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Prensa y canon · Textos historiográficos

“Novela española”

Autor del texto editado
Sin firma
Título de la obra
El Español, revista literaria. Periódico semanal de literatura, bellas artes y variedades, n.º 2, 8 de junio de 1845
Autor de la obra
Navarro Villoslada, Francisco (dir.)
Edición
Madrid: Imprenta de la Sociedad de Operarios, tirado en las prensas mecánicas de don Antonio Matois, 1845
Paginación
pp. 1-5
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de la Hemeroteca digital de la BNE. (texto completo)
Información técnica
Editor: Mercedes Comellas
Encoding: Noelia Santiago López
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
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Córdoba, 18 febrero 2026

Novela española


El anuncio que acaba de publicarse de una colección de novelas bajo el título de Mil y una noches nos ha hecho concebir la esperanza de ver introducido entre nosotros este género de literatura, de que por tanto tiempo hemos sido tributarios a los estranjeros. No sería esta esperanza tan firme si no viéramos figurar al frente de esta empresa nombres tan ventajosamente conocidos, algunos de los cuales son prenda segura del buen desempeño. Los citaremos con la mayor complacencia, y son los señores don Juan Eugenio Hartzenbusch, don Gregorio Romero Larrañaga, don José María Huici, don Francisco Orgaz, don José María de Andueza, don Tomás Rodríguez Rubí, don Ramón de Campoamor, don Juan Vila y Blanco, don Eulogio Florentino Sanz, don Francisco Corona Bustamante y don Antonio Neiva de Mosquera. Esta sociedad dedicada a un trabajo que debe redundar en honra de los que lo han emprendido ha de producir precisamente saludable emulación y competencia. Con esta ocasión ta oportuna vamos a decir lo que sabemos y lo que pensamos acerca del estado actual de la novela española y del destino que puede esperar si hay escritores de valor que se arriesguen a cultivarla.

Nos acordamos de nuestra adolescencia, cuando ansiosos buscábamos libros originales de esta clase de entretenimiento que nos distrajesen de los estudios. Entre los modernos solo podíamos entonces haber a las manos el Fray Gerundio del padre Isla y el Eusebio de don Pedro Montengón, no sin algún misterio, supuesto que, según se decía, la santa Inquisición andaba lista en recoger los ejemplares con que topaba, lo cual, sea dicho de paso y como confesión de nuestro pecado, escitaba más y más la comezón de que nos sentíamos devorados. En época bien azarosa, por cierto, (hacia 1825) vimos aparecer como una novedad muy estraordinaria un Ramiro, conde de Lucena, por Humara y Salamanca; pocos años después nuestro malogrado amigo don Ramón López Soler dio a luz en Valencia su Caballero del Cisne, que fue saludado con merecidos aplausos, mientras don Estanislao de Koska Vayo ensayaba otras producciones apreciables. Algunos ingenios se animaron con el ejemplo y por las escitaciones del editor don Manuel Delgado, lo cual produjo una colección de 29 tomos, compuesta de El primogénito de Alburquerque y La catedral de Sevilla, por el referido señor López Soler, bajo el pseudónimo de don Gregorio Pérez de Miranda; de Ni rey ni Roque y El conde de Candespina, por don Patricio de la Escosura; del Sancho de Saldaña o el castellano de Cuéllar, por José de Espronceda; de El golpe en vago, por don José García de Villalta; de Los expatriados o Zulema y Gazul, por el ya citado Vayo; de El renegado, por don Juan Corradi; de La máscara de hierro, por un anónimo; y de El doncel de don Enrique el Doliente, por don Mariano José de Larra. Vinieron luego tiempos más turbulentos, los espíritus tomaron otro camino, y la colección no continuó, pero debe consultarla cualquiera que se proponga estudiar la historia de los trámites que ha seguido entre nosotros el arte de narrar, en la cual debe notarse con singular interés este lucido y momentáneo intervalo del ingenio nacional. Sin embargo, es menester confesarlo: con toda la habilidad desplegada por aquellos autores en la senda que abrieron, no puede decirse que restauraran la novela española. Brillaba en aquella sazón en todo su esplendor la gloria del célebre novelista escocés, cuya fecundidad, talento, conocimiento histórico y arte admirable deslumbraron al mundo, granjeándole prosélitos por todas partes. El modelo era grande; en general, fue imitado con pericia, pero la escuela era exótica y no pudo aclimatarse, a lo cual contribuiría no poco la alteración del sosiego público que entonces empezó y la nueva dirección de los espíritus a objetos muy diversos de la literatura. La suerte que siguieron aquellos colaboradores después de su primer ensayo, que tanto prometía, es una prueba evidente de que no solo los lectores, sino también ingenios, se lanzaban a otra carrera.

