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Prensa y canon

“Examen analítico de las obras de Miguel de Cervantes Saavedra (Artículo III). El Quijote y Trabajos de Persiles”

Autor del texto editado
Sin firma
Título de la obra
El Instructor o Repertorio de historia, bellas letras y artes, n.º 92, agosto de 1841
Autor de la obra
Villalobos, Ángel de (dir.)
Edición
Londres: Imprenta de Carlos Wood, 1841
Paginación
pp. 236-241
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de la Hemeroteca digital de la BNE. (texto completo)
Información técnica
Editor: Ioannis Mylonás Ojeda
Encoding: Noelia Santiago López
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
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Córdoba, 27 marzo 2026

EXAMEN ANALÍTICO DE LAS OBRAS DE MIGUEL DE CERVANTES SAAVEDRA

(Artículo III)


Oyendo lo cual, la dolorida Dueña hizo señal de querer arrojarse a los pies de Don Quijote, y aun se arrojó, y pugnando por abrazárselos decía: «Ante estos pies y piernas me arrojo, ¡oh caballero invicto!, por ser los que son basas y columnas de la andante caballería: estos pies quiero besar, de cuyos pasos pende y cuelga todo el remedio de mi desgracia».

Don Quijote, parte II, cap. XXXVIII.


El Quijote y Trabajos de Persiles


Tócanos en este artículo analizar la obra maestra de Cervantes, aquella sobre la cual, más que en ninguna otra de las que compuso, estriba la fama europea de que disfruta este esclarecido ingenio, honra y prez de la literatura española; terminando luego el examen de sus escritos con una rápida ojeada a su novela póstuma de Persiles y Sigismunda, última de sus producciones.

El 26 de septiembre de 1604 obtuvo Cervantes privilegio del rey Felipe III para imprimir la primera parte del Quijote; y, teniéndola concluida para mediados de diciembre, logró verificar su publicación a principios del año siguiente. Al principio fue recibida esta obra por el público con la mayor indiferencia, siendo hasta su título objeto de burla y desprecio de los semidoctos. Cervantes, conociendo que su obra era leída de los que no la entendían, y que no se dedicaban a su lectura los que podían entenderla, procuró excitar la atención de todos publicando un opúsculo titulado El Buscapié; obra anónima, pero ingeniosa y discreta, en la cual, haciendo una aparente crítica del Quijote, se indicaba que era una sátira llena de instrucción y de gracias, con el objeto de desterrar la perniciosa lección de los libros de caballería; y que los interlocutores, aunque de mera invención, no eran con todo tan imaginarios que no tuviesen cierta relación con el carácter y algunas acciones caballerescas de Carlos V y de los paladines que procuraron imitarlo, como también de otras personas que tenían a su cargo el gobierno político y económico de la monarquía. Los que, excitados de esta curiosidad, leyeron el Quijote no pudieron dejar de conocer su mérito y de percibir el encanto de su artificio y composición; y por este medio tuvo la idea de Cervantes todo el efecto que había prevenido y meditado.

Convencido Cervantes de la justicia y severidad con que habían declamado contra la lectura de los disparatados libros de caballerías los sabios y eruditos españoles Luis Vives, Melchor Cano, Alejo Venegas, Pedro Mejía, Alonso de Ulloa, Luis de Granada, Benito Arias Montano, Pedro Malón de Chaide, el autor del Diálogo de las lenguas y otros muchos, quiso publicar en su obra «una invectiva contra aquellos libros con la mira de deshacer la autoridad y cabida que todavía tenían en el mundo y en el vulgo»; cuya indicación, hecha así en el prólogo, parece excusaba la necesidad de dar a conocer el objeto de la obra con el Buscapié, según opina el señor Pellicer; pero es de suponer que Cervantes no intentó manifestar con este opúsculo el fin principal de su novela, sino levantar el velo de algunas alusiones y parodias a sucesos recientes o personas conocidas, cuanto bastase a estimular la curiosidad de los lectores para vislumbrarlas o percibirlas y admirar su ingenio, delicadeza y artificio sin comprometer la suerte de su autor.

