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Prensa y canon

“Crítica literaria. Doña Blanca de Navarra, crónica del siglo XV, por don Francisco Navarro Villoslada”

Autor del texto editado
Cañete, Manuel (1822-1891)
Título de la obra
El Faro, n.º 71, 8 de julio de 1847
Autor de la obra
Coello y Quesada, Diego (dir.)
Edición
Madrid: Imprenta a cargo de don Agustín Aguirre, 1847
Paginación
pp. 3-4
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de la BNE. (texto completo)
Información técnica
Editor: Isabel Román Gutiérrez
Encoding: Noelia Santiago López
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
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Córdoba, 6 abril 2026

CRÍTICA LITERARIA

Doña Blanca de Navarra, crónica del siglo XV, por don Francisco Navarro Villoslada


Tarde, a fe, llegamos al punto de manifestar nuestra humilde opinión acerca del libro que va a ocuparnos. Circunstancias que juzgamos inútil enumerar nos han impedido exponer antes lo que pensamos sobre una producción que nos ha interesado por más de un título, y esta razón es la que hoy nos tiene perplejos al penetrar en el campo segado ya por muchos y más hábiles cultivadores. Pero, como es propio de espíritus apocados cejar sin resistencia alguna ante la primera dificultad que encuentran, vamos, temerosos de ser comprendidos en este número, a procurar vencer las que embarazarán nuestra marcha. Pues, bien que nos reconozcamos sin fuerzas para arribar a buen puerto en la presente ocasión, todavía nos infunde arrojo el deseo de rendir tributo a una obra que está muy lejos de confundirse entre las vulgaridades que pululan incesantemente en la un tiempo gloriosísima engendradora de los Cervantes y de los Quevedos. Además, esta misma posición, en medio de sus desventajas innegables, nos pone en la aptitud de poder juzgar con mayor conocimiento de causa; y, como a propósito de la aparición de Doña Blanca de Navarra se han sentado conclusiones por las cuales se caracteriza el espíritu de la literatura actual de un modo que tal vez no encierre todas las condiciones de exactitud necesarias, aprovecharemos la ocasión, no para rebatir con pedagógica petulancia las ideas de quien vale y sabe más que nosotros, sino para esponer algunas observaciones que acaso puedan servir de esclarecimiento a un punto interesante, como lo son todos los que se hallan más o menos íntimamente relacionados con la historia del arte y, por consiguiente, en disposición de servirnos algún día para investigar, por el prisma de las inclinaciones y de los predominantes gustos de un pueblo, el estado de su civilización.

Ha dicho uno de los críticos que más honran nuestro suelo, al hablar del libro que nos ocupa, que «la novela es realmente la fórmula de nuestra literatura, la espresión de nuestra sociedad», que «la historia, como hoy se escribe, en sus formas y en su esencia, es novela histórica; que «novela dialogada es el drama moderno, con sus dimensiones exuberantes, con sus lances imposibles»; y que «la filosofía misma, y aun la política, cosas de suyo tan poco novelescas, tienen hoy en las producciones de nuestros publicistas, producciones palpitantes de interés, como ahora se dice, mucho de novela». Pero nosotros creemos que la novela para hacerse popular, para ejercer la especie de tiranía que ejerce sobre otros muchos de los ramos en que la literatura se divide, para ser, en fin, lo que es, ha necesitado apelar no solo .a la esencia sino a las formas dramáticas, y, por consiguiente, que el drama y solo el drama es el que, disfrazado con este o el otro atavío, con esta o la otra espléndida veste, predomina en el espíritu de la literatura contemporánea.

No trataremos ahora de investigar si la novela propiamente dicha es oriunda de Italia; si la España, antes de que apareciese El Decamerón de Boccaccio, podía ostentar con orgullo El conde Lucanor de don Juan Manuel, ni si llegó a influir de algún modo en la creación de estas producciones inmortales la lectura de Longo y de Heliodoro; baste a nuestro propósito consignar que no seríaa el de la novela un género tan envilecido antes de Walter Scott, cuando por él habían logrado llenar el mundo de su fama, sin hacer mención de otros muchos, los infinitos autores de libros de caballería, libros que llegaron en su tiempo a gozar relativamente de más prestigio y de mayor influencia que la alcanzada en los nuestros por El judio errante o El conde de Montecristo, y que son a las heroicas epopeyas de la antigüedad lo que a los dramas de Shakespeare, de Calderón y de Schiller, las novelas de Bulwer en Inglaterra, las de Haering y Spitdler en Alemania, las de Guerrazzi y Grossi en Italia, las de Balzac y Victor Hugo en Francia. Esto sin hablar del Quijote, que ha sido juzgado por los críticos de todos los tiempos y de todos los países con arreglo a su importancia y a las cualidades que le colocan en una esfera especial, donde únicamente pudo nacer y morir el ingenio de Cervantes y donde acaso nadie podrá conseguir asiento en las generaciones futuras. Un ejemplo esplicará brevemente la exactitud de la idea que hemos apuntado.

