Volver a los resultados

Prensa y canon

“Examen analítico de las obras de Miguel de Cervantes Saavedra (Artículo II)”

Autor del texto editado
Sin firma
Título de la obra
El Instructor o Repertorio de historia, bellas letras y artes, n.º 90, junio de 1841
Autor de la obra
Villalobos, Ángel de (dir.)
Edición
Londres: Imprenta de Carlos Wood, 1841
Paginación
pp. 177-183
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de la Hemeroteca digital de la BNE. (texto completo)
Información técnica
Editor: Pedro Ruiz Pérez
Encoding: Noelia Santiago López
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
Este documento sigue los criterios y lenguaje cifrado de TEI http://www.tei-c.org/About/website.xml
Córdoba, 20 marzo 2026

Examen analítico de las obras de Miguel de Cervantes Saavedra

(Artículo II)


En nuestro número anterior examinamos las poesías y el teatro de Cervantes y su novela titulada La Galatea. El artículo que ofrecemos hoy a nuestros lectores contendrá el análisis de sus Novelas ejemplares, tomado del que escribió el académico don Agustín García de Arrieta para la edición clásica de las obras escogidas de Cervantes publicada en Paris.


NOVELAS


Las Novelas ejemplares de Miguel de Cervantes son, sin disputa, las mejores producciones de este grande ingenio, después de su inimitable o inmortal Quijote, y las primeras también que se compusieron originalmente en castellano, abriendo en ellas ⎼como él mismo dice en su Viaje al Parnaso⎼, un camino para estender el uso y propiedad del idioma patrio. Yo ⎼dice en su prólogo⎼ soy el primero que he novelado en lengua castellana, que las muchas novelas que en ella andan impresas, todas son traducidas de lenguas extranjeras, y estas son mías propias, no imitadas ni hurtadas; mi ingenio las engendró, y las parió mi pluma, y van creciendo en las brazos de la estampa. Antes de dar a luz la colección de todas ellas procuró tantear cómo las recibía el público, intercalando en la primera parte del Quijote la del Curioso impertinente y la del Capitán cautivo, aunque sin conexión ni analogía con la acción de aquella fábula, aventurando y aun recelando, como confesó después en su segunda parte, que los lectores, poniendo su atención en las aventuras del héroe principal, no la diesen a las referidas novelas, o pasasen por ellas con prisa o con enfado, sin advertir la gala y artificio que en sí contienen, como se mostraría más al manifiesto cuando por sí solas, y sin arrimarse a las locuras de don Quijote ni a las sandeces de Sancho, saliesen a luz. Con el mismo objeto indicó también el título de algunas otras, como la de Rinconete y Cortadillo y El celoso extremeño. No le salió vana esta tentativa, puesto que no solo fueron bien acogidas en España, sino que en 1608 reimprimió en París César Oudin la del Curioso impertinente, al fin de la Silva Curiosa de Julián de Medrano, y la publicó al mismo tiempo separadamente y traducida al francés, para instrucción de sus discípulos. Esto y el ver correr algunas en copias, aunque incorrectas, con aprecio entre las gentes, le alentó a dar a todas la última mano para solicitar su impresión, como lo hizo a mediados del año 1612, y publicarlas hacia fines de agosto de 1613, dedicándolas a su ilustre mecenas, el conde de Lemos por medio de una carta digna del mayor aprecio e interés, así por la urbanidad, gratitud y moderación con que está escrita como por ser un modelo de lo que deben ser los escritos de su especie y una crítica muy fina de la mayor parte de las epístolas dedicatorias que se escribían en aquel tiempo, y de las que se han escrito después y aun escriben todavía por autores tan lisonjeros como venales y no nada delicados.

