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Prensa y canon

“Estudios acerca de Lope de Vega y de la observancia de las unidades en la literatura dramática. I”

Autor del texto editado
Cañete, Manuel (1822-1891)
Título de la obra
El Fénix. Periódico universal, literario y pintoresco, n.º 76, 14 de marzo de 1847
Autor de la obra
Carvajal, Rafael de (dir.)
Edición
Valencia: Imprenta de Benito Monfort, 1847
Paginación
pp. 267-268
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de la BNE. (texto completo)
Información técnica
Editor: Isabel Román Gutiérrez
Encoding: Noelia Santiago López
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
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Córdoba, 31 marzo 2026

Estudios acerca de Lope de Vega y de la observancia de las unidades en la literatura dramática.

I


Nada es tan grande como ver en los ojos del alma al alma misma. Esta sentencia de Quilón (uno de los siete sabios de Grecia) que, según nos dice Plinio, se leía en el célebre templo de Delfos, como si hubiera sido fruto de un dios, prueba de la manera más terminante la necesidad que el hombre tiene de conocerse para juzgar con acierto de sí mismo. Y, si esta necesidad es tan grande para el propio conocimiento, ¿cuánto mayor no deberá ser para el de los demás? Si tan prolijo estudio es necesario que cada individuo haga en concreto de su propio espíritu, para saber con los ojos de la razón avaluar los movimientos del alma, ¿cuán inmenso no debe ser el que emplee al juzgar en abstracto del espíritu animador de una sociedad entera, que ha encaminado las ideas de los seres racionales de que la misma se compone por este o por el otro rumbo? En efecto, al ver las aberraciones que con frecuencia padecen algunos hombres de los que se hallan al parecer más distantes de la senda del error, es imposible dejar de conocer la sublime exactitud de la máxima con que hemos dado principio a estas mal trazadas líneas.

La naturaleza humana se renueva muy a menudo; las generaciones se suceden; los dogmas que ayer eran salvadores suelen convertirse mañana en gérmenes de perdición; y en este flujo y reflujo de generaciones que nacen y generaciones que mueren, en esta voluble rueda que hoy levanta hasta el cielo de la mayor grandeza nacionalidades que ayer estaban sumergidas en el polvo de la abyección, naufragan frecuentemente unos instintos, unas costumbres y unas creencias para dar paso a otras creencias, otras costumbres y otros instintos que no podrán menos de producir en su lozana juventud notables cambios en la vida moral y material de las sociedades. En esta lucha de lo nuevo con lo viejo, de lo presente con lo pasado, lo presente no puede nunca dejar de obtener el triunfo; lo nuevo debe alcanzar la supremacía, porque las grandes masas que componen los estados saben, a despecho de la ignorancia, que tienen un destino que cumplir sobre la tierra; que su paso por el mundo es solamente una peregrinación, y que en los oscuros e ignorados senos de lo porvenir hay una nueva falange de seres (que pensarán y que obrarán como ellas) esperando que el Hacedor Supremo les señale un vacío sobre la tierra para empezar también su peregrinaje del mismo modo que los que le han precedido. Estas masas no pueden desconocer que están llamadas a depositar (luego que lleguen al término de su tránsito) algún objeto precioso en el templo de lo pasado, a fin de que los nuevos peregrinos que crucen por el mundo en pos de ellas conozcan lo obligados que se hallan a no olvidarse de lo que este mundo tiene derecho de exigirles, y que es necesario que lleven por lo menos una piedra al edificio que deben construir diversas generaciones. La verdad es una siempre, como el sol, y, como él, tiene que brillar sobre la tierra, por más que envidiosas y opacas nubes intenten oscurecerla; pero una misma verdad puede revelarse a los hombres bajo formas muy diversas y sin cambiar en su fondo, en el que no es posible nunca la más mínima variación sin que se altere su esencia, porque es inalterable de suyo. Puede trasmitirse con accidentes tan variados, con tan diversa estructura, que satisfaga a un mismo tiempo las exigencias de gustos de todo en todo discordes.

