Prensa y canon · Textos historiográficos
“Discurso leído por el señor don Nicomedes Pastor Díaz en el acto de recepción como individuo de número de la Real Academia Española”
- Autor del texto editado
- Pastor Díaz, Nicomedes (1811-1863)
- Título de la obra
- El Faro, n.º 203, 14 de noviembre de 1847
- Autor de la obra
- Coello y Quesada, Diego (dir.)
- Edición
- Madrid:
Imprenta a cargo de don Agustín Aguirre,
1847
- Paginación
- pp. 3-4
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de la BNE. (texto completo)
Información técnica
Editor: Isabel Román Gutiérrez
Encoding: Noelia Santiago López
Encoding: Noelia Santiago López
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
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Córdoba, 10 abril 2026
Discurso leído por el señor don Nicomedes Pastor Díaz en el acto de recepción como individuo de número de la Real Academia Española
En cualquiera ocasión, señores, bajo cualquiera título que me abrieran paso para llegar hasta el escabel de sus sillas los esclarecidos varones que en este recinto se congregan, el dirigir una mirada sobre el reducido punto de mi propia suficiencia para volverla con gratitud reverente por tolo el ámbito en que se dilata la benevolencia de los que me dispensan tan alta honra, sería no menos que un justo tributo de agradecido reconocimiento una declaración sobradamente motivada de aquella sumisión respetuosa con que la modestia sincera se complace en recogerse dentro de su pudor para rendir acatamiento a la alteza de los claros nombres de las indisputadas glorias.
Pero el desempeño, en los momentos presentes de deuda para mí tan sagrada, la contemplación de mi exiguo valer ante la grandeza de tan cumplidos merecimientos, no es en el comienzo de mi discurso una fórmula obligada de cortesía, ni una idea incoherente con el orden ulterior de mis razonamientos. Tan adelante, señores, ha penetrado en mi ánimo esta consideración; tan impetuoso y vivo ha sido el estímulo de mi gratitud, que ha bastado él solo para tomar asunto de una meditación detenida, que él solo ha venido a ser la base fundamental de mi discurso; y culpa será, señores, de mi rudo ingenio, culpa también de las circunstancias que me han rodeado, si no corresponde como cualquiera otro tema más literario o más académico a la solemne y señalada ocasión en que me trae a decirlo vuestra generosidad y mí buena ventura. En este, como en todas los casos prósperos o adversos de mi vida, mis pensamientos no han podido acomodarse dentro de una tesis de antemano redondeada y medida; en esta, como en otras circunstancias, el corazón ha hablado primero, y de mis movimientos ha brotado después, como del pedernal herido, ora la centella de la verdad teórica que buscaba o más veces, por desgracia, el vapor fosfórico de las que, en su esencia ilusiones de la fantasía, visten ante los ojos desvanecidos del hombre pensador las resplandecientes formas o los galanos ropajes de luminosos descubrimientos.
Verdad es, señores, que al penetrar en este recinto he debido considerar cómo todos los ilustres varones aquí reunidos habían escrito más de una página indeleble en el libro de oro de nuestros gloriosos fastos literarios; cómo todos llevaban en sus manos una guirnalda inmarcesible para la siempre verde corona de la musa castellana. Donde quiera que hubieran de volverse mis ojos, habrían de presentárseme venerables acusadores emplazándome con severidad ante el tribunal de gloriosos muertos o de afamados vivos, interrogándome en nombre de una literatura que muere, y de una literatura que revive sobre los títulos que yo presentaba para allegarlos a lo pasado o para encomendarlos al porvenir. Los unos podrían preguntarme si había levantado sobre el teatro español el coturno de Sófocles, o hecho suspirar los campos de mi patria con las graciosas modulaciones de Anacreonte; los otros, si había conservado en bien de las costumbres la herencia y la enseñanza de Iriarte y de Moratín. Allí, vivo aún el genio armonioso de los Herreras y Riojas, pediríanme estrecha cuenta de la sonoridad de incorrectas estancias, de la frase castiza y heroico número de endebles y desaliñadas estrofas; allá el Tirteo de nuestra guerra sagrada podría decirme qué patrióticos ditirambos había yo consagrado a la libertad de mi patria. Los que todavía pueden repetir las palabras de oro que recogieron de los labios de Jovellanos me preguntarían si adelantaban un siglo, como las de aquel grande hombre, mis concepciones políticas y mis teorías económicas; los que hoy han exornado el saber del jurisconsulto con la belleza de la frase elegante y del decir grandilocuente, podrían reclamar el fruto de mis estudios en la ciencia de la justicia, y desconocer en mis oscuras y olvidadas polémicas el carácter de un periodismo elevado por ellos a una alta y digna magistratura. De un lado los émulos de Calderón, de Tirso y de Moreto presentaríanme, resucitadas sobre la escena nacional, las heroicas figuras de los Cides, de los Guzmanes, de las Marías y de los Fernandos; en otro, los hijos de Solís y de Mariana buscarían en vano sobre mis páginas los nombres de los grandes reyes o de los esforzados capitanes. Qué bellezas nuevas había descubierto con el telescopio de la crítica en los astros de nuestra esfera literaria me demandarían los filósofos intérpretes de nuestras antiguas leyendas: qué autores clásicos había hecho hablar en el idioma de los nietos de Marcial podía preguntarme la musa venerable del que llevó a los cármenes del Genil el genio de Horacio; o con qué nuevos principios de crítica y de ciencia había abierto camino a los vates venideros podía interrogarme con severo acento, desde las orillas del Guadalquivir, la voz aun no apagada del maestro querido de toda una generación literaria, A estas preguntas, señores, tenía que enmudecer avergonzado. Buscando los títulos de mi suficiencia, no encontraría sino los de mi presunción. Estas voces majestuosas y penetrantes habían de resonar con su propio eco en el vacío de mis trabajos. Mi existencia literaria no pasaba de ser una iniciación interrumpida. Mis escritos eran bosquejos; mis cantos nada más que preludios. Por tareas de historia sólo podría ofrecer breves y diminutas reseñas individuales; y mis estudios morales o políticos desvaneciéronse en las tinieblas del olvido como las exhalaciones meteóricas de una noche de tormenta, o habían corrido arrastrados en el velocísimo raudal de ese torrente, más atronador que fecundo, con que la prensa ruge entumecida por entre los partidos en los borrascosos días de las tempestades políticas. La evidencia de mi flaqueza fue, señores, tan profunda en mi ánimo, que, no atreviéndome a estremar mi propia modestia en desdoro del alto juicio de la Academia, osé buscar una significación a mi nombramiento, ya que no podía encontrarla en mi oscuro nombre; no de otra manera que ciertos arqueólogos, inquiriendo el significado simbólico de un estraño jeroglífico, ya que no acierten a descifrar el enigma, alcanzan a declarar con nuevos juicios el sentido de las confusas historias.