Recibiolas el público ilustrado e imparcial con el aprecio que se merecían, tanto, que le granjearon a su autor el dictado de Bocacio español, que le dio el chistoso e ingenioso dramático Tirso de Molina al considerar sus excelentes calidades, pudiendo añadir que excedió con mucho al novelista italiano, así en la importancia moral y política do los argumentos de casi todas ellas como en el buen ejemplo de su doctrina. Había visto Cervantes en Italia el aplauso con que corrían en este pais las novelas de aquel, pero advirtió que, sin embargo de su buen estilo y de la elegancia, pureza y singulares gracias de lenguaje, que las hacían tan apreciables, eran por otra parte harto nocivas por la frivolidad, la indecencia y aun oscenidad de sus ideas y argumentos; y, así, procuró evitar este abuso, adoptando para el plan de las suyas aquellos que, sin ofender el pudor, fuesen característicos del genio de su nación y prestasen matería al ridículo, para lograr la corrección de los vicios más dominantes en la sociedad, ya por falta de educación, o ya por causa del imperio que ejercen en el vulgo las preocupaciones, malos hábitos y creencias absurdas, cuya perniciosa influencia había observado y penetrado su perspicacia en la serie de sus comisiones y viajes por la Península. En tales fundamentos se apoyó para llamarlas ejemplares, porque, si bien se mira ⎼dice en su prólogo⎼, no hay ninguna de quien no se pueda sacar algún ejemplo provechoso. Igual concepto formaron de ellas sus censores y aprobantes, diciendo que daban honor a la lengua castellana, y que no se mostraba menos en ellas la discreción y amenidad de su autor que en el Quijote; y el festivo y fecundo Jerónimo de Salas Barbadillo añadió que «con ellas confirmaba Cervantes la justa estimación que en España y fuera de ella se hacía de su claro ingenio, singular en la invención y copioso en el lenguaje, pues con lo uno y lo otro enseña y admira, dejando de esta vez concluidos con la abundancia de sus palabras a los que, siendo émulos de la lengua española, la culpan de corta y niegan su fertilidad». Los principales autores dramáticos españoles de aquel tiempo acreditaron el aprecio que merecía su invención, el artificio de su plan y la propiedad de sus caracteres, escogiéndolas para argumentos de algunas de sus comedias, como lo hicieron con gran celebridad Lope de Vega, Moreto, Solis y don Diego de Figueroa y Córdoba. De aquí nace que estas primitivas novelas españolas, aun después de más de dos siglos, se leen siempre con gusto por las personas ilustradas, y que los escritores de mayor crédito, teniéndolas por las obras más correctas de Cervantes, califiquen con justicia la primacía y preferencia que merecen sobre las modernas, considerándolas como piezas excelentes de imaginación y de elocuencia, corno las más perfectas que tenemos hasta ahora y, en fin, como obras clásicas y magistrales en su género, particularmente las novelas jocosas o cómicas, y aun algunas de las serias, pues en ellas hace ver su autor la naturaleza con aquella verdad, con aquella alternativa y con aquellos accidentes que le son inseparables y aun esenciales, mientras que los demás novelistas modernos dejan ver desde luego en sus obras el artificio, el estudio y la afectación pedantesca y fastidiosa de filosofía y sensibilidad exquisita y romántica con que exageran, desfiguran y desmienten la naturaleza, por no saber imitarla con propiedad y verdad, cosa harto más difícil y solo dada a los ingenios de primer orden.

Para conocer y apreciar debidamente el mérito de las novelas de Cervantes, especialmente de las cómicas o jocosas, era necesario saber el tiempo, el lugar en que las escribió, su oportunidad, su objeto, sus alusiones todas, la doctrina que quiso dar por medio de ellas, con otras circunstancias y particularidades que harían comprender mejor su inimitable gracia, sagacidad y agudeza; pero, siendo todo esto más bien asunto de un detenido análisis que de un prólogo, nos reduciremos a decir en el presente, ya que no todo, a1 lo menos lo que baste para dar una previa y ligera idea de las principales de ellas y de las opiniones y filosofía de su autor.

Y, empezando por la novela del Curioso impertinent, parece haber tomado su autor el argumento de ella del Ariosto, cuando en su Orlando pinta un caballero que, habiendo casado con una dama llena de honestidad, hermosura y discreción, con quien vivió feliz algunos años, lo aconsejó la maga Melisa que, para probar la virtud de su mujer, le diese libertad y ocasiones de abusar de ella, fingiendo ausentarse, y que, bebiendo después en un vaso de oro, guarnecido de piedras, lleno de vino generoso, sabría si le había sido fiel o no; porque, si lo era, le bebería todo sin que nada se lo derramase, y si lo contrario, se le vertería el licor sin entrarle una gota en el estómago. Curioso e impertinente, el caballero aceptó el consejo de la maga, y al beber en el vaso experimentó el castigo de su curiosidad impertinente, vertiéndosele todo el vino por el pecho, por cuya razón rehusó Reinaldos exponerse a tan peligrosa prueba, cuando se la propuso el mismo caballero en un convite, contentándose con la buena opinión que ya tenía de su mujer. Es, pues, muy verosímil que Cervantes, apasionado y admirador de Ariosto, tomase de esta ficción la idea de su novela, tan apreciable por su artificio, su estilo, y por la pintura de los afectos del amor, de los celos y de la fragilidad humana, como ejemplar, no solo por el merecido castigo que recibe Camila, sino porque hace ver los riesgos de las pruebas aventuradas, imprudentes y no necesarias; y cuán conveniente es, por el contrario, huir de las ocasiones y peligros para no exponerse a ser víctima de una pasión tan temible cual es la del amor, la cual solo se vence con huirla; enseñándonos, por fin, como dice muy bien su autor, «que nadie se ha de poner a brazos con tan poderoso enemigo, porque son menester fuerzas divinas para vencer las suyas humanas».