Estas reflexiones nos llevan naturalmente a un punto desde el que no podremos menos de ver a buena luz el inmenso cuadro de las obras del gran Lope de Vega, las cuales han sido generalmente juzgadas en nuestro país con una acrimonia harto punible, y no desde la esfera elevada y filosófica en que debe necesariamente ostentarse la crítica de nuestros días. Es verdad que, merced al yugo tiránico que ha oprimido el pensamiento en España por tantos siglos, las ideas reconstructoras de la sociedad moderna no han podido desarrollarse libremente en nuestro suelo; que, mientras las demás naciones marchaban por la senda de los adelantamientos, a la luz de las sabias y profundas doctrinas del ilustre canciller Bacon y del no menos ilustre autor de La ciencia nueva, España se arrastraba lentamente por el campo agostado de la rutina; pero también lo es que, por una pereza punible, nos dejamos llevar en las corrientes de la costumbre a ver las cosas del mismo modo que las vieron nuestros predecesores; y, si un juicio está formado con algunos visos de autoridad, cerramos los ojos ante la razón y nos dejamos arrastrar de las opiniones consagradas, cuando a tan poca costa y con solo arrimarlas a la luz de la filosofía podríamos convertir en cenizas el combustible fundamento en que las más de ellas se lozanean. De aquí resulta que la crítica sea poco menos que una mentira en nuestro suelo; porque los viejos, apegados a sus antiguos hábitos rutineros, desprecian lo que debieran acatar con el respeto más profundo; y los jóvenes que abrazan la carrera de las letras hacen en su mayor parte lo que fray Gerundio: dejar los libros para meterse a predicadores. De otro modo, ¿cómo pudiera explicarse que el ministerio más calificado de las letras, de las artes y de las ciencias, el que debe encaminar por el sendero del acierto a los que se apartan de él, si la buena fe los anima, o arrojarlos a la pública execración, si de propósito se extravían, se halle entregado al abandono generalmente, y en manos de sacerdotes que cubren el manto irrisorio de su ignorancia con el no menos indigno de su procacidad, gracias a la acogida que todo lo impudente y lo desvergonzado encuentra en la necedad del vulgo? Por eso las mayores vulgaridades pasan entre nosotros la plaza de grandes cosas; por eso las grandes cosas son para muchos extravagancias; y, como no nos tomamos el trabajo de pensar, como las más veces juzgamos de los hechos sin conocimiento de causa, como el crítico es casi siempre un adulador servil de la vulgar opinión, que, según el inmortal autor de la Celestina, es la que se halla más lejos de la verdad, los errores se preconizan, las pasiones de mezquino origen son las que más fácilmente se hacen oír, y poco a poco se llega a ser el escarnio de las personas que tienen una verdadera ilustración y que no se agitan en el círculo reducido de la ignorancia y de la pequeñez. Oigamos, pues, a fin de empezar el examen que nos hemos propuesto, cómo se disculpa el mismo Lope en el prólogo de El peregrino en su patria de haber seguido el rumbo que, aunque solamente en bosquejo, habían trazado Torres Naharro y Lope de Rueda, alterando las antiguas prácticas, saltando no pocas veces por encima de las reglas establecidas y acatadas, y creando un teatro que ha sido la admiración de las generaciones que le han sucedido.

«Adviertan los extranjeros (dice el insigne fénix de los ingenios) que las comedias en España no guardan el arte, y que yo las proseguí en el estado que las hallé sin atreverme a guardar los preceptos, porque en aquel rigor de ninguna manera fueran oídas de los españoles».

Ahora bien, nosotros creemos que Lope de Vega llenó un deber anteponiendo las inspiraciones de su propio ingenio a las reglas de preceptistas que en la remota antigüedad en que vivieron no tenían ni sus necesidades, ni sus creencias, ni sus costumbres, y que asistía sobradísima razón a los españoles para no querer presenciar la representación de insulsas imitaciones de un teatro que fue y será siempre de un mérito tan superior, precisamente, porque supo llenar las condiciones que reclamaba el público para quien se escribía. Si Lope se hubiese olvidado de este deber, solo hubiera hecho lo que nuestros autores dramáticos del siglo XVI: pálidas imitaciones de los teatros griego y latino que el pueblo no se hallaba en posición de apreciar, porque no le era dado comprender lo que significaba el poder omnipotente de Júpiter enredado de amores con Alcumena 1 cuando él solo adoraba como Todopoderoso al Crucificado. Hubiera hecho, a lo sumo, en vista de su talento sin par, lo que hicieron Plauto, Terencio y Séneca con relación a Sófocles y a Menandro; pero ni la gracia extraordinaria del primero, ni la urbanidad del segundo, ni el nervio y la pompa del tercero bastaron a crear un teatro verdaderamente romano, y el que tanto sobresalió en todos los ramos de la bella literatura tuvo que contentarse con ser un imitador, no siempre feliz, de los dramáticos de la Grecia. Y ¿por qué fue esto? ¿Faltaba por ventura talento a los romanos para dar cima a la obra de crear un teatro que estuviese en armonía con sus costumbres? Los pueblos que cuentan con preceptistas de la elevación de Horacio no pueden alegar falta de talentos para ningún género de bella literatura; y, sí los romanos no son en la dramática sino imitadores y traductores de los griegos, es porque abjuraron de su nacionalidad, porque los juegos del circo satisfacían las exigencias de esta, y el teatro era entre ellos una planta muy poco menos que exótica.