Lo que no hubiera podido responder a la Academia interrogándome, heme atrevido yo a indagarlo en el pensamiento de la Academia. Al ser indulgente y benévola conmigo ha querido mostrar, tal vez, la necesidad de serlo con la época que corremos. No consagrando trabajos, sino prohijando conatos y deseos, no ha querido, sin duda, hacer una declaración de ciencia, sino calificar el carácter de una existencia. He supuesto que recorriendo las alternadas faces de mi vida política y literaria la academia ha creído escuchar una tónica predominante en este desacordado concierto de acciones y de pensamientos, y adivinar con generosa benevolencia que estaban subordinados a una sola idea, a una sola tendencia y aspiración; y que esta aspiración y esta tendencia más bien a la región de las letras que a la esfera de los negocios políticos iban guiadas. Más bien que juzgar indulgente mis escritos, ha presumido, sin duda, benévola de lo que pudieran haber sido mis trabajos, si una existencia menos dividida y agitada hubiera concentrado mis esfuerzos sobre un objeto perenne y esclusivamente literario. La Academia, en fin, habrá considerado que en la agitación tumultuosa de la sociedad actual hay existencias que pertenecen por la primitiva consagración de su alma a la religión de la literatura; pero a quienes la parte que les cabe en la práctica de los negocios públicos y en la comunión activa de la vida social impide pasar adelante de los dinteles de oro que en el templo de las musas separan las curules de los sacerdotes del vestíbulo en que se prosternan los profanos. La Academia ha podido creer que alguna vez debían franquearse estos sacros penetrales a perseverantes devotos. No de otra manera , señores, en nuestras antiguas basílicas se guardaba un asiento de honor en las graderías de sus coros o en los escaños de sus presbiterios para aquellos caballeros que en rudos combates o en arriesgadas peregrinaciones habían acometido una empresa o consagrado una ofrenda piadosamente meritoria de la iglesia santa. Si así fuera, señores, cúmpleme rendir de nuevo a los pies de la Academia el tributo de mi acrisolada gratitud, por cuanto tiene para mí de merced doblemente generosa distinción tan señalada. Pero, si, dejando a un lado mi personal miramiento para hacerme cargo de consideraciones más generales, aquella muestra de tolerancia pudiera ser parte para caracterizar la condición de una época literaria, de camino que cumplía con la obligación de agradecerla cuadraba maravillosamente a mi propósito la tarea de esplicarla; encontrándome así naturalmente conducido a considerar hasta qué punto la participación en los negocios públicos de los que cultivan las letras y profesan las ciencias puede ser causa o síntoma de decadencia en la literatura de una edad; hasta qué punto el consorcio de las tareas políticas con los trabajos del entendimiento, de la vida práctica con la especulativa contemplación de la verdad y de la belleza puede ceder en detrimento de los adelantos del saber y rebajar los quilates de la perfección ideal a la liga impura de las miserias terrenas, de las pasiones mundanas, de los intereses y necesidades materiales.
Cuestión es esta, señores, que, a mi entender, se presta a ser dilucidada. Bajo la pluma de un observador filósofo o de algún crítico profundo, su detenido examen pudiera dar ocasión a consideraciones harto variadas y fecundas. No lo eran tanto, quizá, las especies que, controvertidas por muchos años en el parangón de las letras y las armas, dieron lugar desde lo antiguo a luminosas disertaciones y a razonamientos, no los menos decorados y famosos entre las producciones de inmortales ingenios.
Ceñido yo por los límites de mi entendimiento y por la cortedad del mayor tiempo que pudiera usurpar a la atención más indulgente, puesto que no me confieso bastante atrevido para el propósito de tratarla, no puedo resolverme a proponerla tan de paso, que no deje asentadas algunas indicaciones sobre los términos de decidirla. Podrán no servir, quizá, para fijar una conclusión o para determinar resueltamente una tesis, pero no estarán de sobra para encaminar investigaciones más detenidas y para concluir a deducciones menos problemáticas en punto que algo importa a la historia de las artes, al estudio de las vicisitudes y progresos del espíritu humano.
