“Tirso de Molina. II”
- Autor del texto editado
- A. L.
- Título de la obra
- El Instructor o Repertorio de historia, bellas letras y artes, n.º 94, octubre de 1841
- Autor de la obra
- Villalobos, Ángel de (dir.)
- Edición
- Londres:
Imprenta de Carlos Wood,
1841
- Paginación
- pp. 303-306
Fuentes
Información técnica
Encoding: Noelia Santiago López
Tirso de Molina.
II
Presentaremos ejemplos de las diferentes dotes que hemos atribuido al estilo de Tirso, y. siendo la principal en un poeta el talento de pintar, empezaremos por dos descripciones suyas. La primera es de un mal cirujano, sangrador, barbero y sacamuelas, todo en una p i e z a :
Suele andar en un machuelo
que, en vez de caminar, vuela;
sin parar saca una muela.
Más almas tiene en el cielo
que un Herodes ni un Nerón.
Conócenle en cada casa;
por donde quiera que pasa
le llaman la Extremaunción,
(Por el sótano y el torno)
El segundo es de un hipocritón avaro, pero amigo de regalarse, hecho por su criado:
Y hombre, en fin, que nos mandaba
a pan y agua ayunar
los viernes por ahorrar
la pitanza que nos daba,
Y é1, comiéndose un capón.
alzadas sus mangas anchas,
[...]
quedándose con los dos
alones cabeceando,
decía, al cielo mirando:
«¡Ay, ama! ¡Qué bueno es Dios!»
Dejele, en fin, por no ver
santo que, tan gordo y lleno,
numen a Dios llamaba bueno
hasta después comer
(Don Gil de las calzas verdes)
Podríamos citar infinitos pasajes en que abundan las expresiones gráficas. Al señor de Vizcaya le dice un rival:
Vos, caballero pobre, cuyo estado
cuatro silvestres son, toscos y mudos,
montes de hierro para el vil arado,
hidalgos por Adán, como él desnudos;
adonde, en vez de Baco sazonado,
manzanos llenos de groseros nudos
dan mosto insulso, siendo silla rica
en vez de trono, el árbol do Garnica.
¿Intentáis de la reina ser consorte?
(La prudencia en la mujer)
En expresiones de la misma especie abundan los siguientes cuartetos:
del castizo caballo descuidado
el hambriento apetito satisface
la verde yerba que en el campo nace,
el freno tosco del arzón colgado.
Mas, luego que el jaez de oro esmaltado
le pone el dueño, mil corbetas hace,
argenta riendas, céspedes deshace,
con el pretal sonoro alborozado,
(El vergonzoso en palacio)
El enano Manzanares, malicias viejas, buscona gente, un Adán mantenedor, el alma rubí y otras expresiones semejantes, en que los sustantivos hacen veces de epítetos, son comunes en nuestro poeta, y, al mismo tiempo que caracterizan su estilo y no permiten confundirlo con el de ningún otro poeta castellano, le dan notable concisión, y suma gracia por la oportunidad con que los usa.
Pondríamos también ejemplos de sus diálogos, pero son demasiado largos, y, por otra parte, basta remitir nuestros lectores a los de cualquiera de sus comedias, señaladamente Por el sótano y d torno, El vergonzoso en palacio y Pruebas de amor y amistad. En algunos de los pasajes ya citados se podrá haber notado la misma facilidad que en Lope, pero más corrección en el lenguaje, más energía en el pensamiento y una gran dosis de fuerza cómica. Solo añadiremos en prueba de esto lo que pone en boca de la mujer de un médico exhortando a su marido a que no estudie:
Dejad aquesos Galenos,
asi os han de hacer tanto daño.
¿Qué importa al cabo del año
veinte muertos mas o menos?