Lope de Vega, al contrario, conoció la índole del pueblo para quien escribía, se penetró del espíritu que le animaba, supo hablar el idioma que le era perceptible y hacer el retrato fiel de sus costumbres, inspirado de igual creencia, y de este modo logró lo que desde la corrupción del gusto entre los latinos no había logrado ningún otro; lo que el mismo gran Shakespeare, su contemporáneo, menos conocido entonces que él, aunque no inferior en mérito, lograba por su parte en Inglaterra: crear un teatro que debía en lo futuro ser la nueva estrella del arte y apagar el ya casi nublado sol de las clásicas imitaciones. ¿Ni cómo podía ser otra cosa? La sencillez de las costumbres griegas había desaparecido; los dioses de la teogonía pagana habían caducado en el mundo entero; el espíritu fraternal y humanitario del Evangelio había sustituido a los sistemas más o menos errados de los filósofos de la antigüedad, y, por consiguiente, el elemento civilizador de la sociedad moderna difería en tanto del que animaba a la antigua, cuanto era diversa la organización feudal del republicanismo griego y de la unidad romana. Con estos distintos caracteres, con estas diferentes costumbres, con esta opuesta creencia, la forma, tanto interior como exterior, de la sociedad debía ser otra, puesto que tan grandes variaciones había verificado en el mundo la doctrina de Jesucristo. Merced a ella desaparecieron los brutales juegos del circo; gracias a su benéfico influjo el hombre empezó a contener y modificar el ímpetu de sus pasiones, para las cuales no hallaba diques en otro tiempo; la mujer, que era considerada en poco más que una esclava, fue, en vista de su debilidad, erigida en señora, porque el hombre aprendió que era mengua ser fuerte con los débiles y viceversa. Los recientes descubrimientos ensancharon el círculo de las necesidades; la facilidad en las comunicaciones acercó los pueblos distantes unos a otros y les enseñó a comprenderse y a estimarse; el descubrimiento de un nuevo mundo, debido a la intrepidez española, puso el sello al trastorno social que se verificaba e hizo olvidar las tradiciones antiguas por la investigación de la naturaleza de un mundo que no contaba con tradiciones; finalmente, el movimiento que empezaba a desarrollarse y a convertirse en una necesidad para la especie humana acabó de señalar a los ingenios el rumbo que debían seguir sí querían satisfacer las exigencias de sus jueces inmediatos, y enseñó a todos que las nuevas necesidades no pueden satisfacerse sino teniendo en cuenta los elementos que han sido parte a creerlas para poner, si es posible, en armonía con ellas las inspiraciones del genio. «La sencillez del arte entre los modernos (dice la célebre madame Staël) los hubiera llevado fácilmente a la frialdad y a la abstracción, mientras que la de los antiguos estaba llena de vida. El honor y el amor, el arrojo y la piedad son los sentimientos que determinan el cristianismo caballeresco; y estas disposiciones del alma no pueden darse a conocer sino en los peligros, en las hazañas, en los amores, en las desgracias, en el interés romántico, en fin, que varía sin cesar los cuadros. Las fuentes de los efectos del arte son, pues, distintas bajo muchos aspectos en la poesía clásica y en la romántica. En la una reina el hado, en la otra la Providencia; y sabido es que el hado no toma en cuenta los sentimientos de los hombres, mientras que la Providencia juzga las acciones después de los sentimientos». Sería, pues, muy ridículo, en vista de estas incontestables razones, culpar a Lope de Vega porque abandonó el sendero trazado por los antiguos.



Manuel Cañete

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