La novela del Capitán Cautivo es en gran parte histórica y verdadera, y no falta quien ha creído que el héroe de ella es el mismo Cervantes. El padre Sarmiento aseguraba que esta novela era una disfrazada historia de la vida de Cervantes, y aplicaba a este todos los sucesos del Capitán Cautivo, desde que le apresaron en Lepanto en 1577 hasta que fue a Argel con Azan-Bajá en 29 de julio de 1577. Otros literatos más modernos han sospechado y aun creído que Cervantes, prendado de la virtud y hermosura de Zoraida, heroína en parte de esta novela, no solo la trajo a España, donde murió poco tiempo después, dejándole por fruto de su amor y aventuras a su hija doña Isabel de Saavedra, sino que a esto aludió en muchos lances y expresiones de La Galatea, En la Vida de Cervantes queda ya insinuado que esto no es cierto, y asimismo que Cervantes no es el héroe de esta novela; y, si bien es verdad que hay en ella pasajes verdaderos en que tuvo parte su autor, también es notorio que ni este fue á Flandes con el duque de Alba, ni sirvió allí a sus órdenes, ni pudo ver las muertes de los condes de Egmout y de Horn, ni fue cautivado en la batalla de Lepanto, ni quedó esclavo de Ochalí, ni por fallecimiento de este pasó a poder de Azan-Agá, con quien han creído se trasladó de Constantinopla a Argel en 1577, ni llegó tampoco a ser capitán, sucesos y circunstancias que se atribuyen todas al cautivo Rui Pérez de Viedma, natural de las montañas de León, acaso compañero de Cervantes en su cautiverio y verdadero actor y héroe de la novela, cuyos sucesos y aventuras fueron ciertos, y en que quizá tuvo nuestro autor no poca parte e intervención. Por eso dice en boca del Cautivo al comenzar esta, narración: «y estén vuestras mercedes atentos, y oirán un discurso verdadero, a quien podría ser que no llegasen los mentirosos, que con curioso y pensado artificio suelen componerse». Y en su comedia de Los Baños de Argel, donde se repiten estos sucesos, finaliza la última jornada diciendo:

No de ia imaginación
este trato se sacó
que la verdad lo fraguo,
bien lejos de la ficción.
Dura en Argel este cuento
de amor y dulce memoria,
y es bien que verdad e historia,
alegre al entendimiento, &c.


De todo lo cual, y de otras varias circunstancias que pudiéramos anotar, se puede inferir con harta probabilidad que, aunque esta novela contenga algunos acontecimientos del cautiverio de Cervantes, de quien se hace expresa mención en ella, el suceso o acción principal aconteció al capitán Rui Pérez de Viedma, compañero de Cervantes en el baño de Azan-Agá; o que, por lo menos, cuando él no sea cierto y verdadero, se compuso de otros hechos y acontecimientos reales y efectivos, aunque enlazados o historiados del modo más oportuno y conveniente para guardar la propiedad de las costumbres y de los lances e incidentes de la acción principal, y preparar con mas naturalidad el desenlace de la fábula. El suceso de Zoraida, o su robo y traída a España, nada tiene de inverosímil, ni es tan singular, que no hubiese ocurrido otro muy semejante por aquellos tiempos, según refiere el padre Sepúlveda, el tuerto; el cual, escribiendo en el Escorial lo que pasaba en su tiempo, cuenta que una señora alemana, mujer del rey o sultán de Argel, hallándose el año 1595 en uno de los jardines fuera de la ciudad, se vino a España con veinte personas más, y lo mejor y más rico que tenía, en una barca que se envió de propósito desde Valencia, por orden de Felipe II, quien le asignó una pensión, con la cual vivió muchos años después en aquella ciudad. Por lo demás, esta novela, además de ser muy ejemplar en su objeto y consecuencias, es muy curiosa e interesante por las noticias tan auténticas e individuales que contiene sobre las costumbres de los argelinos, y el bárbaro trato que daban a los cristianos cautivos por aquellos tiempos.