(Don Gil de las cabías verdes)
Nuestro poeta disfrazó con el nombre del maestro Tirso de Molina el suyo verdadero. Llamábase Gabriel Téllez, y fue religioso de la Merced, maestro, presentado y comendador en su orden. Parece que sus comedias fueron fruto de sus años juveniles. Montalbán dice en el Para todos que estaba el padre Téllez pronto a dar a la prensa un tomo de Novelas ejemplares, que no hemos visto. Bajo su verdadero nombre no conocemos nada publicado, sino las dos composiciones que hizo a la justa poética celebrada con motivo de la canonización de San Isidro, inserta en el tomo XII de las obras de Lope de Vega, edición de Sancha; y, por cierto, que, para ser el asunto sagrado, no dejó de vislumbrarse en la primera de ellas el genio satirice del autor. El asunto que le habían dado eran los celos de San Isidro en cuatro octavas, y la primera acaba por estos dos versos:
i Qué bravos deben ser para quien ama
celos que se apacientan en Jarama!
Excepto esta alusión, que, por lo menos, es ridícula, no hay nada digno de nota en aquellas dos poesías, sino la dicción propia de Tirso, y que siempre se distingue de las de los demás poetas de su siglo. El gusto estaba entonces tan pervertido como lo muestra el mismo título de justa poética que se dio a la colección de composiciones hechas en elogio del nuevo santo. Los jueces señalaban los asuntos en esta clase de certámenes, y aun hasta el número y la forma de las estanzas. De este modo no solo era imposible elevarse a la dignidad del objeto, pero ni aun escribir nada que mereciese ser leído. Todos son conceptillos y bagatelas sonoras. Nugae canorae.
III
Considerado Tirso de Molina como escritor dramático, esto es, como artífice de fábulas que han de representarse en el teatro, debemos examinar si contribuyó poco o mucho a mejorar el estado en que le dejó Lope de Vega. Ya hemos dicho que este ingenio, dotado de inconcebible fecundidad, casi agotó las situaciones escénicas que podían presentarse en aquella época sobre el teatro español, pero rara vez obedeció a la ley de la verisimilitud, y, con tal que produjese efecto, poco le importaban los medios de que se valía.
No puede negarse que Tirso en la mayor parte de sus fábulas siguió la marcha irregular de su maestro, y aun la exageró, como puede verse en Don Gil de las calzas verdes, El pretendiente al revés, La república al revés, Del mal el menos y otras muchas, pero también debe confesarse que tiene algunas meditadas con cuidado y construidas con sumo arte. Estas son pocas, a la verdad, mas bastan para hacernos conocer que ya el público no se pagaba de escenas sueltas y sin conexión, y que exigía de los autores no solo que le representasen cosas agradables, sino que hubiese orden y verosimilitud en los lances e incidentes. Había pasado la época de Juan de la Cueva y de Virués, y se acercaba la de Calderón y Moreto.
El drama de Tirso en que mostró más talento escénico fue Pruebas de amor y amistad, y es entre todas las suyas la que presenta más interés moral. Don Guillen de Moncada, sospechoso de su amante Estela y de su amigo don Grao, era al mismo tiempo amigo y privado de su soberano, y se veía perseguido de las damas de la corte, que aspiraban a su mano, y de los cortesanos, que le atormentaban con muestras de amistad. Deseoso de conocer hasta qué punto podía fiarse de ellas y de ellos, y más aín de desmentir o confirmar las sospechas que tenia de los objetos más amados a su corazón, pide a su príncipe que finja derribarle de su gracia, ponerle preso y perseguirle en juicio por causa de traición. El príncipe condesciende en ello, y de esta prueba, tan terrible como segura, resultaron ilesos solamente Estela, don Grao y Gilote, un criado de campo de don Guillen. Las damas de palacio y los cortesanos le abandonaron, y aun le ultrajaron apenas le vieron en el infortunio; pero su verdadero amigo incurrió en la indignación fingida del príncipe por defender al perseguido con demasiado calor, y su amante ofreció al erario sus estados en satisfacción de las cantidades en que se suponía alcanzado al privado caído, y desecha la mano de esposo que, para probarla, le presenta el mismo príncipe.
Tal es la acción de esta pieza, no menos moral que interesante. Los caracteres principales son altamente teatrales y modelos de nobleza y de sentimientos generosos, señaladamente el de Estela, prueba que Tirso era capaz de pintar el amor tierno y virtuoso tan bien como Lope, pues con dificultad se hallará entre las mujeres que este describió una que pueda igualarse en el heroísmo de la pasión a la marquesa de Mirabal Pero su malignidad satírica no le permitió hacer muchos retratos semejantes al que tan perfecto le había salido.