Lo que la historia nos enseña indudablemente, señores, es que los caminos de la perfección intelectual y literaria no son las veredas de la tierra. Acontece con la investigación de la verdad y con la intuición de la belleza lo que con el descubrimiento de las tierras lejanas para el navegante atrevido. No ha menester mirar en derredor de sus pasos la derrota de su camino. Una brújula a través de un cristal le señala el polo, una estrella más allá de las nubes le demarca el rumbo. La mitología y la tradición de todos los pueblos ha colocado en todo tiempo los orígenes de las artes y de las ciencias en la revelación del cielo, en los misterios del santuario, en las cumbres del Olimpo, en la cima del Parnaso, en los arcanos de subterráneas profundidades, morada de númenes superiores. Esta enseñanza religiosa y tradicional no la desmiente por su parte la historia. Las concepciones grandiosas del espíritu, las máximas fundamentales de la moral, los partos sublimes del ingenio, las obras maestras del arte, el descubrimiento de aquellas verdades que cambian la faz de los pueblos y que imprimen nuevo impulso a la marcha de los siglos y nueva dirección a los conocimientos humanos, han sido en todo tiempo fruto de aquella soledad contemplativa , de aquel retraimiento religioso que es la verdadera comunicación del espíritu del hombre con la divina inteligencia, y el sentido genuino de lo que con su pompa, su énfasis y su alegoría quiso consagrar el simbólico lenguaje de las generaciones primitivas. No en vano el saber ha revestido siempre el carácter de sacerdocio para los que adoraron sus oráculos; no en vano los grandes poetas fueron aclamados como hombres divinos. Este sacerdocio tanto ha querido significar como consagración, como sacrificio, como dedicación esclusiva, como desprendimiento del mundo material, como absoluto abandono de la personalidad humana y de sus terrenales intereses; aquella divinidad fue la intuición inmediata de la inmortal belleza , la contemplación espiritual y directa de las leyes de la verdad eterna. Colocadas a más escelsa altura en las zonas del mundo moral, como en el mundo físico las cumbres más altas de las cordilleras, las eminencias del espíritu humano han necesitado estar solas en su región solas con su luz y su cielo, y su peculiar enrarecida atmósfera, como soles con sus rayos y sus tempestades, y aisladas más de una vez, como las agujas eléctricas, para que pudiera descender por ellas el fuego del cielo. Solo así, señores, los poetas y los legisladores, los artistas y los filósofos pudieron ser los fundadores de los pueblos y los maestros de las gentes. Si los grandes hombres hubieran sido no más que la representación de los tiempos que alcanzaron y el espejo de la sociedad en que vivieron, no los hubiera apellidado el mundo sus lumbreras, las generaciones sus guías. No ha sucedido así, señores; la sociedad humana no ha caminado sin llevar delante esploradores a quienes Dios enseñara los caminos. Para que la civilización adelantara necesario fue que nacieran hombres que adivinaran lo que la humanidad no sabía, y que aprendieran lejos del mundo lo que el mundo en que vivían no podía enseñarles. Ved aquí, señores (así me atrevo a creerlo), por qué todos los días se reproduce delante de nuestros ojos un fenómeno histórico que no esplican ciertos sistemas, que no admiten ciertas creencias. Ved aquí por qué existieron en pueblos rudos idiomas filosóficos y armoniosos , poemas acabados y perfectos en civilizaciones nacientes; ved aquí por qué encontramos principios de admirable moralidad en el código de naciones corrompidas; por qué nos asombran las obras maestras del arte en períodos atrasados; por qué los cálculos sublimes de las matemáticas y los descubrimientos trascendentales de la astronomía presiden a la ordenación del calendario en pueblos todavía en su infancia; por qué construyó las pirámides una generación que probablemente no sabía escribir; y por qué están de pie todavía delante de nuestros ojos, maravillas de la arquitectura, herencia de tiempos no lejanos, de indisputable cuanto densísima barbarie.