Cuando el autor de Pamela y de Carlos Grandison dio a luz por primera vez su imperecedera Clara Harlowe la Europa entera acogió con la mayor avidez esta obra, por tantos títulos digna de los aplausos que le prodigaron; la prensa de diferentes naciones fue siguiendo paso a paso los del autor, y el interés por la heroína llegó a tal punto, que hasta escribieron a Richardson varias personas pidiéndole que respetase la existencia de la infortunada Clarisa. Esta obra, cuyo mérito es incontestable y que ha obtenido siempre la doble sanción del público y de la crítica, se ha despojado recientemente de los molestosos adornos que la abrumaban y ha salido a luz rejuvenecida 1 con no menor donosura que en los tiempos do su primitiva infancia. ¿Y qué es lo que ha sucedido? Que, pasado el momento de la primera impresión, debida a su nombre y a sus gloriosísimas tradiciones, el público ha punto menos que repudiado a la interesante Clara, para saborear manjares tan groseros como Martín el Espósito; y la bella bija de Albión ha quedado sumergida en el torbellino de miserables abortos que nacen y mueren al par, precisamente porque no se ha presentado con el colorido dramático que hoy se exige en las producciones de semejante naturaleza. Y cuenta que existirán pocas novelas tan dramáticas en el fondo, pues tal vez en ninguno se han presentado jamás pasiones más verdaderas ni más profundamente desarrolladas. Pero faltaba a la Clarisa, para satisfacer el gusto de hoy, que los personajes con tanta verdad retratados abandonasen su natural reposo; faltábale ese movimiento esterior de que nos habla Montesquieu, que es el que ha dado popularidad a la novela, porque el lector no perdona que se le entretenga con pasadas descripciones, cuando, ayudado del vapor, puede, en menos tiempo del que tardaría en leerlas, ver por sí mismo lo que el autor ha intentado representarle. Ni debía ser otra cosa.

La sociedad moderna, que ha sabido enlazar los elementos de la vida pública de la sociedad antigua a los de la vida familiar de los primeros tiempos del cristianismo; que tiende a hermanar todas las razas para convertir la humanidad en un solo pueblo compuesto de muchos otros apenas diferentes cutre sí, gracias a la civilización que ha roto la barrera de las preocupaciones nacionales; y que, por consecuencia, siente arder en su seno el germen de la actividad, que es el principal rasgo con que se distingue, no podría encontrar solaz en las novelas puramente de narración. Por esto, después de haber creado para su deleitamiento las de acción, ha aspirado a más aún y ha inventado las dramáticas, en las que no ya mira a los personajes más o menos bien pintados, sino que los ve moverse y aprende a conocerlos por sus palabras y por sus acciones. La novela de nuestros días es, pues, esencialmente dramática; y, si ha logrado tiranizar, como ya hemos dicho, a los demás géneros literarios, es precisamente por su condición de tal; porque todo lo que es verdadero se hace desde luego interesante, y la novela, que hoy pinta con exactitud no solo la vida interior del individuo, sino la vida esterior de la sociedad, como copia del gran drama que la humanidad representa cada día, tiene títulos suficientes para cautivar en su solitario teatro la atención particular de sus parciales espectadores. Y hay tanta exactitud en esto cuanto que las novelas de formas dramáticas son tal vez las que mayor éxito han conseguido en todos tiempos.