De la dilatada mansión que Cervantes hizo un Sevilla nació el pleno conocimiento que adquirió de los barrios mus recónditos de aquel pueblo, de las costumbres y modo de vivir de loa sevillanos, de sus vicios y preocupaciones, y aun de las hablillas, consejas e historietas más admitidas en la credulidad del vulgo; y de aquí tomó, como observa el nuevo historiador de su vida, los originales de sus novelas Rinconete y Cortadillo y El celoso extermeño. Las aventuras de aquellos dos famosos ladrones acaecieron en el año 1569, bien que a fines de aquel siglo, según el testimonio de don Luis Zapata, subsistía aun la cofradía o sociedad de aquellas gentes perdidas y astutas, de quienes hace Cervantes la pintura tan viva, graciosa y fiel, y que robaban impunemente bajo ciertas reglas y constituciones, con grave perjuicio de la seguridad personal y con sumo desacato contra lo que se debe a la justicia y al orden público, como procuró manifestarlo y persuadirlo. En El celoso extremeño, que refiere cuanto perjudica la ocasión, y cuyo caso asegura ser verdadero, pudiendo conjeturarse acaecido por los años 1570, quiso Cervantes poner patentes los malos efectos de la opresión indiscreta de un marido, las artes perniciosas de un joven ocioso y seductor, las tercerías de una dueña maligna, corrompida y taimada, y los riesgos de la notable desigualdad de edad en los casados.

Por lo que hace a la novela del Licenciado Vidriera, no faltan escritores juiciosos que aseguren que en ella se propuso Cervantes ridiculizar la manía y extravagancia del erudito humanista Gaspar Barthio, quien, habiendo nacido en Custrin el año 1587 [sic] y manifestado desde su infancia un ingenio precoz y una memoria maravillosa, estudió con mucho fruto y lucimiento en varias academias y universidades de Alemania, y viajó por Inglaterra, Holanda, Francia, Italia y España, aprendiendo las lenguas vivas con perfección y procurando aprovecharse en todas partes de las luces y conocimientos de los sabios que encontraba. De vuelta a Alemania fijó su residencia en Leipsick, renunciando a toda clase de empleos, por entregarse con mayor sosiego a sus estudios. La predilección que tuvo por la lengua española y el aprecio que hizo de nuestras obras de ingenio y entretenimiento le estimularon a traducir al latín la tragi-comedia La Celestina, que llamaba también, como Cervantes, libro divino; la Diana enamorada de Gil Polo, y hasta para la traducción del Pornodidáscalo de Pedro Aretino se asegura que no se valió del original, sino de una versión castellana. Este empeño, esta afición estremada y una aplicación tan vehemente a la lectura de nuestras novelas llegaron a trastornar la cabeza de Barthio, viviendo durante diez años persuadido de que era de vidrio, sin querer por esta aprehensión que nadie se le arrimase. La facilidad con que en medio de su pasión por estos libros amatorios se dedicaba a traducir y comentar muchos autores ascéticos y eclesiásticos, especialmente de la edad media, y las contradicciones é inconsecuencias en sus opiniones sobre algunos escritores clásicos, como Estacio, Claudiano, Silio Itálico y otros, que ya notaron algunos eruditos, prueban el trastorno de su juicio, al mismo tiempo que son un testimonio de su inmensa erudición y variada lectura. Es, pues, muy probable que cuando estuvo en España le conociese y tratase Cervantes: y, en electo, al ver al raro ingenio, notable habilidad y entendimiento del licenciado Vidriera, cuando este tenía pocos años y sus viajes por Italia, Flandes y otros diversos países, su retiro y abstraimiento, porque atendía mas a sus estudios que a otros pasatiempos, y, finalmente, su manía y extravagancia, parece indudable haber sido aquel docto maniático alemán el original que Cervantes se propuso copiar con tanto donaire y propiedad en esta novela, escrita después de haber estado la corte en Valladolid, y con tal discreción, ingenio y copia de moralidades y sentencias, que supo mezclar en los incidentes una censura y sátira general de los vicios y abusos más comunes de aquella época en casi todos los oficios y empleos de la república; siendo por esta razón, según observa el erudito Mayans, «el testo donde tomaba Quevedo puntos para formar después sus lecciones satíricas contra todo género de gentes».

