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Prensa y canon

“Variedades. Mi segunda visita al Escorial”

Autor del texto editado
Garcia-Barzanallana, Manuel (1817-1892)
Título de la obra
El Faro, n.º 110, 13 de agosto de 1847
Autor de la obra
Coello y Quesada, Diego (dir.)
Edición
Madrid: Imprenta a cargo de don Agustín Aguirre, 1847
Paginación
p. 4
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de la Hemeroteca Digital de la BNE. (texto completo)
Información técnica
Editor: Isabel Román Gutiérrez
Encoding: Noelia Santiago López
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
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Córdoba, 30 marzo 2026

VARIEDADES

Mi segunda visita al Escorial


¿A que se destinará este grandioso monumento para que sea algo más que objeto de curiosidad, casi siempre poco entendida? Esta es la pregunta que mutuamente se hacen cuantos, visitando el monasterio del Escorial, comprenden que las naciones no deben permitir que se las acuse con razón de ser indiferentes a los grandes recuerdos de su gloria política o artística, estimulo el más eficaz para grandes empresas. Hícémela yo a mí mismo como los demás, cuando días pasados acabé de examinar detalladamente las bellezas que encierra el monumento de Felipe II, y su comparación con las que hacen notables otros grandes edificios del estranjero me ratificó en el juicio que había formado años antes, cuando no había salido de nuestra patria.

No es el Escorial un palacio que asombre con su grandeza o deleite con su elegancia, como Fontainebleau, Versalles Windsor, edificios que prueban incontestablemente que la belleza artística es múltiple, y que así puede encontrarse en el atrevimiento gótico como en la delicadeza del renacimiento o en las líneas grandiosas de los arquitectos de Luis XIV.

El destino de un monumento debe corresponder principalmente a su carácter, y, si el Escorial es sinceramente admirado, es cuando se le considera como un inmenso sepulcro. Envanézcase el Egipto con sus pirámides, espresión del giro que tomó su civilización antigua; sustituya Roma en su panteón a las deidades del politeísmo los restos de sus grandes artistas, que por el curso de la belleza le han conservado sobre los pueblos modernos el prestigio que la fuerza le dio sobre los antiguos; una la aristocrática Inglaterra en su abadía de Westminster las cenizas de sus reyes a las de sus hombres ilustres, aun cuando solo como autores se hayan distinguido, haciendo que reposen juntos Newton y Garrick; España puede presentar el Escorial como esplicación de su influencia sobre la Europa y como el fundamento de sus esperanzas de grandeza en el porvenir. Monarquía católica y medio monástica, ¿qué monumento puede convenirle mejor que el Escorial, convertido en necrópolis de sus glorias? En Versalles se ve una capilla, magnifica a la verdad, porque solo es un accesorio de aquel inmenso palacio, mansión de un monarca algo teatral en su fausto; en el Escorial el palacio, aun después de sus aumentos es un apéndice al monasterio y a la iglesia; la cámara de Luis XIV, en el punto teatral de su alcázar, con sus cuadros escogidos, su balaustrada dorada que aislaba al príncipe sobre su lecho de respeto, revelan el genio de aquel gran rey, tan claramente como el de Felipe II la celda en que pasó sus últimos días, refugio de un orgullo severo que afectaba los aires de la humildad. Ni son las tapicerías de Mad, de Maintenon y de las colegialas de Saint-Cyr más interesantes que las sillas en que el monarca español buscaba alivio a su padecer, mostrando que una grande alma es siempre dueña del cuerpo que anima. La imaginación es la que nos hace gustar deleites íntimos en el Escorial, bello no tanto por su masa y sus detalles, en gran parte defectuosos, como por los recuerdos que despierta. Aumentemos, pues, estos y consigamos, que posible es, que sea un monumento verdaderamente único en el mundo.

Imitando a los ingleses, quiso la Francia revolucionaria honrar a los héroes reuniendo los restos mortales en un panteón nacional, sobre cuyo frontón escribió: A los grandes hombres la patria agradecida. Pero, ingrata con su pasado, dató solo de su época su gloria, y únicamente buscó a Voltaire y a Rousseau como espresión de sus tendencias y dignos de ocupar un lugar en el templo de la inmortalidad. Una pequeña iglesia, sobre la que el panteón proyecta su sombra, encierra la tumba de Pascal, que no ha encontrado acogida en el monumento pagano de los legisladores de 89. Ni Bayardo, ni Gaston de Fox, ni Corneille, ni Sully, ni Colbert, ni Racine, ni Moliere, ni Poussin, ni Turenne, ni Condé, ninguno, en fin, de los grandes hombres que hicieron a la Francia heredera del poder y de la gloria política y artística de la España se encuentra al lado de los filosofes anticristianos que impiden que la religión que combatieron santifique y enaltezca su tumba y dé al monumento parisién el prestigio de que carece y que constituye el principal encanto de la abadía del Támesis. Nosotros podríamos evitar este escollo. Nuestro panteón nacional tendrá como el inglés, la consagración de la religión, v puede reunir los monarcas que personificaron nuestra nacionalidad y los hombres que la hicieron respetar.

