“Examen analítico de las obras de Miguel de Cervantes Saavedra (Artículo I)”
- Autor del texto editado
- Sin firma
- Título de la obra
- El Instructor o Repertorio de historia, bellas letras y artes, n.º 88, abril de 1841
- Autor de la obra
- Villalobos, Ángel de (dir.)
- Edición
- Londres:
Imprenta de Carlos Wood,
1841
- Paginación
- pp. 110-115
Fuentes
Información técnica
Encoding: Noelia Santiago López
Examen analítico de las obras de Miguel de Cervantes Saavedra
(Artículo I)
Mandó la Duquesa a Sancho que fuese junto a ella, porque gustaba infinito de oír sus discreciones. No se hizo de rogar Sancho, y entretejiose entre los tres, y hizo cuarto en la conversación con gran gusto de la Duquesa y del Duque, que tuvieron a gran ventura acoger en su castillo al caballero andante y tal escudero andado.
Don Quijote,
parte II, capítulo xxx
En el tomo VII [nº 83, de noviembre de 1840] de El Instructor, páginas 331 y 361, dimos una breve noticia biográfica del insigne Cervantes, y ofrecimos dedicar otro escrito al examen analítico de sus obras. Esta es, sin duda, la parte más difícil, así como la más importante de la tarea que nos hemos impuesto, y para proceder en ella con acierto continuaremos, como antes, asesorándose de la ilustración y las luces del distinguido autor de la vida de Cervantes que adoptamos por texto, el excelentísimo señor don Martín Fernández de Navarrete, y otros escritores eminentes que han enriquecido nuestra literatura con sus eruditas investigaciones sobre este particular.
Estudió Cervantes la gramática y letras humanas con el erudito maestro Juan López de Hoyos, sacerdote respetable, natural de Madrid, y fue uno de sus discípulos más aventajados. En las exequias que celebró la Villa a 24 de Octubre de 1568 por la reina doña Isabel de Valois fue encargado dicho Juan López por el ayuntamiento de la traza y composición de las historias, alegorías, jeroglíficos y letras que se habían de colocar en la iglesia de las Descalzas Reales, en cuyas composiciones quiso también que se ejercitasen sus discípulos. Cervantes compuso entonces un soneto, cuatro redondillas en que usando de colores retóricos se apostrofa a la difunta reino, una copla castellana pintando la presteza con que fue arrebatada por la muerte, y una elegía en tercetos compuesta en nombre de todo el estudio con elegante estilo y delicados conceptos (a juicio de su maestro), dirigida al cardenal don Diego de Espinosa, presidente del Consejo e inquisidor general.
El aplauso de estos primeros ensayos de su aplicación, el ejemplo de los poetas de su tiempo y su concurrencia al teatro, pudieron decidir su inclinación hacia la poesía dramática, en que hizo después tantas mejoras y reformas, y alentarle a la composición de la Filena, especie de poema pastoral, de algunos sonetos, rimas y romances de que hizo memoria en su Viaje al Parnaso y que le adquirieron el renombre de buen poeta que ya tenia antes de su cautiverio entre los más célebres de la nación. En el examen de las obras do Cervantes, empezaremos por su
POESÍA Y TEATRO
Como la poesía es generalmente el fruto del vigor y lozanía de la imaginación y de la vivacidad y energía de las pasiones, y estas facultades se manifiestan y ejercitan en el hombre antes que la razón, de allí nace aquella propensión imperiosa que le conduce en los primeros años de su vida a expresar los efectos de su corazón y las dulzuras del amor, con una armonía y delicadeza que deleita y conmueve al mismo tiempo. En apoyo de esta verdad se nos presenta el ejemplo de tantos poetas que antes de cultivar su ingenio con el conocimiento de las ciencias, y aun con los principios elementales de la literatura, se entregaron a componer los versos que los dictaba su fantasía o su corazón apasionado. Ovidio, Lope de Vega y Cervantes fueron de este número: casi desde la cuna empezaron a versificar, y, por lo respectivo al último, fue tan anticipada su inclinación a este estéril aunque encantador ejercicio que, queriendo disculparse en el prólogo de La Galatea de haber escrito esta novela y de atreverse a publicarla, se explica así: «para lo cual puedo alegar por mi parte la inclinación que a la poesía siempre he tenido, y la edad que, habiendo apenas salido de los límites de la juventud, parece que da licencia a semejantes ocupaciones»; y muchos años después, suponiendo que hablaba con Apolo en el capítulo IV del Viaje al Parnaso, le dice;
Desde mis tiernos años amé el arte
dulce de la agradable poesía,
y en ella procuré siempre agradarte
Cónstanos igualmente por su propia confesión su asistencia al teatro en edad tan tierna que aún no podía formar juicio seguro de la bondad de los versos de Lope de Rueda, sin embargo de que los conservaba en su memoria, y los recitaba y repetía después, como lo hizo en una de sus comedias. Todas estas causas reunidas, y el aplauso y celebridad con que se leían en aquel tiempo los romanceros y poesías y novelas amatorias, arrastraron el ánimo de Cervantes, haciéndole preferir el atractivo y gracia de las musas a otros estudios que le hubieran proporcionado una subsistencia más cómoda y segura.
