“Discurso del señor Martínez de la Rosa, como director perpetuo de la Real Academia Española, en contestación a los que leyeron en el acto de su recepción en dicho cuerpo los señores Oliván, Pastor Díaz y Hartzenbusch”
- Autor del texto editado
- Martínez de la Rosa, Francisco (1787-1862)
- Título de la obra
- El Faro, n.º 208, 19 de noviembre de 1847
- Autor de la obra
- Coello y Quesada, Diego (dir.); Ayuso, Juan (ed.)
- Edición
- Madrid:
Imprenta a cargo de D. Agustín Aguirre,
1847
- Paginación
- p. 4
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de la Hemeroteca Digital de la BNE. (texto completo)
Información técnica
Editor: Isabel Román Gutiérrez
Encoding: Noelia Santiago López
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Córdoba, 1 abril 2026
Discurso del señor Martínez de la Rosa, como director perpetuo de la Real Academia Española, en contestación a los que leyeron en el acto de su recepción en dicho cuerpo los señores Oliván, Pastor Díaz y Hartzenbusch
Señores:
En el acto solemne de recibir tres nuevos miembros en el seno de la Real Academia Española, y cuando acaban de oírse los discursos que con este motivo han pronunciado, ocurren al ánimo algunas reflexiones gratas y consoladoras.
Ansiosos de promover el cultivo de las letras humanas, que con razón merecieron tal nombre por lo mucho que contribuyen a suavizar las costumbres y a civilizar a las naciones; congregadas en este lugar personas que se dedican a los varios ramos del saber, unidos con estrechos vínculos para común provecho; parece que se respira con más libertad y desahogo en este pacífico retiro, lejos de contiendas políticas y de la lucha de partidos; así como allá en otros tiempos se suspendía el rumor de las armas durante la tregua de Dios, y hasta los más fogosos combatientes respetaban el asilo de las iglesias.
Estos actos públicos pueden contribuir grandemente a encender una noble emulación, a dar nuevo estímulo a la pasión de la gloria, y a mostrar tal vez que en un siglo, acusado con razón o sin ella de calculador y egoísta, aún hay ánimos generosos que cultivan con ardoroso empeño el ameno campo de la literatura, más fértil en flores que no en frutos.
Resultará también la ventaja de que se vea prácticamente que estos cuerpos literarios no están animados, como malamente se ha pretendido, de espíritu intolerante y esclusivo, cerrando con triples candados sus puertas, y solo dejando abierto un postigo, por donde no se pueda entrar sin inclinar la cabeza y despojándose en el dintel de opiniones propias.
Tan al contrario es, que ante todas cosas se apetece el libre examen, el contraste de opiniones opuestas, como el medio más a propósito de buscar la verdad y de encaminarse al acierto.
Aun en la materia propia y peculiar de su instituto, la Academia Española no aspira a dictar leyes, sino registra las que dicta el uso; no encadena en su libre curso a la lengua, sino indica los escollos para precaver estravíos; no fija, en una palabra, límites inmutables que le sirvan de perpetua barrera, sino de tiempo en tiempo establece señales, como las piedras que suelen colocarse en les caminos para indicar lo que ya se ha andado y el rumbo que debe seguirse.
Ningún testimonio más irrefragable y auténtico pudiera dar la Academia de cuál es el espíritu que la anima que el que acaba de ofrecer en la elección de estos tres candidatos, dignos todos ellos, a cual más, de entrar en esta ilustre corporación, pero que han presentado tan diversos títulos para ser admitidos, y que ostentan un carácter literario, si así puede decirse, tan poco parecido como pueden serlo sus fisonomías.
