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Prensa y canon

“Continúa el artículo sobre la lectura de la historia con relación a las mujeres (véase nuestro número de ayer)”

Autor del texto editado
Sin firma
Título de la obra
Miscelánea de comercio, artes y literatura, n.º 560, 10-9-1821
Autor de la obra
Burgos, Francisco Javier de (dir.)
Edición
Madrid: Imprenta de Repullés, 1821
Paginación
pp. 3-4
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de la Hemeroteca Digital de la BNE. (texto completo)
Información técnica
Editor: Juan Montero
Encoding: Noelia Santiago López
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
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Córdoba, 1 marzo 2026

Continúa el artículo sobre la lectura de la historia con relación a las mujeres (véase nuestro número de ayer)


Supongamos por un momento que las mujeres, cuya sensibilidad más delicada y viva hace que tengan un gusto más fino y seguro y un discernimiento más exquisito, a quienes una educación generalmente demasiado superficial las acostumbra a no examinar nada a fondo, con perjuicio del desenvolvimiento de sus facultades; supongamos, digo, que quieran hacer uso de estas ideas preliminares y formarse un curso completo de lecturas históricas para instruirse. Uno de los puntos de vista que, sin duda, les convendría más profundizar será la influencia moral y política de las mujeres, considerada en todos los pueblos, en todos los siglos y sucesivamente en todas las condiciones de la vida privada y pública, objeto digno para la curiosidad y la meditación. Esta influencia del sexo más débil sobre el más fuerte, que restablece el equilibrio entre ellos, es una ley de la naturaleza de la que deben apoderarse la sociedad, los legisladores y los gobiernos, aplicándola en beneficio de la especie humana; y es, al mismo tiempo, un asunto gracioso y serio que halaga a la imaginación, que agrada a la razón, que ilustra el entendimiento y alimenta el corazón, que se une a todos los afectos dulces, tiernos, generosos, a todos los sentimientos nobles y a todos los pensamientos profundos. Estudiando la historia bajo este punto de vista, se presentan a los observadores de ambos sexos cuadros y narraciones interesantes e instructivas; pero las mujeres pueden más particularmente sacar de ella lecciones y ejemplos saludables, que les demuestren cuál es el poder real de su sexo, muchas veces oculto, pero siempre activo, y en qué términos se convierte este poder, bien o mal dirigido, en una palanca útil para elevar al hombre a los más altos conceptos, a las empresas más atrevidas, a las acciones más difíciles y dignas de elogio, o bien en una plaga para la especie humana, que se ve arrastrada algunas veces por esta misma causa, que se ha hecho maléfica y corruptora en los espantosos abismos de la depravación y de la desgracia.

La más interesante mitad del género humano viene a ser entonces como una sola persona, a quien se puede seguir y observar en todos los períodos de la historia, y estudiarse a fondo su acción e influencia, diversamente modificadas por la educación, la legislación, las costumbres y el espíritu general de las sociedades. En este estado puede recogerse una multitud de hechos curiosos, de anécdotas, de acontecimientos, de retratos, de caracteres, de que ya se forma una especie de historia o se dispone en una vasta galería. Así, la historia, sin perder nada de su dignidad y utilidad, adquiere el colorido y el interés de una novela abundante en episodios y en aventuras raras y trágicas, siempre variadas, aunque reunidas y comparadas bajo un mismo punto de vista general.

