“Cántico de Habacuc. Traducción inédita del maestro fray Luis de Léon”
- Autor del texto editado
- León, Luis de (1527-1591)
- Título de la obra
- Revista de ciencias, literatura y artes, tomo quinto, 1859
- Autor de la obra
- Cañete, Manuel (dir.); Fernández-Espino, José (dir.)
- Edición
- Sevilla:
Francisco Álvarez y compañía,
1859
- Paginación
- pp. 237-242
Fuentes
Información técnica
Encoding: Noelia Santiago López
Cántico de Habacuc. Traducción inédita del maestro fray Luis de Léon
1
Hirió,
Señor,
mi oído
una voz tuya, y conocí tu intento
en venganza teñido;
y tanto temor siento,
que, perdido y turbado, [5]
las fuerzas y la sangre me han faltado.
La obra de mis manos,
que ennobleciste como prenda tuya,
con dones soberanos,
antes de que concluya [10]
tan prolijo y tan duro
plazo, ponla en lugar libre y seguro.
Haz esta clara hazaña
enmedio de los años del destierro,
que cuando con más saña [15]
castigares el yerro
no pondrás en olvido
la piedad, que en tu pecho tiene nido.
Vendrá del encendido
Austro mi Dios, y el santo y el umbroso [20]
Pharán, que ya ha vestido
de resplandor glorioso
el cristalino cielo,
y de su nombre tiene lleno el suelo.
Vendrá resplandeciente [25]
como la luz del cielo en la alta cumbre,
y en su mano luciente
los rayos de su lumbre,
y allí estará escondida
su eterna fortaleza tan temida. [30]
Ante su faz huyendo
irá la temerosa y triste muerte,
y, en él apareciendo,
el enemigo fuerte
de entre sus pies bollado [35]
su alcázar dejará desamparado.
Y, hecho alto, en su silla
se sentará y hará medir la tierra
para distribuilla
a su gente de guerra, [40]
y hará sola su vista
que el morador la entregue y no resista.
Los montes encumbrados,
mil siglos en alteza sostenidos,
dejará quebrantados [45]
y en polvo convertidos,
y hará que bajos sean
los collados que al mundo señorean.
Que, viendo el Ser divino,
a quien la eternidad es su medida, [50]
ir por este camino,
se postrará rendida
toda la humana alteza
ante la Majestad de su grandeza.
Ya vimos atendado [55]
el ejército negro en la campaña
para ser castigado
quien provocó su saña,
y después destrozadas
de Madian las tierras aforradas. [60]
Tú, Señor, nos mostraste
hasta en los claros ríos tu ira ardiente,
y el furor declaraste
en su rauda corriente,
y el estar ensañado [65]
en las olas del mar desatinado.
Que para acaudillallos
y pelear con ellos con su lanza
subes en sus caballos,
y luego en ordenanza [70]
tus carros acerados
irán a libertar aprisionados.
Y la funda que viste
tu arco has de quitar y levantalle,
que en lo que prometiste [75]
jamás has de faltalle,
que no llevará el viento
la fe que al pueblo diste y juramento.
Y de los hondos ríos
que con curso veloz cortan la tierra [80]
enfrenaste los bríos,
del agua haciendo sierra,
y solamente en verte
los montes sentirán dolor de muerte.
Y la demás corriente, [85]
huyendo, al mar se entregará ligera,
gimiendo tristemente
la profunda ribera,
porque la suma alteza
levanta ya su mano con braveza. [90]
En su dorada cumbre
el curso detendrán el sol y luna,
y el tuyo irá a la lumbre
de tus rayos a una
en la luz de tu lanza [95]
resplandeciente, atento a la venganza.
Con el sordo bramido
de tus haces la tierra irás hollando
y, del furor teñido
de tu rostro, temblando [100]
estarán y pasmadas
las gentes, sin aliento desmayadas.
Cuando librar quisiste
tu pueblo de la dura servidumbre,
del Cielo descendiste [105]
con vestido de lumbre,
y al caudillo esforzado
cual fuerte escudo te pusiste al lado.
Huiste el golpe fiero
en casa del malvado, y la cabeza [110]
rompiste a su heredero,
y toda su firmeza,
su escudo y fundamento
desnudaste y batiste hasta el cimiento.
De su imperio glorioso [115]
los cetros a tu voz fueron deshechos,
y el caudillo animoso
que con gente y pertrechos
cual tempestad venía
a hacer en mi cruel carnicería. [120]
Venia ya a cebarse
muy gozoso en la presa el enemigo,
cual suele encarnizarse,
sin temor del castigo,
en un desamparado [125]
el que le coge fuera de poblado.
Mas tú, Señor, rompiste
con tus fuertes caballos por la hinchada
mar y a tu pueblo diste
larga y segura entrada, [130]
y en el húmedo cieno
paso fijo, seguro, llano, ameno.
Esto oí, y al momento
mi corazón y entrañas se turbaron,
y del áspero acento [135]
de aquesta voz temblaron
mis labios denegridos
con el pavor helado, enmudecidos.
Y ojalá consumiese
mis huesos este miedo, y penetrase [140]
hasta que los pudriese,
y el aire inficionase,
y la tierra oprimida
de aquestos pies quedase corrompida,
con tal que en el aprieto [145]
de aquel tan congojoso y triste día
me hallase yo quieto
con segura alegría,
y me suba gozoso
al pueblo abastecido y glorïoso. [150]
Porque la fructüosa
higuera negará su primer fruto,
y de la vid hojosa
no cogerán tributo,
y la fecunda oliva [155]
ya no responderá al que la cultiva.
Y los surcos, ingratos,
no pagarán el grano recibido,
y los copiosos hatos
serán en el ejido [160]
de huestes saqueados,
y en los pesebres faltarán ganados.
Mas yo, de aqueste estrago
tan terrible y común libre y exento,
en día tan aciago [165]
me gozaré contento
en mi salud y guía,
y alegrareme en Dios que es salud mía.
El Dios, que es Señor mío,
mi amparo, mi defensa y fortaleza, [170]
a mi paso tardío
dará tal ligereza
como a corza ligera
que deja el viento atrás en la carrera.
Y por tus encumbrados [175]
cerros, ¡oh patria mía deleitosa!
y floridos collados,
con la voz sonorosa
en mis versos cantando,
iré sus vencimientos celebrando. [180]