Prensa y canon · Textos historiográficos
“Efemérides cervánticas. Las droapianas”
- Autor del texto editado
- “El Bachiller Cervántico”
- Título de la obra
- El Museo Universal, año XIII, n.º 17, 25 de abril de 1869
- Autor de la obra
- Carlos, Abelardo de (dir.)
- Edición
- Madrid:
Imprenta de Gaspar y Roig,
1869
- Paginación
- p. 131
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de la BNE. (texto completo)
Información técnica
Editor: Isabel Román Gutiérrez
Encoding: Noelia Santiago López
Encoding: Noelia Santiago López
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
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Córdoba, 17 abril 2026
EFEMÉRIDES CERVÁNTICAS
Las droapianas
El entusiasmo hacia las obras de Miguel de Cervantes acrece cada día más en nuestra patria. Es esta una especie de delirio de que todos participamos y de la que no podemos despojarnos buenamente; es una especie de culto, de veneración respetuosa, que necesariamente debemos tributar y tributamos al insigne autor del Quijote, a aquel que supo exceder a todos sus contemporáneos en la elegancia del decir y que no ha encontrado aún imitador en las épocas sucesivas; a aquel que consiguió enaltecer y dilatar, con la fama de sus escritos, el renombre de nuestra patria. Literatos distinguidos y ya célebres por sus obras, sabios eruditos, escritores celosos de la gloria de la nación, extranjeros ilustres, todos han dedicado sus vigilias y tareas a esclarecer y escribir los hechos de nuestro valiente soldado. Desde el Comento a El Quijote, escrito y estampado por don Diego Clemencín en 1833, han sido muchos y muy notables los trabajos que se han publicado sobre la producción de Cervantes. Diferéncianse estos trabajos, empero, según las ideas u opiniones de cada autor.
Don Fermín Caballero publicaba algunos años después del Comento de Clemencín su discreta Pericia geográfica de Cervantes, libro ingenioso, original, grandemente encarecido. Innumerables bellezas médicas había también descubierto en El Quijote el doctor Hernández de Morejón. Adolfo de Castro excitó la curiosidad pública dando a la estampa su Buscapié, libro no menos apócrifo que erudito.
El señor Asensio daba a luz, con beneplácito de los cervantistas, sus Nuevos documentos sobre «El Quijote». Descubríase entre los manuscritos de la casa de Altamira la sentida carta que desde su penoso cautiverio dirigió el genio de los genios al secretario M. Vázquez, y Fernández Guerra descubría en la biblioteca colombina, y comentaba con muy curiosas notas, la preciosa epístola encaminada, según se cree, por Cervantes a don Diego de Astudillo. Díaz Benjumea, comentador del espíritu de El Quijote, emitía sus ideas originales sobre este libro en la Estafeta de Urganda, que embargó por mucho tiempo la atención del mundo literario con sus nuevas observaciones y dio margen a polémicas empeñadas que aún continúan, y darán para otras nuevas. Don Cayetano Rosell, don Buenaventura Carlos de Aribau, don Eustaquio Navarrete, don Juan E. Hartzenbusch, don Francisco María Tubino y otros muchos literatos, ya nacionales y ya extranjeros, formaban juicios más o menos apreciables, más o menos exactos, de las obras de nuestro autor. Cautiva la atención de los apasionados a Cervantes con su precioso folleto el académico don Antonio de Segovia. Don Ramón de Antequera publicaba un nuevo y originalísimo comentario a El Quijote. Sismondi y Louis Viardot, Ticknor y César Cantú se distinguían por su manera de apreciar filosóficamente las aventuras del heroico caballero de la Mancha. Charles Magnin y Charles de Mazade tributaban en sus excelentes trabajos mil entusiastas loores a nuestro autor esclarecido. Y, para concluir, un literato francés, Emilio Chasles, apasionadísimo de Cervantes y de sus obras inmortales, daba recientemente a la estampa un erudito libro en el que no solo se bosquejaba la vida de nuestro ingenio, mas en el que también se estudiaban las tendencias de su época y se analizaba juntamente el mérito de sus producciones.