De sus resultas prevaleció por mucho tiempo la extravagante opinión, muy divulgada entre nacionales y extranjeros, de que Cervantes quiso representar en don Quijote al emperador Carlos V y al ministro duque de Lerma, y que su novela era una sátira de su propia nación, ridiculizando la nobleza española, que se suponía dominada más particularmente por el espíritu e ideas de los libros de caballerías. De esta imputación, por muchos respectos injuriosa a Cervantes, le defendió don Vicente de los Ríos, demostrando con suma erudición y admirable acierto que el espíritu caballeresco era común a toda Europa y no peculiar y propio de la España, y por tanto que Cervantes se propuso hacer una corrección general, siendo él demasiado sabio para ignorarlo y muy honrado para ser ingenioso en desdoro de su nación; por más que sea cierto lo que aseguraba Lope de Vega: que para esta clase de libros «fueron los españoles ingeniosísimos, porque en la invención ninguna nación del mundo les ha hecho ventaja». Mas, por lo respectivo a los personajes que se supone quiso ridiculizar Cervantes, bastará la sencilla lectura del Quijote para conocer que el carácter y las costumbres del héroe, y la naturaleza y calidad de sus aventuras y acontecimientos son todos tomados e imitados de los libros de caballerías que se proponía ridiculizar.

Consecuencia del aprecio universal con que se recibió el Quijote fue la persecución que empezó a padecer su autor por la malicia y emulación de algunos escritores que se creyeron comprendidos en las censuras y reprensiones de aquella obra. Viéronse ridiculizados en ella, con graciosa ironía, los autores de los libros caballerescos y el enjambre necio de lectores que los apreciaban; censurados varios poetas en el ingenioso escrutinio de la librería de don Quijote; y reprendidos y abochornados los escritores dramáticos en el juicioso coloquio del canónigo de Toledo. Entre estos últimos hubo cierto compositor de comedias que, picado y quejoso de haberse visto comprendido en la censura general que hizo Cervantes del teatro, lleno de pesar y enojo por el buen nombre y crédito que a este le habían granjeado sus obras, y usando del ardid de mancomunar su causa con la de Lope de Vega, se presentó en la palestra, aunque ocultando su verdadero nombre, patria y condición, y se atrevió a continuar el Quijote cuando no solo vivía su primero y legítimo autor, que había ofrecido la segunda parte, sino que acababa de repetir el anuncio de su próxima publicación en el prólogo de las Novelas. Tal fue la audacia de aquel escritor, que bajo el nombre del licenciado Alonso Fernández de Avellaneda, suponiéndose natural de Tordesillas, imprimió en Tarragona a mediados de 1614 una continuación o segunda parte del Quijote, en cuyo prólogo empieza a propasar los límites de la prudencia y de la urbanidad, derramando la ponzoña que abrigaba su corazón; injuriando las venerables canas y celebrado mérito de Cervantes, a quien apellida «manco, viejo, envidioso, mal contentadizo, murmurador y delincuente o encarcelado»; y procurando también desacreditar su ingenio, ya introduciendo su hoz en mies ajena, ya amenazándole con privarle de la ganancia que esperaba de la segunda parte, que sabía iba a publicar inmediatamente. Este prólogo, por cualquiera parte que se mire, no puede menos de calificarse como un libelo infamatorio, digno de toda la severidad de las leyes.

Cuando llegó a manos de Cervantes tal conjunto de improperios al frente de una obra insípida, vulgar y obscena, tenía muy adelantada la segunda parte de su Quijote; y así es que comenzó a hablar de ella desde el capítulo LIX, pero con admirable delicadeza en lo relativo a sus injurias personales, y con suma gracia y donaire en lo tocante a los defectos literarios de su rival; despreciando con generosidad las inicuas imputaciones que le hacía, o demostrando su perversidad, o ridiculizando su ignorancia e ineptitud. Pudo Cervantes arrancarle la máscara y sacarlo a la vergüenza con su cara descubierta; pero su moderación u otras consideraciones no se lo permitieron, al mismo tiempo que le daba el ejemplo de presentarse en la lid sin embozo ni arterías, con franqueza y generosidad. El paralelo de semejantes procedimientos entre Cervantes y Avellaneda descubre palpablemente la nobleza y decoro del uno, y la mezquindad y grosería del otro, así como la comparación de ambas obras manifiesta el ingenio, la erudición y gracia del primero, en contraste con la pedantería, insipidez y torpeza del segundo.