De igual y aun mayor doctrina y utilidad moral es el Coloquio de los dos perros Cipión y Berganza, que en realidad es un apólogo excelente y una invectiva severa contra machas supersticiones y resabios de la mala educación que reinaban en España, si bien amenizada con mil gracias, chistes y donaires, y mezclando al mismo tiempo máximas de la más sublime moral y política para hacer agradable e interesante su lectura. Sátira la llama el citado Mayans, en que, imitando a Luciano, a Horacio y a Lucilio, se reprende a muchos con acrimonia, si bien con ingenioso disfraz; y M. Florian añade que es una admirable crítica, llena de filosofía y de gracias, donde las costumbres españolas de aquel tiempo están pintadas al natural y con todo el ingenio de un Cervantes; por cuyas circunstancias mereció los elogios del célebre Pedro Daniel Huet, uno de los hombres más juiciosos y eruditos que ha tenido la Francia. Por la pintura tan exacta que hace en ella Cervantes de la vida y costumbres de loa moriscos y anuncio de su expulsión, que se verificó desde el año de 1609 al 1611, se puede asegurar que la escribió muy poco tiempo antes de su publicación. En la que hace del alquimista que estaba enfermo en el hospital de Valladolid y pretendía sacar plata y oro de otros metales y aun de las piedras aludió a una preocupación muy dominante por aquel tiempo en España y en Europa, y a un suceso muy reciente acaecido en Madrid. Presentose allí en el año de 1609 Lorenzo Ferrer Maldonado dándose el título de capitán, y suponiendo entre otras cosas prodigiosas que alcanzaba grandes secretos de naturaleza, y entre ellos el de descifrar la clavícula de Salomón, con lo cual se venía a encontrar y perfeccionar el verdadero lapis, o piedra filosofal, nunca jamás enteramente hallada de los alquimistas en tantos siglos, y prometía convertir en oro los más bajos metales. Alucinados con estas promesas, algunos incautos o codiciosos le ayudaron con casa y caudal competente para comenzar su obra; pero él, entreteniéndolos mañosamente más de dos años, anunciándoles siempre la proximidad del suceso, aunque decía era menester mucho tiempo para la trasmutación de los metales, desapareció de Madrid ocultamente, dando este pago y este chasco a los que le ayudaban y daban larga pensión. Algún tiempo después vino a ser preso por la chancillería de Granada, donde se le justificó haber falsificado varias firmas y escrituras públicas. También el matemático, su compañero de hospital, que andaba veintidós años hacía tras de hallar el punto fijo, tuvo su original en aquel tiempo, porque a la codicia y reclamo de los cuantiosos premios ofrecidos por el gobierno español al que descubriese el modo de hallar la longitud en el mar, a lo que vulgarmente llaman punto fijo, acudieron muchos proyectistas aventureros, y entre ellos el doctor Juan Arias de Loyola en 1603, y el portugués Luis de Fonseca Coutiño, hacia el año de 1605, pretendiendo haber encontrado lo que se deseaba. Fueron preferidas las proposiciones de este a las de Arias, por el influjo de su paisano Juan Bautista Labaña, y se le ofrecieron seis mil ducados de renta perpetua, si la práctica acreditaba la verdad y exactitud de su invención; y después de muchas dilaciones y consultas se empezaron en 1610 las experiencias en varias navegaciones a América y Asia, que no correspondieron a las promesas del autor, quien, habiendo causado de esta manera gastos considerables por más de ocho años, desapareció repentinamente de Madrid. Igualmente tuvo, no uno, sino muchos origínales el arbitrista y compañero de hospital del matemático y alquimista, que introduce Cervantes para ridiculizar la plaga de proyectistas y proyectos desatinados que inundaron la corte de España en su tiempo y continuaron en todo el siglo XVII, con motivo de los gastos y apuros del erario, y que fueron el objeto de muchas sátiras e invectivas que se escribieron contra ellos, especialmente por Quevedo. Ya en la segunda parte del Quijote, capítulo primero, había dicho de ellos nuestro autor, en boca del barbero, «que la experiencia tenia mostrado que todos o los más arbitrios que se dan a su majestad o son imposibles o disparatados, y en daño del rey o del reino»; mas en la novela del Coloquio vuelve a la carga, introduciendo, para mejor desacreditarlos, el proyectista que para desempeñar el erario real propone su absurdo y ridículo proyecto de que se pida en Cortes que todos los vasallos de su majestad, desde edad de 14 hasta 60 años, sean obligados a ayunar una vez al mes a pan y agua, y esto ha de ser, dice, el día que se escogiere y señalare; y que todo el gasto que en otros condumios de fruta, carne y pescado, vino, huevos y legumbres, se hubieran de gastar en aquel día si no se ayunara, se reduzga a dinero y se dé a su majestad, sin defraudalle un ardite, so cargo de juramento, y con esto en veinte años queda libre y desempeñado el erario; y que esto antes seria de provecho que de daño a los ayunantes, porque con el ayuno agradarían al cielo y servirían a su rey; y tal podría ayunar, que le fuese conveniente para su salud. Aun es más notable otro suceso, que al mismo tiempo que prueba la época de esta ingeniosa e importante novela, manifiesta cuánta era la cordura e ilustración de Cervantes y su destreza para combatir los errores y preocupaciones, a proporción de su mayor influjo y trascendencia. Era entonces tan general como nociva en España la credulidad y propensión a los encantamientos, adivinaciones, agüeros, hechizos, transformaciones y otros portentos semejantes, que, proviniendo de los moros, naturalmente supersticiosos, y del vano estudio de la astrología judiciaria, entonces muy acreditada, se había arraigado en toda clase de gentes, y especialmente en el vulgo, por la falta de buena educación y sanos principios religiosos, sin que las declamaciones y doctrinas de algunos sabios españoles, como el docto maestro Pedro Ciruelo, hubiesen bastado a contener estos vicios, ilustrar las opiniones y mejorar las costumbres. Habíase burlado Cervantes con mucho donaire y oportunidad de estas supersticiones en varios lances y cuentos del Quijote y aun en El licenciado Vidriera, cuando por consejo de una morisca dice que le dieron unos hechizos para forzarle la voluntad, y manifestó con este motivo que no había en el mundo yerbas, encantos ni palabras suficientes para forzar el libre albedrio del hombre; mas en El coloquio de los perros trató más de propósito de los engaños, embelecos y arterías de las brujas y hechiceras, refiriendo la historia, común en su tiempo, de la Camacha de Montilla, por medio de la vieja Cañizares, una de sus más aprovechadas discípulas. Manifiéstase toda la ridiculez de semejantes patrañas e ilusiones en la relación que esta hace de las habilidades y doctrinas de su maestra, de su confecciones y ungüentos, de sus viajes aéreos y festines nocturnos, de sus trasformaciones y maleficios, y cómo no quiso acabar sus días sin visitar las zambras, bailes, orgías y comilonas con que se solazaban otras hechiceras en los ayuntamientos y aquelarres de Zugarramurdi, en el valle de Baztán, de cuyas resultas fueron castigadas en el año de 1610 por el tribunal de la Inquisición de Logroño. Basta leer la horrenda y asquerosa figura que presentaba la bruja Cañizares cuando en medio de sus estasis y arrobamientos la sacaba arrastrando uno de los perros al patio de la casa, el castigo que ella y la Montiela habían sufrido por sentencia de un juez, y la prisión que otras de sus compañeras padecieron en la Inquisición, donde confesaron sus brujerías y ficciones, para poner en aborrecimiento a tales embaidoras, y concluir con Cervantes que la Camacha fue burladora falsa; la Cañizares, embustera; y la Montiela, tonta, maliciosa y bellaca. Esta propensión a creer cuentos y prodigios tan indecentes como extravagantes, al paso que minaba la religiosidad de las gentes sencillas, hallaba tal vez apoyo en la persuasión de varias personas de autoridad y valimiento; y por esta razón cuando Cervantes, protegido del cardenal Rojas y Sandoval, arzobispo de Toledo e inquisidor general, procuraba desarraigar tan perniciosas ideas con las armas de la sátira, de la burla y el ridículo, el docto Pedro de Valencia dirigía a este ilustre prelado un erudito discurso acerca de los cuentos de brujas, donde con razones religiosas y sólidas y con discreta filosofía demostraba la superchería y falsedad de arguellas extravagancias y los riesgos efectivos que se originaban de publicarlas y darlas a luz, por el escándalo y mal ejemplo que producían, y por lo mucho que deshonraban a la nación. Tal fue en esta novela, igualmente que en el Quijote, el constante y loable objeto de la filosofía de Cervantes, de este admirable y prodigioso ingenio, digno de mejor siglo, muy superior al suyo, y no conocido ni apreciado en él como se merecía. Al concluir su lectura se experimenta un gran sentimiento de que su sabio y chistoso autor no nos haya dejado la segunda parte de ella o, lo que es lo mismo, la historia que debía contar la noche siguiente el segundo perro, Cipión, como allí se propone, y con la cual hubiera completado el cuadro critico de tantos abusos y preocupaciones de todas especies como abundaban en su tiempo y cundieron vergonzosamente hasta el nuestro, en que por fin se puede decir que han acabado con la ignominia, desprecio e indignación que merecían, así ellos como sus necios o ya maliciosos e interesados propagadores.