Desde que apareció Celestina, ese libro singular que su autor calificó de tragicomedia, al que Moratín y Sismondi apellidaron novela dramática, y que torció verdaderamente el rumbo de la novela antigua, imprimiéndola un carácter de animación hasta entonces desconocido, la España, que en este género posee ricos tesoros, en su mayor parte ignorados, produjo un sinnúmero de novelas de todas especies. Y ¿cuáles son las que han llegado con estimación y crédito hasta nosotros? ¿Cuáles las que han logrado popularizarse? No serán las pastorales de Montemayor y de Gil Polo, apenas conocidas de los eruditos, a pesar de su indisputable mérito; no las amatorias de Flores y de Alonso Núñez de Reinoso, imitadas de modelos italianos; no Los trabajos de Persiles y Sigismunda, aunque constituyen tal vez el libro mejor escrito del inmortal autor del Quijote, sino los cuadros cómicos de El Lazarillo de Tormes y Rinconete y Cortadillo, y las variadas situaciones del gran drama-poema de Cervantes. En Francia misma ¿son hoy leídos Scudery y La Calprénede? No, ciertamente. ¿Y quién es el que desconoce el Gil Blas de Santillana, esa obra maestra compuesta por el ingenioso Lesage de fragmentos españoles, esa obra maestra de la comedia-novela, como dice Villemain, que solo pudo haber sido creada por un autor de la escuela de Molière, porque, según la opinion de De Barante, no es sino una comedia de distinta forma? ¿No debe Scarron a Le roman comique que hoy conozcamos su nombre, porque unido a semejante libro se ha libertado de caer en el abismo sin fondo donde jamás los recuerdos tuvieron entrada? Y en el país de Boccaccio y de Manzoni ¿no es más conocida la Desdémona del Mor of Venice de Shakespeare que la Desdémona de la novela de Giraldi Cintio, estatua de bellas proporciones a la cual infundió vida el espíritu del gran trágico de los modernos tiempos? Hace cincuenta años pudo decir con exactitud el autor de Werther y de Fausto: la novela es la epopeya doméstica; pero en estas cinco décadas ha presenciado la humanidad acontecimientos que bastarían a llenar otros tantos siglos; y merced a los esfuerzos de Walter Scott, del Esquilo de la novela completamente dramática, esta se ha convertido en la historia privada de la sociedad 2 , es decir, en la novela que toma la vida en todas las condiciones y deja a cada una su carácter, su interés, su pasión y su lenguaje, en la novela, que es un inmenso drama 3 y que ha llegado a la cima de la montaña después de haber seguido el destino de las sociedades y pasado de narración a acción, y de acción a drama, como aquellas del individuo aislado a la familia, y de la familia al pueblo. Porque ha tenido esto en mientes, porque, siguiendo las huellas de aquel gran maestro, ha sabido desempeñar con acierto los papeles que correspondían a la trinidad dramática de autor, actor y pintor, es por lo que ha conseguido tan buen éxito para su obra el de Doña Blanca de Navarra.

Con harta razón ha dicho el señor Ochoa que nuestra afición a este ramo de literatura iguala, si no escede, a la que le profesan los estranjeros; y ha consignado, para consagrarles un recuerdo afectuoso, los nombres de los pocos y ya malogrados jóvenes que en España han cultivado con éxito la novela. Pero nosotros, que estamos con él de acuerdo y creemos que los que empezaron por El doncel de don Enrique, El castellano de Cuellar y El golpe en vago hubieran podido competir, andando el tiempo, con sus ilustres maestros, tenemos el derecho de culparle por su falta de perseverancia; porque, arrojando, como al par de Lara y Espronceda arrojó 4 la simiente de la novela dramática, cuando apenas estaba removida la tierra para recibirla, hoy, que se halla bien preparado el terreno, hoy que el público, a fuerza de saborear el apetitoso manjar confeccionado por artífices estranjeros, lo codicia para devorarlo, aun desvirtuado por los malos trasiegadores de nuestro país, no acompaña el precepto con el ejemplo, y deja que batallen solos contra el torrente de la ignorancia y del mal gusto campeones de menguadas fuerzas y de poco generoso aliento. Escepción de tal regla, y acaso la mejor de todas las escepciones, a contar desde ha cuatro o cinco años, es el señor Navarro Villoslada; por esta razón le juzgamos tan digno de los aplausos de cuantos en algo estimen la gloria de las letras españolas, que han sido por demás superficiales e infecundos en estos últimos tiempos.

Persuadido de que la historia es una novela natural, es un drama verdadero, el señor. Navarro ha buscado en los anales de la edad media una de tantas lastimosas tragedias representadas en el suelo patrio, para proporcionar a sus lectores, en un agradable recreamiento, una lección provechosa; y, deseoso, sin duda, de pintar los risueños paisajes de su país natal, que fueron teatro de terribles sucesos en lejanos siglos, ha colocado la acción de su obra en los turbulentos años que siguieron a la muerte del generoso Carlos, príncipe de Viana.

