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Prensa y canon

“Estado actual de la Literatura en España, por Juan Bautista Beratarrechea”

Autor del texto editado
Beratarrechea, Juan Bautista
Título de la obra
Revista de España, de Indias y del estranjero, tomo IV, 01-01-1845
Autor de la obra
Morón, Fermín Gonzalo (dir.) y Ramón Carbonell, Ignacio de (dir.)
Edición
Madrid: Establecimiento tipográfico de la Calle del Sordo, 1845
Paginación
pp. 404-414
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de Google Books. (texto completo)
Información técnica
Editor: Mercedes Comellas
Encoding: Noelia Santiago López
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
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Córdoba, 18 febrero 2026

Estado actual de la Literatura en España


Triste y desconsolador por demás es el cuadro que presenta nuestro país en su parte intelectual. Sea efecto de sus interminables vicisitudes políticas o de la desgracia que desde tanto tiempo le abruma, apenas tiene base fija en que asentarse que no sea importada de fuera, tanto en el orden de sus instituciones cuanto en el de todos los ramos del saber, inclusas las costumbres. Esta nación, que en siglos anteriores impuso sus leyes, sus ciencias y artes a las que en el día se las devuelven con creces, recibe ahora de ellas desde su más humilde artefacto hasta sus órdenes más terminantes. Con el orgullo innato a nuestros compatriotas, fundado antiguamente en prendas que lo justificaban, no queremos reconocer ni confesar lo que palpamos, y llega a tal grado nuestra intolerancia, que se mira como mal español al que presenta y espone con claridad, aunque con amargura, el triste cuadro de nuestra impotencia y nulidad.

Si el patriotismo consistiera, como algunos lo entienden, en alabar todo cuanto de nosotros sale, bien fácil sería poner a nuestra España en el primer lugar, pero nosotros, que a nadie cedemos en amor a ella, creemos dar la mayor prueba de cariño y amor manifestando la verdad por completo, para que con éxito más seguro se busque el remedio. El que señala los innumerables escollos y bajos que se esconden en una costa peligrosa a los alucinados habitantes de ella, para que los eviten, en vez de mecerlos con la halagüeña idea de la falaz serenidad y bonanza de sus aguas, les muestra más interés que el que les oculta el peligro para que, al salir, se estrellen por ignorancia e inadvertencia.

No tratamos aquí de investigar las causas que nos han traído a semejante fatal estado; son tantas y tan varias, que nos conduciría muy lejos su examen, bastando para nuestro propósito la genuina y sencilla enunciación de los hechos. Volvemos a repetir que solo nos anima el ardiente deseo de buscar el remedio y el afán de que salga siquiera alguna producción indígena que pueda compararse sin desdoro con las estranjeras, y nos sea lícito entrar alguna vez en el congreso científico europeo, ya que tan distantes estamos del político por nuestras revueltas y desgracias.

Desde que la nación española impuso a la Europa y la América sus leyes, costumbres y religión, empezaron a crecer a la sombra de sus armas y sus triunfos las ciencias y las artes, que penetrando en el caos de la ignorancia de la época, llegaron casi a compás con aquellas al apogeo de su gloria, siguiendo las fases de su fortuna y acompañándola en su prosperidad y decadencia. Redondeada la monarquía con la conquista de Portugal y ceñido su territorio a los límites que la marcó la naturaleza, ensancharon también su esfera los ingenios españoles, abarcando y sobresaliendo en cuantos ramos del saber eran entonces predilectos y necesarios. El siglo XVI y parte del XVII, siglos de oro de nuestra literatura, demostraron al mundo de cuánto eran capaces los hijos de este suelo, y su inmenso resplandor iluminó con tanto brillo a los demás países, que, tomando todo del nuestro, basaron sobre estos elementos científicos el magnífico monumento que ahora ostentan de sus artes y sus letras. Todo se reunió entonces como a competencia para ensalzarnos, todos los ramos en que consiste el saber, las artes todas contribuyeron con sus obras inmortales a este grandioso conjunto. Cervantes y Mendoza en la novela, Mariana y Zurita en la historia, Lope de Vega y Calderón en la comedia, Granada y Ávila en la elocuencia, Luis de León y Rioja en la poesía lírica, Escobar y Aguirre en la teología, Vives y Saavedra en la política, Moncada y Navarrete en economía política, Velázquez y Murillo en la pintura, Toledo y Herrera en arquitectura, Cano y Berruguete en la escultura, llevaron sus obras a tal elevación, que, al contemplarlas hoy sus míseros y desventurados descendientes, hallamos casi tanta distancia como lo que media del poder colosal de la España de entonces al rincón semidesierto y triste en que nos vemos. Si no palpáramos sus producciones, si no hablásemos todavía al parecer su idioma, creeríamos que aquella época de gloria imperecedera pertenecía a las regiones de la fábula. Tan completa fue la oscuridad que siguió a tanta luz, y tan profundo el letargo que sucedió a tanta vida. Como si con los desastres de la monarquía se hubiera anonadado nuestro ingenio, trasladóse todo él a pueblos a quienes enseñamos y vencimos, sin que al hundirse tan esplendente sol en su ocaso, dejase el más leve crepúsculo, ni el más imperceptible rastro de luz. Derribado el coloso que tan poco tiempo por nuestro mal duró en vida, se alimentaron y robustecieron con sus restos los que poco antes eran súbditos y discípulos, y, arrancándole en su agonía la sangre y quilo que le restaba, supieron, a costa suya continuar su obra y mejorarla, admitiendo todos los adelantos, para imponérnosla después, sumidos como quedamos en la oscuridad y el marasmo. En tan mísera y abyecta situación nos cogió al extinguirse la dinastía austriaca, cediendo el puesto a la de Borbón francesa.