La publicación de esta menguada obra de Avellaneda, que sorprendió e incomodó con extremo a Cervantes, fue un poderoso estímulo para que concluyese la suya con tal celeridad, que a principios de 1615 la presentó, solicitando el permiso para su impresión, aunque esta se dilató a pesar de su diligencia y conato, hasta fines de octubre. Al dirigir las comedias al conde de Lemos en el mes anterior le dijo: «Don Quijote queda calzadas las espuelas en su segunda parte para ir a besar los pies a V. E. Creo que llegará quejoso, porque en Tarragona le han asendereado y mal parado, aunque por sí o por no lleva información hecha de que no es él el contenido en aquella historia, sino otro supuesto que quiso ser él y no acertó a serlo». Palabras que denotan no solo el justo resentimiento de Cervantes, sino el bajo concepto que desde luego formó de la obra de su impertinente continuador.

En el artículo biográfico de Cervantes referimos una anécdota 1 que prueba tanto la relevante opinión que del mérito del Quijote tenía el rey Felipe III cuanto la culpable indiferencia con que miraban la triste suerte y miseria de su autor así este monarca como los grandes y poderosos de su corte, si se exceptúa al conde de Lemos, quien solo por su noble carácter y afición a las letras se dedicó a promoverlas con empeño, y a honrar y socorrer con generosidad a cuantos las cultivaban con utilidad y adelantamiento, distinguiendo entre ellos con particular aprecio al ilustre autor del Quijote.

En tanto que de sus compatriotas recibía Cervantes tales desaires y desengaños, y que sus émulos le menospreciaban y perseguían con tanto encono, la fama de su nombre cundía rápidamente por los países extranjeros, multiplicándose por todas partes las ediciones y traducciones del Quijote. «Treinta mil volúmenes se han impreso de mi historia (decía don Quijote), y lleva camino de imprimirse treinta mil veces de millares si el cielo no lo remedia». «Tengo para mí (había dicho anteriormente) que el día de hoy están impresos más de doce mil libros de la tal historia; si no, dígalo Portugal, Barcelona y Valencia, donde se han impreso, y aun hay fama que se está imprimiendo en Amberes; y a mí se me trasluce que no ha de haber nación ni lengua donde no se traduzca». Cumplióse este vaticinio de Cervantes de un modo tal vez muy superior a sus esperanzas, porque pocos años después se habían hecho ya dos ediciones en Venecia de la traducción italiana de Lorenzo Franciosini, natural de Florencia. Los franceses, que también se apresuraron a traducirla, cuentan ya el día de hoy siete traducciones diferentes. Los ingleses, constantemente apasionados a Cervantes y dignos apreciadores de su obra, no solo tienen desde el año de 1620 diez traductores de ella, como lo son Shelton, Gayton, Ward, Jarvis, Smollett, Ozell, Motteux, Wilmot, Durfey y J. Phillips, sino un comentador tan diligente y erudito como el doctor Juan Bowle. En Alemania se han hecho y publicado modernamente dos traducciones, la una por el señor Tieck y la otra por el señor Soltan, que parece es la más apreciable por su exactitud. Disfrútanle en sus respectivas lenguas Portugal, Holanda y otras naciones; y es de notar que en muchas de ellas, conociendo cuánta fuerza y vigor pierden semejantes obras al trasladarlas del original, se han multiplicado las ediciones castellanas, ilustrándolas con notas, comentarios y discursos, y adornándolas con excelentes estampas. Merecen contarse con especialidad en este número la edición hecha en Londres en 1738, con tanto esmero y magnificencia por J. y R. Tonson en cuatro tomos en cuarto mayor, en la cual se incluyó la primera vida de Cervantes, que se había escrito a instancias de lord Carteret por don Gregorio Mayans y Siscar; la que publicó el mencionado Bowle en Londres y en Salisbury año de 1781 en seis volúmenes en cuarto mayor, conteniendo los dos últimos las anotaciones a la obra y varios índices, entre los cuales hay uno copiosísimo de las palabras usadas en ella, al modo del que suelen tener las exquisitas ediciones de los autores clásicos latinos; la que en el año de 1804 hizo en Berlín el señor Luis Ideler, astrónomo de aquella Real Academia de las Ciencias, en seis volúmenes en octavo mayor, dedicándola al señor Federico Augusto Wolf, profesor de poesía y elocuencia en la Universidad de Halle; en la cual, con la mira de dar un texto correcto del Quijote y facilitar su inteligencia a los extranjeros, eligió por modelo la edición de Pellicer, insertando su discurso preliminar, su nueva vida de Cervantes y las notas a la obra, aunque omitiendo algunas digresiones o particularidades que solo pueden interesar a los españoles, y sustituyendo otras del doctor Bowle y muchas explicaciones de las voces, frases y refranes difíciles, con sus correspondencias a veces en los idiomas alemán y francés. Otra edición del Quijote en cuatro volúmenes en octavo se publicó en Burdeos el mismo año, arreglada enteramente a la que con tanta belleza y corrección tipográfica había hecho en Madrid la Imprenta Real pocos años antes; así como en la publicada en París el año de 1814 en siete volúmenes se ha seguido el texto de la edición de la Academia, reuniendo a la vida de Cervantes con sus pruebas, y al análisis y plan cronológico del Quijote escritos por Ríos, las notas y comentarios de Pellicer. Y finalmente los papeles públicos anunciaron la nueva edición que de la traducción inglesa de Jarvis había ofrecido mister Belfour, adornada con magníficas estampas, ilustrada con notas históricas, críticas y literarias, así sobre el texto como sobre la vida de Cervantes, y sobre el estado de las costumbres y de la literatura en el siglo en que floreció.