Una de las estrellas que más puras brillaron en el caliginoso cielo de aquella época de ambiciones desatadas y tumultuosas banderías es la hermana del infortunado amigo de Ausias March, a quien el autor del libro que nos ocupa ha escogido para heroína de su producción. «La desdichada Blanca (dice Quintana, aludiendo al triste desenlace que tuvo el matrimonio de esta princesa con el menguado rey de Castilla) fue arrojada de un lecho que sus virtudes honraban, para que después le ocupase aquella Juana de Portugal cuya imprudente conducta fue la ocasión de todas las desgracias de Enrique IV. Vivió algún tiempo en Aragón, y después se fue a Pamplona con el príncipe su hermano, a quien amaba entrañablemente, motivo por el cual vino a incurrir en el odio que su padre tenía a don Carlos». Y más adelante añade: «Aquel reino (el de Navarra), que tan floreciente y tranquilo se había mantenido en los felices días de Carlos el Noble y Blanca, ya era un teatro sangriento de robos, escándalos, desolación y homicidios, frutos propios de la guerra civil, cuyos móviles no son ni el interés ni la gloria, sino el rencor y la venganza». Si a esto se añade que, no bien muerto el de Viana, se desató con más furia la persecución contra doña Blanca, legítima heredera de un trono que su menor hermana, la de Fox, codiciaba con tanto empeño, se comprenderá bien el tacto con que el señor Navarro ha sabido escoger para interesar a sus lectores una época y unos personajes que tan interesantes son de suyo. Y con efecto, ¿qué cosa existe en el mundo más interesante de suyo que la desgracia? ¿Y cuál es comparable a la de aquella que, nacida bajo el solio regio, fue víctima toda su vida de los rigores de la fortuna, y a quien en San Juan de Pie del Puerto entregaron en nombre de los condes de Fox al captal de Buch para que la llevase al castillo de Ortez, donde (según el mismo Quintana espresa) a poco tiempo fue envenenada de orden de su hermana, y murió en 2 de diciembre de 1464? Doña Blanca, que desde el principio de la novela aparece encubriendo con el sencillo aparato de una condición humilde el brillo de su condición real, para burlar de este modo la saña de sus enconados parientes, es un personaje muy dramático; y el autor, dando a su obra el carácter de trágica sencillez que al asunto por su particular índole convenía, ha creado un conjunto cuyas proporciones son de singular belleza. Ante todo debemos celebrar el buen acuerdo con que el señor Navarro, en armonía con las exigencias del gusto de hoy, ha dado a su obra el interés que nace del movimiento dramático de las pasiones, poniéndolas en relieve y haciendo que cada personaje se dé a conocer por sí mismo más bien que por un análisis anatómico de sus afecciones y su carácter; pues, como dicho interés es el más activo, ha logrado por él un éxito tan justo como envidiable.

