“Alcañiz y sus hijos ilustres”
- Autor del texto editado
- Serrano, Gaspar Bono (1806-1879)
- Título de la obra
- Revista de ciencias, literatura y artes, t. III, 1 de enero de 1856
- Autor de la obra
- Cañete, Manuel (dir.); Fernández Espino, José (dir.)
- Edición
- Sevilla:
Francisco Álvarez y compañía,
1856
- Paginación
- pp. 273-287
Fuentes
Información técnica
Encoding: Noelia Santiago López
Alcañiz y sus hijos ilustres
Vincet amor Patriæ.
Virgilio
Situada Alcañiz en la orilla derecha del Guadalope, al abrigo del baluarte que la domina y protege, es más notable por los hijos ilustres que ha producido que por el título de antigüedad, casi siempre cuestionable, que le han atribuido varios escritores. Grenet en su Atlas, Harduino en su Comentario a Plinio, y Mentelle en su Geografía modern a han creído que dicha ciudad se fundó sobre las ruinas de la griega Leónica. Del mismo parecer han sido en nuestros días Miñano en su Diccionario, Anchoriz en su Ensayo de geografía histórica, y Ranera en los Elementos de la misma.
Los escritores aragoneses Gerónimo de Blancas, Blasco de Lanuza, Martín Carrillo, Francisco Andrés y Ambrosio Bondía han sostenido que era el municipio llamado Ercávica en tiempo de la dominación romana, y Arcábrica en la época de los Godos. Dictamen muy conforme al de Abraham Ortelio, Lucio Marineo Sículo, Miguel Villanovano, Nebrija, Loaisa, Covarrubias, Alderete y Méndez Silva.
Masdeu y el padre Flores, por el contrario, creen que Santaver es la Ercávica de los antiguos, y el doctor Traggia, que este municipio estuvo donde al presente se halla Murebrega, es decir, no léjos del Moncayo.
Alonso Gutiérrez, Gabriel Alamín, el dominicano fray Tomás Ramón, micer Gerónimo Ardid y Pedro Juan Zapater, hijos todos de Alcañiz, consagraron largas vigilias al estudio de la historia y antigüedades de su pueblo natal, dejando sobre el particular muy curiosos manuscritos.
Utilizando estos trabajos, el docto capuchino fray Lamberto de Zaragoza fue del mismo parecer que aquellos eruditos alcañicienses, sosteniendo ser la antigua Ercávica la referida ciudad. Todos ellos apoyaron su opinión con las inscripciones de tres lápidas, encontradas en las inmediaciones de Alcañiz en los siglos XIV y XV. El primero de estos monumentos tenía por objeto recordar [a] los ercavicenses una victoria conseguida de los cartagineses, sus contrarios; el segundo, perpetuar el nombre de su conciudadano Honorio Tapo, hijo de Mauricio, esforzado capitán de los celtiberos; y el tercero, finalmente, era un tributo de gratitud a la memoria de Escipión el Africano. Once monedas antiguas, desenterradas en distintas ocasiones muy cerca del Guadalope, eran una prueba más que confirmaba aquella opinión.
Traggia, empero, dudó de la autenticidad de las lápidas, que han desaparecido efectivamente hace siglos; no haciendo mucho caso tampoco de las medallas, puesto que otras, aunque en muy corto número, con el mismo nombre de Ercávica se han descubierto igualmente en otros puntos de la Península.
Por estas y otras razones de localidad no despreciables, don Miguel de Cortés, siguiendo en esta parte al historiador Ferreras, sostiene enérgicamente que Alcañiz es la Anitorgis mencionada por Tito Livio y Apiano Alejandrino. «Ciudad tan célebre en la historia (son palabras literales de Cortés) por ser la primera que se presenta en la trágica campaña de los dos Escipiones». Población en que, parapetado con su ejército, Asdrúbal Barca vio dirigirse con mal acuerdo a los dos hermanos Cneo y Publio, acampados en la ribera opuesta del rio, para sucumbir poco después separadamente a manos de los cartagineses. Cuadrado y Madoz han opinado, como el autor del Diccionario geográfico-histórico de la España antigua y como el erudito párroco de San Andrés de esta Corte. Beuter, sin embargo, en su Crónica presume que Anitorgis es la ciudad de Albarracín.