Hay una ley que previene el establecimiento de un panteón nacional en Madrid, de la que nadie se acuerda, como de otras mil. Pero ¿qué iglesia puede ser destinada a tan noble uso? ¿La de San Francisco, rotunda sin carácter ni recuerdos, o la de San Jerónimo, que, si bien los tiene, es verdaderamente mezquina? Madrid, capital de una monarquía poco cuidadosa de la unidad, carece, entre otras muchas cosas necesarias en la primera ciudad de una gran nación, de un monumento religioso que eleve el alma de quien en él penetre. Creo, pues, que, ayudando el [...], podría ser destinada la iglesia del Escorial para panteón de grandes hombres. No es su extensión demasiado considerable, sobre todo si se descuenta la parte ocupada por el enorme coro que tanto la afea, pero queda aún bastante espacio para que los representantes del siglo pasado tengan cabida. A más de que, a poco que siga el ingrato olvido en que nuestra patria ha echado siempre a los ilustres y nobles hijos, más que verdaderos monumentos sepulcrales habría que multiplicar las meras lápidas conmemoratorias. Apenas se sabe dónde existen algunos huesos del Gran Capitán, que nos dio la Italia, ni poseemos los de Cortés, que nos dio a Méjico; San Sebastián de Madrid no ha sabido guardar los de Lope de Vega, e, ignorándose ya dónde han ido a parar los de Herrera, no podrá tener este en el templo que levantó la magnífica la magnífica inscripción de Wreu, el arquitecto de San Pablo de Londres, donde reposa:

Si requris monumentum circumspice.


Nuestro mismo Cervantes, la gran personificación de las letras españolas, no tendrá inscripción alguna, a no ser que copiemos la tan sentida que la Inglaterra ha escrito sobre el sepulcro que en Lisboa encierra a uno de sus poetas:

Llora España que no le sea dado abrigar en su seno al hijo de sus entrañas.

Acaso a esta hora no devolverán los claustros de San Agustín de Salamanca las cenizas de fray Luis de León, ni las excavaciones de la Plaza de Oriente las de Velázquez. Unos cuantos años más de esta indiferencia vergonzosa, y no podremos responder sino con sofismas a los extranjeros que nos acusan de llevar el sentimiento de la dignidad personal hasta la indisciplina; que creen contaminado el carácter nacional por una de las pasiones más bajas, la envidia, por la que en parte explican la falta de hombres culminantes que ha mucho tiempo nos aqueja, y que pretenden, en fin, que nuestro pueblo no llegará nunca a ser político, porque prefiere la igualdad en la servidumbre a la desigualdad en la libertad. Ellos es que solo nosotros somos los olvidadizos de nuestra historia, como si desesperásemos de ser dignos contrincantes de ella, o temiésemos al recordarla ver justificada la expresión del misantrópico patriotismo que recordó en la tumba del conde Ansúrez sus grandes hechos:

Porque en este claro espejo
vemos cuánta mancilla
encierra agora Castilla,
según lo del tiempo viejo.


Que no es solo la Inglaterra con sus tesoros la que honra a sus hijos. Al llegar a Amberes se desembarca en el muelle de Van-Dyck, y para descansar en la posada más concurrida hay que saludar sobre la plaza Verde la magnífica estatua de Rubens. Pueblo nacido ayer por la independencia, los belgas aprenden a amar la nacionalidad arrebatados en los ferrocarriles por locomotivas que con sus nombres les recuerden las gloriosas memorias de su historia, desde la dulce y poética figura de Van-Dyck hasta la enérgica de Carlos el Temerario. Los pueblos libres no son, como pudiera parecer, los únicos en este culto de los grandes recuerdos. Florencia reúne en un mismo tiempo al Dante, Galileo, Maquiavelo, Michel piu che mortal Angiol divino, Aretino, Alfieri y otros; y hasta la fría Alemania acaba de elevar en su Walhalla el templo de la gloria germánica, reuniendo en inscripciones o en bustos todos sus grandes nombres desde el de Arminio, vencedor de Varo, hasta los de los filósofos y artistas a que debe su reciente influencia sobre las naciones antes sus maestras.