Además de los versos que publicó su maestro Juan López de Hoyos, compuso otras varias poesías sueltas, según asegura en el expresado Viaje:
Yo he compuesto romances infinitos
y el de los celos es aquel que estimo
entre otros que los tengo por malditos.
Aun entre las cadenas y penalidades de su cautiverio en Argel, halló Cervantes un lenitivo y consuelo verdaderamente filosófico, ocupando su imaginación en sublimes ideas poéticas y escribiendo composiciones, ya místicas, ya profanas, que consultaba con sus amigos. También hay razones para presumir que compuso entonces algunas de sus comedias, especialmente las dos que andan impresas sobre el trato que se daba en Argel a los esclavos (de las cuales hablaremos más adelante) y algunos de los romances infinitos de que hace mención en el Viaje al Parnaso, para que se recitasen por los cautivos en los baños. Pero todos o la mayor parte de estos ocios de su juventud, y otras obras (como decía él mismo) que andan por ahí descarriadas, y quizá sin el nombre de su dueño, se han extraviado y oscurecido entre la multitud de versos anónimos que se han conservado de aquellos tiempos. No han faltado, con todo, literatos que han creído descubrir en las antiguas colecciones de romances algunos de Cervantes. Durole este furor poético lo que el ardor de la juventud, y, ya fuese que la edad calmase estas pasiones y moderase esta afición, o que el juicio de los amigos y del público desengañase a Cervantes del corto mérito de sus versos comparado con el de su prosa, lo cierto es que, habiendo sido pródigo y ostentoso de ellos en su Galatea, como novela amatoria y compuesta todavía en sus años juveniles, usó de mayor templanza y moderación bajo este respecto en los demás escritos publicados posteriormente; porque, si en el Quijote, en las Novelas y en el Persiles introdujo algunas poesías, fueron en menor número y más castigadas y correctas que las anteriores. Esta circunspección, que realza mucho el mérito de Cervantes, denota también que supo posponer su inclinación al dictamen ajeno y adquirir un conocimiento más seguro del mérito respectivo de su talento y de sus obras, no sin sacrificio y mortiticacion del amor propio. Por esto en el Viaje al Parnaso decía con laudable ingenuidad:
Yo, que siempre trabajo y me desvelo
por parecer que tengo de poeta
la gracia que no quiso darme el cielo.
Confesión propia de su carácter franco, pero que no le privaba del discernimiento necesario para graduar y conocer la fecundidad de su ingenio, calificando justamente la invención como el requisito más esencial de un poeta; así es, que se consideraba acreedor a entrar en el número de los poetas dignos de ocupar un asiento distinguido en el Parnaso, y así se lo representa a Apolo diciendo:
Yo soy aquel que en la invención excede
a muchos, y el que falla en esta parte
es fuerza que su fama falta quede.