Esta aceptación tan unánime, tan general y tan sostenida ha sido constantemente autorizada por el juicio y dictamen de los más sabios y respetables literatos. El doctísimo Pedro Daniel Huet juzgaba a Cervantes digno de ser colocado entre los mayores ingenios de España. El padre Rapin calificaba al Quijote por una sátira muy fina, superior a cuanto de este género se había escrito en los últimos siglos. Monsieur Gayot de Pitaval, en su obra de las Causas célebres, presentando a los jueces como modelo en casos extraordinarios los juicios o sentencias de Sancho en su gobierno, llama al Quijote «la fábula más ingeniosa del mundo». El culto Saint Evremont decía que, de cuantos libros había leído, de ninguno apreciaría más ser autor que del Don Quijote, y que no acababa de admirarse de cómo supo Cervantes hacerse inmortal hablando por boca de un loco o de un rústico. El juicioso abate Du Bos, observando que todos los pueblos tienen sus fábulas particulares y sus héroes imaginarios, y que los del Tasso y del Ariosto no son tan conocidos en Francia como en Italia, así como los de la Astrea son más desconocidos de los italianos que de los franceses, asegura que solo la fábula del Quijote ha logrado la gloria de ser tan conocida de los extranjeros como de los compatriotas del ingenioso español que supo crearla y darla a luz. Por eso le llamaba inimitable el autor de la Eloísa, y le prefería a todos los escritores de imaginación. El traductor monsieur Florian afirma que Cervantes es acaso el único hombre que, por medio de una invención tan original como ingeniosa, haya obligado a los lectores a seguirlo en su historia no solo sin fastidio ni cansancio, sino con admiración y contentamiento. El autor del Espíritu de las leyes, el célebre Montesquieu, aun cuando injuria a nuestra nación con notoria falsedad y malevolencia, no puede disimular el mérito del Quijote, diciendo que es el único libro bueno que tenemos; proposición tan inexacta como honorífica a Cervantes. El fecundo poeta inglés Samuel Butler, en su poema satírico y burlesco intitulado Hudibras, contra los presbiterianos del tiempo de Oliverio Cromwell; los insignes sabios de esta culta nación, Pope, Arbuthnot y Swift, en las Memorias que escribieron mancomunados de Martin Scriblero para satirizar el abuso de la literatura y la pedantería en las ciencias; los escritores franceses Pedro Carlet de Marivaux en su obra Les folies romanesques, o El Don Quijote moderno; el autor de Oufle y el del Don Quijote en París; monsieur D'Useieux en el Nuevo Don Quijote; y aun en España el festivo autor del Gerundio, el del Quijote de la Cantabria y otros muchos de estas y diferentes naciones, todos se propusieron por modelo al Ingenioso hidalgo de la Mancha, y todos aspiraron con empeño, aunque no con igual acierto, a imitar su plan, sus aventuras y sus gracias. El juicioso diarista holandés Justo Van-Efen quería que esta obra se pusiese en manos de la juventud para amenizar su ingenio y cultivar su juicio, por la elegancia de su estilo, por la agradable variedad de sucesos que enlaza, por su moral admirable y atinadas reflexiones sobre las costumbres de los hombres, por el tesoro que contiene de juiciosas censuras y excelentes discursos, y con especialidad por la sal con que lo sazona todo. Finalmente, algunos cuerpos sabios han honrado al Quijote, meditando ilustrarle, ya por lo respectivo a la cronología y geografía, ya por lo tocante a las alusiones de personas y sucesos verdaderos.