Sirva de ejemplo la comedia Celos con celos se curan, que es una de las fábulas de Tirso mejor conducidas. César, duque de Milán, ama a Sirena, pero esta mujer vana y dominante, no pudiendo sufrir que su amado tuviese un amigo en Carlos, su privado, después de haber solicitado inútilmente su separación, finge estar inclinada a Marco Antonio, cortesano necio, para enardecer con estos celos la pasión del duque y obligarle así a que cumpla su voluntad. César, en vez de someterse, la hiere por los mismos filos, fingiéndose enamorado de otra. Los lances a que da lugar esta combinación dramática son variados y están muy bien descritos hasta el desenlace, en que el primero, el verdadero amor recobra sus derechos.
Los caracteres de César y do Carlos son nobles y teatrales; pero el de Sirena es odioso, y apenas puede el espectador interesarse por una mujer que no solo quiere dirigir a su arbitrio todos los sentimientos de su amado y hacerle que renuncie a un amigo fiel, sino que para conseguirlo se envilece hasta el punto de mostrar inclinación a un hombre despreciable, y después a otro caballero de la corte. Así, en una escena de la segunda jornada en que Sirena se queja a César de que hubiese puesto los ojos en otra, tiene este mucha razón en decirle, comparando los celos en el amor a la sal en la comida:
Con la punta del cuchillo
toma sal el cortesano,
porque con toda la mano
no es templallo, es desabrillo.'
Y, diciéndole Sirena
Solía yo ser
dueño vuestro,
responde:
Pasó ya
ese tiempo.
Sirena.-
Pena os da
perderme..
César.- Todo se olvida.
Sirena.- ¿Y si me costáis la vida?
César.- Marco Antonio os llorará.
Este sarcasmo es excelente y pinta muy bien la índole de las venganzas amorosas.
Aunque el enlace de esta acción está motivado, y las escenas bien combinadas, creemos, sin embargo, que Tirso cometió un grave yerro en haber supuesto que César y su nueva amante llegaron hasta el punto de creer verdadero el amor que solo había comenzado por despique y fingimiento. Semejantes amoríos, hijos del capricho y de la inconstancia, son de baja ley, y no se admiten en el drama del género noble y caballeroso. ¡Cuanto mejor lo hace Calderón en su comedia Para vencer a amor querer vencerle, y Moreto en El desdén con el desdén. En los protagonistas de una y otra hay, a la verdad, fingimiento, ardid que permite el teatro, pero el verdadero amor triunfa siempre. Una pasión que se destruye con facilidad para dar lugar a otra no es objeto digno de ocupar la atención del auditorio. Probablemente, Tirso no conocía el amor, considerado como una pasión moral, y por eso lo falseó con tanta frecuencia,
¿Por qué nos representa en muchas de sus comedias a las hermanas celosas unas de otras, y, tratándose con tan poca generosidad como pudieran dos enemigas? Encontramos esta lucha doméstica y poco decente en Marta la piadosa, en Amar por señas, en No hay peor sordo que el que no quiere oír, y en otras. Parece que la rivalidad de la hermosura y del amor no debería tener lugar entre personas ligadas con un vínculo tan sagrado; y, por tanto, aunque sea posible y probable, no debería describirse en el teatro, porque no puede interesar una mujer que solícita labrar su felicidad a costa de la de su hermana.
Pero lo más insufrible en Tirso son los finales de muchas de sus piezas. En El vergonzoso en palacio, en El castigo del Pensé qué, en Marta la piadosa, en Del mal el menos, y creemos que en algunas más, se consuman los matrimonios entre bastidores. Esto no es tan atroz como La torre de Nesle, en que las princesas echan encubados al río los amantes con quienes habían pasado la noche, pero no por eso deja de ser inmundo y contrario a las costumbres.
Al concluir nuestros estudios acerca de Tirso de Molina, no deberemos omitir que é1 fue el autor de El convidado de piedra, asunto que imitaron Thomas Corneille y Moliere, y que siempre es representado con interés en los teatros de Francia.
A. L,