No son menos recomendables y fecundas en gracias y rasgos cómicos y en hermosas y muy naturales pinturas de costumbres y caracteres nacionales las demás novelas cómicas o jocosas de nuestro autor, tales como La Gitanlla de Madrid, en la cual se pintan con admirable destreza las costumbres de loa gitanos; La ilustre fregona, cuya narración está toda llena de gracias y donaires, y El casamicnto engañoso, cuyos caracteres y aventuras están pintados con tanto chiste como desenfado y franqueza. La de La tía fingida, verdadera historia que sucedió en Salamanca el año 1575, está escrita con mucha gracia, ligereza y corrección, y con la lozanía y sales cómicas y características de la mocedad de Cervantes, quien sin duda refirió y pintó en ella un suceso acaecido en su tiempo en aquella ciudad y mientras cursó en su célebre universidad; pues, en efecto, se sabe ya que cursó allí, según refiere el nuevo historiador de su vida, apoyado en el testimonio reciente del doctor don Tomas González, catedrático de retórica, que ha sido en aquella universidad, el cual asegura haber visto entre los apuntamientos de sus antiguas matriculas el asiento de Miguel de Cervantes para el curso de filosofía durante dos años consecutivos, con expresión de que vivía en la calle de Moros. Induce también a creer esta noticia la exactitud con que Cervantes habla en esta novela de aquellos estudiantes, del número y costumbres de todos ellos, clasificándolos por provincias y caracterizándolos con tal gracia, verdad y maestría, que este pasaje se puede asegurar que es el más hermoso de ella y aun de todas sus novelas. El fin moral que en ella se propuso fue hacer ver el desventurado término en que paran las mujeres perdidas, que, llevándose tras de sí los ojos y las voluntades de loa hombres cuando mozas, se aplican cuando viejas a corromper la juventud con sus consejos y tercerías, y traficar torpemente con sus gracias; que son el origen de la perversión del bello sexo en sus más tiernos e inocentes años, y del deshonor y ruina de un gran número de familias, que, por desgracia, han llorado, lloran y llorarán los funestos efectos de su maléfica influencia. De paso ameniza su narración, ridiculizando y pintando sus arterías, los embustes, los enredos y las pérfidas artes de estas malas hembras y de las rameras de oficio, para enseñar a evitarlas como lo hace en la citada novela del Casamiento engañoso, La de La tía fingida, igualmente que la del Celoso extremeño, Rinconete y Cortadillo, El curioso impertinente y acaso algunas otras, las escribió Cervantes en Sevilla, donde corrieron por entonces en copias manuscritas con mucho aprecio entre los literatos y curiosos, y por este medio llegaron a manos del licenciado don Francisco Porras de la Cámara, prebendado de la santa iglesia de aquella ciudad, quien las incluyó a una Miscelánea que formó por los años 1606, de varios opúsculos propios y ajenos, por encargo del arzobispo, don Fernando Niño de Guevara, que quería pasar entretenido con esta lectura las siestas del verano en su quinta de Umbrete. Sin duda, con los viajes y mudanzas a varias provincias que hubo de hacer Cervantes con motivo de sus comisiones se le estravió la novela de La tía fingida, y este quizá fue el motivo de no publicarla después con las otras doce que dio a luz en sus últimos años, en Madrid, esto es, en el de 1613. Por fortuna, el manuscrito o miscelánea donde estaba incluida fue a parar o, más bien, a sepultarse en el archivo del colegio de San Hermenegildo de Sevilla, de donde al cabo de ciento cincuenta años salió para incorporarse con los manuscritos del colegio imperial de Madrid, donde fue hallado por la diligencia del difunto y erudito don Isidoro Bosarte, encargado del arreglo de aquellos, el cual me permitió sacar copia de ella, con cuyo motivo vio al cabo de tanto tiempo la luz pública en 1814, que la imprimí, al fin del Espíritu de Cervantes que publiqué entonces. Con ella estaba también sepultado un entremés suyo, intitulado Los habladores, que se imprimió en Sevilla en 1624, por Juan Serrano de Vargas, y que quizá por las mismas causas se estravió con otros muchos que se sabe compuso para el teatro de aquella ciudad, durante su permanencia en ella, puesto que no le incluyó con los ocho que publicó en Madrid, junto con otras tantas comedias. Una y otra composición se incluirán ahora en la colección presente de sus obras escogidas.