El gran siglo de Luis XIV en el vecino reino, tan preponderante e influyente en nuestros destinos, lejos de avivar el amortiguado ingenio español e iluminarnos con sus magníficas producciones, parecía que esta, al tocar en los Pirineos derribados por la política, morían trasplantándose en nuestro suelo. En vez de emular a nuestros rivales, nos ceñimos al innoble papel de servidores e instrumentos ciegos de sus planes e intrigas de gobierno. Con ese don fatal que desde hace tiempo nos persigue, de escoger tan solo lo malo, adoptamos su complicada administración, los errores y faltas de su gabinete y su adversa fortuna en sus guerras; sin amalgamarnos con sus buenos usos, nos reservamos de nuestro carácter nacional el orgullo, infundado ya, y, tomando del suyo lo ridículo y petulante, dejamos lo bueno nuestro y nos apropiamos lo malo ajeno. Sometidos, por más que lo neguemos, al influjo de la Francia, solo en ella veíamos el modelo y norte de nuestra conducta. Nuestros obcecados ojos no pasaban de París, y ni aun allí mismo nos era dado penetrar, bastándonos solo la escasa y mezquina parte de conocimientos que nos suministraban nuestros aliados. Las demás naciones europeas eran para nosotros poco menos que regiones ignotas y semibárbaras, y solo de vez en cuando, y a costa de nuestro sudor y sangre, aprendíamos con sorpresa que existían y que enseñaban a nuestros maestros. ¡Con toda su poderosa ayuda y colosales esfuerzos, no pudimos arrancar a la Inglaterra un pedazo de nuestro territorio que conserva aún en su pode, para mengua y baldón de nuestra impolítica alianza! Pero nos hemos estraviado sin querer, metiéndonos en otro terreno.

¿Qué espíritu, qué aliento, qué genio habían de ostentar nuestros degenerados compatriotas, satélites siempre del astro que contemplaban, sin admirar más que sus defectos, esquivando sus adelantos, si permanecíamos estacionarios en el movimiento que en su patria imprimían los filósofos y enciclopedistas? Nada, absolutamente nada. Aferrados en nuestro semibárbaro escolasticismo, vacilantes entre nuestro magnífico drama y las tres unidades de Boileau, sin producir más que pobres y pálidas rapsodias, íbamos de este modo atravesando indolentemente los años, sin cuidarnos de otra cosa que de pasar y vivir, sumisos enteramente a nuestros frailes y monarcas, hasta que la inmensa revolución francesa de 83 sacudió en parte nuestros embotados sentidos y galvanizó algún tanto nuestro amortiguado espíritu.

Como nada teníamos que perder en cuanto a literatura, perdimos y mucho con el desacertado giro que dieron nuestros siempre imprevisores gobernantes a su política, hasta que, cambiando esta de faz y de alianzas, fuimos poco a poco reconquistando la Península, después de quedarnos sin América. Vuelta otra vez a su letargo la España, siguió sus antiguos pasos, si tal pueden llamarse la inacción absoluta en punto a ciencias y artes, hasta que nuestra vecina y aliada tornó a lanzar del trono a su rey, por medio de la revolución de julio. Dionos medios y ayuda para hacer la nuestra; la copiamos a medias en sus trastornos e instituciones, remedándola y parodiando sus obras y producciones intelectuales.