Es indisputable este mérito y esta originalidad de Cervantes, pero su fecunda y amena imaginación en las obras prosaicas prueba(n) con evidencia cuán difícilmente se sujetaba a las trabas de la rima y de la versificación, perdiendo en ello aquella libertad y desenfado que le hacen tan magnífico y admirable en sus pinturas y descripciones, tan natural, oportuno y gracioso en sus discursos y aun en sus coloquios rústicos y familiares. No de otro modo Milton, a quien miran los ingleses como a un poeta divino, era un mal escritor en prosa; naciendo de este mismo principio la opinión general que calificaba a Cervantes, como dijo don Francisco Manuel de Meló, «de poeta tan infecundo cuanto de felicísimo prosista».
Mas, por una fatalidad inherente casi siempre a la humana naturaleza, la poesía dramática (para la cual se hallaba menos cualificado que para ningún otro género de literatura) era, sin embargo, la ocupación favorita de Cervantes. Recién venido de Argel, tuvo la satisfacción de ver representadas en los teatros de la corte los Tratos de Argel, la Numancia, la Batalla naval y otros dramas que había compuesto, en los cuales se atrevió, según dice, a introducir algunas novedades que fueron bien recibidas, pero que es preciso examinemos ahora con imparcialidad. La escena española, que hasta su tiempo solo había visto por lo general composiciones de los mismos farsantes, escritas con sencillez y naturalidad, sin artificio ni interés y representadas sin aparato ni decoración teatral, a manera de unas églogas, diálogos o coloquios, como algunas se llamaron, levantó el vuelo en manos del maestro Fernán Pérez de Oliva, de Jerónimo Dermudez y, aun más, en las de Juan de la Cueva, Cristóbal de Virués, Juan de Malara y algún otro poeta recomendable. Cervantes, cuya afición a la poesía se manifestó, como ya dijimos, desde la infancia, y cuyos sucesos propios y originales sugerían tanta materia para interesar la curiosidad de los espectadores, ofreció al público sus comedías, que fueron aplaudidas porque la novedad y aparato de los argumentos y su estilo más popular y conveniente que el de Cueva y Virués, debían captarle más partidarios, principalmente cuando aquellos poetas, no habiendo divulgado ni publicado aun sus obras, eran más conocidos en Sevilla y Valencia, donde residían, que en Madrid. Compuso entonces Cervantes de veinte a treinta comedias que se representaron en los teatros de Madrid antes de 1590. Las principales son los Tratos de Argel, la Numancia, La gran Turquesca, La batalla naval, la Jerusalén, la Amaranta o la del Mayo, El bosque amoroso, La úmica y la bizarra Arsinda, pero de la que se manifestó más satisfecho fue de una titulada La confusa, la cual, según dice, pareció admirable en los teatros y podía tener lugar por buena entre las mejores de capa y espada que hasta entonces se habían representado. Estas producciones dramáticas de las que solo las dos primeras han llegado a imprimirse a fines del siglo pasado, fueron bien recibidas del público y, como él dice, «corrieron su carrera sin silbos, gritos, ni barahundas, y sin que se les ofreciese ofrenda de pepinos ni de otra cosa arrojadiza». Pero, como después abandonó el teatro y la pluma por algunos años, y entretanto se levantó Lope de Vega y otros varios poetas cómicos que perfeccionaron la poesía y en particular esta clase de representaciones, resultó que cuando Cervantes quiso tornar a su antigua ocupación se encontró muy atrasado en la carrera, y vio despreciadas sus obras por los mismos que anteriormente las habían celebrado y aplaudido. Esta fue la verdadera cansa de su descrédito como poeta en los últimos años de su vida.
A principios del siglo XVII comenzaba a decaer la lengua castellana de aquella dignidad y elegancia que había adquirido y conservado en el siglo anterior, y eran mucha parte para esta decadencia y corrupción la infinita casta de poetas, que sin otro numen que su capricho, ni otro estudio que su destemplada imaginación, profanaban el templo de las musas, anteponiendo las vanas sutilezas del ingenio a la nobleza y dignidad de las grandes pasiones, y el boato de unas metáforas extravagantes y de unas voces latinizadas y oscuras a la elegancia y perspicuidad de nuestro bello idioma; contagio que cundió rápidamente aun entre los ingenios más sublimes de aquella época, y halló en el vulgo un abrigo y aplauso tan general como extraordinario. Para oponer algún dique al torrente de tanto mal escribió Cervantes su Viaje al Parnaso, imitando al que había publicado en Italia César Caporali, natural de Perugia, poeta parecido a él, no menos en su agudo y festivo ingenio que en su triste y desdichada suerte. Alabó en esta obra a los poetas dignos de este nombre, dándoles el lugar eminente que merecían en nuestro Parnaso, y desterró de él a la muchedumbre de copleros corruptores de la noble poesía y del idioma castellano, de aquellos que hablaban unos latín y otros algarabía y eran la idiotez y la arrogancia del mundo, según sus propias expresiones.
