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Prensa y canon · Textos historiográficos

“De la poesía castellana. De sus diferentes épocas y de su estado actual”

Autor del texto editado
Mora, José Joaquín de (1783-1864)
Título de la obra
El Correo literario y político de Londres, n.º 1, 1 de enero de 1826
Autor de la obra
Mora, José Joaquín de (dir.)
Edición
Londres: 1826
Paginación
pp. 8-17
Fuentes
Información técnica
Editor: Mercedes Comellas
Encoding: Noelia Santiago López
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
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Córdoba, 18 febrero 2026

DE LA POESÍA CASTELLANA

DE SUS DIFERENTES ÉPOCAS, Y DE SU ESTADO ACTUAL


La poesía es una producción espontánea en los pueblos incultos y una necesidad imperiosa en los civilizados. En los primeros puede considerarse como el órgano de las pasiones violentas y de las impresiones profundas; en los otros, como el idioma del genio y uno de los goces más nobles y más intensos que pueden entrar en la esfera del espíritu. En uno y otro caso, la exaltación de las ideas, el atrevimiento de las imágenes, lo sublime y extraordinario de la expresión, juntamente con la colocación rítmica de las palabras, son sus inseparables compañeras. Cuando la razón pública se halla envuelta en las tinieblas del error o de la ignorancia, la poesía toma el carácter de la inspiración y llega a ser una especie de sacerdocio. Perfeccionada la masa de la opinión, enriquecido el entendimiento con los tesoros de la ciencia y con las joyas de la literatura, acostumbrados, en fin, los hombres a dar a las cosas su verdadero valor y a someter cuanto los sentidos les descubren a las leyes del raciocinio, la poesía forma uno de los principales adornos del mundo intelectual. No solo sirve de desahogo a los raptos de la devoción, no solo perpetúa a las grandes acciones, no solo presenta el cuadro animado de las pasiones humanas, sino que es el único instrumento de que puede valerse el genio para descubrir y expresar las relaciones que ligan al mundo físico con el mundo de la inteligencia, para dar un colorido aéreo y seductor a los goces que ennoblecen al alma; en fin, para encadenar todas sus potencias con el irresistible hechizo de la armonía.

Si aplicamos estos principios a la poesía castellana, los veremos confirmados en todas sus épocas. Estas, en nuestro sentir, deben reducirse a tres. A saber: desde su origen hasta el reinado de Isabel la Católica; desde este hasta el del último de los Felipes de la Casa de Austria; y desde el de Carlos III hasta nuestros días. Dejamos grandes intervalos en esta enumeración porque no queremos dar el nombre de poesía a las monstruosidades que la degradan y pervierten. Nuestra clasificación no está de acuerdo con la que han hecho otros literatos, pero nosotros consideramos en ella no el número ni el mérito de los poetas que han florecido, ni tampoco las alteraciones sucesivas que han experimentado del ritmo y el lenguaje, sino el gusto dominante en cada época, el conjunto de dotes peculiares que en cada una de ellas caracterizó el estilo poético; y bajo este aspecto nos sería fácil probar que la distribución es justa y exacta y que la poesía se exprimió de tres modos muy distintos en los tres periodos señalados.

En el primero, sencilla, natural, irregular y grosera, tanto las verdades religiosas, las hazañas de los héroes y las penas del amor. Entonces fue intérprete de la admiración y del sentimiento. Sin disfrazarlo ni encubrirlo, el poeta hablaba como sentía, sin imaginar siquiera que debía ocultar a los que lo escuchaban una parte del cuadro que se ofrecía a su imaginación. Las pocas reglas a que se sujetaba eran las relativas a la composición material, a la estructura del verso, mas ninguna moderaba los ímpetus de su fantasía. Al mismo tiempo, esta diafanidad del pensamiento lo descubría en toda su lozanía y virginidad, y de aquí nace el placer que resulta ahora de la lectura de aquellas composiciones antiguas. En ellas vemos el espejo de la naturaleza y, cuando tantas trabas y ligamentos la encadenaban en el día, recibimos con desconocido placer su imagen pura y simple, tan desfigurada en las sociedades modernas por la cortesía, por la afectación y por la severidad del gusto.

No se crea, sin embargo, que careció aquella época remota de verdadero espíritu poético. Cualquiera que sea el sentido que se dé a esta palabra, en medio de las trivialidades de los primeros poetas castellanos se suelen encontrar en sus obras rasgos admirables de naturalidad que no desecharía el gusto refinado de los siglos modernos. Citaremos, en prueba de ello y como modelo del género de excelencias que distinguían entonces a la poesía, los siguientes versos del maestro Gonzalo de Berceo: [...]