Desde el origen del mundo, nos han presentado nuestros libros sagrados en la escena de la historia a Eva, que seduce a su esposo y le incita a desobedecer a su Creador, quien condena a Adán, lanzado del paraíso, e igualmente a toda la especie humana, a trabajar, sufrir y morir, siendo la primera mujer la primera causa de todas las miserias que atormentan nuestra vida. Sucesivamente y con pormenores más o menos atractivos, nos presenta después la historia de los hebreos a las esposas de Abraham y de los otros patriarcas, de Loth, de Jacob, del egipcio Putifar; la rivalidad de Sara, madre de Isaac, y de Agar, que se vio obligada a huir al desierto con su hijo Ismael, suministrando episodios interesantes, a los que no pocas veces debieron inspiraciones felices los pintores y poetas. También nos interesan las circunstancias que acompañan el nacimiento de Moisés, destinado a salvar a los israelitas, después de ser encontrado en su cuna por una hija del rey Faraón. Vemos casi exterminada toda la tribu de Benjamín por haber abusado de la mujer de un levita; a la profetisa Débora excitando con sus cánticos el valor de las tropas; el sacrificio de la hija de Jefté, juez y jefe de Israel; el triunfo de la inocente Susana, condenada al principio injustamente; a Sansón privado de su fuerza y entregado a los filisteos por la artificiosa Dalila, a Saúl consultando a la Pitonisa de Endor; a Mical, hija de Saúl y esposa de David, que liberta a su marido de las persecuciones de su padre; la cólera de David apaciguada por la belleza, las gracias y prudencia de Abigail, y al mismo rey olvidando su gloria, sus deberes y su dios en los brazos de Betsabé; a Nicausis, reina de Saba, tributando respetos a Salomón como al más sabio de los hombres y al más magnífico de los reyes, y la sabiduría de Salomón cediendo a los más vergonzosos placeres; a Acab, otro de los reyes de Israel, arrastrado en los caminos de la injusticia y del crimen por su orgullosa e impía esposa Jezabel; a la hija de esta, a la cruel Atalía muerta por sus propios soldados, y a la piadosa Jozabet, reuniéndose al gran sacerdote Joiada para salvar al joven rey Joás; Bethulia libertada por el afecto de la valerosa y atrevida Judith; en fin, la interesante Esther, triunfante de Asuero, salvando con su dichoso influjo a una nación entera condenada a la proscripción.

En la religión poética de los griegos Pirra, compañera de Deucalión, se convierte en una segunda madre del género humano después del diluvio. Ceres participa con Triptólemo del honor de haber dado a los hombres el uso del arado y de haber dulcificado sus costumbres por la agricultura. El primer buque que se presenta en las costas de Grecia conduce a las 50 hijas de Dánao.

El Olimpo de los antiguos no es menos poblado de diosas que de dioses, que reciben igualmente los homenajes de los mortales. Juno preside a las bodas y a los partos: es la belleza; la sabia y poderosa Minerva protege al mismo tiempo las artes y las guerras; la casta Diana, a las vírgenes y a los cazadores; Anfitrite reina en el seno de los mares; la presencia de Proserpina embellece hasta el sombrío imperio de Plutón. Hebe es la diosa de la juventud, Flora la de los jardines, y a Pomona pertenece el imperio de las frutas y vergeles. Las Dríadas y Hamadríades animan los árboles y bosques; las Náyades se complacen en las aguas; las Musas inspiran a los poetas; las Gracias guían a los amores; las Parcas tienen en sus manos nuestros frágiles destinos; las Furias, armadas de serpientes, persiguen a los delincuentes; y la espantosa Némesis se sienta en los tronos ensangrentados al lado de los tiranos. Así, la mitología, que representa en los objetos de la creencia y de la superstición de los pueblos una imagen de sus costumbres y usos, consagra de mil modos con sus ficciones ingeniosas el influjo y poder del bello sexo, que tiene su actividad y dominio en los cielos y en la tierra.

Las tradiciones de los tiempos heroicos nos representan al fiero Hércules, vencedor de los bandidos y de los monstruos de las selvas, rendido a los pies de Ónfale y recibiendo de manos de Deyanira la túnica envenenada; después, Antíope, reina de las amazonas, vencida y aprisionada por Hércules, que la da a Teseo por esposa; a la joven y hermosa Ariadna sirviendo de guía al mismo príncipe en el laberinto de Creta; Fedra, consumida en un ardor incestuoso por Hipólito; el salvaje desdén de este vencido por los dulces encantos de Aricia; Medea apoyando los trabajos de Jasón; el palacio de la familia de Atreo agitado por la tempestad del amor, los celos y la venganza, y esta tempestad movida toda por mujeres. La ternura fraternal de Electra y la piedad filial de Antígona nos hacen verter lágrimas. Los nombres de Clitemnestra, de Ifigenia, de la prudente Penélope; la fatal hermosura de Helena; las desgracias de Hécuba, de Andrómaca y de Políxena; los furiosos celos de Orestes, que quiere asegurarse la posesión de Hermíone con la muerte de Pirro, se unen en nuestra fantasía a las hazañas de los héroes griegos y troyanos que peleaban al pie de los muros de Ilión.