Cervantes se preció mucho de la invención de este poema, que, sin duda, es más ingeniosa y discreta que amena y agradable; pero el desahogo que dio a su corazón manifestando descubiertamente su extremada pobreza y necesidad, la calidad de sus méritos como soldado y como escritor, el abandono y olvido de sus antiguos amigos, la indiferencia y desatención de los próceres sus Mecenas, y la pertinaz injusticia de su mala estrella, le proporcionaron un desquite público e ingenuo, en que lució no menos la severidad y rectitud de su juicio que a templanza y moderación de su carácter.
A continuación de esta obra, que salió a luz en fines de 1614, publicó la Adjunta al Parnaso, diálogo en prosa, en que pintó con sumo donaire y desenfado el encuentro y conversación que tuvo con un poeta novel que le traía una carta del dios Apolo, incluyéndole las ordenanzas y privilegios para los poetas españoles. El objeto de estos opúsculos parece el mismo que el del Viaje al Parnaso, pero se descubre más determinadamente el de dar a conocer sus comedias, así las antiguas como las que acababa de escribir, y publicar sus quejas con los comediantes, porque, teniendo sus poetas paniaguados, no se las pedían ni compraban, sabiendo que aquellas habían sido representadas anteriormente con general aplauso, y que estas podrían obtenerlo por su novedad, cuando no por su mérito, respecto a no ser aun conocidas del público. Este desdén de los farsantes. y su interesada parcialidad, hirió tan vivamente el amor propio de Cervantes, que ya en este diálogo manifestó su intención de dar a la estampa estas comedias, para que el público juzgase desapasionadamente de su mérito, y de la preocupación e injusticia de los que las desacreditaban.
Para cumplir su promesa, e instigado también de su pobreza, hubo de exponerse a nuevos desaires y desengaños, pues, tratando de vender estas comedias al librero Juan de Villarroel, le manifestó este con ingenuidad que se las compraría desde luego, a no haberle dicho un autor de título que «de su prosa se podía esperar mucho, pero que de su verso nada». Mortificole en extremo la respuesta por el afán que siempre tuvo de parecer poeta, y, en medio de tal pesadumbre y desabrimiento, volvió a repasar sus comedias y entremeses, que no le parecieron tan malos, que no mereciesen salir a la luz y censura pública. Con este objeto trató de nuevo con el librero Villarroel, con quien se concertó al fin, vendiéndole el privilegio, que pagó razonablemente. De resultas de este convenio se publicaron en setiembre de 1615 ocho comedias y otros tantos entremeses, con una bella dedicatoria al conde de Lemos y un prólogo tan discreto como erudito e importante para la historia del teatro y de la comedia española. Los títulos de estas comedias son los siguientes: El gallardo español, La casa de los celos, Los baños de Argel, El rufián dichoso, La gran sultana, El laberinto de amor, La entretenida y Pedro de Urdemalas. Los entremeses eran: El juez de los divorcios, El rufián viudo, La elección de los alcaldes de Daganzo, La guardia cuidadosa, El vizcaíno fingido, El retablo de las Maravillas, La cueva de Salamanca, El viejo celoso y Los habladores.
El público miró con indiferencia estas obras, y los comediantes no las quisieron representar, sin embargo de verlas publicadas. No era estraño que así sucediese, cuando ya Lope de Vega habla inundado el teatro con maravillosas composiciones, y otros muchos escritores muy apreciables e ingeniosos le ayudaban a sostener esta gran máquina con suma aceptación y aplauso de las gentes. Bien lo conocía Cervantes, y por lo mismo lo expuso con franqueza y sinceridad en su prólogo; y, ya fuese que el dictamen de sus amigos, o sus propios desengaños, le hicieron mirar a mejor luz sus composiciones, no se atrevió a encarecerlas, contentándose con decir que ni eran desabridas ni descubiertamente necias.