No siendo posible conciliar tan opuestas opiniones, ni asegurar, sin peligro de equivocarse, qué nombre tuvo Álcañiz en la antigüedad, lo que puede afirmarse con más fundamento es, que destruida por las guerras y con el transcurso del tiempo, fue reedificada por los vencedores del Guadalete. En el siglo IX la menciona por primera vez la historia con el nombre de Alcanit, dominada a la sazón por los musulmanes. Sin duda le dio aquella denominación árabe el caudillo Alaaca en sus expediciones y conquistas por aquel país, fortificando el cerro en cuya pendiente se agrupó después la población. En sus inmediaciones se dio por aquel tiempo una sangrienta batalla entre el joven Wals Zeid, vástago de los califas de Córdoba, y el rebelde Afsun, muriendo en ella aquel gallardo príncipe, víctima de su lealtad y bizarría.
La conquistó don Alonso el Batallador, haciéndola plaza de armas para enfrenar a los moros fronterizos del reino de Valencia que en repetidas excursiones intentaro , aunque inútilmente, apoderarse de nuevo de sus muros. El valiente don Sancho Aznar, que desde entonces se apellidó el de Alcañiz, encargose de su defensa con otros caballeros, correspondiendo muy cumplidamente, tanto aquel jefe como sus subordinados, a la confianza del monarca. Andando el tiempo, don Alfonso II hizo merced de la ciudad y de su jurisdicción al maestre de Calatrava don Martín Pérez de Siones, para remunerar sus servicios militares y los de la ínclita orden a que tan dignamente pertenecía. A mediados del siglo XIII, apellidando guerra las autoridades de Alcañiz, y unidas a los hijos de la villa fuerzas de otros pueblos comarcanos, embistieron denodadamente a los infieles, fortificados en la Eslida y Veo, haciendo en ellos tan sangrienta carnicería, que no volvieron con sus algaradas a turbar las márgenes del Guadalope .
En Alcañiz se reunieron varias veces las antiguas Cortes de Aragón, siendo las más notables las que convocó el rey don Jaime para sosegar las turbulencias del reino, causadas por los infantes don Alonso, su hijo, y don Pedro de Portugal; y las que se congregaron en 1437 para conceder un subsidio a don Alfonso V. con destino a la guerra de Nápoles. Celebráronse las últimas en 1640, reinando Felipe IV.
En la edad media era una de las villas más importantes de Aragón, a juzgar por las góticas y bellas construcciones de aquella época que todavía la hermosean, dándole cierto aspecto de esplendor y majestad. «La solidez y dorado tinte de los sillares (ha dicho un elegante escritor de nuestros días), las molduras de las fachadas, los arabescos de las ventanas, partidas a veces por ligeras columnas, la gallardía, en fin, de los edificios, allí mejor que en otra ciudad corresponden a la nobleza y antigüedad de sus poseedores». Hasta nuestro siglo se han perpetuado los ilustres apellidos de Luna, Cervellón, Ram, Santapau, Castellón, Aznar, Bardaxi, Romeo, Jover, Blasco, Ferrer, Castillo, Ripoll y otros no menos distinguidos, pertenecientes a las familias de infanzones que se establecieron en Alcañiz al tiempo de la conquista.
Edificada bajo un cielo sereno y templado; dominando una vega tan risueña como fecunda, donde brotan copiosos manantiales y cristalinas fuentes por todas partes; cercada de extensos olivares, que contrastan agradablemente con el verdor y lozanía de su frondosa huerta, poblada de moreras y de árboles frutales; realzada, en fin, la amenidad de sus campos con la bella perspectiva de su famoso estanque, formado en el declive de humildes cerros que lo circundan, presenta a la vista un cuadro tan animado y poético, que no es extraño fuese como el Aranjuez de Aragón en concepto del invicto rey don Jaime, que solía en ella descansar de las fatigas de la guerra. Hasta el reinado de Felipe IV no tuvo el nombre de ciudad.