También se expresaba la pasión en lenguaje no menos cándido y enérgico, buscando a veces en el vasto recinto de la creación los objetos más en armonía con sus quimeras y deseos. La suavidad del clima, la vegetación perfumada y vigorosa que cubre el suelo de España, la limpieza de su atmósfera, la hermosura de sus noches, el conjunto de bellezas que la naturaleza ofrece en los países meridionales presentaban al poeta enamorado un tesoro inagotable de metáforas y comparaciones a que sabía dar el colorido de la pasión que le animaba. Las composiciones amatorias de aquellos tiempos ponen a contribución a toda la creación física. El amor se identificaba con el espíritu vital que anima el universo, y en todas sus producciones hallaba imágenes e intérpretes. ¿Quién puede desconocer el idioma del verdadero amor del amor puro exaltado, misterioso en esta lindísima composición tan llena de sensibilidad y de delicadeza?

Cubridme de flores,
que muero de amores.
Por que de mi aliento el aire
no lleva el olor sublime,
cubridme.
[...]


En las composiciones filosóficas y doctrinales nuestros antiguos no carecían de profundidad en los pensamientos ni de exactitud en la expresión. Ya se han copiado en El Mensajero las coplas de Jorge Manrique, de las que el célebre Mariana decía que «son unas trovas muy elegantes, en que hay virtudes poéticas, ricos esmaltes de ingenio y sentencias graves». «Una de ellas ⎼dice el editor de aquel periódico⎼ es tan perfecta en lenguaje, en pensamientos y en el giro y distribución de los versos, que se puede llamar incomparable». [...]

Los defectos esenciales de la poesía de aquellos tiempos eran, como ya hemos indicado, la trivialidad, la falta de pulimiento. Porque entonces la poesía era parte de las costumbres públicas, y no de la literatura. La nación era poética, más no literaria. Faltaban estudios, lectura, roce de opiniones, ideas rectas, lógica, severa, pero sobraban ingenio, fuego, afición a lo grande y a lo bello, entusiasmo generoso y caballeresco. Y, sobre todo, reinaba en las almas un temple particular de ternura y vigor que sin duda debe atribuirse al doble influjo que ejercían en ella la devoción y los hábitos de la guerra.

No se componían entonces las cantigas y los romances para lucir en los estrados, ni para merecer los elogios de los periodistas, ni para ganar dinero con la impresión. La poesía era lo que después se ha dicho de la literatura: la expresión de la sociedad. Todo cuanto hería la imaginación, todo cuanto llegaba al alma, todo cuanto se intentaba consignar en la memoria recibía el sello poético. El poeta no hablaba desde la trípode, ni aun siquiera se puede decir que dirigía su voz al público; conversaba con sus amigos en el idioma que le era natural, y solo en aquel idioma podía tratarse de lo que salía en algún modo del orden común de las cosas. La poesía era la depositaria de la historia, el clarín de la fama, el intérprete de toda clase de pasiones. ¿Qué extraño que fuera inculta y grosera cuando no había crítica ni gusto ni modelos que la corrigiesen y arreglasen?

En la segunda época la poesía castellana se presenta adornada con galas y atavíos extranjeros. Introdújose en el metro el endecasílabo italiano y con él la afectación, la verbosidad, la esterilidad de pensamientos de los poetas de aquella nación. Ya había en España universidades y academias, doctores y sabatinas, escolasticismo y erudición, y todos estos atavíos postizos tumbaron la mansa claridad del estilo poético. Enriqueciose, en cambio, con inapreciables tesoros, mas perdió el tipo primitivo y nacional. Hubo poesía clásica y dejó de haber poesía puramente española.

Seguramente no convendrán con esta opinión los idólatras supersticiosos de los que enfáticamente se llama Siglo de Oro. Pero si se analiza este oro desapasionadamente, se verá que está mezclado con grandes masas de arena y de estiércol. En nuestro sentir, el entusiasmo que excitan generalmente los poetas de aquel periodo nace de la rotundidad, grandilocuencia y armonía del lenguaje, cualidades que éste había adquirido a efecto de las causas que influyeron en su perfección y que no eran una dote exclusiva de la poesía, como lo prueban las obras en prosa de la misma época. La poesía llegó a ser una profesión, una moda, una manía. Pocos y muy pocos fueron los genios sobresalientes que conocieron su verdadero espíritu y la cultivaron en toda su pureza, preservándose de los vicios con que la desfiguraban el vulgo profano de copleros. Quizás no llegan a tres los poetas de primer orden que dejaron de contaminarse con los defectos que hemos notado.

