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Prensa y canon

“Teatro. La mojigata”

Autor del texto editado
L. L.
Título de la obra
El Fénix. Periódico universal, literario y pintoresco, n.º 90, 20 de junio de 1847
Autor de la obra
Carvajal, Rafael de (dir.)
Edición
Valencia: Imprenta de Benito Monfort, 1847
Paginación
pp. 391-392
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de la Hemeroteca Digital de la BNE. (texto completo)
Información técnica
Editor: Isabel Román Gutiérrez
Encoding: Noelia Santiago López
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
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Córdoba, 30 marzo 2026

Teatro. La mojigata


Por fin, al cabo de largos años, hemos visto en el teatro una comedia de Moratín, hecho que puede ya mirarse como un acontecimiento, según son raras las veces que se verifica.

Cuando Molière escribía sus excelentes comedias burlábase de nosotros un crítico francés diciendo que en España cualquier coplero tenía licencia para presentar en la escena los disparates más groseros, hasta encerrar años enteros en el solo espacio de un día, de manera que el personaje, que era niño en el primer acto, apareciese ya barbado en el último. Con estos insultos nos pagaba el bueno de Boileau el haber suministrado argumentos y planes para sus dramas a los primeros poetas franceses, sin excluir al gran Corneille y al mismo Molière. Mas algunos paisanos suyos parece se hayan encargado en nuestros días de vengar de tamaña injuria a la escena española. Y lo han realizado, en verdad, cumplidamente; porque solo haciéndolo de propósito podrían haberse escrito tantos y tan estupendos desatinos como ha abortado en los últimos años, y sigue abortando cada día, la desenfrenada imaginación de los dramáticos franceses, aun aquellos que ocupan más eminente lugar en la república de las letras. Conque, señor Despreaux, quedamos pagados, y démonos todos por buenos.

Lo malo es que el aluvión de dramas patibularios, donde el estupro y el adulterio están a la orden del día, el suicidio es un medio cómodo de libertarse el hombre de los remordimientos de su conciencia, se hace ostentoso alarde de las liviandades de las reinas, se presentan de relieve los delitos y aun las simples debilidades de los príncipes, y se acumulan, en fin, todos los absurdos dramáticos que puede crear una imaginación febril. No pudiendo contenerse en el recinto de los teatros de París, ha salvado la valla de los Pirineos y ha venido a inundar también los de Madrid, y de allí los demás de la Península, y aun fortuna si tal vez los han vestido a la española las plumas de Bretón, de Vega, de Gil y Zarate o algún otro de los genios privilegiados que, entre el estruendo de las armas, han dado en este siglo noble testimonio de que todavía respira entre nosotros la musa de Lope y de Calderón.

Tan espantables comediones fue natural que hiciesen fortuna en una época en que el pueblo español, acostumbrado a los horrores de una guerra civil encarnizada, familiarizado con escenas vandálicas, abrevado de sangre y destrucción, tenía embotada la sensibilidad, y solo podía moverse por impresiones fuertes y extraordinarias. Entonces le parecía sublime que un magnate descendiese a la condición de verdugo para tener el gusto de decapitar en la plaza pública a su propia esposa; que una reina se complaciese en ir quitando la vida a sus amantes; que entre ellos asesinase a uno de sus hijos y al fin fuese ella también asesinada por el otro; y parecíale, en fin, el último esfuerzo de la humana inteligencia el llegar a poner una escena en el empíreo, y que en ella permita la Virgen que un ángel se vuelva mujer, y sea en la tierra la esposa de un malvado 1 .

Ocupada, pues, la escena española por estos delirios, se fueron olvidando los dramas arreglados a los preceptos de Horacio y de Terencio, y también decayeron los que, si bien escritos con mayor libertad, no se cimentaban sobre las bases del terror, de la maravilla o del crimen, minero favorito y exclusivo que explotaban los modernos abastecedores de nuestro teatro; y dicho se está por lo mismo cuál debió ser la suerte de Moreto, de Alarcón, de Cañizares y demás autores españoles, de quienes los franceses imparciales se confesaban discípulos un siglo atrás, diciendo que la verdadera cuna de su escena había sido el teatro español, del cual habían tomado los principales argumentos sus autores trágicos y cómicos 2 .