A más de esta colección, no ha faltado tal cual tentativa, pero siempre aislada, casual y sin propósito de dedicarse a este ejercicio, de manera que en España hay, sí, algunos que por antojo han escrito novelas, pero no existen novelistas que al cultivo de este rango hayan consagrado largas vigilias. Uno de los hombres que más honra han dado a las letras quiso también dar una muestra de que no le era desconocido el género: el señor Martínez de la Rosa en su Doña Isabel de Solís. Pero el que en nuestro concepto ha dado una producción verdaderamente española, con todo el sabor de tal, con todos los accidentes y galas de lenguaje que distinguen a nuestros escritores de la mejor época, es don Serafín Estébanez Calderón en un librito verdaderamente precioso que publicó el año 1838 bajo el título de Cristianos y moriscos, que, si por alguna superchería literaria se hubiese publicado como un hallazgo de antiguo manuscrito inédito, por tal hubiera pasado sin dificultad, como el pie de la estatua de Miguel Angelo, dando ocasión a polémicas entre eruditos sobre la pluma bien cortada a quien debía atribuirse.

La suma escasez de obras de este género ha introducido la costumbre, hasta cierto punto ridícula, de añadir el adjetivo «original» al título de toda novela que no es traducida, y aun deben darse gracias cuando en ello no se miente, prueba de que en la común opinión es de clavo pasado el que los estranjeros nos proveen de lectura entretenidas. ¿Achacaremos este resultado a esterilidad de ingenio entre nuestros españoles? No creemos que nos ciegue el amor patrio si pensamos de diferente manera.

«Únicamente en España (decía el señor Martínez de la Rosa en el prólogo a su Doña Isabel de Solís) no se notan conatos y esfuerzos para cultivar este ramo de las letras humanas, que, aun cuando no pueda llamarse peregrino y desconocido a nuestros padres, ha tomado recientemente una nueva forma, acomodada al gusto y afición de este siglo, que hasta las composiciones leves destinadas al esparcimiento y recreo no se da por satisfecho si no halla cierto fondo de realidad. Y no cabe atribuir la escasez y penuria de tales composiciones a que falten en España clarísimos ingenios; que aquel suelo privilegiado los da tan espontáneamente de sí como los frutos de la tierra; ni hay tal vez nación alguna de cuantas pueblan este globo que cuente en sus anales tantos hechos singulares y portentosos, que muestre en su espacioso ámbito más monumentos de naciones distintas; que presente por el largo trascurso de ocho siglos una lucha incesante, continua, entre dos pueblos diferentes, contrarios en religión, en costumbres, en leyes, en hábitos, en habla, y encerrados, no obstante, en el mismo recinto, luchando cuerpo a cuerpo como dos gladiadores en el circo romano. Pues, si se buscan colores y matices para pintar un cuadro, ¿qué lengua de las vivas podrá competir siquiera con la que nos legaron nuestros mayores? Tan rica, tan sonora, que no ha menester el auxilio de la rima ni el compás de la mensura para dar a la prosa el encanto de la poesía, robusta a la par que flexible, majestuosa no menos que suave, hija nobilísima del Lacio, enriquecida con la pompa de los pueblos de oriente como para celebrar al mismo tiempo las proezas de los héroes y las dichas de los amantes».

Todo lo que con tanta elocuencia espresa el ilustre autor es una verdad. Existe la materia, existe el instrumento para la obras; hay más; existe la afición, la demanda, el consumo, especialmente desde que la censura doméstica no prohíbe al bello sexo hasta el conocimiento del alfabeto; y la exigencia del público llega a tal grado, que para suscribirse a tal o cual periódico pone por precisa condición que haya de repetir en su folletín la novela que en el día priva y llama la universal atención, gracias no solo a su mérito, sino también a los esfuerzos públicos y secretos que se hacen para desacreditarla. Todo existe, menos el artífice que reúna y aproveche un conjunto tan completo de elementos, que solo exige voluntad y resolución para poner manos a la obra.