Sin duda, desaparecieron aquella ruda y áspera corteza, aquel abandono de estilo, aquel olvido de las reglas, aquella negligencia a veces insoportable de la época anterior. Sin duda, empezó a ser numeroso y fluido al estilo poético, artificiosa y trabajada la composición métrica, correcta y suave la dicción y variadas las formas del ritmo. Todo esto es innegable, pero ¿quién podrá desconocer que el nervio del pensamiento y la originalidad de la invención se sacrificaban sin cesar a aquellas dotes exteriores que cautivaban el oído sin llevar ideas al alma ni afectar los sentimientos y las pasiones? ¡Qué misticismo empalagoso en la mayor parte de las composiciones religiosas! En las amorosas, ¡qué de conceptos vulgares y de comparaciones triviales y monótonas! ¡Qué afectado encarecimiento! ¡Qué de requiebros metafísicos! En los elogios, ¡cuánta absurda ponderación, cuántos remontados encomios! Poeta hubo que puso a Felipe IV algo más arriba que los Alejandros y los Solones. Otro comparó la calle de Alcalá de Madrid al Circo Máximo de Roma. Es verdad que esta propensión a encarecer debe ser achaque nacional: lo cierto es que en todos los siglos ha dominado en toda clase de escritos polémicos, académicos, religiosos y aún diplomáticos.

Tan arraigada está la opinión que combatimos, que sería necesario traspasar los límites de un artículo de periódico para emplear todas las armas con que podríamos atacarla. Nos limitaremos, por ahora, a proponer una experiencia: léanse las obras completas de cualquiera de los grandes poetas del decantado Siglo de Oro. Y, si por cuatro composiciones de las que reúnen las verdaderas condiciones de la poesía no se encuentran veinte insoportables a todo hombre de gusto, por lo insignificante y trivial de los conceptos, por lo prosaico del estilo, por lo vulgar, de las metáforas y de las comparaciones, cedemos el campo. Solo exceptuaremos de esta prueba las obras de fray Luis de León.

No faltará quien trate de paradoja a esta opinión, que no osaríamos aventurar si no estuviéramos convencidos de que muchos españoles doctos y desapasionados la procesan sin haberse quizá atrevido a darla a conocer a sus compatriotas por la esclavitud en que ha vivido la literatura española en estos últimos tiempos, dominada siempre por una aristocracia ambiciosa y tiránica, a la cual la ignorancia general cedía el derecho de pronunciar definitivamente en materias de gusto y de bellas letras. Quizá también movidos por la triste manía de imitar a los franceses, los españoles han querido tener un siglo privilegiado como sus vecinos tienen al de Luis XIV. Pero aún en esto ha predominado la exageración nacional, porque los franceses no citan como escritores clásicos ni imitan como modelos perfectos a todos los que tomaron la pluma en aquella época memorable. Dos poetas trágicos, dos satíricos, uno didáctico, otro cómico, otro lírico y algunos oradores eclesiásticos y escritores de moral, tales son los principales adornos del Siglo de Oro de la literatura francesa, pero nuestros fanáticos no se limitan a un círculo tan reducido. Cuantos escribieron comedias en tiempos de Moreto y de Calderón, odas y canciones en el de León y Argensola, cuantos usaron en verso el hermoso y puro lenguaje que no podían menos de usar porque era el general de la nación, han merecido los honores de la inmortalidad. De aquí han resultado ideas muy erróneas acerca de la verdadera esencia de la poesía y de la literatura. Ni una ni otra consiste exclusivamente en la dicción y en los artificios del lenguaje. Su vida es el pensamiento, y en la poesía, sobre todo. la elevación que este adquiere, no solo usando imágenes grandiosas, estilo noble y magnífico, visión pura y castiza, sino sirviendo de intérprete a los oráculos de la razón y de crisol a los sentimientos del alma. Así describieron Horacio y Virgilio, Milton Pope, Moliere, Boalo, León y algunas veces sus coetáneos. Hubo, sin duda, en el siglo XVI sublimes poetas líricos españoles o, por mejor decir, hubo poetas que escribieron obras sublimes. Pero decir que la poesía lírica tenía todas las cualidades que constituyen su esencia es como si se dijera que la justicia era la virtud dominante de la patria de Arístides. A tales absurdos conduce un entusiasmo mal dirigido y que se propaga al favor del respeto que inspiran algunas reputaciones, muchas veces usurpadas.

