muy difícil, por el trabajo de buscar, y coordinar los materiales necesarios, sino mucho más por el riesgo de chocar contra ciertas gentes, que tienen demasiado influjo en la opinión pública, y en el crédito y conveniencias de los particulares.

¿Y entre tanto hemos de carecer absolutamente del conocimiento de nuestros sabios? ¿Hemos de dejar sepultadas en el olvido sus obras? ¿Hemos de ser, o tan cobardes, y tímidos, o tan ingratos y orgullosos que neguemos a su mérito, y a sus beneficios, en favor de la humanidad siquiera el pequeño obsequio de la alabanza, y el reconocimiento?

En otras partes los buenos escritores son celebrados, y extendida su fama rápidamente de mil modos en infinito número de papeles que circulan con los títulos de Diarios, Bibliotecas, Diccionarios, Catálogos, Compendios, Espíritus, y otros de esta clase. Solamente en Francia, veinte años hace, esto es en el de 1769, se contaban ya treinta y ocho Diarios; dos Gacetas; dieciséis Almanaques; once Anales; ocho Años; cinco Efemérides; tres Mercurios; siete Espectadores; dos Espectadoras; tres Observadores; un Censor hebdomadario; y otros muchos periódicos, con varios nombres; veintiocho Diccionarios; doscientos cuarenta y seis Ensayos, sin el infinito número de Compendios, Espíritus, Historias, Memorias, Observaciones, Críticas, y otras obras de esta clase, 1 por cuyo medio se divulgan y extienden brevemente los nombres de sus escritores, sus producciones, sus inventos, y adelantamientos en las Ciencias, y las Artes. Desde aquel año se ha aumentado el número de ellas con algunas docenas, y se van multiplicando más de cada día.

¿Y nosotros? ¿qué Diarios? ¿qué periódicos tenemos? ¿qué Diccionarios? ¿qué Bibliotecas? Sátiras injuriosas, libelos infamatorios contra los sujetos más beneméritos de la literatura, no nos faltan. Pero de elogios de nuestros sabios, de noticias de sus vidas, de extractos de sus obras, y de reflexiones sobre sus adelantamientos y bellezas, estamos ciertamente muy escasos. La única y excelente Biblioteca de D. Nicolás Antonio, que tenemos, solo llega hasta fines del siglo pasado; se imprimió fuera de España, la primera vez, y hemos estado más de cien años sin reimprimirla, ni aumentarla. Un buen Diario de los Literatos, que empezó a publicarse en 1737; no llegó a tres años, por haber prevalecido contra él los tiros de la ignorancia, y de la envidia. Y a mí que he querido suplir de algún modo la falta de noticias acerca de nuestra literatura, en una de sus más brillantes épocas; que he puesto todo el trabajo que me ha sido posible para que mi Biblioteca saliera con la mayor exactitud, gastando para esto no pocos reales en correspondencias, y compras de libros, y teniendo la paciencia de leer muchos de ellos, sin más objeto, ni provecho, que el de poder dar noticias de su contenido; que he cuidado infinito de guardar el decoro debido a la nación, y a los particulares de quienes hablo; cuando en otros reinos ha sido sumamente celebrada; cuando por ella, y por otras obras se me ha colmado de elogios; 2 en mi país ha sido aplaudida de bien pocos, despreciada de algunos, y yo insultado con los más bajos dicterios.

Desde que me puse a escribir esta obra, sabía el riesgo a que me exponía de disgustar a muchos, habiendo de hablar de escritores vivos. Así lo advertí en el prólogo del segundo tomo, diciendo. “Que ha de haber defectos en mi obra, nunca lo he dudado, por los motivos que ya tengo expuestos en el Discurso preliminar. Pero tampoco he dudado que he de tener muchos contrarios: unos, porque lo son de todo lo que no hacen ellos; otros, porque creyéndose que son escritores de mérito, no se verán incluidos en esta Biblioteca; y algunos también, porque siéndolo, y estando en ella, no se verán retratados conforme al original que se tienen formado en su imaginación”.

La experiencia ha manifestado la verdad de esta prevención: aunque puede servirme de algún consuelo el que las sátiras que se han escrito contra mí, han salido de sujetos, en quienes es mayor la vanidad, el amor propio, y la arrogancia, que el juicio y la literatura; y que si han llegado a adquirir alguna reputación, ha sido momentánea, debida más a sus embrollos, a la calidad de los asuntos, y personas sobre que han escrito, y a otras circunstancias, que al verdadero mérito; por lo cual, o ha decaído ya enteramente, o decaerá, al paso que la razón vaya propagando sus luces entre nosotros.

Si yo hubiera hablado de ciertos sujetos haciendo de ellos elogios desmedidos, y pomposos, cuales ellos los han hecho de sí mismos, bien retratándose en figuras bautizadas con nombres extravagantes, o fingiendo cartas de correspondientes suyos, llamándolos por ejemplo, artífices inteligentes, que muestran las extravagancias y desproporciones, en beneficio del vulgo ignorante; o los primeros de nuestros sabios y azote de la superstición, y apóstoles del buen gusto, y la filosofía en España; etc. me hubiera libertado tal vez de la rabia con que han tirado a despedazar a cuantos no han hablado de ellos con el mismo tono.

Pero crean otros necios admiradores lo que quieran, yo ni temo a las sátiras, ni me dejo arrastrar fácilmente de los aplausos ganados por el enredo, la protección, y el libertinismo. Alabo tibiamente por lo general, porque hay pocos grandes sabios, y escritores en España; y si llamo a los sujetos contenidos en ella mejores, ya he explicado en otra parte el sentido que doy a esta palabra relativa a lo que añado ahora, que escribo en España, y que si escribiera en otra parte, ni en la clase de buenos, ni de medianos colocara a muchos de ellos.

Por lo que toca al mérito de mi Biblioteca, conozco, y he confesado en otras partes, que hay en ella defectos y equivocaciones, porque son casi inevitables en una obra de esta clase. Algunas las corregiré, y otras se escaparán tal vez a mi diligencia. Pero no se me habrá visto, ni se me verá jamás alabar el mal gusto: antes bien en cuantas ocasiones se me han presentado de clamar contra los vicios en la enseñanza, contra la barbarie y sofistería, lo he hecho siempre, sino con la dureza y acrimonia que exigen estos males, a lo menos con decoro, y buena intención, y sin cábalas ni parcialidades. Y como quiera que sea, si esta, y las demás obras que he publicado me han granjeado algún crédito, sé que no lo he debido a las malas artes con que han conquistado otros unos aplausos pasajeros, que se desvanecerán por sí mismos, al paso que vaya aumentándose la cultura de la nación, pudiendo decir, como Corneille.

Pour me faire admirer, je ne fais point de ligue:
J'ai peu de voix pour moi, mais je les ai sans brigue.

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