En el presente siglo dio nombre a la batalla trabada no lejos de sus muros, por mayo de 1809, entre el ejército francés mandado por Suchet y las tropas españolas acaudilladas por Blake, siendo derrotado con mucha pérdida el general del imperio. El inmortal Jovellanos hizo un grato recuerdo de Alcañiz y de la victoria conseguida en sus campos, al dirigir a los asturianos el patriótico himno, que fue «el eco de su voz agonizante (como dice Quintana), en que resonaron por última vez en los labios de Jovino la patria y la poesía».
Empero, lo que más ennoblece a dicha ciudad es el haber sido cuna de no pocos varones insignes, que han dejado brillantes huellas de sus virtudes y talentos. Uno de sus hijos más eminentes es don Domingo Ram, del nobilísimo linaje de los condes de Samitier. Siendo obispo de Huesca, y después de Lérida, y finalmente arzobispo de Tarragona y cardenal de la santa iglesia romana, prestó muy importantes servicios a la religión y al Estado. Ya en el Concilio de Basilea, al que asistió como embajador del rey de Aragón; ya cuando fue virrey en Sicilia, por ausencia del infante don Juan; ya como plenipotenciario en las cortes de Castilla y Nápoles, y, sobre todo, en la pacífica elección de don Fernando el Honesto, realizada en la villa de Caspe; siendo, después de san Vicente Ferrer, el más notable de los nueve jueces que votaron en aquel respetable congreso. Él fue el que ungió por su mano al dicho monarca, celebrando de pontifical en la ostentosa ceremonia de su coronación, que se verificó en la metropolitana de la seo de Zaragoza. En suma, como advierte un grave historiador, apenas se ofreció asunto de importancia en su tiempo que no manejase este sabio, político y virtuoso prelado. Aínsa le apellida teólogo insigne, y Zurita, letrado distinguido en ambos derechos. Murió en Roma en 1445.
Al lado de este príncipe de la iglesia no aparecerá seguramente desairado el modesto Andrés Vives, tan ejemplar sacerdote como entendido médico, si consideramos las muchas obras de beneficencia y de caridad cristiana en que empleó sumas cuantiosas, fruto de una larga existencia consagrada toda al consuelo y alivio de la humanidad doliente y a los piadosos ejercicios de su santo ministerio. Después de estudiar en el colegio de San Clemente de Bolonia y de graduarse de maestro en Artes, fue médico de familia de los papas Julio II y León X, escribano de letras apostólicas y protonotario eclesiástico, canónigo de Barcelona y, finalmente, prior de la colegiata de Alcañiz. Estando en Roma tuvo noticia de la grave dolencia que aquejaba a Solimán II, llamado el Magnífico, el cual había recurrido en vano a los más acreditados físicos de su vasto imperio. Se dirigió Vives a Constantinopla y, poniéndose el sultán confiadamente en manos del cristiano doctor, no tardó en recobrar la salud. Agradecido a su bienhechor, el generoso príncipe lo colmó de riquezas, regalándole además un precioso vaso que tenía por digno remate un turco cubierto con un turbante. Vives hizo donación de tan rara alhaja a la colegiata de su pueblo, y, mandando el cabildo transformar la figura del musulmán en la de un Crucifijo, destinó aquel vaso, en que competía el mérito artístico con el valor de los ricos metales, a la conservación de las sagradas reliquias veneradas en aquel templo.
En 1528 fundó y dotó un establecimiento en Bolonia en beneficio de los hijos de Alcañiz, y un colegio, posteriormente llamado de Valero, en su patria, para dar educación literaria y religiosa a varios jóvenes de la misma ciudad. Dejó también un monte de piedad para el socorro de familias menesterosas; siete dotes para otras tantas doncellas; cuantiosas limosnas, que debían darse a viudas pobres todos los meses del año; un pósito de granos para alivio de labradores necesitados; y, finalmente, otras obras pías de menos consideración. También fundó en su patria el magnífico convento de San Francisco. Tan laudable destino dio el buen clérigo a las piastras debidas a la ostentosa munificencia del vencedor de Belgrado y Rodas. Él mismo escribió los piadosos y sabios estatutos para el referido colegio de Bolonia .