Si llegamos a los tiempos históricos, el reino de Asiria nos transmite el nombre de la soberbia Semíramis; Artemisia, reina de Caria, se hace célebre mucho después por el inmortal homenaje que su ternura conyugal tributa a los manes de Mausolo; Pantea, mujer de Abrádates, rey de Susa, se mata desesperada sobre el cadáver de su esposo; y esto además de otras muchas reinas famosas en la antigüedad, como Tomiris, reina de los masagetas; Talestris, reina de las amazonas, contemporánea de Alejandro; Laodice, reina de Antíoco; Teuta, reina de Iliria; y varias que con el nombre de Cleopatra reinaron en Egipto, conmovieron aquellos países con frecuentes revoluciones y arrancaron el cetro de manos de los príncipes: Alejandra, reina de Judea, que se apoderó del trono; Berenice, que inspiró a Tito la imperiosa pasión que tuvo la gloria de vencer; Boadicea, reina de Britania, y Zenobia, reina de Palmira y de Oriente, que sucumbieron a la fortuna de los romanos.

Estos y otros muchos nombres de mujeres célebres que sobresalen en el océano de los siglos confirman la verdad que hemos sentado: que en todos los tiempos, bajo todos los climas, en todas las épocas de la civilización, en las monarquías absolutas y en las repúblicas, en los pueblos cazadores y pastores, en las naciones agrícolas, guerreras, comerciantes, libres y esclavas, de costumbres sencillas o corrompidas, se ha manifestado el influjo de las mujeres por pruebas públicas y solemnes, por grandes acontecimientos y por hechos incontestables, cuyos monumentos existen todavía.

La fugitiva Dido, llevándose sus penates más allá de los mares, va a poner los cimientos de Cartago en las playas africanas. El nombre y las poesías de Safo pasan a la posteridad, con los nombres y los versos de Homero, Anacreonte y Píndaro. La sacerdotisa de Delos atrae con sus oráculos a los diversos pueblos de Grecia. Entre los espartanos admiramos muchos rasgos heroicos, que caracterizan a las mujeres formadas por la legislación de Licurgo. Observamos costumbres e instituciones sacadas de un conocimiento profundo del corazón humano, que dan mayor fuerza y mejor dirección al influjo de las mujeres sobre los hombres, y particularmente a las jóvenes del sexo hermoso sobre los jóvenes del sexo robusto. Esta influencia es uno de los poderosos móviles del espíritu público para un genio legislador, y así nos parece que asistimos a aquellas fiestas y aquellas ceremonias nacionales en que las doncellas satirizaban en canciones públicas a los guerreros y ciudadanos que habían cumplido mal con sus obligaciones, celebrando al mismo tiempo con sus alabanzas a los que habían hecho acciones memorables. De este modo, dice Plutarco, inflamaban ellas los corazones de los ciudadanos jóvenes en el amor de la gloria y de la virtud, y excitaban un noble ardor y una emulación provechosa. En los juegos y combates se animaba a los guerreros con esta solemne aclaración: «Acuérdate de que los abrazos de tu hermosa compañera serán la recompensa de tus hazañas». En la batalla de Selasia, viendo el rey Cleómenes a su hermano envuelto por los enemigos, y creyendo imposible libertarlo, le gritó: «Perdido eres, hermano, pero mueres en el campo de la gloria, y tu virtud será por siempre el objeto de los elogios y cánticos de las espartanas».



(Se continuará)

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