«Empero, si a Cervantes le fascinó su amor propio y su propia y natural indulgencia hasta con las más medianas obras ajenas, haciéndole formar el equivocado concepto que realmente no merecen, no se debe decir lo mismo de sus Entremeses. Al leerlos, no se puede menos de experimentar el sentimiento de que no se hubiese dedicado de intento a cultivar en toda su extensión la verdadera comedia de ridículo, pintando con su natural gracia e inimitable maestría, los vicios sociales de su nación y de su siglo, así como empezó a hacerlo en bosquejo en estos pequeños dramas; los cuales son otras tantas muestras muy apreciables de su genio cómico y de su fino tacto y habilidad para hallar y presentar el ridículo con una verdad y una franqueza admirables. Este sentimiento sube más de punto al ver que, lejos de dedicarse a tan importante género, para el cual le había dotado la naturaleza de todas o las más necesarias cualidades en un grado tan eminente, por no decir exclusivo, por el contrario, desconociendo o, más bien, descuidando tan raro y superior talento, se dedicó de propósito y con un obstinado empeño a otro género tan bastardo como absurdo, en el cual hizo las demás comedias, tan monstruosas, desaliñadas e insulsas». Porque no es de ningún modo admisible lo que en su defensa se aventuró a decir el erudito don Blas Nasarre, el cual en el prologo que precede a la segunda edición que de las ocho de ellas publicó en Madrid en 1740, se empeñó temerariamente en probar que Cervantes las había hecho malas de intento, o, como él dice, artificiosamente malas, para ridiculizar la muchedumbre de monstruosas comedias que en su tiempo inundaban y pervertían el teatro, y con el objeto de desterrarlas de él, así como logró desterrar del mundo por medio de su Quijote los libros de caballerías. Si tal hubiese sido su intento, lo cual es absolutamente falso e improbable, en tal caso, y al ver el infeliz y desgraciado desempeño de este supuesto intento, podríamos dudar con sobrada razón que el autor de las referidas ocho comedias pudiese haberlo sido del inmortal Quijote. Y, a la verdad, a no ver al frente de ellas el nombre de Cervantes y su prólogo, en el cual, si no hace su apología, las disculpa por lo menos, ¿podría nadie persuadirse que su autor fuese el mismo que con tanto juicio, sabiduría y discernimiento criticó las malas comedias de su especie y de su tiempo, ya rebatiendo victoriosamente en uno de los episodios de aquella fábula cuantas razones se alegaban por sus autores y por los apasionados de Lope de Vega para disculpar su desenfreno y monstruosidad, o ya burlándose de ellas y de sus oyentes y elogiadores, como se ve en los siguientes versos de su Viaje al Parnaso:
Adiós, teatros públicos, honrados
por la ignorancia, que ensalzada veo
en cíen mil disparates recitados.
Por las rucias que peino, que me corro
de ver que las comedias endiabladas
por divinas se tengan en el corro.
1
Merece acaso exceptuarse de la censura que pesa sobre sus composiciones dramáticas la comedia intitulada La entretenida, que más bien pudiera tener por nombre «los casamientos frustrados» o «la comedia sin matrimonio», pues que esta singularidad parece haber sido el objeto principal que se propuso Cervantes en su composición, como lo expresa en los siguientes versos, con que la finaliza:
Esto en este cuento pasa:
los unos por no querer,
los otros por no poder,
al fin ninguno se casa.
De esta verdad conocida
pido me den testimonio,
que acaba sin matrimonio
La comedia entretenida.
Y, aludiendo a esta misma, añade al fin de la intitulada Pedro de Urdemalas lo siguiente, con que al mismo tiempo ridiculiza la turba de comedias extravagantes y amaneradas de su tiempo;
Y verán que no acaba en casamiento,
cosa común y vista cien mil veces;
ni que parió la dama esta jornada,
y en otra tiene el niño ya sus barbas,
y es valiente y feroz, y mata y hiende,
y venga de sus padres cierta injuria,
y al fin viene a ser rey de cierto reino.
que no hay cosmografía que lo muestre.
