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Prensa y canon

“Tirso de Molina. Artículo primero”

Autor del texto editado
A. L.
Título de la obra
El Instructor o Repertorio de historia, bellas letras y artes, n.º 93, septiembre de 1841.
Autor de la obra
Villalobos, Ángel de (dir.)
Edición
Londres: Imprenta de Carlos Wood, 1841
Paginación
pp. 273-274
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de la Hemeroteca Digital de la BNE. (texto completo)
Información técnica
Editor: Pedro Ruiz Pérez
Encoding: Noelia Santiago López
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
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Córdoba, 1 marzo 2026

Tirso de Molina.

Artículo primero


1

Este ingenioso poeta, tan ameno como fecundo, floreció en el primer tercio del siglo XVII y, considerado como autor cómico, sirve de tránsito desde el drama de Lope de Vega, todavía desordenado en cuanto a la dirección de la fábula y de los incidentes, a la comedia más bien conducida y más artificiosa de Calderón. En efecto, es difícil encontrar en el padre y fundador del teatro español una sola pieza cuya acción esté bien seguida. Él dijo que había hecho seis, y los aficionados al arte dramático se dan de calabazadas para averiguar cuáles son. A la verdad, Lope agotó las combinaciones teatrales, y en esta parte casi no dejó a sus sucesores más que el mérito de imitar, pero rara vez cuidó de que sus incidentes fuesen hijos naturales de la fábula; solo se afanaba por producir efecto; y no conoció el principio dramático de que los medios deben estar en proporción con los fines.

Tirso de Molina, aunque en muchas de sus comedias, señaladamente en las históricas, guía la fábula tan mal y a. veces peor que Lope de Vega, tiene, sin embargo, no pocas en que se reconoce más artificio y corrección. Celos con celos se curan, Pruebas de amor y amistad, Por el sótano y el torno, Amar por señas, La celosa de sí misma, Los balcones de Madrid, El celoso prudente y algunas otras tienen ya un verdadero plan dramático y una acción bien concebida y distribuida, si no con la perfección a que llegó después Calderón, a lo menos con la suficiente verisimilitud moral para que se fije la atención con placer en la descripción festiva y maligna de los caracteres y en las gracias de la elocución, que son las dotes que más se distinguen en este poeta.

En efecto, colocado Tirso entre los dos grandes colosos de nuestra escena, apenas habría memoria de él, si no se hubiese distinguido por su dicción, indefinible y exclusivamente suya, y por la descripción del amor bajo un aspecto, basta cierto punto ideal. Ningún poeta ha tenido tanto empeño en describir los lazos amorosos que el sexo débil suele tender al fuerte para cogerle en sus redes y esclavizarle; pero ese empeño le hace frecuentemente traspasar los límites del pudor y de la decencia: convertir los sentimientos morales de la ternura en un mero comercio de vanidad y disolución; quitarle al amor su venda y exponerle desnudo, pero sin vergüenza, al ludibrio del vulgo malicioso y poco delicado.

¿Qué especie de sociedad había frecuentado Tirso de Molina? Porque la de su tiempo no era ciertamente la que él describió. A la verdad no creemos que fuesen purísimas las costumbres de la corte en los reinados de Felipe III y de Felipe IV, pero, a lo menos, había pudor y altivez en el bello sexo, y no era el uso general que los matrimonios se consumasen antes de su celebración, como sucede en muchos de los dramas de este poeta. Sí los amantes no eran más fieles, constantes y decididos que ahora, por lo menos la fidelidad era mirada como una virtud y no como una preocupación, y la constancia como un mérito y no como una ridiculez.

Prueba incontestable de que nuestro autor exageró los retratos que le plugo hacer de la liviandad mujeril y de que no describió el espíritu do la sociedad culta de su tiempo es ver que apenas se presentó Calderón en la escena con sus damas, tan amantes como las de Lope, pero más altivas y pundonorosas, avasalló al teatro y al auditorio, y condenó al olvido, a pesar de su elegancia, las malignas comedias de Tirso; señal cierta de que la sátira de este no estaba en armonía con las necesidades morales de la época. Moreto, el más cómico; Rojas, el mejor trágico de nuestros escritores dramáticos, se vieron obligados a adoptar el lenguaje caballeresco de su maestro, y a abandonar las ingeniosas detracciones del discípulo de Lope, cuyas comedias no volvieron a representarse al público hasta nuestros días, en que las costumbres (lo decimos con pesar) se asemejan algo más a las que él describió. Sea cual fuere el mérito de Tirso de Molina en cuanto a elocución, no hace honor a nuestra moralidad ni a nuestro gusto el que se hayan visto representadas con aplauso El vergonzoso en palacio y Marta la piadosa.