Siglos antes que estos dos dignos eclesiásticos vivió el bizarro capitán Diego de la Torre, distinguiéndose por su heroico valor en el ejército acaudillado por el augusto conquistador de Mallorca y Valencia. Sobresalieron igualmente en la carrera de las armas el vizconde de Montoro, don Pedro Ram de Viu, don Juan Royo, don Fernando Palao, don Francisco Buendía y don Pedro Amigo, que debió no pocas muestras de confianza al rey don Felipe IV, a quien acompañó en su viaje a Cataluña, agitada por la guerra civil, porque el monarca apreciaba mucho a tan valiente soldado.
En una breve reseña, como esta, de los hijos de Alcañiz que han adquirido algún renombre no debe quedar en silencio el venerable sacerdote Juan Santiago de Samper, que murió víctima de su apostólico celo a manos de los secuaces del Corán, a quienes anunciaba el Evangelio con la constancia y abnegación propias de los mártires que florecieron en los primeros siglos de la Iglesia. Ni sería justo olvidar a los dos piadosos dominicanos Diego Montañés y Tomás Mañes, que, después de ser por sus ejemplares virtudes edificación de sus contemporáneos, fallecieron con general sentimiento de los alcañicienses en el convento de Santa Lucía de su patria. Finalmente, es muy grata la memoria que a principios del siglo pasado dejó de su inocencia y piedad cristiana sor Francisca de San Antonio, hija de la ilustre familia de los Barones de Salillas; cuya joven religiosa murió en olor de santidad en su convento de la Concepción de las Cuevas.
Fæcunda ingeniorum mater fue apellidada la ciudad de Alcañiz por un estimable humanista, que consagró los mejores años de su existencia a la instrucción de la juventud. No será, pues, inoportuno bosquejar aquí en pocas palabras la biografía de sus hombres de letras más distinguidos. Comenzaremos por Juan Sobrarias, poeta laureado del siglo XVI. Se dedicó a la medicina, y a fin de perfeccionarse en ella pasó al colegio mayor de San Clemente de Bolonia. Habiendo regresado de Italia, ejerció en Alcañiz la referida facultad. En 1504 fue armado caballero por Fernando el Católico. Enseñó humanidades en Zaragoza a instancia de las autoridades de esta capital. Aquí hizo dos correctas ediciones de Virgilio con un lujo tipográfico poco común en aquellos tiempos, ilustrándolas con algunas notas para el uso de sus alumnos. En 1513 remitió al Ayuntamiento de su patria un tomo de sus poesías, pidiendo algún auxilio para poder publicar sus obras. Accedió a la súplica aquella ilustrada corporación, archivando el ejemplar que le remitió el agradecido autor. Hizo algunos años después un segundo viaje a Italia, con cuyo motivo pronunció un discurso latino en presencia del emperador Carlos V y de los embajadores y príncipes que le acompañaban; cuya honra valió al orador señaladas muestras de gloria y recompensa. «Testis est Italia (dice un escritor) quæ Joannem Sobrarium Alcagniciensem virum eruditione et poetica facultate praestantem, Nicolao Antonio teste, multis honorum et munerum significationibus cumulavit; et de Caroli V. laudibus in solemni ejus inauguratione dicentem, coram frecuentissimo legatorum et principum Europae totius conventu suspexit atque aclamavit». El amor patrio hizo Sobrarias volver después a Alcañiz, donde se encargó del magisterio de latinidad, en cuyo ejercicio murió en 1530. Fue sepultado en la colegiata. Dejó una hija llamada Juana, que a imitación de sus contemporáneas Luisa Sigea y Beatriz Galindo cultivó con fruto la lengua y poesía latinas. En defecto de su padre, solía regentar la cátedra. Ella fue la que compuso el siguiente epitafio, que se grabó sobre el sepulcro de Sobrarias:
Carmina quod lugent, quod Musæ flebile cantant,
Quodque caret cultu lingua latina suo;
Nec mirum: cessit superis Sobrarius oris.