Merece nuestra memoria la resolución que la Academia de Ciencias, Inscripciones, Literatura y Bellas Artes, establecida en Troyes en Champaña, tomó a mediados del siglo pasado de comisionar a un académico para viajar por España con el objeto de averiguar las circunstancias de la muerte del pastor Grisóstomo, y el lugar o paraje de su sepulcro y enterramiento, procurando al mismo tiempo recoger otras noticias para ilustrar el Quijote, arreglar un itinerario de sus viajes y formar una tabla cronológica de sus sucesos y aventuras, a fin de hacer una traducción francesa más exacta y fiel que las que se conocían, y una edición superior por su corrección y magnificencia a todas las anteriores. Tan laudable y honorífico era el acuerdo y empeño de aquellos literatos como excesiva su sencillez y credulidad en persuadirse de la existencia de los personajes que solo cupieron en la fecunda fantasía de Cervantes, y de la realidad de unos hechos puramente ideales o alegóricos.

Pero en medio de tantos y tan recomendables elogios como ha merecido el Quijote, y de la unánime aceptación de más de dos siglos, no han faltado críticos nimiamente severos que, abultando o engrandeciendo sus lunares, han pretendido mitigar sus alabanzas o contener la corriente de sus aplausos. «Pero quisiera yo (les diría el mismo Cervantes) que los tales censuradores fueran más misericordiosos y menos escrupulosos, sin atenerse a los átomos del sol clarísimo de la obra de que murmuran... y quizá podría ser que lo que a ellos les parece mal fuesen lunares que a las veces acrecientan la hermosura del rostro que los tiene».