Y este movimiento literario, tan grande, tan significativo, habla, por cierto, muy elocuentemente y con especialidad, en una época de tan general indiferencia como la nuestra, porque esto quiere decir que al través de todas las luchas, vicisitudes y malandanzas por que atraviesa nuestra nación, siempre permanece encarnada en nuestros ánimos, siempre rodeada de la aureola de la gloria imperecedera, la memoria del gran Cervantes. Esto nos demuestra manifiestamente que esos sabios a quienes llamamos Luis de León y Luis de Granada, Diego Hurtado de Mendoza y el padre Juan de Mariana, nombres respetables que no pueden pronunciarse sin cierta especie de veneración, solo son conocidos y estimados de los doctos, en tanto que Cervantes, universal como su fama, único entre todos los ingenios, derrama por todas partes los tesoros de su sabiduría, encanta con las galas de su dicción, deleita y a la vez instruye, y llénanos, en fin, de admiración y de entusiasmo. Las «Cartas literarias» que anualmente escribe Mr. Mariano Droap sobre Cervantes y El Quijote son prueba autorizada e irrecusable de lo que anteriormente dejamos dicho. Pensamiento original y verdaderamente loable fue el del señor Droap al idear y poner por obra su discreto proyecto. Necesarias eran ya estas efemérides cervantinas en nuestra patria.
En las epístolas droapianas, con elegante sencillez y lenguaje castizo, se describe minuciosamente todo cuanto con el autor de El Quijote se relaciona; se estudia, por decirlo así, el movimiento literario tanto de nuestra patria como de las naciones extranjeras sobre las obras de nuestro escritor insigne; se juzgan favorablemente o se censuran con severidad cuantas obras, opúsculos o escritos aparecen en la república de las letras, comentando más o menos ingeniosamente y según las ideas de su autor, las aventuras del caballero manchego; se demuestran, en fin, la discreción de los unos y el desacierto de los otros en el modo de celebrar el aniversario de la muerte de Cervantes; la necesidad de fundar una academia en loor del príncipe de nuestros ingenios; los descabellados propósitos de los nuevos Avellanedas y su imperdonable osadía; las tentativas siempre frustradas de los académicos de la Lengua y ese entusiasmo digno de singular recordación que en todas sus epístolas manifiesta hacia nuestro Cervantes el señor don Mariano Droap, amante de nuestra literatura, de nuestras artes, de nuestra historia; escritor muy distinguido, «crítico excelente, imparcial y justo», como tiene a bien calificarlo el erudito señor Fernández Guerra.
Y, si nos es lícito valernos aquí de una comparación, diremos que para nosotros semeja el cervantista Droap uno de aquellos antiguos cronistas doctos e incansables que, dotados de un espíritu investigador, cuidadosamente rastrean cuanto se relaciona con los héroes o pueblos cuyas proezas o virtudes nos encarecen, y que, ya nos refieran lo acertado y próspero de su gobierno, ya nos sublimen su clemencia o magnanimidad; ora hagan mención de las alabanzas de sus admiradores, ora nos relaten las injurias o dicterios de sus contrarios, siempre añaden a los sucesos que bosquejan discretas y muy ligeras observaciones. Empero, sin filosofar, sin fallar tampoco, por decirlo así, definitivamente sobre ellos, que esto lo dejan al cuidado de los historiadores que les suceden.
Oigamos ahora la opinión que tiene Mr. Droap de sus epístolas. «Los ruegos de mis amigos de España (dice), a quienes soy deudor de altos y señalados favores, han convertido ya en costumbre el dar a la estampa mis Cartas cervánticas, que con elogios inmerecidos reproducen luego las publicaciones literarias de Alemania y de Inglaterra; y digo inmerecidos pues lo que yo hago es segar la mies, o, valiéndome de otro símil, mi faena se reduce a separar las partecillas de metal que salen de una mina, a fundirlas y a formar con ellas una gruesa barra o galápago. La habilidad estará de parte del artífice que construya luego la gallarda alhaja o el pulido aderezo. Mi trabajo, pues, es puramente mecánico».