Algunos podrán objetarnos que, siguiendo nuestro sistema, es decir, asentando que el drama es el que en abstracto domina en la literatura contemporánea, destruimos los límites señalados a cada uno de los ramos en que esta se divide, y formamos una confusión de géneros, de la cual debería surgir, como consecuencia inmediata, la más lamentable anarquía. Pero, si se analiza con algún detenimiento la idea que hemos apuntado, y para el desarrollo de la cual fuera necesario mayor espacio del que nos está concedido, tal vez se llegue a conocer que es exacta y se funda en hechos razonables. Según hemos dicho ya, el elemento dramático es el que en la novela moderna prevalece; ahora bien, ¿cuál es el elemento dramático? Las novelas han pintado en todos tiempos pasiones, han descrito caracteres, han retratado costumbres, han ofrecido, en fin, un cuadro donde han encontrado muchos el trasunto de la sociedad que había de ser juez del autor y de su obra. ¿Qué les faltaba para ser dramáticas? ¿El drama no es, por ventura, un conjunto donde de la lucha de pasiones, de la contraposición de caracteres, de la diversidad de costumbres nace el interés que cautiva la atención del público? ¿No son unos los elementos de ambos géneros literarios? ¿No se diferencian solo en que la novela se escribe para ser leída, y el drama para ser representado? La naturaleza humana (dice el célebre Augusto Schelgel) es, sin duda, simple en su esencia, pero un examen pausado nos enseña que no hay en el universo fuerza alguna primitiva que no sea susceptible de dividirse y de obrar en direcciones opuestas: los movimientos de los seres animados se esplican por el de sus órganos, ora dilatados, ora comprimidos, y no se ven por do quiera más que disonancias y consonancias, contrastes y armonía. ¿Por qué, pues, no se ha de reproducir este fenómeno en el mundo moral, en el alma del hombre? Acaso esta pregunta sea la mejor solución del problema que hemos asentado. Que los elementos se combinan, pero no se multiplican, es una verdad como tal reconocida mucho antes de que madame Staël la formulara; por eso vemos que tanto el drama como la novela, el poema como la historia, compuestos en abstracto de unos mismos elementos, es decir, de la representación, ora verdadera, ora verosímil, de cuanto pasa o puede pasar en el mundo de los seres racionales, se diferencian, sin embargo, notablemente en la forma de esta representación, y adquieren por ello su carácter propio, dando lugar a que se establezcan esas clasificaciones muchas veces arbitrarias, casi siempre convencionales, que, según piensan algunos críticos, no deben ser alteradas una vez que las haya consagrado la sanción del tiempo, Pero, a nuestro modo de ver, estas miras son muy estrechas, y respetarlas fuera querer restringir el poder de la naturaleza, que por medio de revoluciones cuyo origen desconocemos las más veces cambia en muchas partes la faz del orbe, convirtiendo en montañas las que antes eran llanuras, y viceversa,

Y, como los nuevos descubrimientos son los que crean la necesidad de nuevas leyes, mal hubiera podido la España atender al sostenimiento de sus dominios trasatlánticos cuando la Europa ignoraba la existencia de aquellas vastas regiones, Nosotros, pues, lejos de querer introducir la confusión, lejos de alterar la clasificación de géneros literarios para formar un caos incomprensible, seguimos el orden lógico de dividir y subdividir las diferentes especies para mejor comprenderlas, persuadidos de que allí donde muchos que juzgan someramente miran solo una identidad perfecta suele haber diferencias muy notables, si con mayor detenimiento y con doble fuerza de atención se examina el objeto que ha sido causa de semejantes investigaciones. El ensanche que se ha dado a la novela recientemente es la verdadera causa de la nueva clasificación que establecemos; porque cuando la novela participa hasta tal punto del elemento dramático, cuando Manzoni se diferencia tanto de Sacchetti, cuando Walter Scott es tan poco semejante a Johnson, sería casi ridículo no establecer diferencia alguna entre dos ramas que, no por haber brotado do un mismo tronco, dejan de ser natural y espontánea la una, e injerta, para más avalorarlo, la otra. ¿Cuál es el elemento dramático? hemos preguntado antes, y, a ser sinceros , debemos decir que es más difícil de lo que á primera vista parece definir una cosa que más se comprende que se csplica, o para cuya completa esplicación sería necesario detenerse en profundas especulaciones filosóficas. Dice el inmortal autor de Tom Jones que el mundo ha sido frecuentemente comparado a un teatro, y que célebres escritores y poetas han considerado la vida humana como un gran drama, semejante hasta en sus menores detalles a las representaciones teatrales. Y’ la ya citada madame Staël asegura que el talento dramático no se compone solo del arte de la poesía, sino que consiste también en el profundo conocimiento de las pasiones, añadiendo que en la tragedia se dirige el autor al hombre, sin que necesite para enternecerle consultar sus gustos ni investigar el estado de su cultura, mientras que en la comedia, para obtener un éxito popular, es necesario conocer bien las costumbres del pueblo a que se dirige. Ahora bien, si en el género dramático mismo se establecen no solo las dos grandes y generales divisiones de tragedia y comedia, sino otras muchas, ¿por qué no hemos de creer que cuando existen tales diferencias es porque, al hacer aplicación de unos elementos determinados, estos han sabido modificarse y aparecer como producto de diverso origen? ¿Por qué cuando reconocemos que el elemento de la comedia difiere del de la tragedia no hemos de creer que existe un elemento superior que abraza el de ambas especies y que, como un manantial fecundo, les presta la savia de que necesitan para vivir? ¿Por qué no hemos de creer que existe un elemento dramático que, según Schlegel, consiste en librar a la acción de los accesorios estraños, de los detalles minuciosos, de los incidentes importunos, que en la realidad retardan la marcha de los grandes acontecimientos, y reúne en un solo punto (presentando en relieve el cuadro de la vida) la flor, por decirlo así, de los momentos más interesantes y decisivos del destino humano? El elemento dramático es, pues, el que representa una acción por medio de la palabra sin el socorro de la narración; es el que tiende a conmover el alma, produciendo el placer a que aluden los siguientes versos de Lucrecio:

Suave, mari magno, turbantibus æquora ventis,
E terra magnum alterius spectare laborem;
Non quia vexari quemquam est jucunda voluptas,
Sed quibus ipse malis careas quia cernere suave est;


porque ningún placer es acaso más verdadero ni más codiciado que el que proporciona al alma la ocasión de penetrar por sí misma a través de las acciones y de las palabras de los individuos, en el fondo de los corazones, sin que le sea necesario para conocer sus cualidades que otra persona, por más verídica que sea, se las revele en sus narraciones. Esta razón es la que hemos tenido para dar a la novela en que principalmente resaltan las cualidades hijas de dicho elemento el nombre de novela dramática, que es, a nuestro parecer, el que más le pertenece.

Doña Blanca de Navarra es un tipo de lo que creemos que debe ser este género. Sencilla en el fondo y en la forma, tiene ese carácter severo de las tragedias de Sófocles, porque también como en ellas son verdaderos los caracteres naturales, las pasiones e históricos, o verosímiles los sucesos. La distribución de las partes que componen el todo es sobria y, por lo tanto, acertada y conveniente; y la acción, que marcha desembarazada de inútiles episodios, y que desde el primer momento interesa, corre con doble rapidez desde la segunda mitad del libro a preparar el terrible desenlace, que tan profunda impresión deja en el ánimo. Tales son, en resumen, las prendas que más realzan la novela que examinamos. Pasemos ahora a mencionar detalladamente alguna de sus bellezas, y a hacernos cargo de los pocos lunares que la deslustran, y que apenas merecen el título de defectos. Una de las mayores bondades de esta obra es el pensamiento moral que encierra: hacer amable la virtud, hacer aborrecible el vicio. El autor se vale de Inés y de doña Blanca para conseguir lo primero, y lo consigue. Doña Leonor de Fox realiza perfectamente lo segundo. La época favorecía mucho para llegar dignamente al término de tal propósito. Último siglo de la gran división a que se ha dado el nombre de edad media, el décimo quinto, entre los resplandores crepusculares que arrojaba el espíritu de la ya muerta caballería, empezaba a sentir en su seno el germen de los elementos que habían de constituir más tarde la fisonomía de la edad moderna, haciendo pasar por su cauce las aguas de las civilizaciones antiguas y el puro manantial que con el nacimiento del cristianismo habla infundido un nuevo ser a los pueblos. Este contraste de costumbres, que debía influir notablemente en la forma esterior del desarrollo de las pasiones, ha dado al autor asunto para trazar más de un cuadro interesante, y así vemos el moribundo brillo de las degeneradas aventuras caballerescas en las escenas de las Bárdenas y en la muerte de Sancho de Erviti, mientras que los acontecimientos acaecidos en el castillo de Ortez nos presentan por el prisma del feudalismo espirante el entronizamiento de la diplomacia y de la maquiavélica política de Luis XI y sus deudos los de Bearne.

Doña Blanca está retratada con tal verdad, con tintas tan melancólicas, que no puede menos de interesar. El amor que Gimeno le profesa, y que forma un gran contraste con la tibieza, más aún, con los desvíos que debió esperimentar en los estériles años de su consorcio con el rey Enrique es para su [...] el bálsamo que lo purifica y que le da nueva vida; pero tan bella figura tiene una rival en el cuadro. Inés, mujer apasionada que ve abrirse su alma a las delicias de un amor correspondido, que no bien despierta del sueño de su fugaz ventura se encuentra abandonada del que la amaba, y que , sin embargo , lleva su abnegación hasta el punto de sacrificarlo todo, de luchar a brazo partido consigo misma para acallar la voz de los celos y proteger como un ángel invisible al hombre por quien suspiraba y a la mujer que era reina del corazón por la posesión del cual hubiera ella dado más de mil vidas, es, efectivamente, una creación sublime, digna de brillar al lado de las de Walter Scott. ¡Cuán bellas no son estas palabras que dirige á doña Blanca en la magnífica escena que se verifica en el castillo de Ortez, cuando, víctima la princesa de sus enemigos, llega Inés ofrecerle la libertad en nombre del que la adora!