La segunda parte del Quijote fue la última producción que dio a luz Cervantes, así como la más perfecta de todas, y la que por esta razón debe servir de regla para medir la elevación de su ingenio. La variedad y discreción de los episodios, su proporcionada extensión, su enlace con la acción principal, su oportunidad y gracia, hacen muy superior esta obra a todas las modernas de su clase. Bastará para convencerse de ello reflexionar sobre el nuevo interlocutor que presenta en el bachiller Sansón Carrasco, cuyo carácter socarrón, malicioso y amigo de donaires y burlas da tal amenidad y coopera de tal modo a la continuación y término de la fábula, que no puede dejar de causar interés y de excitar la curiosidad. El artificio con que aparece Ginés de Pasamonte disfrazado de titiritero, bajo el nombre de maese Pedro, prueba también el cuidado con que Cervantes procuró enlazar las aventuras de la primera parte con la segunda; pero, sobre todo, el soliloquio de Sancho en sus apuros cuando va a buscar a Dulcinea en el Toboso es tan original, que puede competir con los mejores monólogos que se conservan en los poetas y novelistas antiguos. Discretísimo es el episodio de las bodas de Camacho, propia y sencilla la descripción del sitio y de sus campestres adornos, de la abundancia y limpieza de la comida, y de las danzas y cuadrillas para completar el festejo; excelente el nudo de la acción al aparecer Basilio, natural el desenlace y proporcionada la duración de esta aventura. A otra clase superior pertenece la de la cueva de Montesinos, a la cual baja don Quijote, y ve en ella encantado a aquel caballero y a su escudero Guadiana, y a las dos sobrinas y siete hijas de la dueña Ruidera, dando así un origen fabuloso a las antigüedades de la Mancha, y apropiando tan oportunamente los nombres de sus ríos y lagunas a los personajes caballerescos que celebraban nuestros antiguos romances y consejas. Este episodio poético, sublime y perfectamente enlazado con la fábula principal, es comparable a la bajada al infierno de Ulises, de Eneas y de Telémaco, aunque aplicado con ingeniosa destreza a la manía del hidalgo manchego. Las aventuras del caballero del Verde Gabán, la de los títeres de maese Pedro y la del rebuzno son muy cómicas, verosímiles y adecuadas al carácter del héroe principal y a las costumbres y usos de sus compatriotas. En contraposición a estos episodios sencillos y vulgares presenta en el de la casa de los duques toda la pompa y elevación propia de los asuntos épicos: la entrada de don Quijote en la de aquellos señores, la montería tan bien descifrada y descrita, la aparición del Clavileño y el inesperado término de su viaje, el aparato fúnebre de Altisidora, las formalidades de la batalla con el lacayo Tosilos, todo lo hace noble y varonil, en lo cual levantó el estilo y lo llenó de máquinas y de ideas grandes, correspondientes a unos personajes poderosos que tienen gusto en ofrecer a su huésped las maravillosas aventuras que refieren los libros de caballerías y que él cree ciertas, mientras que los demás interlocutores comprenden lo ridículo de tal farsa y su ostentación vana e ilusoria, por cuyo medio admira el lector el ingenio de Cervantes y halla duplicado placer en la manía de don Quijote y en la simplicidad de Sancho.

Bien conoció Cervantes esta oportunidad, esta armonía y perfecta disposición de los incidentes de su fábula en la segunda parte del Quijote; y por eso censuró en ella la multitud e impertinencia de los episodios de la primera, dando así un nuevo testimonio de que pudo acomodarlos con mayor tino, naturalidad y analogía a la acción principal. Su crítica fue más general y de objetos más nobles e importantes; pues, aun en el gobierno de Sancho, que entonces se tachó de inverosímil, no solo quiso manifestar, como asegura su coetáneo Faria, la errada y ridícula elección de sujetos que generalmente se notaba para los ministerios superiores, sino la que en particular hacían los virreyes y comandantes de Italia, proveyendo los gobiernos y otros destinos de consideración en gente sin calidad, sin instrucción, sin buenas costumbres, con gran mengua de nuestra nación y desconsuelo de aquellos habitantes: observación práctica hecha por el mismo Cervantes en aquel país y acomodada en esta invención; «la cual es por esto (añade Faria) tan verosímil como cierto haber muchos Sanchos Panzas en tales gobiernos; y de esta manera escriben, piensan y reprenden los grandes hombres». Otras impugnaciones hay más detenidas, aunque disfrazadas con un velo muy delicado, por ser de tal naturaleza, que podían acarrearle persecuciones en descrédito de su religiosidad y patriotismo. Quien lea con atención las aventuras de la cabeza encantada, del mono adivino, la inopinada y silenciosa prisión de don Quijote y Sancho por los criados del duque, el fingido funeral de Altisidora —aventura que califica del «más raro y más nuevo caso» de cuantos se contienen en su historia—, comprenderá fácilmente que encierran alusiones misteriosas que no le era lícito desenvolver, y que, pudiendo ser entendidas de los más discretos y perspicaces, estaban solo fuera de la comprensión de los necios y preocupados, que, o por partidarios de Avellaneda o por otras causas, podían contribuir a manchar su buen nombre y reputación.