Hoc saxum corpus, spiritus astra tenent.
Que quiere decir:
Si de Aganipe se lamenta el coro,
y el idioma latino yace triste,
perdida su elegancia y su decoro,
¡qué mucho, si Sobrarias ya no existe!
Sus cenizas encubre aquesta losa,
mas el alma en el cielo ya reposa.
Entre las apreciables obras latinas que publicó merecen particular mención el poema en loor de Fernando V, la oración De Laudibus Alcagnitii y los dísticos sobre la educación de los niños, que se imprimieron en 1525, juntamente con los de Micael Verino, encomiado por Cervantes; cuyas dos obritas, comentadas por Juan Sánchez, sobrino de Sobrarias, servían de texto en las clases de latinidad. Tampoco deben olvidarse el libro de poesías sueltas, ni sus eruditos comentarios a Sedulio, el poema a la elección de Adriano VI y entrada de este pontífice en Zaragoza, ni la genealogía y origen de la casa de Ayerbe. Tuvo íntima amistad y correspondencia con Lucio Marineo, Lebrija y otros literatos. Además del Rey Católico, miraron con especial aprecio a Sobrarias el nieto de aquel principe don Alonso de Aragón y el arzobispo de Toledo Fonseca. De este escritor hacen honorifica mención el famoso Gaspar Sciopio, Agustin Nituci, el citado Marineo Sículo y Pellicer en sus notas al Quijote.
Lorenzo Palmireno es una de nuestras glorias españolas y de los que más contribuyeron al renacimiento de las letras, como dice oportunamente en su ya célebre Catálogo mi ilustre amigo el señor marqués de Morante. Véase lo que de aquel escritor decía un humanista del siglo pasado: «Laurentius Palmirenus alcagniciensis, vir si quis alius in litteris humanioribus enutritus in suo eloquentiæ campo, et orationes et declamationes et epistolas obsevit Ciceronis ubertate et nitore, Quinctiliani facilitate, Attici emendata dictione; epigrammata Catuli simplici venustate, et Martialis acumine conspersa». Nació por los años de 1514. Comenzó a enseñar en su patria latinidad y retórica en 1557. Pasó después a Zaragoza con el mismo objeto. De aquí se trasladó a la Universidad de Valencia, donde ejerció el mismo destino hasta el 1579, en que murió. El doctor Blasco García pronunció la oración fúnebre en sus exequias. Según la opinión de don Nicolás Antonio, Palmireno se asemejó a los espartanos en la persuasión y arte de convencer. El padre Andrés Scoto encomia su ingenio, juicio y erudición. Baltasar Gracián lo apellida varón de sabroso ingenio, discreto erudito y mucho más que gramático; llamándole, en fin, la gloria de su país. El deán Martí lo cuenta entre nuestros grandes filólogos; Rodríguez Mohedano dice que lució su instrucción en la retórica, y lo llama eminente aragonés: Jimeno en sus Escritores de Valencia asegura, que enseñó la lengua latina con grande aplauso. Sus principales obras son el Compendio de la lengua griega; La verdadera y fácil imitación de Cicerón; El comentario a las Epístolas a Ático; el Epitome de la retórica; las oraciones recitadas en Valencia; El estudioso sobre la aldea; la España abreviada; El estudioso cortesano; El camino de la Iglesia; el Oratorio de enfermos; y el Compendio de las Antigüedades romanas. También tradujo el Catecismo religioso del jesuita Edmundo Anguerre, y las Elegancias de Paulo Manucio. Además de estas obras y algunas otras que vieron la luz pública, dejó Palmireno varios manuscritos, pertenecientes todos al ramo de humanidades.