De estas impertinencias y otras tales
ofrece la comedia libre y suelta, etc.
Por donde se ve que Cervantes tiró a dar en su Entretenida, si no una buena y acabada comedia, conforme a las reglas del arte, que tan bien conocía y recomendó en su Quijote, por lo menos una que no fuese tan monstruosa como las que por entonces se daban al teatro por Lope de Vega y demás poetas que en todo el siglo XVII lo surtieron con prodigiosa abundancia; y, en efecto, se puede asegurar desde luego que es de todas ellas la que más guarda el tono, el carácter y el estilo sencillo y natural de la verdadera comedia, y asimismo la que más se acerca a la observancia de las reglas de esta.
El trato de Argel no tanto merece el nombre de comedia como el de una simple relación, lastimosa y trágica por lo común, de los trabajos que padecían los cautivos cristianos en poder de los infieles, en cuya pintura entran también las reprobadas costumbres de unos y de otros, cuyos sucesos son tanto más creíbles en la pluma del autor, cuanto que por él pasaron muchos de ellos; y así se introduce en ella a sí mismo como historiador verdadero. No se advierte en esta comedia una acción principal a que estén subordinados los demás incidentes, y, si algún episodio puede ocupar el lugar de ella, es la complicación de afectos de amos y de esclavos. Tampoco se observan las unidades de tiempo ni de lugar: en ella introdujo su autor figuras morales. La Necesidad y la Ocasión acosan a Aurelio para que condescienda con las importunas instancias de Zara. Fácil hubiera sido y más natural poner estos discursos en boca de las personas, pero esta invención fue tan del gusto de Cervantes, que se precia de haber sido el primero que introdujo en el teatro las figuras morales con general aplauso, si bien muchos años antes las vemos introducidas en la comedia de La duquesa de la Rosa, impresa por Juan de Timoneda el año de 1560, por Alonso de Vega, poeta y representante, como lo fue por aquellos tiempos Lope de Rueda.
La Numancia, tragedia en cuatro actos o jomadas, se funda en un hecho histórico harto conocido y glorioso para la nación española. Aunque esta composición es más regular y de mucho mayor mérito que El trato de Argel, y aunque tiene bellezas por las cuales merece ser colocada entre las mejores obras del mismo género de aquella época, dista bastante de la perfección a que ha sido llevada en nuestros tiempos la tragedia, diferencia que se palpa muy luego si se la compara con la tragedia que sobre el mismo argumento ha dado al teatro español a fines del siglo pasado el benemérito don Ignacio López de Ayala. Sin embargo, las bellezas de que abunda, unidas a la fidelidad y exactitud con que Cervantes describe las circunstancias del sitio y catástrofe de Numancia, al mismo tiempo que hacen muy interesante esta tragedia y disimulables sus faltas, justifican el aprecio que de ella han hecho tanto nocionales como extranjeros, y particularmente estos últimos entre quienes ha sido traducida. Esta tragedia y El Trato de Argel no fueron impresas hasta el año de 1784, en que la publicó en Madrid don Antonio de Sancha. Además de sus comedias y de las piezas de verso de que hemos hecho mención, escribió Cervantes un gran número de poesías sueltas en diversas ocasiones, ya en elogio de las producciones de sus amigos, ya en los certámenes poéticos que estaban entonces muy en boga, o ya en conmemoración de algún acontecimiento político o suceso público notable. Los límites de un periódico no nos permiten hacer mención individual de todas sus composiciones de esta clase que llegaron a publicarse, a más que fuera de poco interés esta nomenclatura a no insertar las poesías mismas.
En el examen de las obras del inmortal Cervantes hemos comenzado por las poesías y el teatro, porque, siendo lo más débil de ellas, anhelábamos desembarazarnos cuanto antes de la parte menos agradable de nuestra tarea. Pasaremos ahora a examinar sus producciones en prosa, sobre las cuales estriba la fama universal de este peregrino ingenio.