—«¡Celosa vos de mí, doña Blanca! ¡Callad, por compasión, que me mataréis de dolor, si no me hacéis prorrumpir en estúpidas carcajadas! ¡Celosa vos, cuando los celos han macerado mis carnes, me han robado los colores, el sueño, la tranquilidad! ¡Celosa vos, cuando me estoy alimentando con la ponzoña de los celos que vos me suministráis! ¡Oh! ¡Basta, basta! ¡Haréis que me arrepienta del generoso intento que aquí me trae! ¡Sabedlo, señora, sabedlo también vos! ¡Vengo aquí a proporcionaros la fuga, a entregaros a Gimeno, al Gimeno que yo adoro! ¡Vengo a colocaros en sus brazos y a miraros partir juntos para nunca más volverle a ver! ¡Vereisle cómo se aleja de aquí sin tornar el rostro siquiera para dirigirme una mirada de gratitud! ¡Veréis cómo jamás mi nombre sale de sus labios! ¿Y todavía tenéis celos de mí?».

Semejantes palabras en situación semejante no pueden menos de arrancar lágrimas de compasión a cuantos tengan alma sensible; y, como en materia de sentimiento creemos que acier ta el autor cuando logra herir la cuerda de que intentaba sacar sonido, felicitamos cordialmente al señor Navarro por su pericia en el arte de presentar los afectos con el colorido que puede hacerlos más interesantes,