Si del origen de les primitivas verdades, puntales y fundamentos de las ciencias, nos place descender a aquella edad en que la inspiración de las artes pudo ser menos original y más imitativa; en que la obra de los filósofos fue de investigación y adelanto, y la tarea de los sabios de aplicación y de esperiencia, todavía nos es dado reconocer que para llevar adelante la empresa del saber humano fue necesaria la consagración entera de la existencia del hombre. Una de las primeras obras filosóficas con que se encabezan los fastos de las ciencias sancionó esta sentencia en un inmortal apotegma. Al anunciar el sabio de Cos el evangelio de su enseñanza con las solemnes palabras ars longa, vita brevis, proclamaba al frente de los principios de la medicina el aforismo primordial de la literatura. Siendo el arte más que la vida en el orden del tiempo, no podía exigir menos que la vida toda. Pero el arte es, además, la inspiración, y la inspiración es el fanatismo. La elevada filosofía es, además, la síntesis, y la síntesis es el aislamiento. La ciencia es, además, el análisis, el estudio, la investigación, la asiduidad, lo esclusivo. Razón por la cual, señores, si en las edades fabulosas hubo ninfas inspiradoras y conferencias con los númenes, en otra, si bien más cercana, antigüedad hubo cavernas de ascética austeridad a donde se retiraron los filósofos, y soledades de claustros donde se guardaron los secretos de la sabiduría, y revivieron en trabajos de penitente paciencia las maravillas de las artes. Si el fanatismo de la verdad hizo a Sócrates beber la cicuta, más tarde Galileo debía esperar en un calabozo la revolución de la astronomía. Si Plinio corrió a sepultarse en el Vesubio, y Arquímedes no sintió los pasos de los asesinos, Cook en nuestros días se dejó despedazar por los salvajes, y Lavoisier pedía a sus verdugos unos días de plazo para verificar un esperimento. Si es verdad que el ciego de Esmirna mendigaba su pan de los pueblos a quienes contaba las hazañas de sus héroes, con mayor certeza sabemos que los más esclarecidos entre los Homeros de la nueva edad heroica compraron su corona de inmortalidad al triste precio de morir mendigos. Recorriendo la inmensa galería de los conocimientos humanos; repasando el glorioso catálogo de los nombres que así en lo antiguo como en lo moderno representan a los arquitectos y directores de la grande obra; registrando las páginas de aquel libro de oro que empieza en Homero para concluir en Cervantes, que alcanza desde Esquilo a Calderón y a Racine, que llega de Herodoto a Mariana, de Pitágoras a Kan[t], de Aristóteles a Cuvier, y desde san Pablo a Bossuet; apenas nos es dado preguntar con intención de duda si fuera de la consagración de la vida es general condición la medianía, si fuera de la dedicación esclusiva hay puesto para la gloria. La respuesta que nos dan las generaciones pasadas no es, en verdad, demasiadamente lisonjera para los que se atreven a creer con presunción orgullosa que se pueden servir a un tiempo los altares de la ambición y los de la ciencia, y que el mismo carro con que el mundo pasea en triunfo a los héroes del poder sirve para volar sobre los siglos a través del éter de los cielos.
Sin embargo, señores, es necesario distinguir en este examen la vida de los hombres y la historia de los pueblos. En derredor de esos soles del firmamento intelectual ha colocado Dios los mundos de una creación que no deja de ser magnifica y espléndida, aunque sea por ellos iluminada. Si como el del sol, el fuego del genio vive de su propia esencia, hay en el género humano otro principio de vida artística y de movimiento moral, que, como en el orden físico, se desenvuelve en la fecundación reciproca de los seres y en la mutua participación de la existencia. Si el genio es el privilegio de la divinidad, la especie humana ha recibido también y acumulado su patrimonio común de sabiduría. Si los astros mayores de la inteligencia brillan con propio resplandor que en ellos mismos se alimenta y con ellos se estingue, hay una herencia de verdades prácticas, un tesoro común de ideas adquiridas y cultivadas que unos a otros se van encomendando, transmitiendo, dilatando y engrandeciendo los siglos en el lento y laborioso afán de su civilización no interrumpida. Si Dios suscita esos titanes que arrebatan como Prometeo los rayos divinos, estiendese a los pies de esos colosos un dilatado espacio, en que es dado a las inteligencias más practicas reducir a dimensiones proporcionadas la grandiosa figura, velando a veces sus resplandores para que no nos deslumbren en lo que tienen de divinos, a veces también reduciendo sus proporciones al compás de las humanas medidas, para quitar a los gigantes lo que pudieran tener de monstruos. Si sobre la arena en que se levantan las pirámides se han sucedido generaciones de ciudades; si a la sombra de los templos y de las fortalezas que cuentan por siglos los años de su duración asentaron los hombres su morada en edificios, que no por haberse arruinado y construido cien veces dejaron de ser espléndidas metrópolis de la riqueza y del señorío de los imperios, no de otra manera al pie de los monumentos del ingenio construyeron idea por idea los arquitectos del saber vastísimos alcázares de sistemas, pintorescas residencias y frondosos jardines de amena y deleitosa literatura. A esta construcción gradual y sucesiva, a esta obra común de las edades y de las generaciones no concurrió solamente el ingenio creador o adivino. Seguida con ojos atentos la historia de este trabajo general, al que llevó cada pueblo su tarea y cada inteligencia su jornal penoso, ¿podremos asegurar tan absolutamente que el humano saber haya padecido menoscabo, o que los dominios de la belleza hayan menguado en riqueza y estensión, porque los operarios de esta obra perenne reunieran, combinadas en justas proporciones, las dotes artísticas del alma y los afectos de su época, el conocimiento esperimental del mundo y el estudio metafísico del hombre, la participación de la vida social y la investigación filosófica de las verdades abstractas?
Yo me atrevo a creer, señores, que la historia responde menos severa, y que la civilización hace justicia a los esfuerzos y sacrificios de aquellas almas generosas, sobre las cuales el mundo no cargó tan pesadamente el yugo de sus intereses y pasiones, que no dejara a su razón albedrío para estudiar las leyes de los mismos hechos en que se veían encadenadas: yo me atrevo a asegurar que la literatura guarda grata memoria de aquellos corazones entusiastas, que en medio de los afectos con que combatieron encontraron una espresión artística para revelarlos al mundo en formas de ideal belleza o con tonos de celestial armonía. Quizá, señores, la historia podrá atestiguar que los hombres y los pueblos que tocaron más de cerca las realidades de la vida, si no se elevaron a las regiones sublimes del idealismo, comprendieron más exactamente la verdad; que, si no rayaron muy alto en trascendentales teorías, no se estraviaron tantas veces en aquellas paradojas con que la eterna sabiduría castiga diariamente el orgullo de la curiosidad humana, y que, si más circunspectos o menos temerarios no dilataron tanto las conquistas del saber, han presentado con menos frecuencia el espectáculo de aquellos lastimosos errores que en el mundo moral reemplazan a las devastaciones del fuego y de la espada.
