“Conclusión de la carta inserta en el número anterior”
- Autor del texto editado
- Halcón, José María
- Título de la obra
- Miscelánea de comercio, artes y literatura, n.º 47, 16-2-1820
- Autor de la obra
- Burgos, Francisco Javier de (dir.)
- Edición
- Madrid:
Imprenta de Repullés,
1820
- Paginación
- pp. 3-4
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de la Hemeroteca Digital de la BNE. (texto completo)
Información técnica
Editor: Juan Montero
Encoding: Noelia Santiago López
Encoding: Noelia Santiago López
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
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Córdoba, 23 febrero 2026
Conclusión de la carta inserta en el número anterior
Vemos la novedad caracterizando su cuadro de San Juan de Dios, que, llevando un pobre en los hombros, vuelve admirado la cara al sentirse aliviado del peso por un ángel 1 , grupo admirable por la verosimilitud, la dignidad y el claroscuro.
La gracia no aparece como forma en la composición del célebre cuadro del milagro de pan y peces, admirado de todos por la colocación, y por el tono, dibujo y colorido de la ejecución 2 .
La sencillez es la que aparece como gracia en sus cuadros de San Isidro y San Leandro 3 .
Así, la gracia no es la que hace el mayor mérito de Murillo como forma de la pintura, sino como resultado feliz del desempeño de todas las que se unen a la composición. Este genio superior no desconoció ninguna; de todas existen modelos admirables. Pero, tratándose de fijar su carácter, la facilidad es la calidad en que sobresale. Jamás se descubre un rastro del estudio en ninguna de sus obras: jamás un grupo, una figura, un movimiento, una luz, un accesorio que pueda ser alterado, y que no parezca copiado de la naturaleza; sus composiciones, su dibujo, su claroscuro, su colorido, su manera de pintar, todo parece hecho a la casualidad, con cuyo motivo no puedo dejar de citar un cuadro suyo que representa al Salvador con San Juan en el desierto, que le tiene don Antonio Bravo en Sevilla en su colección, cubierto con una gasa. La cual, descorriéndose, deja ver primero un San Juan, que es la figura humana más bella que han imitado los hombres: ¡qué dulzura! ¡qué dibujo! ¡qué color! No parece poder alcanzar más el arte. Pero todo desaparece cuando la cortina deja ver la figura del Señor, a cuyo aspecto parece sentirse la presencia de la divinidad; tal impresión causa la belleza ideal más escogida y estudiada, la dulzura de los movimientos, lo perdido de todos los contornos, el tono de luz, la majestad, el no sé qué, que solo conoció Murillo, y cuyo conjunto da la idea de un ser sobrenatural. Tiziano, Guido, Cano, Morales, Ribera, Herrera, Roelas, Castillo y todos los hombres grandes se disputan allí el triunfo mientras no aparece este cuadro, y todos quedan confundidos bajo aquellos techos donde, a pesar de las ideas nuevas, se ve dominar a la naturaleza ayudada por la filosofía, sobre la filosofía tomando por instrumento a la naturaleza, donde quedan confundidas las teorías del sistema moderno, y donde en vano se pretende herir el alma por sensaciones de reflexión y estudio, pospuestas por el orden eterno a las análogas a la naturaleza.
Cada vez que piso el pórtico del museo me lamento al considerar a este genio, casi desconocido en este templo de la pintura. En Madrid solo hay un cuadro que haga honor a Murillo, que es el de Santa Isabel, en las salas de la academia; pero este cuadro, aunque con toda la verdad, dibujo, gracia y colorido de su autor, dista del fuego que comunicó a sus obras del último tiempo, en las cuales presentó, aunque separados, rasgos más fuertes en todas las formas de su pintura, apareciendo en unos más dibujante y brioso, en otros más ideal, más filósofo, más digno, pero mostrándose siempre más fácil, franco, y saliendo más del círculo de la copia al vasto campo de la imitación. Murillo no es conocido de los que no hayan visitado las galerías de Sevilla, donde existen todas sus mejores obras y la serie de sus diversos estilos. Los cuadros que bajo su nombre corren por Europa o no son suyos, o no bastan a hacerse conocer. Los que encierra el museo general del Prado no nos dan más que la idea de la gracia que como forma tuvo en la ejecución.
Yo, que me he familiarizado con sus obras, que he pasado muchos años copiándolo, analizándolo y estudiando sus diferentes estilos, he visto muchas tenidas por suyas en las cuales se apoya tal vez el juicio que se ha formado de su carácter, y, sin embargo, no presentan rastro para conocer que son de su mano, o son tan débiles que, aun siendo suyas, no bastan para fijar el juicio.
El cuadro de la Anunciación, señalado con el número 2 en el salón primero del museo, es uno de los más bellos que he visto por suyo fuera de Sevilla; y no obstante, si este consta ser de su mano 4 , no es seguramente de su mejor tiempo, porque, además de que en él no reina su último estilo libre y franco, don José de Mier en Sevilla posee original o repetición de este, mas tan superior a él en franqueza, en dibujo, en gracia, en facilidad, en colorido y en todo, que no admite comparación, y aquel lo tienen muchos por uno de los más fáciles de su último tiempo, y es señaladamente conocido.
De este modo de juzgar proviene el error sobre el mérito de Murillo, a quien se llamó tal vez amanerado, incorrecto, vulgar, con otras calificaciones hechas por quien no pudo juzgarlo sin conocer sus grandes obras de composición, como hubo de suceder al autor del juicio inserto en el análisis general del museo francés, juicio fundado sobre un cuadro vulgar de su primer tiempo.
Murillo fue un pintor tan sabio que, conocidas las formas menos análogas a su estilo y carácter, halló medio de rehacerlas sin huirlas, y esto lo combinó con tal arte, que jamás aparece un vacío en ninguna de sus obras.
El señor rey don Carlos IV, penetrado del mérito de Murillo, envió a Sevilla al pintor de cámara don Joaquín Cortés para que copiase sus mejores obras, y colocarlas en las galerías de Madrid. Lo verificó, en efecto, y aquellas copias, allí nada apreciadas al lado de los originales, permanecen ignoradas en los salones de aquel alcázar, siendo así que cuando el gobierno creyese impropio colocarlas en el museo, o no hallase medio de traer originales, serían de grande utilidad en las salas de la academia.
Sírvase V., señor redactor, si lo halla digno, insertar este artículo en su apreciable periódico, en tanto queda de V. S. S. S., q. s. m. b.
José María Halcón