El carácter de Gimeno es lo que debe ser: un amante joven e impetuoso, que bajo una corteza tosca abriga los nobles instintos propios de su elevado y para él desconocido origen, en el cual está completamente encarnado el espíritu batallador de aquellos belicosos tiempos. Sin mencionar el delicadísimo rasgo de hacerse cristiano porque su amada lo era y de tomar el nombre que ella llevaba, nos parece que las palabras que dice a Inés en el momento en que sabe que su amante desconocida es la heredera de un trono, «Doña Blanca de Navarra ya no es tu rival», valen un carácter bien pintado, porque espresan por sí solas todo un mundo de reflexiones. Ni es menos bello rasgo el que encierran las palabras que dirige a la princesa en presencia de Gastón y por respuesta a sus reconvenciones: «¡Señora, señora mía! ¿No me habéis conocido antes de ahora?» Solo una vez nos parece inconsecuente, cuando. armado del anillo de la condesa que debía servirle de salvoconducto, se dirige al alcaide del castillo para que le facilite salir de él. El hombre que se ha mostrado siempre tan esperto deja realmente de serlo en sus preguntas vacilatorias al alcaide, pues, llevando, como llevaba, el anillo de la condesa, no debía preguntar, dando muestras de mal disimulada turbación; debía mandar, so pena de hacerse sospechoso. También nos parece interesante el carácter de Gastón. La escena en que descubre en su madre el criminal intento de deshacerse de Blanca, para facilitarle el camino de un trono, está dibujada de mano maestra, así no fuese un poquito inverosímil su enamoramiento de la princesa, por la diferencia de edades; pues en cuanto a lo repentino de este amor creemos que un solo minuto basta para convertir en volcán ardiente el corazón donde ningún combustible había. Doña Leonor es la que más contribuye a formar el claroscuro del cuadro. ¡Qué conocimiento del corazón no revela la pintura de este carácter sombrío! ¡Qué maestramente presentada no se halla la implacable hermana que todo lo sacrifica a su ambición y que en nada repara con tal de llegar al logro de su deseo! Su esterior jovialidad, su aparente alegría, forma un contraste sublime con la desecha borrasca que agita su corazón al fluctuar en el negro piélago del delito. El «ya es inútil» que con acento fatídico dice a su hermana cuando acaba de suministrarle la ponzoña mortífera, es un rasgo de primer orden, que pone el sello a un carácter vaciado en la magnífica turquesa por donde hizo pasar el genio de Shakespeare aquella Lady Macbeth que es una de sus más ardientes creaciones. Es verdad que algunas veces parece disculpable (si disculpa puede existir jamás para el crimen) la ambición de doña Leonor, escudada en parte con el velo del amor materno; pero el señor Navarro, que, penetrando en el corazón de la historia, ha sabido arrancarle los más profundos matices del carácter de los personajes que retrata, ha comprendido que la sed de reinar devoraba el alma de la envenenadora de Ortez; y aquel «déjame reinar un mes siquiera» que la condesa de Fox dice a su hijo cuando le pinta en perspectiva un trono como premio de sus malas artes, es más elocuente que cuanto nosotros pudiéramos decir en pro del profundo conocimiento de las pasiones que tiene el autor de la novela de que tratamos. Cómo complemento del grupo que figura en el primer término de este hermoso cuadro se ofrecen a la vista del lector el conde de Lerio, Sancho de Erviti, mosén Pierres de Deralla y la judía Raquel, El primero, retratado a grandes pinceladas, según la franca manera de Velázquez, es un personaje digno de competir con el Brian de Bois Guilbert del Ivanhoe. Su entrevista con Gimeno cuando acaba doña Blanca de ser robada revela desde luego su talento y su sagacidad; la decisión que toma, no bien muerta la princesa, acaba de pintar dignamente a aquel tan mal hombre como eminente político, según lo que nos dice el autor. El segundo se presenta desde el primer instante con la ruda ingenuidad, con la tenacidad verdaderamente navarra con que le describen las crónicas al trasmitirnos en sus sencillos relatos el original mote del escudo de aquel valiente, que era el mejor emblema de su carácter: «Que sí; que no». El tercero es un ambicioso cuyo brillo queda ofuscado ante el superior talento y la muy superior ambición de la princesa de Bearne. La cuarta pertenece á la familia de la fantástica Meg Merrilees y de la no menos fantástica Norna de Fitful-Head. Todos estos personajes conservan siempre su propia fisonomía, y sus caracteres esencialmente históricos son también consecuentes por escelencia. Solo sentimos que en una de las mejores situaciones del libro, es decir, cuando aparece por primera vez Gimeno en presencia de doña Leonor, sin saber que es esta la enemiga mortal de su adorada, e Inés procura sacarlo a salvo de tan duro trance aun a costa de su existencia, aun a costa de su venganza (como dice el autor, siguiendo una gradación profundamente filosófica, puesto que la existencia es menos que la venganza para una mujer ofendida), confíe la condesa de Fox al fingido Garcés su anillo (salvoconducto con el cual podía salir libremente de Ortez), cuando minutos antes le había llamado imbécil y solo tenía motivos para sospechar de su veracidad, en un punto en el que el mal suceso de sus planes debía aguzar un entendimiento acostumbrado a crear sutiles combinaciones que pudiesen facilitar en silencio la ejecución misteriosa del crimen. Con estos personajes y muy pocos mas que ofrecen contrastes de gran interés ha llevado a cabo el señor Navarro la trágica acción de su obra. Y no se crea que el único mérito de esta consiste en la pintura enérgica de las pasiones, en el relieve de los caracteres o en la naturaleza del conjunto; el autor, que quiso comunicarla también el prestigio de la verdad histórica, ha tenido tal acierto en el ofrecernos un fiel trasunto de aquel siglo de turbulencias, que no parece solo que se ha nutrido en la lectura de mil viejos cronicones, sino que con la penetrante vista del genio ha salvado la barrera de las edades y ha sorprendido, al par de la fisonomía esterior de la época que nos describe, los mil imperceptibles rasgos que constituían entonces la vida íntima de todas las clase. de la sociedad navarra. Réstanos consignar que el estilo de tan bellos cuadros es siempre fluido, correcto y elegante. Sin esa afectación pedantesca de los que creen que el usar de arcaísmos es bastante para retratar con un colorido propio las costumbres de antiguos tiempos, el autor de Doña Blanca de Navarra nos ha demostrado que ha sabido beber en buenas fuentes, y que el idioma de Cervantes se presta a todo, cuando tienen talento y estudios los que le manejan. El señor Navarro debe, pues, estar orgulloso de su obra; pues quien ha sabido crear un todo tan bello escribiendo con la precipitación que exige la publicación diaria de un folletín podrá con mayor espacio dar aun más ópimos frutos en lo venidero, si con igual perseverancia sigue marchando por la senda en donde acaba de dar con tanta gloria los primeros pasos. Nosotros, entretanto, sentimos solo haber llegado al término de un camino que nos ha brindado únicamente lozanas flores, y por el cual hemos cruzado con respeto y con temor, como los antiguos habitantes de Colona pasaban por delante del bosque sagrado de las Euménides.



Manuel Cañete

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