Don Bernardino Gómez Miedes. Nació en 1520 y, después de aprender los idiomas griego y latino, se dirigió a Roma, donde vivió diez años, entregado al estudio y al trato de los hombres doctos de aquella capital, conciliándose la estimación de todos por sus vastos conocimientos, por la amabilidad de su carácter, sobre todo, por sus virtudes. A fin de perfeccionar su instrucción, recorrió las principales ciudades de Italia y viajó por Alemania, Flandes, Francia y otros reinos. Volviendo a España, fue canónigo de la colegiata de Alcañiz, y obtuvo después una dignidad en la catedral de Valencia, con el título de arcediano de Murviedro. En 1585 fue consagrado obispo de Albarracin, cuya diócesis gobernó con laudable celo hasta su muerte, acaecida en 1589. Fue el 4.º prelado de dicha Iglesia, después de separada del obispado de Segorbe. En 1572 publicó en Valencia su obra De sale, que le costó veinte años de trabajo, como dice él mismo en una carta latina al célebre arzobispo de Tarragona don Antonio Agustin. «Pulchrum opus et salsum vere» la llama el erudito Juan Berzosa. Después de la muerte de su autor se reimprimió dos veces este ingenioso libro, con nuevos capítulos, que había escrito el prelado pocos años antes de su fallecimiento. Una en la misma ciudad de Valencia en 1605 por Juan Bernerio, y la última en Francfort por Pedro Uffembaquio. También publicó Miédes la historia latina de don Jaime el Conquistador, que tradujo después él mismo, y dio a luz en 1584 el Tratado sobre la constancia, que dedicó al papa Sixto V, el Manual de salud, dedicado a Felipe II, y, por fin, el Compendio de las constituciones de la Iglesia de Valencia, en cuya publicación le sirvió de mecenas el venerable patriarca Juan de Rivera. Los escritos de este obispo, dice uno de sus biógrafos, recuerdan la elocuencia de Cicerón, la sublimidad de las sagradas escrituras y la profundidad de los santos padres. También escribió cinco libros De apibus, sive de república, aunque esta obra no vio jamás la luz pública, por haber sido arrojado al mar en una desecha tempestad un cajón de libros que contenía el único manuscrito, viniendo el autor desde Génova a España. Don Nicolás Antonio en su Biblioteca y Capmani en sus Memorias sobre la Marina hablan con elogio de este sabio obispo.
Pedro Ruiz de Moros. Jurisconsulto y literato del siglo XVI. Estudió humanidades en Alcañiz, bajo la dirección de su paisano Domingo Olite, profesor de un mérito no vulgar. Pasó después a Lérida, donde comenzó el estudio de la jurisprudencia, el que continuó en la Universidad de Padua, teniendo por maestro, entre otros, al célebre Andrés Alciato. De aquí se trasladó a Bolonia para perfeccionarse en sus estudios. Además de la jurisprudencia, se dedicó a la lengua griega y varia erudición, con tan feliz éxito, que don Antonio Agustín no dudó hacerlo superior en esta parte al famoso Bonámico. Concluida su carrera literaria, se dedicó en la misma ciudad de Bolonia a la enseñanza de la retórica y poesía. Llegando a Polonia su renombre, el arzobispo de Cracovia Pedro Gamrato le ofreció la cátedra de Jurisprudencia de aquella Universidad, destino que admitió agradecido Ruiz de Moros, desempeñándolo con universal aplauso por espacio de nueve años. El emperador Fernando I quiso honrarle con el mismo cargo en la Universidad de Viena, pero el rey de Polonia Segismundo I, yerno del emperador, no se pudo resolver a privarse de este sabio jurisconsulto, que tanto contribuía a la instrucción de la juventud polaca. Entre los discípulos insignes que honraron a Ruiz de Moros no deben pasarse en silencio Estanislao Crancóvio, obispo de Ulidislan, y Juan Perembeiro, arzobispo de Gnesne. En justa recompensa de haber desempeñado con tanto acierto los importantes negocios de Estado que se le confiaron, fue nombrado arcispreste de Vilna, canónigo de la catedral de Samogicia, protonotario apostólico, conde palatino y, por fin, consejero del Supremo de Lituania. Cultivaban su amistad los hombres de letras más notables de Polonia y otras personas de alto rango. Imprimió en Cracovia varias poesías latinas que dieron a su autor un honroso lugar entre los primeros vates de aquella época, en que florecieron tantos ingenios. La obra, empero, que más le acreditó fue la publicada en la misma ciudad con el título de Decisiones Lituánicas, que se reimprimió después en Venecia y en Francfort. También trabajó las constituciones de la Iglesia de Samogicia. Don Antonio Agustín compuso en su elogio una elegante oda latina, que se omite por la brevedad.