Por lo que toca a las novelas serias, es necesario confesar que no tienen igual mérito que las jocosas, si se exceptúan dos o tres, y entre estas, sobre todas la intitulada La fuerza de la sangre, que es la más felizmente ideada, mejor conducida, de mayor interés, y asimismo la mejor escrita de cuantas en este género se conocen de Cervantes, quien asegura haber sido cierto su argumento y que todavía vivían felizmente en su tiempo Rodulfo y Leocadia, principales actores de ella, con una ilustre descendencia. Florian hace también particular elogio de esta novela; y en el día se acaba de componer y representar en París con mucha aceptación la ópera intitulada Leocadia, cuyo asunto, si bien bastante alterado, está tomado de La fuerza de la sangre, o, por mejor decir, es el mismo en el fondo. Igual verdad atribuye Cervantes al suceso de La española inglesa, la cual parece escrita, según se infiere de su relato hacia los años de 1611, y es bastante patética e interesante. En la del Amante liberal refirió Cervantes disfrazadamente algunos de sus propios sucesos, así como lo hizo en la del Capitán cautivo. Es muy digno de notar en ella el felicísimo y muy sentido apostrofe, con que principia, a las ruinas de Nicosia, que en su género es el mejor rasgo que ha salido de la pluma de Cervantes, y quizá de cuantos escritores se conocen.