LA GALATEA,
que había compuesto y concluido para fines de 1583, fue la primera obra suya que se publicó; novela pastoral, acomodada al gusto de aquel tiempo, característica de la edad juvenil de Cervantes, y en que, satisfaciendo su inclinación a la poesía y al cultivo de su lengua propia, quiso acreditar la fecundidad de su ingenio, dar a conocer algunas de sus aventuras o sucesos particulares, alabar a los poetas que entonces florecían y dirigir a la dama objeto de sus amores un obsequio tanto más delicado y apreciable en aquellos tiemposos, cuanto se procuraba salvar el pudor y decoro propio del sexo, con la artificiosa alusión de trasladar a los campos las situaciones de aquella pasión, pintándola al natural entre el candor y la inocencia de sus moradores.
El mismo Cervantes indicó en el prólogo que muchos de los pastores de su novela solo lo eran en el traje; y el ejemplo de Rodrigo de Cota, autor de La Celestina, y de sus coetáneos Jorge de Montemayor, Luis Gálvez de Montalvo, y sobre todo el testimonio de Lope de Vega confirman que Galatea no fue una persona ideal y fingida, sino real y verdadera. Encubierto Cervantes bajo el nombre de Elicio, pastor en las ribcras del Tajo, refiere sus amores con Galatea, pastora nacida en las orillas de aquel río; y, como al mismo tiempo que Cervantes publicaba estas aventuras galanteaba a una dama principal de la villa de Esquivias, llamada doña Catalina de Palacios Salazar y Vozmedlano, quien, como dijimos en su biografía, vino después a ser su esposa, no puede quedar duda de que esta fue la verdadera Galatea; así como tampoco puede haberla de que bajo los nombres de Tirsi, Damón, Meliso, Siralvo, Lauso, Larsileo y Artidoro, introdujo en aquella fábula a Francisco de Figueroa, Pedro Laínez, don Diego Hurtado de Mendoza, Luis Gálvez de Montalvo, Luis Barahona de Soto, don Alonso de Ercilla y micer Ardrés Rey de Artieda, todos amigos suyos y muy celebrados poetas de aquel siglo. Ya en primero de febrero de 1584 había examinado y aprobado esta obra por orden del Consejo Real Lucas Gracián Dantisco, calificándola de provechosa, de mucho ingenio, de galana invención y de casto estilo y buen lenguaje, a cuyo dictámen se unieron los elogios particulares que la dieron Luis Gálvez de Montalvo, don Luis de Vargas Manrique y López Maldonado, que correspondieron a la aceptación que después tuvo en España y entre las naciones estranjeras. Pero estos aplausos tan generales, y aquellos elogios tan vagos o indeterminados, no han servido ni pueden servir ahora de regla para juzgarla, cuando la crítica, ilustrada por el buen gusto y la filosofía, dirige y gobierna nuestro juicio y rectifica nuestras ideas. Examinando por estos principios La Galatea y considerándola como una composición pastoril o como una égloga (según la llama su autor), hallaremos que, si, por una parte, nos admira la belleza y naturalidad de las descripciones, el decoro y la agudeza con que se trata del amor, la variedad y contraste de los afectos, las excelentes situaciones aprovechadas con tanta gracia y oportunidad, la cultura y buen uso del lenguaje, y la fecundidad del ingenio, extrañamos, por otra, ver unos pastores demasiado eruditos y filósofos, una multitud y prodigalidad de episodios que, ofuscando la acción principal, debilitan el interés, y confunden los personajes del primer término del cuadro con otros de un orden inferior, sin descubrir la conexión y analogía de algunos sucesos accesorios con el principal, ni el modo con que contribuyen a su desenlace. Se creería por esto que Cervantes quiso más bien hacer alarde del caudal de su invención que parecer parco y moderado en la disposición de su fábula, prefiriendo, por consiguiente, la riqueza, y aun la superfluidad, a la prudente y juiciosa economía; porque no hay duda que él mismo conoció estos defectos, ya anticipando disculpas de los unos en su prólogo, ya pidiendo indulgencia de los otros hasta que saliese la segunda parte, que no concluyó, aunque parece la tenía adelantada al tiempo de su fallecimiento.
Suspenderemos por hoy nuestro examen de las obras de Cervantes, dejando para otro número el de las Novelas, El ingenioso hidalgo y Los trabajos de Persiles, las tres obras maestras de nuestro donoso escritor.