Arrinconados quedaron, pues, los padres de nuestra escena, y natural fue también que el olvido fuese mayor con respecto a los dramas que, como escritos con más sujeción a las reglas del arte, estaban reducidos a la a «imitación de un suceso por medio del cual resultan puestos en ridículo los vicios y errores comunes en la sociedad, y recomendada por consiguiente la verdad y la virtud». Esto son las comedias del insigne poeta don Leandro Fernández de Moratín, que con laudable celo se empeñó a fines del siglo último y primeros años del presente en sostener el teatro español, que amenazaba derrumbarse a los repetidos embates del mal gusto que dirigían las malhadadas musas de los Comellas, los Zavalas y los Moncines; y no fue mucho, por tanto, que el nombre de Inarco Celenio desapareciese de nuestros repertorios dramáticos, y que llegaran a encontrarse actores españoles que no hubiesen oído hablar del Sí de las niñas; por eso dijimos arriba que la representación de La mojigata podía mirarse como un acontecimiento. Celebraremos mucho que estos ejemplares se repitan con los demás dramas del Moliere español, y concluiremos diciendo algunas palabras acerca de la ejecución.

Esta en general fue bastante buena; si hemos de particularizar, diremos que el señor González (Don Martín) se conocía que trabajaba a gusto; la señora Danzan entendió el carácter noble y franco de doña Inés, y el señor Villar (Tio Juan) confirmó la idea que de sus buenas disposiciones tiene formada el público.

Réstanos hablar de la señorita Duclós, y creeríamos ser injustos si no lo hiciésemos con alguna mayor estensión y dejásemos de felicitarla por lo bien que desempeñó el papel de doña Clara, quizá e mas importante que hasta ahora se le ha confiado, y sin duda el más a propósito para dar a conocer toda la estensión de su talento, por lo mismo que parece el menos adecuado a la edad, al genio, al donaire y gracia natural de nuestra linda paisanita. Cuando se trata de representar una niña viva y traviesa, discreta pero ingenua , elegante sin afectación, coquetuela con decoro, candorosa con chiste; entonces nada tiene que hacer la señorita Duclós: está en su elemento, la basta mostrarse para arrebatar. Mas para retratar al vivo a la falsa devota que lee el Kémpis, declina nombres y tiene oración mental, a la astuta gazmoña que ora aparenta estremecerse de terror porque han nombrado al enemigo (el diablo), ora se desenvuelve como una rabanera, y dice a su amante con insolente resolución:

A l instante
llévame de aquí ¿Qué aguardas?
El papel le tengo yo;
Tu mujer soy, no tu dama,


se necesita un talento muy especial, es preciso haber penetrado el carácter que el autor quiso dar a su protagonista, en la cual, como dice él mismo, trató de reunir el descaro, el impaciente deseo de libertad, la astucia, la falsa devoción; y, penetrado ya, es indispensable haber nacido con una gran disposición al arte para acertar a reproducirlo fielmente sobre la escena.

La señorita Duelos ha tenido esta buena suerte: la naturaleza ha querido formar de ella una actriz escelente, y nada la ha negado de cuanto se necesita para seguir con éxito y brillar y llegar a la perfección en tan difícil carrera. Reiteramos, pues, lo que más de una vez hemos dicho a su señor padre: cultive con esmero tan felices disposiciones, procure dar a su hija una educación artística, póngala, sobre todo, al lado de buenos maestros, y acaso tendrá la satisfacción de que el público la señale un día como la joya de más precio del teatro español.—Valencia 15 de Junio de 1847 .



L. L.

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