Trataremos de dar a este fenómeno la explicación más probable. Hubo cierta época, entrado el siglo XVII, en que nuestra literatura y aun nuestra lengua decayeron con espantosa rapidez, y esta época siguió muy de cerca, si es que no coincidió en la en que la novela de costumbres empezaba a sustituir a las lecturas caballerescas. Hubo entonces un verdadero turbión que debió participar de la general decadencia de los demás ramos, y además el ejemplo de La Celestina, anterior de más de un siglo a esta novedad, había introducido cierta licencia que reclamaba severa corrección. Ofenden, en efecto, el pudor las escenas de cinismo, torpeza y tercería esparcidas en los libros de entretenimiento publicados entonces, y que no pasarían, por cierto, en nuestros tiempos, a pesar de la mayor tolerancia y de la supuesta corrupción moral que se nos acusa, por una hipocresía descontentadiza y de mala fe. Lean la segunda parte del Don Quijote de Avellaneda, La Dorotea de Lope, La Ingeniosa Elena de Salas Barbadillo, y otras producciones de la misma familia; y estamos seguros de que, a pesar de los elogios y aprobaciones escritas por reverendos padres maestros de órdenes religiosas muy austeras, que por comisión del Consejo examinaron los manuscritos antes de pasar a la imprenta, ningún hombre de juicio entre los contemporáneos autorizaría el escándalo con su firma. Pero esta corrección que, admitido el sistema de la censura, llegó a ser necesaria, traspasó sus límites después y, extendiéndose a mayores exigencias, vino a cortar las alas del ingenio. Al cabo de largos años renació parcialmente la actividad literaria; pero las trabas subsistían, y las novelas conservaban su mala fama entre los que debían autorizar su publicación. Los autores, por lo mismo, ningún estímulo tenían para arriesgarse a perder su trabajo en la inseguridad de obtener el permiso, y, por otra parte, el abundante y variado surtido que a menos costa se recibía del estranjero, siendo suficiente para dejar satisfechas las necesidades del país, no ofrecía estímulo alguno a la producción nacional. Cuando los obstáculos menguaron o cesaron de todo punto, lo cual no se ha verificado sino en una época muy cercana, se vio al momento obrar como pudo la fuerza antes comprimida. Las turbulencias políticas, que son para las letras el enemigo más poderoso, contuvieron este feliz arranque, hasta que el restablecimiento de la tranquilidad convidó a repetir la empresa.

Solo así podemos dar una razón que justifique los inciertos pasos que ha dado en España este género de composición, sin que por ningún término pueda atribuirse su notable atraso a falta da ingenio en una nación, que, sobre haber producido con el Ingenioso hidalgo la novela más famosa que jamás ha existido, ha prestado a Lesage los materiales para sus excelentes copias e imitaciones, superiores sin duda alguna a sus primitivos modelos.

Para no incurrir en errores en la historia de la novela, es preciso comentar las expresiones que en el prólogo de las suyas soltó el buen Cervantes, cuando dijo: «yo soy el primero que he novelado en lengua castellana; que las muchas novelas que en ella andan impresas todas son traducidas de lenguas extranjeras, y estas son mías propias, no imitadas ni hurtadas: mi ingenio las engendró, y las parió mi pluma, y van creciendo en los brazos de la estampa». En la misma idea coincide otro autor, Juan Gaitán de Vozmediano, en la introducción a la primera parte de las cien novelas de Juan Bautista Cintio que tradujo y publicó en 1590: «Ya que hasta ahora (decía) se ha usado poco en España este género de libros, por no haber comenzado a traducir los de Italia y Francia, no solo habrá de aquí adelante quien los traduzca; pero será por ventura parte el ver que se estima esto tanto en los extranjeros para que los naturales hagan lo que nunca han hecho, que es componer novela; lo cual entendido, harán mejor que todos ellos, y más en tan venturosa edad cual la presente».

Lo único que de estas palabras puede inferirse es que en aquella edad la voz «novela» tenía una significación que con dificultad sabríamos ahora fijar, pero que, sin duda, era muy diferente de la idea a que en la actualidad la refiere el uso común; significación por una parte más lata (supuesto que nosotros no llamaríamos novela el «Coloquio de los dos perros Cipión y Berganza», y mucho menos «El Perro y la Calentura», que salió en 1625 bajo el título de «novela peregrina» y el nombre de Pedro Espinosa, aunque dicen que es de don Francisco Quevedo); y, por otra parte, más limitada, porque no se comprenden en la denominación de novela infinitas composiciones ya conocidas entonces que ahora no llamaríamos de otra manera.