Domingo Andrés. A pesar de su celebridad y mérito literario, son muy pocas las noticias biográficas que nos han quedado de este vate alcañiciense. Aun de sus versos latinos, que forman un grueso volumen, solo han visto hasta el presente la luz pública los que insertó don Ignacio de Aso en sus Monumentos de ilustres aragoneses. Se sabe de él únicamente que siguió la carrera de las armas y que residió algun tiempo en Italia, y, finalmente, que, dejando el servicio militar, fue preceptor de humanidades en Alcañiz, donde escribió la mayor parte de sus poesías, opera auro cedroque digna, como las llama un juicioso crítico. Aquellas son un poema dividido en siete cantos, dedicado a Felipe II, sobre la redención del género humano; una égloga al nacimiento de nuestro señor Jesu-Cristo; un poema en loor del príncipe de los apóstoles; otro consagrado a los dos hermanos san Juan y Santiago; otro sobre el juicio universal, y cinco libros, finalmente, de composiciones diversas, de las cuales es muy bella la que tiene por objeto celebrar el triunfo de Lepanto. También es muy notable, por lo afectuosa y tierna, su elegía al dolor de la Virgen en la muerte de su divino hijo. Omnia suaviter, ingeniose copioseque excogitata et formata dice don Nicolás Antonio, al hablar de estas producciones. También se sabe que escribió Andrés algunas comedias y poesías juveniles, que mandó quemar a la hora de su muerte.
Don Gabriel Casellas. Monje de San Jerónimo en el monasterio de Santa Engracia. Después de ser algunos años catedrático de derecho en la Universidad de Huesca, y vicario y prior en aquella ciudad, fue electo general de su religión, cuya elección celebró el papa Adriano VI. Escribió diferentes tratados canónicos y legales, que fueron trabajos bien acabados, según la espresión del padre Sigüenza, habiendo dejado también un manuscrito histórico sobre algunos sucesos notables de su tiempo.
Tomás Ramón. Nació en 1599. Profesó el Instituto de Santo Domingo; recibió el grado de doctor en Filosofía y Teología, y fue presentado y predicador general de su órden. Murió en su convento de Santa Lucía en 1640, después de publicar algunas obras místicas, de las que hacen individual mencion don Nicolas Antonio, la Biblioteca doméstica y Blasco de Lanuza en su Historia de Aragón. También dejó este laborioso dominicano un curioso manuscrito de Antigüedades de Alcañiz, del cual habla Zapater.
Micer Gerónimo Ardid. Nació a fines del siglo XVI de una familia ilustre. Estudió en su patria latinidad, cursando jurisprudencia en Zaragoza. Graduado de doctor, ejerció la abogacía con crédito. Fue consejero en aquella capital, asesor y dos veces jurado. En 1604 casó con doña Luisa de Luna y Bardaxi. En 1626 fue enviado como diputado por el reino de Aragón a su majestad y comisionado por la Diputación a las Cortes de Calatayud. Además de sus Memorias de Alcañiz y Adiciones a las mismas, publicó la Restauración de la agricultura, el Comentario del Fuero, varios alegatos y tratados de derecho, algunos discursos y otros opúsculos.