Cansados, sin duda, nuestros modelos y maestros de la senda que hasta entonces prosiguieron en la literatura, cambió esta tan de improviso como sus acontecimientos políticos. Lo más extraño y original fue que, desenterrando nuestros sepultados libros y autores antiguos, afectando nuestros nombres, la soltura de nuestra forma y la brillantez de nuestras imágines, se dignasen decirnos que lo que teníamos olvidado era muy bueno, y entonces lo creímos y luego lo admiramos a pesar del disfraz con que nos lo presentaban. Derribando sin piedad sus clásicas celebridades, sacudieron como humillante el yugo de Aristóteles y Quintiliano, e inundose la España de sus flamantes e innovadores productos y de su propaganda revolucionaria. Ya que no les era tan fácil salvar el estrecho de la Mancha ni las orillas del Rhin como los Pirineos, se enseñorearon de nuestro territorio con la tranquilidad y sosiego que engendra la costumbre inveterada del mando, y fueron acogidos por sus dóciles y sencillos moradores con el entusiasmo y frenesí de la ignorancia sedienta de novedades. Persuadidos de que no hay en el mundo más nación que Francia, porque así nos lo dice esta, nos faltó tiempo para abrazar y seguir ciegamente su ruidosa y turbulenta literatura. Si surgieron en Paris a centenares novelistas y poetas, a miles surgieron en Madrid plagiarios y rimadores. Los igualamos, los escedimos en número, ya que no en calidad; nuestro teatro, nuestros periódicos rebosaban en dramas y narraciones novelescas, originales las unas, traducidas las otras, sin más diferencia entre ambas que las terminaciones castellanas, quedando intactos y puros el giro y sintaxis del idioma de las Galias. Quisimos parecernos tanto, que adoptamos el traje, el corte de barba y luengas melenas de los hipocondriacos vates y dramaturgos del Sena, así como su gesto y ademanes, a falta de su numen y talento. Nuestra pobre revolución política y literaria, tan estéril en hombres de estado como en ingenios, cual si nuestro pueblo estuviese sentenciado por el destino a la impotencia e inanición, solo ha producido en estos míseros tiempos que alcanzamos insignificantes medianías en todos los ramos del saber, medianías que el país ha acogido con benevolencia y demasiada tolerancia, convirtiendo en ilusión sus ardientes deseos. La imprenta periódica, elemento desconocido en nuestras manos noveles, ha contribuido poderosísimamente a extraviar y envanecer a algunos talentos, que con más segura guía hubiesen siquiera imitado mejores modelos que los que su vanidad y el aura popular que se goza quince días por estos medios les hizo escoger. Ufanos con tan fácil aunque efímero triunfo, se creyeron iguales a sus maestros, porque, en vez de traducir simplemente sus obras, parodiaron las que de más boga disfrutaban, decorándolas con el pomposo título de originales. Se empeñaron en que Madrid, con su estacionaria población y estrecho recinto, se asemejaba a Paris y a sus bulliciosos y activos habitantes, en que sus modas, su chismografía, sus salones se parecían a nuestra indolencia, nuestras escasas y monótonas tertulias y nuestras áridas costumbres y hábitos. A pesar de tan marcado contraste, no falta quien divida los barrios uniformes de nuestra capital en aristocráticos y rentísticos, en leonas ingeniosas y satíricas a nuestras sencillas y modestas señoras, poniendo dicharachos insulsos en sus lindas bocas y forjando necias anécdotas a la manera de Pierre Durand o Gautier. Henchidos de vanidad y audacia, escribimos de todo, juzgamos y criticamos todo, si crítica se llama la perpetua apología de cuanto confían a la prensa nuestros compañeros, para tener en retribución su voto propicio y su clientela. Para dar mayor realce a tan baratísima reputación se mendiga una carta apologética de algún autor transpirenaico de nombradía: por una traducción cuyo idioma no conoce el elogiador, se llevan los mamotretos aplaudidos por los amigos de Madrid a los favorecedores de Paris, donde no ansían otra cosa sus innumerables y colosales periódicos que llenar con algo sus columnas a tanto la línea. Se vuelve con un corte ridículo de vestido, que se ostenta en una función concurrida de ópera, y con cuatro o cinco frases que se pillan al vuelo en los boulevares, ya que no se oyeron en la Sorbonne, ni en el Instituto, ni en el colegio de Enrique IV, se transforma uno en literato consumado, buscando a quienes contar sus aventuras imaginarias y a quienes verter su erudición infusa e importada, ínterin se aguarda el triunfo de su traducido vaudeville para satisfacer las deudas del viaje.

Ningún país nos ha aventajado en cantidad de autores y obras literarias respecto a nuestra población, y a los pocos años que llevamos de práctica en la libertad de imprenta. Si todos los que han sido preconizados en los periódicos y en la escena hubieran tenido el mérito que se atribuían y los aplausos que se les prodigaban, sin disputa nación alguna de la tierra podría competir con la nuestra en celebridades literarias. Todo era bueno, selecto e inmortal; apenas se cuenta autor dramático que a cada pieza teatral no se le haya adjudicado su corona, entre vítores y estrepitosas palmadas. No se quejarán de su popularidad ni de su público, aunque se lamenten luego del absoluto olvido de sus laureadas producciones y de las quejas del empresario o librero que, alucinado con su momentáneo éxito, creyéndole perpetuo, les pagó más de lo que le rindieran aquellas.