A pesar de tan excesiva modestia, tengo para mí, y los que sostengan contrarias opiniones me perdonen, que muy dignamente honran la memoria de Cervantes el señor Droap con sus cartas y todos los cervantistas españoles con sus escritos.
Esto de honrar nos trae a la memoria las honras de la Academia de la Lengua en la iglesia de las Trinitarias, no nacidas cuando muertas. He aquí cómo se expresa sobre esto Mr. Droap: «Mi humilde voz (dice en una de sus cartas) se levantó en 1864 y 1865 atacando el modo de honrar a Cervantes con sermones y funciones religiosas. Cervantes, dijimos entonces y repetimos hoy, no está canonizado, y, así, no cabe en el púlpito ni tiene lugar en la liturgia. Al fin la Academia conoció su error... Más vale tarde que nunca, y, si ya no tenemos derecho para aplicarle el proverbio de mulier stulta et clamosa…, en cambio nos holgamos de poder decirle que plus proficit correctio apud prudentem quam centum plagae apud stultum». Y en otra su epístola observa lo siguiente: «Insisto en mi pronóstico de que los funerales académicos van ya tropezando, y han de caer del todo sin duda alguna; empezaron con arrogancia y brío, luego amainaron un poco, y ahora serán cada tres años. Esto prueba que no hay historia humana en el mundo que no tenga sus altibajos, especialmente las que tratan de cosas académicas, las cuales nunca pueden estar llenas de prósperos sucesos».
También es el señor Droap uno de los que más continua y enérgicamente han abogado por la fundación de una Academia Cervántica. «¿Cuándo llegará el día en que los españoles erijan al Príncipe de los ingenios un monumento digno de su grandeza, y que rivalice con el que Florencia acaba de inaugurar en memoria del Dante? (pregunta en su carta de 1865). Entiendo que no tardará mucho (prosigue), o al menos ya tienen andadas dos partes del camino. Empezaron por colocar una modesta lápida y un pobre busto en la casa de Cervantes; siguieron por una raquítica estatua, y acabarán, yo no lo dudo, por el monumento digno y espléndido que de rigurosa justicia se debe al gran escritor».
Y muy merecedoras son también de tomarse en cuenta las siguientes discretas observaciones que emite en su epístola del 66: «Los individuos del Liceo español (dice) deberían iniciar la SOCIEDAD DE CERVANTES. Sírvales de estímulo la que se ha formado este año en Alemania, mi querida patria, en honor del Dante. Nació la idea el 11 de septiembre, al celebrar el sexto aniversario secular del gran poeta, y el rey Juan de Sajonia, a quien se debe la mejor traducción alemana de La Divina comedia, ha aceptado el honroso título de protector de la nueva sociedad. ¡Animaos, jóvenes españoles!!! Atended la voz del anciano que os habla…, poned la primera piedra de la Academia de Cervantes, y vuestra empresa recibirá digno galardón y cosecha de aplausos en todo el mundo literario. Y si no tenéis ni rey, ni príncipe, ni magnate, ni corporación, ni patriarca literario que os proteja, no lo busquéis, que no os hace falta. A vosotros os sobra con el brillo de la espléndida corona de laurel, cada día más lozano, que ciñe y ceñirá siempre las sienes de Miguel de Cervantes Saavedra».
¡Cuánto entusiasmo y cuánta admiración no revelan estas palabras hacia el autor del Ingenioso manchego! Los apéndices que acompañan a las epístolas droapianas son todos notables; empero, señalaremos como dignos de muy especial mención los que llevan por título La almadraba de Zahara y Miguel de Cervantes y Noticia de algunas farsas del «Quijote». Ofrécense en ellos datos muy curiosos, eruditos y completamente originales.
Terminamos, pues, dando nuestra más sincera enhorabuena al señor don Mariano Droap, que con tan laudable celo y perseverancia va llevando a cabo sus epístolas añales o efemérides cervantinas, prestando así, como ha dicho un muy docto amigo nuestro, un gran servicio a los apasionados del gran ingenio, y preparando los materiales para la historia crítica de sus famosas obras.
El Bachiller Cervántico