No es de estrañar este empeño en recordar a los pueblos lo que han sido. Los ferrocarriles y el telégrafo electrogalvánico están borrando las nacionalidades y las distancias con ellos; bueno es, puesto que la unidad exagerada privaría al mundo de las ventajas que la circulación produce por las diversidades de razas y de civilizaciones, que se fortifique ese sentimiento que une el hombre a la tierra en que nace, cree y ama, antes que la esperiencia de la vida viene a fortificar su razón, debilitando la energía moral.

Una de las bellas páginas del reinado de Luis Felipe será la que describa la creación del Museo histórico de Versalles. En aquellas interminables y espléndidas galerías, que han reemplazado a las multiplicadas habitaciones de los cortesanos de la monarquía antigua, respira un pensamiento tan político como artístico. La Francia joven aprende a apreciarse y a no contar su historia solo desde 1789. La grande inteligencia de este monarca ha dado un destino digno de su belleza a aquel palacio descomunal para la monarquía moderna.

Ha alojado en él no a un rey, que parecería perdido en aquella inmensidad, sino, como lo dice la inscripción de la entrada, a todas las glorias de la Francia. ¿Y alojaremos nosotros nuevos monjes en El Escorial? Yo creo que sería algo pueril este empeño. La España tiene que redoblar sus afanes para aprovechar las fuerzas de las que la ha dotado la providencia, si no quiere quedar a una distancia tal de los demás pueblos, que el desaliento la desmoralice. Demasiada tendencia habrá siempre aquí a la vida contemplativa, y la civilización oriental nunca carecerá entre nosotros de innumerables secuaces. Nuestros recuerdos, nuestra sangre y nuestro sol a ello conspiran. Hay que ganar el tiempo perdido y trabajar sin descanso, o nos enflaqueceremos hasta el punto de que abrume nuestros hombros el peso de gloria legado por nuestros mayores. Si dimos un mundo nuevo al antiguo, ¿hemos cuidado de que no nos reemplace en él la raza anglosajona, con la que deberíamos partir el imperio [...] de su lengua y de la nuestra las del comercio universal? Aún puede haber grandes glorias para España, enalteciendo el trabajo, y pronto pasará la generación que, desmoralizada como todas las que viven después de grandes revoluciones, llama ilusión a todo lo que no sea una creencia esclusiva en los goces del momento.

Empiezan ahora en Europa a apreciarse con justicia las bellezas de nuestra escuela de pintura. Algunos jóvenes de talento, prometiéndose ser dignos sucesores de los grandes maestros, pues hace ya algunos años, después del impulso dado a las inteligencias para la revolución, que no se presentan nuevos artistas, entre quienes se recluta nuestra escuela moderna. Finados los seis u ocho que pintan ahora de una manera notable, ¿quiénes los reemplazarán? Ya no hay comunidades religiosas que con el fasto del culto sostengan las artes del dibujo; nuestras primeras familias, nunca demasiado entusiastas de la belleza, carecerán en adelante de las riquezas indispensables para promover grandes obras; apenas hay clase media, y esta con una educación que no la hace necesarios muchos placeres intelectuales. Las artes, pues, están amenazadas de muerte. El estado, heredero de cuantos han padecido por la ruina de nuestra pasada organización, debe reemplazarlos en esta obra civilizadora. Las clases y los individuos van a menos; la asociación debe llenar sus huecos. Que las actuales celdas, ahora inútiles, se conviertan en galerías en que paulatinamente se escriba en cuadros nuestra historia; que los claustros reciban los bustos, estatuas y sepulcros antiguos, y dejarán muy atrás las aplastadas y prosaicamente blancas galerías de Versalles, cuya mayor estensión no alcanza a compensar su estrechez, ni la fealdad de abrirse sobre patios insignificantes. Quitadas las vidrieras de las arcadas del claustro de los evangelistas, y cubierta toda su arca de cristales, como alguno de los grandes invernáculos para plantas que hay en Inglaterra, se verán los frescos a la distancia que debe darles el efecto de que ahora carece, y serán un hermoso recuerdo del campo santo de Pisa, porque, si Giotto adornó las paredes de este, no falta reminiscencias de Miguel Ángel en los frescos de nuestro claustro. El murmullo de sus fuentes, su tibia temperatura, su vegetación, que pudiera ser más poética y variada, y el templete central, que [parece] espresamente destinado para abrigar un sepulcro, le darían una belleza que haría sincera esa [admiración] que ahora muchos solo afectan, y que si son estranjeros nos otorgan por cortesanía. Así, dándoles ocupación, podríamos tener escultores, que siempre han sido raros entre nosotros, porque ni Becerra, ni Céspedes, ni Cano, ni Martínez, ni Pereira, ni Álvarez pueden sostener la comparación con los nombres que otras naciones ostentan, como respecto a pintura nos acontece. La biblioteca actual quedaría reducida a las obras que fuesen hijas de ingenios españoles, trasladándose a Madrid las estranjeras, y completándose la del Escorial hasta que pudiera allí escribirse la bibliografía española. En la alta, mejorado su local reuniría los principales escritos estranjeros sobre nuestra historia, y, con una colección de todas las medallas acuñadas sobre acontecimientos que nos interesen, y principalmente con la reunión de todos los archivos ahora diseminados en Barcelona, Sevilla y Simancas, sería el monasterio de Felipe II un monumento que esplicase la vida de la nación española y la escuela de sus futuros historiadores y de sus estadistas. Con la corte en Valladolid se comprende la existencia del archivo de Simancas, como la de Indias en Sevilla, cuando monopolizaba esta ciudad el comercio de América; pero ahora, que aquellos depósitos no se aumentan, ni tienen la amplitud conveniente los edificios que los contienen, ¿no sería más útil aproximarlos al centro de la monarquía?