Cayó la poesía española en el abismo de la nulidad, como cayó en España todo lo que contribuía al engrandecimiento y a la dignidad de la nación, cuando subió al trono la funesta dinastía de los Borbones. Y cuando renació el gusto literario, gracias a las buenas intenciones y loable celo de los Luzanes, Montianos, Iriartes y Moratines, ya estaba inficionado su germen con la mezquindad y pobreza transpirenaicas. Causa pena ver que aquellos hombres ilustres tomasen tan a pechos las tareas de afrancesar las musas españolas. Como si Grecia, Roma, Italia, Alemania, Inglaterra no ofreciesen modelos infinitamente más acomodados al carácter nacional y aun al idioma castellano que los fríos y simétricos versificadores del Senado. Lo cierto es que, después de una lucha tenaz con la opinión pública, los innovadores, que tanto bien hubieran podido hacer a la literatura si hubieran adoptado principios más tolerantes y más castizos, lograron introducir en la nación una especie de furor por todo lo que se escribía en francés; lo que se vio en el teatro cuando las insipideces de Hormesinda y de Sancho García sucedieron a los ingeniosos desbarros y a los felicísimos rasgos de ingenio de Lope, de Calderón y de Solís se vio al mismo tiempo en todos los otros ramos de la imitación poética.

El genio atrevido y grandioso de los españoles recibió el pesado yugo de la imitación y del espíritu metódico y disertador. Algo más liberal en sus principios y menos limitada en sus modelos fue la escuela de Jovellanos y de Meléndez, y sus primeros ensayos prometieron a España una época de verdadera gloria literaria. Pocos han sido, sin embargo, los que se han ilustrado en la carrera abierta por aquellos dos hombres eminentes, y aun estos pocos han merecido su reputación por la fidelidad con que imitaron sus modelos más bien que por su esmero en abrirse nuevos caminos, cuando la cultura del entendimiento y los progresos de la ciencia y las Bellas Artes les proporcionaba un cuerpo tan extendido. Los discípulos de Meléndez, si se exceptúa Cienfuegos, que se distingue de todos por sus frenéticos arrebatos, han adoptado un cierto lenguaje entre filosófico y sentimental, demasiado artificial para llegar al corazón y demasiado ligero para ilustrar el espíritu. Pocas veces habla en ellos la naturaleza con aquel candor virginal de sus puras y blandas impresiones, pocas veces desaparece el poeta para dejar ver al hombre. Un cierto barniz uniforme, amanerado y brillante, una colección de locuciones y frases que se repiten a cada momento, la armonía de alejarse continuamente de la expresión natural y de revestir las ideas más sencillas con galas y relumbrones, un tímido encadenamiento a las leyes de la elegancia del artificio. En fin, la afectación de una inspiración perpetua que supone en el poeta más bien una misión divina que el don de conmover y de hermosear. Tales son los defectos principales de la escuela moderna de la poesía española, en la cual se notan al mismo tiempo una loable propensión a imitar los verdaderos tipos de lo bello, rasgos admirables en las descripciones y en las reflexiones filosóficas, un conocimiento perfecto de las leyes de la armonía, sobre todo en el manejo del verso blanco, tan prosaico y mezquino en los poetas antiguos; una corrección sostenida en las voces y en las frases; por fin, gran destreza y gusto en la distribución de las partes, de modo que lo accesorio no ofusque lo principal ni el vigor del concepto se anegue en los pormenores.

Seamos justos; los lunares que hemos notado en los poetas del último período debieron [de] ser consecuencias necesarias del siglo y de la nación a que pertenecían. Hemos dicho que eran pocos, y ¿cómo podrían ser muchos cuando para cultivar la poesía en España era necesario luchar con todos los inconvenientes de la pobreza, del desaliento y del abandono? No solo el Gobierno, sino la nación misma, efecto de la ignorancia y aletargamiento en que se hallaba sumida, lejos de tributar a los favoritos de las musas las recompensas y honores que les prodigan los pueblos cultos, los miraban con indiferencia, cuando no con desprecio y odio. Desde los tiempos del Príncipe de la Paz no sabemos que se haya concedido un solo galardón personal al mérito literario. ¿Qué esperanza quedaba, pues, al poeta, cuando este título solo bastaba para alejarlo de los empleos de las carreras lucrativas y aun de las sociedades en que podía lucir sus talentos y atraerse la benevolencia de algún poderoso?