La novela moral escrita nació realmente entre nosotros cuando don Juan Manuel, que murió en 1347, compuso su Conde Lucanor; que la novela confiada a la memoria debió de existir desde los orígenes de la lengua castellana auxiliada por el uso del asonante, que le es peculiar y exclusivo. Romances se llamaron estas composiciones en que se consignaban hechos históricos mezclados con fabulosos adornos, lances de amor, consejas y tradiciones populares; y romances también se llaman en francés y en italiano ( romans, romanzi ) lo que nosotros entendemos por novela, conformidad de nombres que no sería tan importante si no nos indicara al mismo tiempo que en esta parte de Europa, donde la lengua latina adulterada dio nacimiento a otras lenguas que se llamaron romance, las composiciones que tomaron por nombre el de la naciente habla vulgar debieron de ser los primeros frutos de aquella balbuciente literatura.

Cuando Cervantes en 1613 publicaba sus Novelas ejemplares existían también modelos de la novela picaresca, género a que pertenece la suya de «Rinconete y Cortadillo», y no atinamos la razón por que se han de clasificar de diferente manera. Entre lo que ha llegado a nuestra noticia parece que abrió el camino el Lazarillo de Tormes, impreso en 1584, después de muerto su autor, don Diego Hurtado de Mendoza. Siguió Mateo Alemán con su Guzmán de Alfarache, publicado en 1599. Reciente estaba, pues fue en 1608, la aparición de La Pícara Justina, obra de Francisco de Úbeda. Creemos que también había salido a luz la colección que Juan de Timoneda tituló El Patrañuelo, y cualquiera que se pague más de las cosas que de los nombres, más bien que entre las tragicomedias colocará entre las novelas el libro de La Celestina, que, impreso en 1500, tuvo tantas ediciones, continuaciones e imitaciones durante todo aquel siglo.

Existían, además, las novelas pastorales, de que el mismo Cervantes, autor de una de ellas, formó un catálogo no corto, si bien tampoco completo, en el escrutinio hecho por el cura y el barbero en la librería de don Quijote, a saber: La Diana, de Jorge de Montemayor; la Segunda Diana, de Alfonso Pérez el Salmantino; la Diana enamorada, de Gil Polo; la Fortuna de amor, de Antonio de Lofraso; El pastor de Iberia, de Bernardo de la Vega; las Ninfas de Henares, de Bernardo González de Bobadilla; el Desengaño de celos, de Bartolomé López de Enciso; El pastor de Fílida, de Luis Gálvez de Montalvo, y su propia Galatea.

Finalmente, los libros de caballería, de que fue Cervantes el azote más contundente, si tuviesen ahora que ser clasificados, lo serían en el estante de las novelas; y, aunque en su exageración bien descubren el origen portugués que por otras razones de probabilidad se atribuye a los más famosos, es indudable que muchos de ellos se deben a plumas españolas. Es, pues, evidente, indudable, que, según la actual acepción del nombre de novela, no fue Cervantes el que introdujo en España ese género, si bien no puede negársele la gloria de haberle comunicado nueva dirección, elevándolo a una altura hasta entonces desconocida y abriendo un camino que otros siguieron después con varia suerte. Pues desde que este grande hombre aventuró por vía de muestra y ensayo «El Curioso impertinente», ingiriéndolo con poca oportunidad en el Don Quijote y recopilándolo luego junto con otras ingeniosas relaciones que llamó novelas, el aprecio con que recibió el público esta novedad animó a otros escritores a seguir el mismo rumbo. Hubo, en efecto, de repente un verdadero aluvión de novelas, en que tomaron parte autores afamados, como Lope de Vega, su adorador don Juan Pérez de Montalván, Vicente Espinel, el maestro Tirso de Molina, Gonzalo de Céspedes, doña María de Zayas, doña Mariana de Carvajal, don Alonso del Castillo Solórzano, don Alonso Salas Barbadillo, Luis Vélez de Guevara y otros muchos que no nos ocurren desde luego, pero que formarán objeto de otro examen, cuando se ofrezca ocasión oportuna, pues es materia tan poco tratada como curiosa e interesante para nuestra historia literaria.