De aquí nació la curiosidad y el interés con que se leía el Quijote; de aquí su popularidad y propagación por medio de las repetidas ediciones y traducciones que se hicieron; y de aquí, en fin, el empeño de los escritores dramáticos en lisonjear el gusto popular, sacando a la escena algunas aventuras o episodios de fábula tan ingeniosa y celebrada. Ya en 1617 publicó Francisco de Ávila, natural de Madrid, el entremés famoso de Los invencibles hechos de don Quijote de la Mancha, tomando por acción la llegada a la venta en su primera salida, la vela de las armas y las ceremonias de ser armado caballero. Delante de Felipe IV y de su corte se representó el martes de Carnestolendas, 24 de febrero de 1637, una comedia intitulada Don Quijote de la Mancha. Hemos visto en nuestros tiempos premiado y representado el drama pastoral de Las bodas de Camacho, con más dulzura en sus versos y propiedad en su lenguaje que interés en su invención, trama y desenlace; y sabemos que en el teatro francés hay por lo menos siete dramas cuyo argumento es sacado de la misma historia. Es, sin embargo, digna de notarse a este propósito la juiciosa observación de monsieur Trublet de que el mismo Don Quijote, que tanto nos entretiene en su historia escrita por Cervantes, desmaya y no agrada igualmente cuando, separado de su lugar nativo, se le traslada a las representaciones del teatro. Esta dificultad en conservar el chiste e interés del original es todavía mayor entre los autores españoles, porque, por una parte, la misma popularidad de esta novela y el conocimiento que todos tienen del carácter y costumbres de sus interlocutores priva a los poetas de muchos rasgos y recursos que podría suministrarles su imaginación; y, por otra, los espectadores echan de menos la serie de la acción y las incidencias que tanto la realzan en el original, y no encuentran aquella sorpresa y novedad que es tan necesaria para entretener y suspender el ánimo de los oyentes y conducirlos agradablemente al término y desenlace de la acción.

Dirigió Cervantes la segunda parte del Quijote a su insigne protector el conde de Lemos, con una dedicatoria escrita el 31 de octubre de 1615, en que, manifestando ya la suma decadencia de su salud, le ofrecía, sin embargo, los Trabajos de Persiles y Sigismunda, libro que, según dice, tendría concluido dentro de cuatro meses. Habíalo anunciado al público desde el año de 1613, poniéndolo en competencia con el de Heliodoro, a quien se propuso imitar, haciendo émulos de los castos amores de Teágenes y Cariclea los de Periandro y Auristela. No fue poca gloria suya el conseguirlo, pues, siendo tantos los sucesos de esta novela, es de admirar su variedad y disposición. Si en unos se descubre más la imitación, se advierte en otros mucha superioridad y maestría, y en todos campea la novedad y la amena y graciosa imaginación. Las descripciones del novelista griego son frecuentes con exceso y acaso muy pomposas; las del escritor castellano, dispuestas con más prudencia y economía, tienen el carácter de la conveniencia y naturalidad. El estilo de aquel, aunque elegantísimo, ha padecido la nota de afectación, de muy figurado y de más poético de lo que permite la prosa; el de este es siempre propio, con igualdad, y sublime con templanza y proporción. En ambos son los amores castísimos, los acaecimientos verosímiles, el desenlace natural, y el interés crece a medida que se aproxima la terminación de la fábula. De aquí resulta que esta obra de Cervantes sea de mayor invención y artificio, y de estilo más igual y elevado que el Quijote, pues corrigió en ella las faltas de lenguaje y construcción, y evitó los descuidos de plan que allí se notan; y, así, no es de extrañar que su autor la prefiriese a todas las demás suyas cuando decía que ha de ser (el libro de Persiles) «o el más malo o el mejor que en nuestra lengua se haya compuesto, quiero decir de los de entretenimiento; y digo que me arrepiento de haber dicho el más malo, porque, según la opinión de mis amigos, ha de llegar al extremo de bondad posible»: opinión que apoyó también el maestro José de Valdivieso en su aprobación, dada el 9 de septiembre de 1616, asegurando que, «de cuantos libros dejó escritos Cervantes, ninguno es más ingenioso, más culto ni más entretenido».