Siendo, pues, tan reducido su número, y componiéndose este de hombres unidos entre sí por los vínculos de la amistad y por la conformidad de afición, de ideas y de principios, no es extraño que reinase cierta uniformidad en sus estilos, ni que fuesen comunes sus defectos y excelencias. Leían los mismos libros, asistían a las mismas concurrencias, tenían los mismos admiradores y recibían la instrucción, el gusto y las ideas por los mismos conductos. Tan raros eran antes los españoles que viajaban por deseo de instruirse como son en el día numerosos los que emigran por alejarse del abismo en que se halla sumergida su patria. En tan estrecho círculo solo podían recibirse impresiones monótonas y mezquinas.

Al abrigo de la libertad, de las instituciones populares, de la reunificación del gusto público y de toda especie de tolerancia, la poesía española podría extender sus alas y volar majestuosamente las regiones de la verdadera inspiración, y tal es el destino que le reservan las nuevas repúblicas americanas. Allí puede y debe prosperar todo lo que ennoblece al hombre y todo lo que contribuye a mejorar y hermosear su condición. Allí puede y debe prosperar la poesía, porque abundan los elementos de que necesitan para desarrollarse disposiciones naturales, lenguaje sonoro y poético, magnificencia, esplendor y variedad en el aspecto físico del país, facilidad sin límites, abierta la instrucción, deseo anhelante de goces mentales, prohibidos antes como mercancía extranjera; y, sobre todo, Libertad, sin cuyo benéfico influjo solo puede haber en las sociedades humanas envilecimiento, degradación, bajeza y apatía.

Séanos lícito terminar este artículo con algunos consejos dirigidos a los poetas castellanos del Nuevo Mundo.

1. La educación poética debe dividirse, como la poesía misma, en esencial y accesoria, en la adquisición de ideas y en la de los medios de expresarla.

2. La educación poética accesoria consiste más bien en modelos que en reglas. Entre aquellos, los primeros, los indispensables, los que no deben jamás perderse de vista son los griegos y latinos, no con el objeto de copiarlo, sino con el de impregnarse en su gusto y espíritu. No hay instrucción que baste a reemplazar en un literato la falta de los estudios clásicos, así como es imposible manejar diestramente sin el conocimiento de las lenguas matrices, la que deriva de ellas todas sus formas y todo su artificio.

3. Después de este estudio, el que más debe contribuir a la formación del gusto poético es la lectura de los poetas ingleses, que en el cultivo de su arte han sacado tantas ventajas de la libertad literaria como su nación de la libertad política. La poesía inglesa se distingue tanto de la de las naciones continentales como las instituciones de este país de las de todos los países del globo. El yugo opresor del qué dirán no comprime aquí los vuelos de la fantasía. El poeta traslada fielmente a sus versos el sentimiento que lo domina, se lanza atrevidamente sobre la esfera de la crítica y la deslumbra con las ráfagas de luz que esparce; pinta a la naturaleza como la está viendo, retrata sus impresiones como las recibe; penetra y revela las más aéreas y delicadas armonías entre el mundo de las sensaciones y el mundo de la inteligencia. Por fin, da a las pasiones su verdadero lenguaje y las presenta con todos sus hechizos, con todos sus horrores, siguiéndolas en el laberinto del corazón humano y empleando las mismas armas con que ellas hieren, arrebatan y seducen. Que este grado de perfección en la poesía depende en gran parte del grado de perfección social lo está probando en el día el contraste que ofrecen en este mismo ramo Francia e Inglaterra. Los franceses confiesan francamente, y en vano querían negarlo, que solo tienen actualmente dos poetas: La Vigne y Lamartine. Y en la misma época han brillado en Inglaterra Scott, Moore, Campbell, el inmortal Byron, Wordsworth y otros, aunque menos conocidos, tan dignos como aquellos de la admiración universal que se les tributa.

4. La parte esencial de la poesía, esto es, el pensamiento, solo se adquiere en el estudio de la naturaleza. Tanto se ha abusado de este nombre en los últimos tiempos que solo para disipar las ideas erróneas que se le han amalgamado y para definir lo que se entiende por naturaleza en las Bellas Artes sería necesario escribir un volumen. En el número siguiente procuraremos reunir lo más sensato y filosófico que se ha escrito sobre este vasto e importante asunto.


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