Algunos han notado falta de dignidad y de interés en los argumentos de sus novelas, y desigualdad en ellas; pero, en realidad, esta más proviene de la variedad y diversa naturaleza de sus mismos argumentos y de las diferentes costumbres y caracteres que en ellas se pintan que de la falta de ingenio y decoro en su autor, el cual en todas se muestra natural, oportuno, propio y conveniente. Porque, en efecto, diverso es y debe ser, por ejemplo, el recato de Leonisa en El amante liberal de la desenvoltura o desenfado alegre, pero honesto, de Preciosa en La Gitanilla de Madrid: otro estilo se advierte y requiere en los discursos de Lotario y Anselmo en El curioso impertinente que en los de Monipodio y sus compañeros en la novela de Rinconete y Cortadillo; y lo mismo se puede decir, respectivamente, de las demás novelas comparadas entre sí. Y de aquí proviene no solo la propiedad, sino la diferencia encantadora de los varios caracteres que en todas las novelas de Cervantes se pintan con tal viveza, verdad y naturalidad; por donde se conoce que su genio imitador no menos observó las costumbres, abusos y preocupaciones de la gente vulgar y plebeya que de la más ilustre y civilizada, y que con igual tino manejó su pincel el retrato de los unos que de los otros, persuadido justamente que de la buena educación y mejora de todos había de resultar aquella ilustración y ventura a que pueden y deben aspirar los hombres en el estado de sociedad. Hállanse, además, en las novelas modos de decir tiernos, sentidos y delicados; abundan de frases afectuosas y enérgicas; de rasgos elegantísimos, y en gran manera elocuentes, y de un estilo ameno y numeroso; de imágenes y comparaciones de una singular propiedad y de una estremada gallardía y hermosura; y, finalmente, en la expresión de los afectos, en la amenidad de las descripciones y en los discursos tan elocuentes y bien razonados de que abundan todas, nos dejó su autor mil modelos de los varios modos de decir; ostentó la riqueza y propiedad de la lengua castellana para todos los géneros y para todos los estilos, y afianzó la universalidad y aprecio que ya gozaba esta en su tiempo por todo el orbe conocido. Por último, bastará decir para recomendación de sus novelas, particularmente las cómicas o jocosas, que son, juntamente con el Quijote, el más precioso y abundante tesoro de la lengua castellana, la pintura más fiel, más natural, variada y amena de las costumbres españolas de aquel siglo, y que su lectura es y debe ser doblemente interesante por estos dos respectos».

Volver a los resultados