Hay un sentimiento interior que nos revela esta verdad antes de que la historia nos la enseñe; el reconocimiento de nuestro propio corazón, la conciencia de nuestro propio juicio nos la comprueban. ¿Quién de nosotros no ha podido hacer en su ánimo el esperimento de la grave modificación que imprime a sus sentimientos o a sus raciocinios la proximidad de los objetos que ocupaban en un ideal lejano su especulativa solitaria? ¡Cuántas veces el rigor de una abstracta dialéctica ha conducido nuestras meditaciones a resultados de matemática exactitud que se desvanecieron como ilusiones de óptica al primer contacto de los hechos! ¡Cuántos proyectos generosos brotando en nuestro corazón a impulsos del más noble deseo no han llegado a verse como alucinaciones de la fantasía en noche de insomnio, disipadas a la luz primera de! conocimiento de las pasiones humanas! ¿No nos ha sucedido a todos no comprender la historia de otros tiempos hasta que hemos visto correr la de nuestra época? ¿No hemos aprendido mejor que nuestros padres las revoluciones antiguas porque las hemos presenciado análogas? Y Tácito, que todavía en tiempo de Rousseau era un libro solo inteligible para los ancianos, ¿no se ha hecho, por desgracia, en nuestros días lectura familiar y perspicua aun para los más jóvenes? Hasta en la escena literaria, señores, más de una vez hemos admirado los grandiosos personajes creados por la imaginación, o la viveza de colorido con que realzaba la historia algún narrador elocuente de las acciones humanas; y luego hemos aprendido que no pasan de tal manera las escenas de la vida, que no revisten proporciones tan clásicas las peripecias de la política, y que hay en los infortunios del hombre y en las catástrofes de los pueblos una grandeza de más honda impresión, una verdad, cuyo estudio esperimental puede suministrar al talento más ricos tesoros de artística belleza que los que acumula la desnuda fantasía en sus más animadas creaciones.
Lo que nos revela nuestro propio corazón a poco que le ilustren las mudanzas de la varia fortuna, o ¡los ejemplos de una mediana esperiencia, lo encontramos reproducido con más abultadas proporciones en la vida de aquellos pueblos cuya historia ha llegado con alguna exactitud a nuestro conocimiento. Así como los hombres, las naciones tienen períodos en que las artes y el saber vivieron en unión con la vida práctica y enlazadas al movimiento social. También hay otras épocas en que la especulación filosófica y la inspiración artística hicieron su morada en el desprecio del mundo, apartadas del trato común de las gentes. Y forzoso es decirlo, señores, porque es de trivial observación el averiguarlo. Este divorcio puede darse en un individuo sin mengua, antes con provecho de los adelantos sociales; pero donde quiera que se encuentra aplicado a la universalidad de un pueblo, a la índole de una literatura o al carácter general de una civilización, allí el saber ha sido falso, la filosofía escéptica, el arte estéril, la civilización limitada, la condición de pueblo mísera, el gobierno de la sociedad violento, duro, tiránico.
Tal se nos presenta, señores, en medio de su esplendor aparente la era más culta de la antigua Grecia, y después algún período del bajo imperio oriental. Allí donde las ciencias no llegaron a tener aplicación política, donde los filósofos no se hicieron legisladores, donde los economistas no eran gobernantes ni jurisconsultos allí las ciencias naturales no salen de la infancia, los conocimientos morales revisten la forma de sedas ridículas o de conjuraciones sediciosas, los filósofos se hacen sofistas, y el cultivo del entendimiento degenera en una gimnástica de ideas o en una esgrima de palabras. Estínguese allí el saber como una llama que no encuentra pábulo. Solo el arte dura y vive. Vive y dura, señores, porque el arte se hace practico y social; vive, porque se mezcla a la vida, porque toma parte en la religión y en la política, porque hermosea y anima y realza la existencia común de un pueblo apasionado y sensible. La poesía vive, porque a Homero los rapsodas le cantan y los sacerdotes le interpretan; vive, porque Píndaro es el protagonista en los triunfos de las justas olímpicas; porque los guerreros de Esparta se escitan a la pelea con las marsellesas de Tirteo; porque Sófocles y Eurípides hacen llorar y estremecer a todo un pueblo móvil é impresionable. Las bellas artes viven porque hay templos con estatuas, pórticos con pinturas, jardines con mausoleos. La filosofía no puede vivir porque el pueblo que condenaba a Sócrates y se dejaba mandar de Alcibíades debía obligar a Platón a soñar utopías sobre un escarpado promontorio; la moral no puede adelantar porque una civilización en que Epicteto era esclavo debía tener por maestro a Epicuro; las ciencias no podían vivir porque el grande discípulo de Aristóteles acudía como una mujer supersticiosa a consultar sobre el éxito de sus empresas los oráculos falaces de Delfos. El arte sobrevivió a la civilización griega, pero la filosofía y la política habían abandonado su suelo natal antes de que la Grecia exhalara su último suspiro.