El discurso del señor Oliván, primero en orden, retrata fielmente el talento de este aventajado escritor; su espíritu analítico, claro, preciso, que aspira a llevar al terreno de la literatura, así como lo ha hecho al de la administración, el orden y método de las ciencias exactas, a que es tan aficionado. Evitando con solícito anhelo dejarse llevar de la imaginación y procurando escudriñar el fondo de las cosas, desmenuzarlas, para conocerlas mejor, puede contribuir útilmente a las tareas de la Academia por medio de profundas discusiones en el campo de la gramática, que conviene recorrer de nuevo con la antorcha de la filosofía
La grave cuestión que el señor Oliván ha examinado en su discurso es una de las que con más urgencia lo reclaman. Discordes en la práctica varios de nuestros hablistas, así antiguos como modernos, militando por una y otra parte razones poderosas, no me atreveré yo a decir si se está ya en el caso de pronunciar un fallo, dictando sobre este punto una regla invariable.
Tampoco me aventuraré yo a indicar cuál será en adelante la decisión de la Academia acerca del uso de! pronombre personal, objeto del discurso a que aludo; pero, no pudiendo negar que en la última edición de nuestra gramática se adopta la opinión contraria, debo justificar a la Academia recordando los principios que la guían, y que se han tenido siempre por norma invariable para decidir esta clase de cuestiones. El señor Oliván se propuso examinar la presente a la luz del raciocinio, sujetándola al criterio de la lógica, procediendo en ella como filósofo y analizándola por todas sus fases. La Academia, por el contrario, persuadida de que los principios de la dialéctica no siempre son aplicables a las discusiones gramaticales, y de que, aun cuando lo fuesen, tienen que ceder y subordinarse a la fuerza incontrastable del uso, juez único y sin apelación en tales materias, ha procurado siempre indagar el de nuestros célebres hablistas, tomándole, como cuerpo esencialmente conservador, por la guía más segura y de la cual no se cree autorizada a separarse. ¿Y cuál es el uso constante de nuestros más ilustres escritores? Cabalmente el contrario a la opinión del señor Oliván. Cervantes, Mariana, Mendoza, Moncada, Zurita, Estrada, Coloma, Saavedra, Solís, entre los prosistas; Boscán, Garcilaso, Francisco de la Torre, fray Luis de León, Lope de Vega, Villegas, Calderón, Quevedo, entre los poetas, emplean el pronombre le en los términos que el señor Oliván impugna. Si a tan insignes escritores se me permite agregar tres, que entre los modernos están reconocidos por maestros del idioma patrio, a saber, Iriarte, Jovellanos y Moratín, no podrá desconocer el señor Oliván cuánto ha de inclinar la balanza en favor del uso que reprueba el peso de tan calificados jueces. Y aun me atrevo a lisonjearme de que, si el señor Oliván, en el retiro de su estudio y por la fuerza lógica de su razón, puede como literato particular decidirse por la opinión que tan luminosa y metódicamente ha defendido en su discurso, tal vez como académico no se atreverá a anteponer su dictamen al de tantos y tan autorizados escritores.
De todos modos, bien puede asegurarse que se presta un señalado servicio ventilando estas cuestiones con el deseo del acierto, como lo ha hecho el señor Olivan, aun cuando pueda decirse en esta materia lo que dijo Horacio respecto de otra: Grammatici certant et adhuc sub judice lis est.
Enteramente distinto, no menos en el fondo que en la forma, cual si de intento se hubiese propuesto ofrecer una especie de contraste, el discurso del señor Pastor Díaz anuncia sin querer su afición a las Musas, a las que en otro tiempo tributó culto, si bien por mero pasatiempo y sin aspirar, como otros con menos títulos, al nombre de poeta. Aun en la cuestión filosófica que ha planteado se echa de ver con frecuencia el vuelo de la fantasía, por más que en tales materias reclame sus fueros exclusivos la razón desapasionada y severa.
A fuerza de querer mostrarse imparcial puede tal vez decirse que el señor Pastor Díaz ni siquiera ha sido justo, si bien el peso mismo de las razones le ha hecho reconocer en su discurso que no se hallan tan divorciados como pudiera creerse los grandes adelantos en las ciencias y el cultivo de la literatura con el manejo de los negocios públicos, o, para valernos de sus mismas expresiones, la vida práctica, con la especulativa contemplación de la verdad y de la belleza.