Pero si hemos censurado con justa severidad, que a algunos parecerá demasiada, lo que nos ha parecido inmoral en las comedias de este autor, exige la misma justicia que no le defraudemos de la alabanza a que es acreedor como hablista y como poeta. Su estilo es tan fácil como el de Lope, pero mucho más correcto. El uso de las voces gráficas, las expresiones felices con que enriqueció la frase poética, la novedad de introducir sin violencia los sustantivos como epítetos, dan a su estilo concisión y nervio, de que carece la dicción siempre fluida, pero pocas veces correcta, de Lope de Vega.

Pues considerado como poeta cómico y satírico, con dificultad se hallará un escritor más fecundo en chistes y donaires, ni que describa mejor las ridiculeces que se propone revelar. Aun cuando es poco limpio, aun cuando los pensamientos que presenta sean bastante libres, su lenguaje, sin embargo, es casto y urbano, y ni se roza con las expresiones sobejanas e inmundas de Horacio, Marcial o Juvenal, ni con las imágenes delicadas y voluptuosas y, por esa razón, más nocivas, de Ovidio.

Debemos también observar que Tirso sabia describir tan bien como Lope el verdadero amor, fíel, constante, entrañado, independiente de la vanidad, del interés y de la desenvoltura. Dígalo, si no, el hermoso carácter de Estela en la comedia de Pruebas de amor y amistad, carácter noble e ideal que resiste a las solicitaciones de un príncipe y, lo que es más, a las injusticias de un amante celoso, que sabe sufrir con dignidad y hacer sacrificios que no esperaba ver premiados; en fin, que es el bello ideal de la ternura mujeril. Pero aun en esta comedia se conoce el genio maligno del autor. Por una mujer que nos pinta excelente, amable y heroica, nos regala dos necias, interesadas y despreciables.

Naturam espcllas furca, tamen usque recurret.


Al leer las comedias de Tirso hemos hecho una observación que no nos parece inútil para los progresos del arte. Entro todas ellas ningunas sostienen mejor la lectura y la representación que aquellas en que el poeta es menos satírico y más justo con el bello sexo. Tales son 1a que acabamos de citar y otras que enumeramos al principio de este artículo. Tan cierto es que nada es más favorable al artista que proponerse en su composición un objeto verdaderamente moral.

De sus comedias históricas solo hay una que merezca elogio, y es La prudencia en la mujer, en la cual teje la historia de la primer regencia de la célebre María de Molina. La versificación es robusta y digna del asunto. Pinta a la verdad muy odiosos los caracteres de los infantes don Enrique y don Juan, pero no los calumnia, como se usa en el día, pues nuestros historiadores nos los han descrito aun más aborrecibles. Las comedias sobre asuntos religiosos que nos han quedado de este autor son generalmente informes, aunque el estilo y la versificación sean siempre dignos de alabanza.

No escribió dramas ni en el género pastoril ni en el caballeresco, tan cultivado por nuestros poetas cómicos de aquel siglo. Su natural inclinación le arrastraba a la sátira, en la cual hubiera sido muy superior a Góngora y a Quevedo, porque sabía pintar mejor que ellos esta clase de cuadros, y no a la poesía sencilla ni a la heroica. Moreto le excedió en lo cómico de las situaciones y en la conducta de la fábula, mas no en los chistes de la elocución, más urbanos y originales en Tirso, y que en su sucesor se deslizan tal vez a truhanadas y chocarrerías. No es esto decir que los donaires de Tirso sean siempre de buena ley, pero se nota con frecuencia en ellos más profundidad.

Por estas razones se ha colocado a Tirso de Molina entre los seis principales poetas del teatro español del siglo XVII, que son Lope, Tirso, Calderón, Moreto, Rojas y Ruiz de Alarcon. Hemos procurado juzgarle desapasionadamente, y señalar con justicia imparcial sus defectos y sus bellezas. Solo nos falta justificar con ejemplos la idea que hemos dado de él.



A. L,

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