Otro pueblo recogió su herencia y la engrandeció en todo lo que se dilataron los términos de su vastísima dominación. Roma no es un pueblo científico; Roma no es una sociedad artística. Regere imperio populos.... hae tibi erunt artes. Pueblo de leyes y de batallas, donde quiera que van sus legiones y sus códigos allí van, sin embargo, las ciencias y las artes. La historia de Roma es la historia de la civilización del mundo antiguo, pero la historia de la civilización romana no es la historia de ciencia alguna ni de alguna clase de literatura. Todo su saber es práctico, es actividad toda su inteligencia. No piensa, no discute, no investiga. Conquista, manda, obra, funda, legisla. Roma no tiene sabios, y es un pueblo sapientísimo; no tiene filósofos, y, sin embargo, todos hemos aprendido en las escuelas esta definición de la jurisprudencia romana: rerum divinarum et humanarum notitia. Roma no produce a Platón, pero el imperio romano algo más vale que la república ideal del discípulo de Sócrates. Más sabia que la Academia y el Pórtico aquel incomparable patriciado que empieza en Numa para acabar en Sila. Las doce tablas, el edicto del pretor, las respuestas de Cayo, las sentencias de Papiniano y las leyes de Julio, que la economía de Jenofonte y que la ética de Aristóteles. ¿Quién es aquel legislador que oculta debajo de las sangrientas listas de proscripción admirables trabajos de legislación filosófica? El rival de Mario. ¿Quién es aquel cónsul que aparece conjurando en la tribuna de arengas las sediciones populares? Se llama Cicerón. ¿Quién es aquel dictador que amotina las turbas militares contra el orden establecido? Es César. ¿Quién es aquel literato que entre las delicias de una vida muelle y disipada distrae sus placeres con versos que han de ser enseñanza y doctrina de todos los tiempos? El poeta Horacio. Todos aquellos hombres que ejercieron tan directa influencia en la política y en la gobernación de su patria no fueron ciertamente estériles para la civilización del mundo. Los que llevaban sus armas victoriosas desde la Bretaña a la Persia para asentar con la tuerza la unidad del imperio los mismos eran, señores, que fundaban con su vastísima inteligencia aquella unidad intelectual que hizo reinar la misma ley, la misma filosofía y la misma lengua desde el Támesis al Éufrates.
Examínese con mayor detenimiento en la sucesión de sus vicisitudes la historia de aquellas sociedades y de aquellas literaturas, y siempre se encontrará el mismo resultado. Cuando la profesión científica y la influencia política o social caminan separadas siempre el saber decae, como la preponderancia política declina. Siempre que la civilización retrocede la inteligencia y la acción se dividen, los caracteres del sabio, del filósofo, del literato, del estadista y del legislador se aíslan, se apartan y se divorcian.
Por eso en los tiempos bárbaros este divorcio se consuma. Artes y ciencias van a vivir en los yermos y a refugiarse en los claustros. Dos o tres veces que en los siglos medios aciertan a penetrar en los palacios parece que el hemisferio europeo se ilumina. Pero es una aurora boreal en la noche de un invierno polar. Las tinieblas de la barbarie vuelven. La inteligencia duerme. La conservación de las artes y de las ciencias en aquel aislamiento es como la vegetación debajo de la nieve. En lo esterior reina una sociedad grosera, una gobernación anárquica, un poder sin obediencia, una ley inicua, la fuerza por razón de estado, la venganza por derecho del individuo. En la esfera intelectual la filosofía escolástica, las leyendas falsas, la astrología judiciaria, la nigromancia, la alquimia, las mil visiones de la metafísica teológica engendrando otras tantas herejías. Al fin raya la luz. Dios la trae. Algunas eminencias aparecen coronadas de un vivo resplandor. No son ellas, sin duda, los focos luminosos; bástales la escelencia de ser las cumbres en que el nuevo sol da primero. A poco que se levanta, los hondos valles le reciben. El movimiento del nuevo día, de la nueva estación empieza, y los anteriores fenómenos se reproducen. Los árboles seculares y gigantescos, como quiera que estén solos y aislados, reverdecen. Para que los tallares y viveros se tornen selvas frondosas es menester que apiñados troncos y enlazadas ramas de consuno se abriguen y se fecunden. No basta ya para el movimiento intelectual de esta época el saber del hombre solo, y el saber de la sociedad donde quiera que la influencia social no le difunde y le aplica allí se estanca y se corrompe. Si hay una ciencia cuyo esplendor es el primero y universal, no tanto consiste en que es universal la ciencia, sino en que es continua su aplicación. Lo mismo en Italia que en Alemania, lo mismo en Inglaterra que en España, las ciencias sagradas resplandecen con una misma lumbre. La generación de los santos padres se renueva en toda la latitud de las zonas europea. En todas ellas era igualmente práctica y necesaria la controversia, el magisterio religioso, la predicación cristiana, la gobernación episcopa1, la educación pública, la institución de los príncipes, la dirección de las corporaciones eclesiásticas, la asistencia y discusión de los concilios. Tal vez esta circunstancia sea parte principal para que los hombres de iglesia sean llamados a todas las otras profesiones y a poner mano en todos los demás negocios. En una parte son los primeros estadistas, en otra los más grandes historiadores; aquí los más hábiles diplomáticos, y hasta en el teatro no los menos eminentes y filosóficos poetas. Lo que sucede en la profesión teológica se repite donde quiera que los grandes estudios y los arduos negocios se aúnan y combinan; allí descuella más pronto el saber y camina con más largos pasos la civilización y la cultura del siglo. La índole particular del gobierno en las repúblicas de Italia da mayor participación en las cosas del estado a los hombres de ciencia. Allí se forman los primeros políticos; allí habían escrito los primeros sabios. En Aragón y Castilla florecen a impulso de influencias análogas hombres que por contrarios motivos no se continuaron. En Inglaterra desde muy temprano fueron hombres de acción los hombres de inteligencia. Por eso en aquella tierra de grandes políticos los estudios profundos y los grandes descubrimientos precedieron en más de un siglo al saber de otros pueblos. Por eso en aquel país de profundos pensadores sus primeros estadistas, desde Bacon hasta Canning, han sido literatos y filósofos. Por eso sus historias y sus empresas, sus revoluciones y sus conquistas, sus constituciones y su industria, su política y su filosofía llevan impreso desde muy antiguo aquel sello de superioridad práctica, de solidez y de duración, que se reproduce en su poder material, en su dilatada influencia sobre el mundo y en la misma organización interior de sus jerarquías sociales.
