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Prensa y canon · Textos historiográficos

“Variedades. Se concluye el artículo de ayer”

Autor del texto editado
Unciti, José María ?]
Título de la obra
El guardia nacional, n.º 480, 30 marzo 1837
Autor de la obra
Ferrer, Luis (dir.)
Edición
Barcelona: Imprenta del Guardia Nacional, 1837
Paginación
pp. 1-2
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de la Hemeroteca Digital de la BNE. (texto completo)
Información técnica
Editor: Victoria Aranda Arribas
Encoding: Noelia Santiago López
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
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Córdoba, 23 febrero 2026

VARIEDADES.

(Se concluye el artículo de ayer)


La imaginación toda debía prestar más campo a los poetas que a los prosistas: así que, aun en el Siglo de Oro, es cortísimo el número de escritores razonados que podemos citar. Fuera de escritos místicos y teológicos, y de los tratados útilmente metafísico-morales, de que podemos presentar una biblioteca antigua (desgraciadamente más completa que ninguna otra nación), si queremos encontrar prosistas, nos habremos de refugiar en la historia. SOLÍS, MARIANA y los otros ilustraron en verdad la musa de […] y SUETONIO. Nos es fuerza empero [pensar] que aun esos se ofrecieron más bien como columnas de la lengua que como intérpretes del movimiento de su época; influidos por las creencias populares, no dieron un solo paso adelante, adoptaron los cuentos y las tradiciones fabulosas como verdaderas causas políticas y […] más bien de lucir su claro ingenio en su estilo florido que de desentrañar los móviles de los hechos que se veían llamados a referir. Más parecieron sus escritos una recopilación de materiales y fragmentos desconocidos, una copia selecta de arengas verosímiles que una historia razonada. No sabiendo deslindar la crónica de la historia, la historia de la novela, llenaron muchos tomos sin llegar a hacer un solo libro.

La novela, hija de toda imaginación, se vio mejor representada entre nosotros y en una época en que no era sospechado siquiera el género en el resto de Europa, pues que hasta los mismos libros de caballerías tuvieron su origen en la península española. En ella podemos citar escritores excelentes, si contados. El ingenioso hidalgo, último esfuerzo del ingenio humano, bastaría a adjudicarnos la palma, aunque no tuviéramos otras que presentar en lugar privilegiado, si no tan eminente. Pero esta época fue de corta duración, y después de QUEVEDO, la prosa volvió al olvido de que momentáneamente la habían sacado unos pocos, solo, al parecer, para dar una muestra al mundo literario de lo que le era permitido hacer en ese género a la lengua y al ingenio español.

Poco después, la literatura se refugió al teatro, y no fue, por cierto, para predicar ideas de progreso. No supo siquiera sostenerse. No hizo más que de caer.

A fines de siglo pasado volvió a brillar un destello de esperanza, una apariencia de resurrección que se hubiera caso llevado a cabo si los disturbios políticos no se hubieran apresurado a sofocar el germen sembrado durante el feliz reinado de Carlos III. Dado ya el impulso, sin embargo, era forzoso que algunos efectos siguieran a la causa. La larga paz que disfrutaba la Europa, el embrutecimiento y la servidumbre en que habían caído los pueblos habían hecho menos recelosos a los tiranos, si bien los más perspicaces oían ya el rumor sordo de la próxima tempestad; no era seguramente en España donde debía de esperarse el estallido. Era tan distinta nuestra predisposición, que, al verificarse aquel, ningún miedo de contagio infundió en el Gobierno español; al contrario, él mismo había sido una de las causas de la propagación de las ideas nuevas, apoyando la rebelión de las primeras colonias americanas que se separaron de su metrópoli. A fines, pues, del siglo pasado apareció en España una juventud menos apática y más estudiosa que la de las anteriores generaciones, pero juventud que, al volver los ojos atrás para buscar modelos y maestros en sus antecesores, no vio sino una inmensa laguna, desesperando entonces de unir el cabo interrumpido y de continuar un movimiento paralizado dos siglos antes. Creyó no poder hacer cosa mejor que saltar al vacío en vez de llenarle, y agregarse al movimiento del pueblo vecino, adoptando sus ideas tal cual es las encontraba. Viose entonces un fenómeno raro en la marcha de las naciones; entonces nos hallamos en el término de la jornada sin haberla andado.