Es cierto que en la infancia de las sociedades y en épocas de densa barbarie suelen aparecer genios estraordinarios, creadores, enviados por la divina Providencia para guiar e iluminar a las naciones, como la columna de fuego que precedía al pueblo de Israel en el desierto. Es verdad igualmente que a veces se ocultan en la soledad y en el retiro hombres investigadores, que, separados del bullicio del mundo, guardan riquísimos tesoros de ciencia, como la perla encerrada entre dos conchas se esconde en lo profundo del mar, y el oro en las entrañas de la tierra. Mas no por eso es menos cierto, hablando en tesis general, que el trato de los hombres y el cambio recíproco de ideas acrecienta su valor y difunde sus beneficios, formando lentamente con el trascurso del tiempo un caudal de doctrina que se trasmite de generación en generacióno, como un preciosísimo legado.
La esperiencia enseña también (y el señor Pastor Díaz lo ha reconocido así, no pudiendo esperarse menos de su ilustración) que tanto en las naciones antiguas como en las modernas han existido hombres sapientísimos, que han dividido su vida entre el cultivo de las ciencias y el manejo de los negocios públicos. Así, y por las razones que ha indicado en su discurso, debió suceder en las antiguas repúblicas de Italia; así, y por motivos semejantes, se ha verificado en la Gran-Bretaña.
Dante, el heraldo de la civilización moderna, vivió en medio de las turbulencias políticas; el mismo aíre inflamado respiraba el profundo Machiavelo, sin cuya circunstancia tal vez no hubiera podido comprender y comentar a Tilo Livio; el gran canciller Bacon, padre de la filosofía, no vivió afijado de la arena política; y aun en épocas más cercanas, si bien en regiones distantes, Francklin arrebataba con una mano el rayo de los cielos y con otra rompía los hierros de su patria.
Materias hay, comopor ejemplo, la historia, en que llevan suma ventaja, no los que la escriben consultando solo las obras de las bibliotecas, sino estudiando el gran libro del mundo, abundante en escarmientos y enseñanza. Seguimos con plena confianza a Xenofonte en la penosa retirada de los diez mil, porque él iba en medio de los griegos; creemos ver con nuestros propios ojosa los habitantes de las Galías, porque el mismo que los sojuzgó es quien nos los describe; mas, por mucha fe que nos merezca Tácito, casi estamos recelosos de que el retrato de los antiguos germanos lo haya hecho de fantasía, para presentar el contraste entre aquellas costumbres rudas y las de la corrompida Roma, que se iba deshaciendo y aniquilando en medio de la pompa del imperio, como un cadáver colocado en un suntuoso catafalco.
En la Francia de nuestra edad se ve lo mucho que han ganado la filosofía, la política, la historia, cultivadas por repúblicos eminentes, en vez de que en los tiempos de saber meramente especulativo, en el siglo enciclopédico por escelencía se ve con sonrisa de lástima querer dictar constituciones a los pueblos, sin conocer siquiera el mundo, el buen abate Mably o el soñador Rousseau, que echaba de menos en París los encantos de la vida selvática
Sin salir de nuestra propia España, en los siglos de nuestras glorias tuvimos hombres eminentes al mismo tiempo en los Consejos de los reyes, en las letras y en las armas. Hurtado de Mendoza asombraba con su saber a Italia, donde defendía a la par los derechos de la nación y las regalías da la corona; el agudo Saavedra aprendió la política en el manejo de los negocios, sin que uno ni otro se desdeñasen de consagrar sus ocios a la amena literatura, que enriquecieron con sus obras.
Aun en tiempos más cercanos a nosotros admiramos a un Campomanes, compartiendo su tiempo entre las graves tareas del foro, la gobernación del estado y los profundos estudios de legislación civil y canónica, y de la economía política en favor de los pueblos; abriendo la senda que después siguió, con más gloria, si cabe, su paisano el inmortal Jovellanos, digno de haber nacido en otro siglo que hubiera apreciado cual merecían su vasto saber y sus virtudes.