Lo mismo exactamente sucede con las novelas, desdeñando malamente el género picaresco, de tan magníficas tradiciones en nuestro país, tan puramente español, y en la que rayamos a un punto al que ninguna otra nación ha llegado; nos ilusionamos con la idea que son originales los remedos de malos modelos, sin otra causa ni razón que la de que sus acontecimientos pasan en España, los nombres que llevan sus personajes se hallan en el calendario español, y porque las terminaciones de sus vocablos no son en francés; aunque el giro las ideas, el sesgo, el diálogo, las peripecias sean postizas y robadas a nuestros amigos de allende el Pirineo. Si al menos se escogiese bien, se evitaría en gran parte el descrédito en que caen esos engendros desde que nacen, y el que sus compatriotas, al ver la palabra original, suspendan la lectura si equivocados la empezaron o escojan en su lugar el verdadero molde en que vació el autor original su copia descolorida.

Y no podía resultar más que este lamentable cuadro en un país en que nada se estudia y en el que nada se enseña, porque nada se sabe. El gobierno mismo está confirmando tan amarga verdad en estos momentos cortando de raíz el absurdo y bárbaro plan de estudios a que hemos estado sometidos durante centenares de años. Lástima es que para la mayor parte de sus nuevas asignaturas no sea muy fácil hallar quien las esplique, ni autores que sirvan de testo al discípulo estudioso. Cuando estos inconvenientes cesen, cuando el celo y el ansia de saber de la juventud corresponda a la ciencia que se la suministre, entonces, y solo entonces, con la innegable aptitud e ingenio de los españoles, podrán salir autores originales de sólida y justa nombradía; no esa tan manoseada que prestan los periódicos y que se olvida al día siguiente, sino la que dura a través de siglos y no muere por mas innovaciones que el mal gusto y la moda introduzcan a despecho del raciocinio y del sentido común. Distinguiremos entonces lo que se debe imitar, se estenderán nuestros ojos a más distancia que a la orilla del Rhin, y veremos otros hombres y otras cosas que sin tanta charla y hojarasca ilustran a su país y al mundo con sus profundas y meditadas obras.

Entretanto, no nos queda otro recurso que el triste de alabarnos mutuamente y, cuando este se gaste, echar la culpa al país, porque «no nos comprende», como se decía hace cuatro años, y achacar al atraso e indiferencia de los lectores la culpa de nuestra insignificancia. El quejarse de falta de estímulo y protección cuando no se logra buen éxito es señal infalible del escaso mérito del demandante y de la producción, No la mendigaban. por cierto, a su gobierno ni a sus periódicos el gran Walter Scott, al enviar desde Escocia al Támesis cargamentos de sus novelas, ni Bulwer ni Dickens compran los sufragios del inmenso gentío que obstruye las calles en que habitan sus editores de Londres, al espender cualquiera obra que brota de sus plumas. No las recomiendan a Paris, Bruselas, Viena, Berlín, Nápoles, La Haya y demás capitales de Europa, para que se traduzcan; buen cuidado tienen los especuladores estranjeros de llevar la delantera a los más avisados para lucrarse con su versión en su idioma respectivo. Y, sin embargo, este siglo tan estéril para España ha producido en otros climas un Byron, un Schiller, un Beranger, un Goldoni, y un Scribe; ha brotado en otras regiones a Benthan , Cobden, Humbold, Thiers, Prescott y Steward; ha dado a luz á Pee, O'Connell, Metternich, Canning y Talleyrand, y otros varios que en las ciencias y en las artes brillan por su propia luz, permanente y duradera, como lucieron y lucirán mientras haya especie humana los inmortales españoles que descollaron en los siglos 16 y 17.

Convenzámonos de que la fama y renombre no se logran a tan poca costa como entre nosotros se acostumbra ahora, que los aplausos de una noche regalados por un reducido y propicio auditorio y los elogios obligados de los tolerantísimos periódicos con su inevitable crítica apologética no constituyen el mérito, ni lo dan cuando falta. Lo bueno en realidad dura y vive, a despecho de la envidia y de la cábala, y en todos tiempos, en cualesquiera circunstancias se lee y se estudia, se examina y se graba en la memoria. El inmortal cantor de la Gerusalemme liberata, el tierno y correcto Tasso, recibió moribundo su corona de laurel.



J. B. de Beratarrechea

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