AYALA, LUZÁN, HUERTA, MORATÍN el padre, MELÉNDEZ VALDÉS, JOVELLANOS, CIENFUEGOS y algunos otros restauraron las bellas letras, es verdad. Pero, ¿cómo? Introduciendo en nuestro siglo XVIII el gusto francés, bien como en el XVI habían introducido otros el italiano. Fueron imitadores sin saberlo las más veces, repugnándolo casi siempre. El espíritu de análisis, disecador, digámoslo así, y el espíritu filosófico francés hicieron sentir su influencia en nuestra regeneración literaria. Los agentes de ella, queriendo con todo creerse independientes, quisieron salvar de nuestro antiguo naufragio la expresión; es decir, que al adoptar las ideas francesas del siglo XVIII quisieron representarlas con nuestra lengua del siglo XVI. Una vez puros, se creyeron originales. Así que en poesía vimos conservado el saber poético de nuestros buenos tiempos; parecíanos oír todavía la lira de HERRERA y de RIOJA; y en prosa fue declarado delito toda innovación en el lenguaje de CERVANTES; IRIARTE, CADALSO y otros se declararon a todo trance puristas, y persiguieron toda novedad con las armas de la sátira, al paso que MELÉNDEZ, JOVELLANOS, HUERTA Y MORATÍN sostenían la misma opinión con el ejemplo.

Este es el lugar de hacer una observación esencialísima en la materia. Hemos dicho que la literatura es la expresión de progreso de un pueblo; y la palabra, hablada o escrita, no es más que la representación de las ideas, es decir, de ese mismo progreso. Ahora bien, marchar en ideología, en metafísica, en ciencias exactas y naturales, en política, aumentar ideas nuevas a las viejas, combinaciones de hoy a las de ayer, analogías modernas a las antiguas, y pretender estacionarse en la lengua, que ha de ser la expresión de esos mismos progresos, perdónennos los señores puristas, es haber perdido la cabeza. Quisiéramos, sin ir más lejos en la cuestión, ver al mismo CERVANTES en el día, forzado a dar al público un artículo de periódico acerca de la [elección] directa; de la responsabilidad ministerial, del crédito o del juego de bolsa, y en el mismo quisiéramos leer la lengua de Cervantes. Y no se nos diga que el sublime ingenio no hubiera nunca descendido a semejantes pequeñeces, porque esas pequeñeces forman nuestra existencia de ahora, como constituían la de entonces las intrigas del cardenal ALBERONI o las presas de BARBARROJA; porque CERVANTES, que escribía para vivir comedias de capa y espada, escribiría también para vivir artículos de periódico. Lo más que pueden los puristas exigir es que, al adoptar voces y giros y frases nuevas, se respete, se consulte, se obedezca en lo posible al tipo, a la índole, a las fuentes, a las analogías de la lengua.

He aquí verdades que no comprendieron los padres de nuestra regeneración literaria; quisieron adoptar ideas peregrinas, exóticas, y vestirlas con la lengua propia; pero esta lengua, desemejante de la túnica del Señor, no había crecido con los años y con el progreso que había de representar; esta lengua, tan rica antiguamente, había venido a ser pobre para las necesidades nuevas; en una palabra, este vestido venía estrecho a quien le había de poner. Acaso sea esta una de las trabas que nuestros literatos tuvieron entonces para entrar más adentro en el espíritu del siglo. De esto sería una prueba la inculpación que a CIENFUEGOS se ha hecho, de haber respetado poco la lengua. ¿Qué mucho, si CIENFUEGOS era, en fin, el primer poeta que teníamos filosófico, el primero que había tenido que luchar con su instrumento y que le había roto mil veces en un momento de cólera o de impotencia? Si nuestras razones no tuvieran peso suficiente, habría de tenerlo indudablemente el ejemplo de esas mismas naciones a quienes nos vemos forzados a imitar, y que, mientras nosotros hemos permanecido estacionarios en nuestra lengua, han enriquecido las suyas con voces de todas partes. Porque nunca preguntaron a las palabras que quisieron aceptar ¿de dónde vienes?, sino ¿para qué sirves? Y medítese aquí que el estar parado cuando los demás andan no es solo estar parado, es quedarse atrás, es perder terreno.

Además de esta causa, que opuso tantas trabas a nuestros adelantos, había otra, a saber: que el número de los que adoptaban el gusto francés e importaban una nueva literatura era reducido. Eran entonces solamente unas cuantas avanzadas de la multitud, estacionaria todavía, tanto en literatura como en política. No queremos rehusarles por eso la gratitud que de derecho les corresponde; quisiéramos solo abrir una campo más vasto a la joven España; quisiéramos solo que pudiese llegar un día a ocupar un rango suyo, conquistado, nacional en la literatura europea.