Sin engolfarse en áridas controversias gramaticales como el señor Oliván, ni remontarse como el señor Pastor Díaz a las vagas regiones filosóficas, el señor Hartzenbusch ha escogido un terreno conocido, en el que puede asuntar el pie con plena confianza: el teatro. ¿Ni qué medio más ingenioso pudiera haber empleado para recordarnos sus títulos a fin de ser admitido en este ilustre cuerpo? Al solicitar nuestros votos traía ya este autor los del público, juez cuyo fallo vale más en materias dramáticas (por mucho que me cueste decirlo) que el parecer de los doctos y la censura de las academias. Todo el poder de un Richelieu y la mala voluntad de los cuarenta no pudieron empañar la gloria del autor de Cinna y del Mentiroso.
Corneille confesó, con una modestia que le honra, que había tomado del teatro español el argumento de esta comedia, hallándola tan linda, que de buena gana daría por haberla inventado dos de sus mejores composiciones. Hasta dudaba quién fuese su autor, porque la mala estrella que persiguió en vida a Ruiz de Alarcón, y que con tan vivos colores nos ha pintado el señor Hartzenbusch, hizo que muchos creyesen que dicha obra era de Lope de Vega; y aun recuerdo haberla visto como tal en una colección de sus obras,
Menos apreciado en su tiempo Alarcón de lo que por tantos títulos debiera, tiene el mérito singular de haberse acercado, más tal vez que ninguno otro de nuestros antiguos dramáticos, al verdadero tipo de la comedia de costumbres, sumo objeto del arte.
El señor Hartzenbusch ha caracterizado con mucho tino a dicho poeta, distinguiendo con ligeros toques, cual cumple a un pincel ejercitado, la varia fisonomía de nuestros dramáticos del siglo XVII. Mas para hacerlo con tanta maestría es necesario cultivar el arte con pasión, estudiar noche y día los modelos, compararlos, apreciar sus bellezas, y unir al talento que crea exquisito gusto y crítica acendrada.
Pocas empresas tan útiles pueden acometerse en favor de nuestras glorias literarias como la que prosigue con loable constancia el señor Hartzenbusch, juntamente con oíros distinguidos ingenios: tal es procurar que reviva nuestro antiguo teatro, haciendo que el público saboree sus muchos primores y bellezas.
Este es el mejor medio, en mi concepto, de que se forme insensiblemente el gusto, evitando que se estrague con absurdos dramas, así como se pierde el paladar con el abuso de licores fuertes.
Podrá igualmente contribuir a atajar la avenida de composiciones estranjeras; no de las que merezcan trasplantarse de una tierra a otra, cuidando de aclimatarlas con esmero, sino de aquellas composiciones monstruosas que pueden considerarse como una verdadera plaga, pues que al mismo tiempo corrompen las costumbres, el gusto y el lenguaje.
Bien quisiera, señores, haber podido detenerme a analizar cual merecen los discursos que acabáis de oír, pero ni la ocasión lo consiente ni la angustia del tiempo lo permite. Ellos mismos son un público testimonio que abona, mejor que muchas reflexiones, la acertada elección que ha hecho la Academia.
El espíritu de asociación, que es como el alma de las naciones modernas, puede ser no menos eficaz y poderoso en las empresas literarias que en las de industria y comercio: cada cual contribuye con su trabajo a aumentar el capital de conocimientos, y los bienes que de ello provienen no pueden menos de redundar en propia gloria y en beneficio del estado.
No cabe encargo más noble que el que nuestros augustos monarcas se han dignado confiar a esta Academia, hija primogénita de su regia munificencia: conservar el sagrado depósito de la lengua, velar en su custodia, procurar su esplendor y brillo para trasmitirla a nuestros hijos más rica y pura que la recibimos de nuestros mayores.
Y cuenta que el habla, cuya honrosa guarda se nos confía, no es una lengua de escaso valer, desconocida en los fastos de la historia y encerrada en estrechas fronteras; es la hija más noble del Lacio, la lengua de Cervantes y de Herrera, la lengua con que Cortés y Pizarro conquistaron un Nuevo Mundo; la que en medio del cúmulo de desventuras que se ha desplomado sobre nuestra nación se habla todavía en las más distantes zonas de la tierra y en gran número de naciones, como testimonio vivo, perenne, de nuestra antigua grandeza y poderío.