Volviendo, pues, al estado actual, que, según dijimos al anunciar nuestra empresa, puede considerarse como una épopca de renacimiento, debemos hacer una observación que en nuestro sentir no carece de alguna importancia, porque descubre un elemento más para obtener una buena novela original. Las plumas de algunos modernos escritores se han ejercitado con éxito singular en trabajos preparatorios exactamente iguales a los del pintor que, proponiéndose ejecutar un cuadro histórico, va recogiendo los retratos de las personas que deben figurar en él, como bocetos parciales que leugo han de formar un conjunto armónico y prolijamente acabado. Hablamos de esa multitud de escenas, caracteres y pinturas de costumbres que, ya sueltas, ya recopiladas, han visto la luz pública en estos últimos años, género en que poseemos un modelo de gran valor, como es el señor Mesonero Romanos, y muchísimos imitadores. Aquí está el embrión de la futura novela contemporánea, que da muestras de querer desarrollarse con vigor.

Las composiciones teatrales, en que de ningún modo puede considerarse estéril nuestra generación, pueden ser también un manantial de sabrosas novelas, pues, así como las narraciones escritas desde la epopeya hasta el cuento vulgar han dado asunto a la tragedia y a la comedia, con la misma facilidad el dram puede reducirse a narración, con la ventaja de la mayor libertad. La principal dificultad está vencida; la invención se halla hecha; el arte de referir es más fácil que el de dialogar, y más fácil todavía el arbitrio de mezclar el diálogo con el relato cuando lo exige la situación que se describe. Cuando hay habilidad para una cosa debe haberla para otra tan análoga.

La historia, sobre todo, ha de ser el gran repertorio de los novelistas, desde que Walter Scott nos ha dejado tan admirables ejemplos. Esta es la tendencia que observamos ahora en los esfuerzos que se están haciendo, y que no podemos menos de animar con nuestra débil voz alentada por la próxima esperanza de ver satisfechos nuestros deseos.

Si el desempeño de la colección que se anuncia corresponde, como no dudamos, a su título y al breve prospecto que han publicado sus editores, va a ser un monumento de las glorias nacionales. «Pelayo y sus sucesores (así se espresan) nos harán recorrer poco a poco la Península en su trabajosa lucha con los árabes, y estos nos proporcionarán el conocimiento de sus costumbres especiales; el Cid nos recordará a San Pedro de Cardeña; Macías, el estro de los antiguos trovadores; Colón, el resultado de su descubrimiento y el estudio del Nuevo Mundo; Cervantes, la miserable recompensa del talento; el duque de Alba, a Nàntes; Carlos V, a la dieta de Worms en Alemania».

Cuando tanto brío manifiestan hombres capaces de cumplir su promesa, bien es lícito esperar un brillante resultado. pronto lo hemos de ver. la primera entrega debe de haber salido ya, bien que no ha llegado aún a nuestras manos; solo tenemos entendido que a esta animosa falange abre la marcha el señor Romero y Larrañaga.

Repetimos que en este campo hay mucha gloria que recoger, pero también debemos advertir que nos aguarda un juicio muy severo. tenemos que luchar en un mismo palenque con otras escuelas ya formadas y sostenidas por eminentes adalides. Nuestras relaciones literarias se van ensanchando, y las novelas españolas serán objeto de examen de parte de críticos estranjeros. Preciso es esforzarnos para quedar airosos. El gran novelista francés Eugenio Sue acaba de admitir de admitir la dedicatoria que de su novela titulada María, la hija de un jornalero le ha dirigido don Wenceslao Ayguals de Izco; y al manifestarle su gratitud por este don le contesta con la carta siguiente, que han copiado los periódicos:

«Recibiré con tanto placer como reconocimiento la dedicatoria que me proponéis de vuestra novela. me considero igualmente dichoso al ver que las clases menesterosas del pueblo español tienen tan buenos padrinos como vos. Servimos a la causa de la humanidad entera; vuestro libro tendrá un éxito brillante, y es, ciertamente, muy dulce y bello el pensar que los desgraciados de las clases populares de Españatengan un tan generoso y entendido abogado».

Cuando los hombres tan competentes en la materia conciben tales esperanzas, es menester no dejarlas defraudadas.

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