No es nuestra intención en esta reseña general entrar a analizar el mérito de los escritores que nos han precedido; esto fuera molesto, inútil a nuestro propósito, y poco lisonjero acaso para algunos que viven todavía. Después que algunos nombres caros a las musas hubieron, no levantado nuestra literatura, sino introducido en España la francesa, después que nos impusieron el yugo de los preceptistas del siglo ostentoso y compasado de Luis XIV, las turbulencias políticas vinieron a atajar ese mismo impulso, que llamaremos bueno a falta de otro mejor.

Muchos años hemos pasado de entonces acá sin podernos dar cuenta siquiera de nuestro estado, sin saber si tendríamos una literatura por fin nuestra, o si seguiríamos siendo una postdata rezagada de la clásica literatura francesa del siglo pasado. En este estado estamos casi todavía: en verso, en prosa, dispuestos a recibirlo todo, porque nada tenemos. En el día numerosa juventud, nacida, como el cedro del Líbano, en medio de la tempestad, se abalanza ansiosa a las fuentes del saber. ¿Y en qué momentos? En momentos en que el progreso intelectual, rompiendo en todas partes antiguas cadenas, desgastando tradiciones caducas y derribando ídolos, proclama en el mundo la libertad moral, a la par que la física, porque la una no puede existir sin la otra.

La literatura ha de resentirse de esta prodigiosa revolución, de este inmenso progreso. En política el hombre no ve más que intereses y derechos, es decir, VERDADES. En literatura no puede buscar, por consiguiente, sino VERDADES. Y no se nos diga que la tendencia del siglo y el espíritu de él, analizador y positivo, lleva en sí mismo la muerte de la literatura, no. Porque las pasiones en el hombre siempre serán verdades, porque la imaginación misma, ¿qué es sino una verdad más hermosa?

Si nuestra antigua literatura fue en nuestro Siglo de Oro más brillante que sólida, si [murió] después a manos de la intolerancia religiosa y de la tiranía política, si no pudo renacer sino de los dadores [?] franceses, y si se vio atajado por las gracias de la patria ese mismo impulso […] esperamos que dentro de poco podamos […] los cimientos de una literatura nueva, expresión de la sociedad nueva que componemos; toda de verdad, como es de verdad nuestra sociedad; según las reglas que esa verdad misma, sin más [ley] que la naturaleza, joven, en fin, como la […] que constituimos. Libertad en literatura, […] las artes, como en la industria, como en el […], como en la conciencia. He aquí la […] de la época, he aquí la nuestra, he aquí la medida con que mediremos: en nuestros juicios poéticos preguntaremos a un libro: ¿nos enseña algo? ¿nos eres la expresión del progreso […]? ¿nos eres útil? —Pues eres bueno. No reconocemos magisterio literario en ningún país: menos en ningún hombre, menos en ninguna época, […] que el gusto es relativo; no reconocemos una escuela exclusivamente buena, porque no hay ninguna absolutamente mala. Ni se crea que […] al que quiera seguirnos una tarea más […]. Le instamos al estudio, al conocimiento del hombre: no le bastará como al clásico […] HORACIO y a BOILEAU, y despreciar a […] SHAKESPEARE: no le será suficiente, como romántico, colocarse en las banderas de VICTOR HUGO y encerrar las reglas con MOLIÈRE y MORATÍN, no, porque en nuestra librería [campeará] el ARIOSTO al lado de VIRGILIO, RACINE, y al lado de CALDERÓN, MOLIÈRE al lado de […], a la par, en una palabra, SHAKESPEARE, […], GOETHE. BYRON, VICTOR HUGO y CornEille, VOLTAIRE, CHATEAUBRIAND y LAMARTINE.

Rehusamos, pues, lo que se llama en el […] literatura entre nosotros; no queremos esa literatura reducida a las galas del decir, al son de la rima, a entonar sonetos y odas de circunstancias, que concede todo a la expresión y nada a la […], sino una literatura hija de la experiencia de la historia y faro, por tanto, del porvenir, estudiosa, analizadora, filosófica, profunda, pensándolo todo, diciéndolo todo en prosa, en verso, al alcance de la multitud ignorante aun, apostólica […] propaganda, enseñando verdades a aquellos a quienes interesa saberlas, mostrando al [hombre] no como debe ser, sino como es, para […] literatura, en fin, expresión toda de la ciencia de la época, del progreso, intelectual del siglo.



[Firma ininteligible]

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