Sin embargo del aprecio que puedan merecer estos dictámenes, es cierto que la aceptación del público los ha desmentido por el espacio de dos siglos, dando la primacía y preferencia al Quijote; y así debía suceder si atendemos a que la invención de este es más popular, sus interlocutores más graciosos y en menor número; de manera que se comprenden mejor y se fijan más fácilmente en la memoria las costumbres, hechos y caracteres de cada uno; la sátira y la ironía complacen y no lastiman por la delicadeza y oportunidad con que se manejan; la moral se escucha sin fastidio, porque se percibe al través de un velo encantador y halagüeño; y el estilo, en fin, es más natural y variado, y por lo mismo más inteligible y deleitable para toda clase de personas. No se ocultaron a Cervantes estas reflexiones cuando decía que la historia del Ingenioso Hidalgo «es tan clara, que no hay cosa que dificultar en ella: los niños la manosean, los mozos la leen, los hombres la entienden y los viejos la celebran». Pero, prefiriendo el Persiles, no consultó tanto al gusto del público ni a las reglas de la buena crítica como al natural amor por el último fruto de su entendimiento, y al trabajo y esfuerzo de su ingenio en tejer fábula tan complicada y amena, y en llevarla al cabo con tan maravillosa felicidad, y con tal fuego, vigor y lozanía de imaginación como pudiera en los años más floridos de su juventud.

Entre las numerosas ediciones antiguas y modernas del Quijote son preferidas por los literatos, como más correctas, las que se expresan a continuación.

Primera parte. El ingenioso hidalgo D. Quijote de la Mancha, compuesto por Miguel de Cervantes Saavedra. Dirigido al duque de Béjar, marqués de Gibraleón, etc., año de 1608, en Madrid por Juan de la Cuesta, un tomo en 4.º

La primera edición se publicó en Madrid en 1605, en un tomo en 4.º. Imprimiola el librero Francisco de Robles en ausencia del autor, y salió por consiguiente con muchas y muy notables erratas, aun en la portada. La sexta edición, impresa en 1608, fue dirigida por el mismo Cervantes, que, como ya entonces vivía de asiento en Madrid, pudo corregir por sí mismo muchos yerros de la anterior y mejorarla conocidamente, suprimiendo unas cosas y añadiendo otras. Por esta razón se ha preferido su texto para las últimas ediciones, y por lo mismo es entre todas las antiguas la que más se busca y aprecia aun en los países extranjeros.

Parte segunda. Primera edición. — Segunda parte del ingenioso caballero Don Quijote de la Mancha, por Miguel de Cervantes Saavedra, autor de su primera parte. Año de 1615, con privilegio en Madrid por Juan de la Cuesta, un tomo en 8.º Esta edición apareció muy a fines del año 1615, y, como el autor falleció en abril del siguiente, se conoce con evidencia que esta es la única edición de la parte II de que él pudo cuidar, y por consiguiente la que debe preferirse y adoptarse para arreglar a ella las ediciones sucesivas.

La obra completa. — Edición grande por la Real Academia Española, Madrid, imprenta de Ibarra, año de 1780. Cuatro tomos en cuarto mayor.

Esta magnífica edición fue dirigida por la Academia, corrigiendo y purificando con esmero el texto, y es muy apreciable por su corrección y belleza tipográfica.

El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, compuesto por Miguel de Cervantes Saavedra. Cuarta edición, corregida por la Real Academia Española. En la Imprenta Real, año de 1819. Cinco tomos en 8.º

Siendo la grande edición de 1780 demasiado costosa para la generalidad del público, imprimió la Academia otras dos en menor volumen y con menos lujo, si bien idénticas en el texto a la anterior: la primera en 1782 en cuatro tomos, y la segunda en 1787 en seis tomos en 8.º La edición de 1819, semejante a esta, es la última publicada por la Academia, y la más apreciable de todas por hallarse enriquecida con muchas notas y la vida del autor por don Martín Fernández de Navarrete, que compone un tomo separado lleno de noticias literarias relativas a la época de Cervantes, de mucho interés y profunda erudición. De él hemos extractado el artículo que antecede.

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