Si en Francia el saber vivió por más tiempo alejado de la escena política, nada de cierto ganaron en ello ni la causa de la filosofía ni la de la administración pública. Los desaciertos de una gobernación ignorante dieron motivo a un trastorno social; los estravíos del estudio teórico y solitario pararon en aquella anarquía de la razón, en aquel desquiciamiento de toda moral, en aquel absurdo sistema de filosofismo material y descreído, que cuando llegó el plazo de la revolución política estimularon sus delirios, precipitaron sus catástrofes y dieron a sus errores la realidad espantosa de crímenes El orden con la libertad no se reconciliaron hasta que la inteligencia y la política se unieron. No bastaba Sieyes ni alcanzaba Lafayette; era menester Napoleón, y después de Napoleón la desgracia y la verdad, la esperiencia y el talento. El nuevo régimen, concertando lo desunido y reconciliando lo divorciado, imprimió nuevo sello de moderación a las doctrinas políticas, dio una base de creencia a los principios morales, presentó resultados de utilidad a los espíritus contemplativos, señaló un objeto y un criterio moral a la literatura y trazó el camino de los estudios históricos por regiones más fecundas en enseñanzas útiles al género humano. Sus hombres más eminentes han alternado desde entonces la profesión de la ciencia con la práctica y dirección de los grandes intereses sociales, sin que en juicio comparativo tengamos ciertamente que deplorar las consecuencias de esta mudanza. Los Guizot, los Molé, los Dupin, los Thiers, los Royer Collard, los Villemain, los Broglie, los Lamartine, los Cousin y tantos otros que hemos visto pasar alternativamente de la cátedra del profesor a la tribuna parlamentaria, y de la silla ministerial al gabinete del filósofo, no creo, señores, que hayan llegado a menos altura de honra y esplendor para su patria y para su siglo que aquellos declamadores y sofistas que hace ahora cien años escribían y estudiaban en la soledad, sin que el estrépito del mundo interrumpiera la vigilia de sus teóricas especulaciones. ¿Quién sabe, señores, si el haberle faltado las mismas condiciones que a la sociedad francesa ha sido parte para que la Alemania, con una superioridad reconocida, presente hoy un espectáculo tan estraordinario, literaria y filosóficamente considerado? ¿Qué se han hecho, en verdad, aquellas apariciones luminosas que deslumbraban, no hace aún medio siglo, del otro lado del Rhin? ¿A dónde se han ido los discípulos de Kant y Shelling? La descendencia de Goethe y de Schiller ¿qué ha sido de ella? La delineación rápida de aquella remontada literatura, la anarquía moral de aquellas escuelas filosóficas son un ejemplo vivísimo, señores, que no puede pasar desapercibido ante los ojos de una crítíca que desde la elevación de la filosofía haga descender juiciosamente sobre los hechos la sonda de la esperiencia.
También nuestra España suministraría ejemplos que vinieran en apoyo de nuestras esplicaciones, si no nos desviara del propósito de buscarlos el temor de encontrarnos cara a cara con un hecho peculiar de nuestra historia que cambió súbitamente la dirección de los espíritus y la marcha de los negocios, desnaturalizando la condición del saber y de la literatura , del gobierno y de la sociedad. Cuando con mayor grandeza y con un brío solo comparable a la estupidez de sus hazañas de guerra amenazaba estenderse el ingenio español por todos los dominios de la inteligencia humana, erigiose un tribunal armado con la cuchilla de la justicia para condenar en nombre de la fe los juicios atrevidos de la razón humana. El establecimiento anti-evangélico de la Inquisición fue de consecuencias más funestas a la literatura que a la política. La pretensión satánicamente orgullosa de que no hubiera errores cegó en su manantial la fuente de las verdades. La censura del Santo Oficio produjo en España los mismos efectos a que había dado lugar en la Grecia la envidiosa y suspicaz cautela de aquellas democráticas tiranías. Oculta detrás de su negro velo la luz de la ciencia, quedó solo el dominio del arte para que en él se viera, aunque quebrantado, su reflejo. Nuestra historia literaria de aquellos tiempos no es a propósito para deducir conclusiones generales; pertenece a la historia del genio; es la biografía individual de algunos talentos escepcionales y portentosos. Se desvanecen como una radiosa aparición de gloria; la literatura decae, y en este periodo de decadencia la separación entre el cultivo de las letras y la práctica de los negocios es de día en día más profunda. La restauración de los buenos estudios no empieza hasta que en el reinado de Carlos III los hombres de inteligencia y de doctrina son lamados de nuevo a los cargos de la república. En nuestros días, señores, cuando una guerra nacional primero, y más tarde una contienda encarnizada de intereses y de principios, arroja a la liza de estos combates y al foro de estas querellas a todos los hombres de actividad, de espíritu y de elevación de ideas, la escena literaria cambia completamente de aspecto. ¿De qué manera, señores? ¿Podemos creer que se oscurece y se reduce? ¿Podemos asegurar que se ensancha y se ilumina?......... Ai posteris l’ardua sentenzza, diré con Manzzoni; a mí, señores, pensar confiadamente que