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Prensa y canon

“Variedades. Estudios literarios. Estudios acerca de Lope de Vega y de la observancia en él de las unidades malamente llamadas aristotélicas. Artículo segundo”

Autor del texto editado
Cañete, Manuel (1822-1891)
Título de la obra
El Faro, n.º 118, 21 de agosto de 1847
Autor de la obra
Coello y Quesada, Diego (dir.)
Edición
Madrid: Imprenta a cargo de don Agustí Aguirre, 1847
Paginación
pp. 3-4
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de la BNE. (texto completo)
Información técnica
Editor: Isabel Román Gutiérrez
Encoding: Noelia Santiago López
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
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Córdoba, 31 marzo 2026

Variedades

Estudios literarios

Estudios acerca de Lope de Vega y de la observancia en él de las unidades malamente llamadas aristotélicas.

Artículo segundo


Pero aun aduciremos, en apoyo de nuestro modo de ver las obras del gran dramático, el parecer nada sospechoso de un crítico tan erudito como razonable. «Al ingenio grande, audaz, eminentemente español de Lope (dice don Agustín Durán) 1 estaba reservado comprender e inventar un sistema dramático que fuese verdadera expresión de nuestras necesidades intelectuales y morales. Por inspiración o por sentimiento íntimo, quizá más que por estudio, halló el drama español; y, formándolo con la quintaesencia del carácter indígena, le apropió, además, cuanto no era incompatible con ella y habíamos adquirido de los extraños». Y más adelante continúa: «Las reglas que los críticos dedujeron de las creaciones clásicas, y de que se apartó Lope, no afectaban esencialmente las generales que constituyen la imitación de la bella naturaleza; si de estas se olvidara, jamás hubiera conseguido representar ni satisfacer las necesidades de un pueblo, pues, siendo ellas mismas esencialmente necesarias, son una parte del instinto con que el pueblo concibe y siente la belleza». En el teatro de Lope «está consignada toda la ciencia de su siglo y de su nación; allí sus usos y costumbres; allí su fe y creencias religiosas; allí sus principios morales y políticos; allí sus necesidades, gustos y placeres; allí lo que contenía su originalidad; y allí, mejor que en la historia, que respeta y adula a los individuos, se pintaban con verdad en seres ideales atributos que constituían entre el pueblo la idea de lo bueno y de lo malo, de lo útil y de lo dañoso, y hasta el extravío que produce en los juicios humanos la constitución social y la educación».

Estas razones son tan valederas, que apenas necesitan ser esforzadas; pero no es en este terreno elevado, no es en la región de la ciencia donde los enemigos de Lope y del drama español (fuente con el inglés del moderno drama europeo) han hecho mayores alardes. Los críticos de más boga no ha muchos años y, lo que es más, algunos de los que aún sostienen con éxito entre nosotros el prestigio de su autoridad sibilina, han dictado el fallo condenatorio por una cuestión de forma, han fulminado su anatema contra la cabeza do Lope por no haber este observado las unidades. Deplorable manía de no pasar nunca de la superficie de las cosas y de querer vaciar en un crisol mismo todas las emanaciones del genio. ¡Como si la belleza no fuera susceptible de diversificarse en la forma de su expresión y no tuviese en esta cualidad uno de los títulos que la hacen más atractiva! Pero, aun en este lugar escogido por los escrupulosos Aristarcos hemos de penetrar con arrojo a poner en claro su obcecación, ya que no merezca su atrevimiento el renombre de ignorancia.

Dícese que Lope despreció las reglas de Aristóteles y Horacio, los cuales impusieron la más estricta severidad en la observancia de las tres unidades de acción, de lugar y tiempo, y que hizo una lamentable fusión de géneros, creando un monstruo que no era ni tragedia ni comedia, y que participaba de la naturaleza de ambas como la esfinge. Para deshacer estos cargos bastará tan solamente citar la opinión de los preceptistas en que los Zoilos se apoyan sin conocerlos, y aducir algunos ejemplos sacados de las mismas obras griegas y latinas, que no siempre cumplieron los preceptos dictados en tiempos no tan remotos por un gran crítico de la Francia, preceptos que había prematuramente asentado nuestro Cervantes, aunque sin haberlos podido él mismo poner en práctica. La primera autoridad que para defender las unidades se cita es la de Aristóteles; veamos, pues, lo que acerca de la de tiempo dice este esclarecido filósofo, puesto que todos convienen en lo indispensable que es la observancia de la de acción (a la que también faltaron los griegos no pocas veces), y que ni por acaso menciona en su Poética la de lugar.

«El término de esta extensión (dice el hijo de Estagira) respecto de los espectáculos y del auditorio no es de nuestro arte, puesto que, si se hubiesen de recitar cien tragedias en público certamen, la recitación de cada una se regularía por reloj de agua, según dicen que se hizo alguna vez en otro tiempo. Pero, si se atiende a la naturaleza de la cosa, el término en la extensión será tanto más agradable cuanto fuere más largo, con tal que sea bien perceptible. Y para definirlo, hablando sin rodeos, la duración que verosímil o necesariamente se requiere, según la serie continua de aventuras, para que la fortuna se trueque de feliz en desgraciada o de infeliz en dichosa, esa es la medida justa de la extensión de la fábula» 2 . Ya se ve que este precepto concede toda la latitud razonable, y que hablan sin conocimiento de causa los que con la autoridad de Aristóteles pretenden imponer un pesado yugo a la fantasía. Es verdad que semejante creencia se funda, si puede ser nunca el error un sólido fundamento, en las torcidas interpretaciones que algunos sutiles Scottos, ciegos enaltecedores de la infalibilidad aristotélica, han dado a uno de los más claros pasajes de aquel maestro. Pero el que ellos no hayan comprendido las palabras de Aristóteles cuando dice que la tragedia «procura sobre todo reducir su acción al espacio de sol a sol, o no exceder mucho» 3 no ha de ser un embarazo para los poetas; y Metastasio, con su buen gusto y aguda crítica, supo burlarse oportunamente de los comentaristas fanáticos del preceptor de Alejando el Grande 4 .