Pedro Juan Zapater. Escribano de número y secretario del Ayuntamiento. Escribió una obra en folio titulada La Tesorera descubierta y vengada de las injurias del tiempo. Antigüedades y excelencias de Alcañiz. Del prólogo se deduce que su autor vivía en el reinado de Felipe IV y que, habiendo examinado los manuscritos de Alonso Gutiérrez y del dominicano Ramón, se propuso escribir la historia completa de su pueblo natal, proyecto que llevó a cabo felizmente, dividiendo su libro en tres partes. La primera contiene la fundación de Alcañiz, su antigüedad y sucesos memorables por más de tres mil años hasta su restauración. La segunda refiere minuciosamente su conquista, progresos y memorias hasta el tiempo del autor, abrazando un periodo de más de cinco siglos. La tercera trata de la fundación de las iglesias, ermitas, casas religiosas, establecimientos de beneficencia, administración de justicia, &c. En esta última hace mención, aunque ligera, de algunos ilustres alcañicienses. La muerte impidió a Zapater escribir la biografía de aquellos, como promete más de una vez en su Historia. Copiada esta en el tomo 9.º de la curiosa colección de manuscritos que pertenecieron al erudito don Joaquín Traggia, existe actualmente en la Academia de la Historia. Algunos años después del fallecimiento del escritor, es decir, a principios del siglo pasado, el Ayuntamiento de Alcañiz determinó publicar este libro, lo que no se pudo realizar desgraciadamente por las turbulencias de las Guerras de Sucesión, que muy en breve afligieron aquel país y a la España toda. Con dicho objeto se escribieron en la ciudad varios versos latinos y castellanos en elogio del historiador, para que, a la usanza de aquel tiempo, precediesen a la obra. He aquí una de las composiciones, que no deja de llamar la atención por su originalidad y amable sencillez, si se considera que hacia el año de 1700, en que se escribió, la época no podía ser menos propicia para las musas castellanas.
Romance
Cual mercader codicioso
salió Simón a la plaza,
en busca de piedras finas
con que enriquecer su patria.
Y, llegando a su noticia
de que había en cierta casa
un escondido tesoro,
lo desentierra y lo saca.
Perlas son de antigüedades
de Alcañiz, su cuna amada,
lo que el tesoro contiene,
de precio y valor sin tasa.
Imposibles acomete,
trabajo no le embaraza,
solo comunique al mundo
tesoro y riqueza tanta.
Empero, prudente antes,
las remira no sean falsas,
consultando a hombres peritos,
y con finas las compara.
Cual alquimista famoso,
con prudencia sobrehumana
oro extrajo de la tierra
más puro que el de Evilata,
y, cual artífice diestro,
forma preciosa guirnalda
con el oro y con las perlas
para coronar su Patria.
José Gerico de la Concepción. En el reinado de Carlos III, tan fecundo en célebres escritores como glorioso para la nación española, floreció Gerico, siendo uno de los hombres más doctos de aquella época. Su saber y sus virtudes dieron un nuevo realce al esplendor de su cuna. En la pureza y elegancia con que escribía la lengua latina rivalizaba con los Palmirenos y Sobrarias, sus compatriotas, así como en el idioma de Cervantes no cede a los mejores hablistas de nuestro siglo de oro. Despues de haberse dado a conocer por algunas producciones publicadas en su juventud, se retiró al claustro, entrando en el Instituto de las Escuelas Pías. A pesar de vivir tan ocupado como todos los de su profesión en la enseñanza de la niñez, prosiguió cultivando con ardor la literatura, dedicándose muy especialmente al estudio de la historia. En la elocuencia del púlpito descolló de manera, que llegó a ser uno de los primeros oradores de su tiempo. Es de lamentar no hayan visto la luz pública algunos tomos de discursos sagrados que dejó al morir, preparados ya para la prensa. Fue maestro del duque del Infantado, y teólogo de cámara del infante duque de Parma. Su corporación hizo el debido aprecio de su ciencia y sus virtudes, nombrándole rector del Colegio de Valencia, prepósito provincial de Aragón y asistente general. Nació en el año de 1707 y falleció en Roma en 1786. Publicó en Valencia en un tomo en 4.º las vidas de los Varones insignes en santidad y letras pertenecientes á las Escuelas Pias; la de su santo fundador en un volúmen en 8.°; la Instrucción a los nuevos predicadores, un libro sobre la oración y otros opúsculos de literatura y de piedad. Dio a luz también, traducidas de la lengua francesa, la Vida de Jacobo II y la Biografía del padre Malebranche.
Gaspar Bono Serrano