los que vivimos vemos en nuestra época al lado de lo bueno y de lo grande todo lo mediocre, efímero y perecedero que se produce siempre, pero que en el juicio de la posteridad la literatura de estos revueltos y procelosos días podrá sostener dignamente su parangón con el recuerdo de otros tiempos en que el saber era más esclusivamente académico, y en que los amigos de las musas no tuvieron que esclamar tantas veces como con penoso afán lo hemos hecho nosotros Beatus ille qui procul negotiis! No, señores, no. Las circunstancias particulares de nuestra actual condición no pueden ser síntoma ni serán causa de decadencia literaria. ¿Se estinguirá, por ventura, el genio? No puede ser, señores: el genio que recibe su inspiración directa de la sabiduría divina continuará revelando sus oráculos a esta nación gloriosa cualesquiera que sean la desventura o la prosperidad que la Providencia le depare. Los que reciben esta misión privilegiada no habrán menester el estímulo de las recompensas, ni podrán ser desviados de su elevado rumbo por las ráfagas del torbellino del mundo. Inteligencias que, perteneciendo a la literatura de todos los tiempos y países, nacen para ser modelos y guías de la raza humana continuarán independientes de su sociedad y de su siglo. La atmósfera en que viven y la región en que campean está más alta que los gobiernos, más que las revoluciones, más que los intereses de la sociedad, más que las sectas filosóficas y que las escuelas literarias. No haya miedo, señores, de que el cielo deje de enviar sus elegidos sobre nuestra patria por revueltos y agitados que hayan de ser sus días, por más reciamente que pudieran batallar todavía las encontradas pasiones. Lo que sucedió en la edad más caliginosa de la barbarie no dejará de acontecer en los tiempos más bonancibles de una civilización espléndida. El sol que inflamaba nuestros horizontes en los siglos rudos de una sombría esclavitud y de una anarquía tumultuosa no dejará de brillar cuando asienta su imperio sobre la tierra la libertad de la razón y el orden de la justicia. Aquí, donde las hogueras de la Inquisición no pudieron quemar las alas angélicas de nuestros insignes ingenios, no podemos creer, sin desconfiar temerariamente de la misericordia divina, que las turbulencias políticas o las calamidades sociales, las preocupaciones del mundo o los extravíos del entendimiento, sean bastantes a impedir el nacimiento y desarrollo de los Lopes, de los Cervantes y de los Calderones venideros.
Las academias, señores, no representan este portentoso talento individual. Como el mundo y como el siglo, obedecen sus preceptos, acatan sus oráculos, oponiendo, en verdad, a veces a sus estravíos el antemural de aquellos principios permanentes y conservadores que el común sentido les tiene encomendados. Las academias pueden representar el saber colectivo de una sociedad en sus diversos dominios y la participación de todos los hombres entendidos en la tarea común de la civilización de una época. Que no sea desmedidamente esclusivo este concurso, que encuentren proporcional cabida en este fecundo trabajo las inteligencias que se consagran a la sociedad o los corazones que pagan a la humana naturaleza el tributo de sus afectos, he creído demostrado, señores, que no implica decadencia y ruina en los adelantos científicos de un pueblo, ni que empaña aquella aureola de esplendor literario con que señala la historia el giro de bs sociedades por las órbitas de la civilización.
Redundaría si, en desdoro de este esplendor, el que los que recibiéramos este lauro, por consideraciones en que tiene parte tan principal la generosidad y la benevolencia, creyéramos que era un galardón debido a grandes trabajos y un asiento de reposo al cabo de una carrera de laboriosos merecimientos. Pero los que se encuentren en mi caso habrán de aceptarle, señores como una consagración que nos impone grandes sacrificios y que nos empeña en la esforzada empresa, debajo de cuyas gloriosas banderas acudimos a recibir humildes la bendición de nuestras armas. ¿Qué importa que hayamos militado en otro campo? La enseñanza que allí hayamos recogido puede no ser del todo infructuosa para saber cumplir nuevos empeños. Los juramentos que aquí nos liguen podrán realzar y enaltecer las obligaciones que de otros compromisos conservemos. Aquí, como en la sociedad, el estudio de los hombres consumados en las vigilias de su gabinete fecundará la viva enseñanza que da la amarga esperiencia del mundo. En este consorcio, señores, la política podrá recordar diariamente a la ciencia que la perfección moral del hombre y la mejora continua de su condición social es el final propósito de todo saber, de todo estudio, de toda duradera inspiración. Aquí la ciencia podrá repetir todos los días a los hombres pagados en demasía de la importancia política, o sobradamente preocupados de positivos intereses, que nunca sin esplendor literario y sin superioridad científica han alcanzado las naciones, por gloriosas y prósperas que aparezcan, aquella supremacía de influencia moral, que es la verdadera grandeza de los pueblos y de los hombres. La combinación de estos dos principios, señores, es el seguro de vida de toda civilización sólida, como es el sello de perfección de toda consumada literatura.
He dicho