Si se insistiese en que una mole tan enorme como la del Escorial nunca está mejor conservada que cuando en ella se habita, no veo serios impedimentos para que se fijase allí una colegiata que sirviese de retiro a los obispos ancianos, como la de San Dionisio, cerca de París, sobre la que acaba de discutirse un proyecto de ley en las cámaras francesas. Así, la parte más ilustre de nuestro clero, por la edad y por la jerarquía, rogaría por el eterno reposo de la parte más ilustre de la nación española, y los aniversarios podrían tener una majestad verdaderamente católica.

A poco que se mejorasen las cercanías del monasterio-palacio con plantaciones y algunas esculturas, podría aprovecharse maravillosamente lo desigual del terreno para darle la belleza que tanto se admira desde la celebrada terrasa de Windsor, sobre la que pende como guirnaldas la yedra secular que mece el viento en las torres.

Es tal el abatimiento en que hemos caído, que muchos creerán un sueño la realización de lo que llevo propuesto. A los que se curan esclusivamente de números puede decírseles que, si se ha creído necesario en Francia aprovechar un palacio como el de Versalles, en el que Luis XIV gastó 417.000.000 de francos, que corresponderían ahora a 350, según el precio que antes tenía y ahora tiene el marco de plata, tampoco son insignificantes las sumas que ha costado El Escorial, pues solo Felipe II invirtió cerca de 70.000.000 de reales, que tenía un valor casi cuádruplo del actual; y después los gastos han debido de ser enormes, como que existe, por ejemplo, un tapiz que tiene sobre cien varas cuadradas y ha debido, por lo tanto, costar más de 25 mil duros. Y ni sería necesario gastar de una vez, ni aun en pocos años, lo que haría posible realizar mi pensamiento, ni todo su importe pesaría esclusivamente sobre el estado.

Los descendientes de nuestros grandes hombres, los que llevan nombres históricos, ¿no habían siquiera de contribuir medianamente a aumentar el lustre de sus casas y dar fuerza a los sentimientos conservadores apoyados en los recuerdos históricos? No me parecería que fuera necesario recordarles el célebre dicho: «Nobleza obliga». Y luego solo falla a este país que haya quien crea llegado el momento de hacer su análisis de nuestro presupuesto, y, comparándole con los de los demás pueblos, demuestre lo que es verdad: que somos manirrotos en lo que debiéramos ser parcos, y tacaños en lo que debiéramos ser espléndidos. Un pueblo, además de imaginación ardiente necesita que los que lo dirigen sostengan su moral política con pensamientos que entusiasmen, y España, que siempre ha sido más grande por el sentimiento que por la fría razón, que combatió ocho siglos por su independencia, que descubrió la América, acontecimiento que, después del cristianismo y en unión de la imprenta, ha variado la suerte del mundo; que aun en épocas de decadencia envió sus bajeles, no para descubrir nuevas tierras sobre que plantar su pendón, sino para propagar la vacuna que prodigó sus tesoros para vengar la muerte de un rey por el que era la sola que había intercedido noble y desinteresadamente; que luchó después con el más grande capitán de los tiempos modernos, y que aun ahora da a la reina casi lo mismo que la Inglaterra da a la suya; la nación, en fin, que por todo grande infortunio ha tenido lágrimas y para toda grande empresa ha tenido brazos, también tendrá el oro necesario para hacer del Escorial el primer monumento de Europa, la quintaesencia de nuestra historia y la prueba de que no sin razón nos negamos a abdicar como gran nación, esperando en un porvenir que nos indemnice de la insignificancia de nuestro presente.



Manuel García Barzanallana

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