Veamos ahora lo que dice Horacio acerca de las unidades en su Epístola a los Pisones. El primer precepto que asienta sobre este particular, y el que los reasume todos, es el consignado en el siguiente verso:

Denique sit quod vis, simplex duntaxat et unum.


Es decir: «el plan de todo compuesto, ora sea natural, ora artificial, debe tener unidad y sencillez». Pero, como observa muy bien Metastasio en las notas a su traducción de la misma epístola 5 , ni en dicho pasaje ni en todo el curso de su poética ha hecho Horacio la mención más mínima de los canónicos límites del lugar y el tiempo, que no pueden ser incluidos en el mencionado precepto porque, hablándose en él de la poesía en general, sería necesario restringir a aquella unidad hasta los poemas épicos, incapaces de sujetarse a ella de ningún modo. Por otra parte, ¿no es ridículo exigir que en un mismo lugar reúna Casio sus conjurados y asesine Bruto a César, que un radio fijo de pocas varas presencie la declaración de Romeo y la muerte de Julieta, que el espíritu de Tell, agreste como las montañas de la Suiza, no se mueva de un solo sitio faltando a la historia y a la naturaleza para ser humillado por Gesler y traspasar el corazón del tirano? ¿O se querrá por ventura sacar al precepto (inútil en nuestros días)

actoris partes chorus officium que virile
defendat: neu quid medios intercinat actus
quod non proposito conducat, et haereat apte 6


un jugo que en vano pretendiera extraerle el más perfeccionado alambique?

Llegamos ya al más reputado preceptista clásico de los modernos tiempos, al que ha sabido colocarse a la altura de los Aristóteles y Horacios, al que, teniendo en cuenta las necesidades y el gusto de su país, aunque olvidando en ocasiones la condición general del nuevo organismo de las sociedades, ha dictado leyes que al cabo han sido acatadas en todo el orbe. Desde luego se comprenderá que hablamos de Boileau Despreaux, del que en su justamente celebre Arte Poética ha seguido las huellas de Horacio, traduciéndole alguna vez, parafraseándole no pocas, y las más dando preceptos que tienen por base la sólida razón y las reglas inmutables que impone la imitación de la bella naturaleza. Este brillante sol de la crítica del vecino reino, que, según la expresión de Vauvenargues, debía esclarecer todo su siglo, nació en noviembre de 1636, cuando los nombres de Rotrou y Pedro y Tomás Corneille eran el más bello ornamento de la dramática francesa y poco antes de que Molière y Racine se anunciasen en Paris, el uno con Le docteur amoureux, comedia en un acto representada en 24 de octubre de 1638, y el otro con la tragedia Alejandro, que se representó en 1663.

Un año antes del nacimiento de tan gran crítico, el inmortal monstruo de la naturaleza, como le llamó Cervantes, había dejado de existir abrumado bajo el peso de los laureles que todas las naciones cultas del globo codiciaban hacinar sobre su frente, como a aquel que había dado tan gran impulso al teatro europeo, sacándolo poco menos que de la nada para dejarlo en una exuberante virilidad. Los dramáticos de la Francia, inferiorísimos a los españoles en aquella época, habían, gracias a lo que tomaron de estos, empezado a dar también algunas señales de vida; y en todas partes donde nuestra bandera victoriosa se ostentaba aun como dueña de dos mundos el nombre de Lope de Vega era el símbolo de la omnipotencia creadora del genio. Sin embargo, en 1672 publicó Boileau su Poética, y en ella se encuentran los siguientes versos:

Que le lieu de la scène y soit fixe et marqué.
Un rimeur, sans péril, delà les Pyrénées,
sur la scène en un jour renferme des années.
Là, souvent, le héros d’un spectacle grossier,
enfant au premier acte, est barbon au dernier.
Mais nous, que la raison à ses règles engage,
nous voulons qu’ avec art l’action se ménage;
qu’en un lieu, qu’en un jour, un seul fait accompli
tienne jusqu’à la fin le théâtre rempli.


Aquí se autoriza por primera vez el precepto de que en un día y en un lugar se lleve a cabo una sola acción, después de calificar de groseros nuestros dramas (aludiendo por medio de una nota a los de Lope y Calderón) y de vanagloriarse el autor, con una recomendable modestia, de que entre ellos tenían las reglas de la razón más poderío que entre nosotros.

Aun cuando este arbitrario juicio no fuese más que una ingratitud para con aquellos a quienes tanto debieron los más famosos dramaturgos franceses, bastaría esta circunstancia para condenarlo en parte, puesto que la ingratitud es un vicio que no por ser muy común deja de ser menos digno de execración. Pero hay otras causas razonables para condenarlo del todo. Prescindiendo de que el autor, cuando dijo rien n’est beau que le vrai, se puso en contradicción con aquel absoluto precepto que solo encuentra la belleza en el molde por él fabricado y de que no tiene la idea el mérito de la originalidad, pues nuestro Cervantes había dicho años antes al hablar de las malas comedias de su tiempo «que qué mayor disparate puede ser en el sujeto de que tratamos, que salir un niño en mantillas en la primera escena del primer acto y en la segunda salir ya hecho hombre barbado» 7 , pueden oponerse con ventaja otras consideraciones a la regla de Boileau, y nosotros las someteremos al buen discernimiento del público en nuestro tercero y último artículo.



M. Cañete

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