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Prensa y canon · Textos historiográficos

“Ensayo histórico-filosófico sobre el teatro antiguo español (conclusión)”

Autor del texto editado
Morón, Fermín Gonzalo
Título de la obra
Revista de España y del estranjero, t. VIII, año 3, artículo 47
Autor de la obra
Morón, Fermín Gonzalo (dir.)
Edición
Imprenta Plazuela de San Miguel, 1844
Paginación
pp. 13-18
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de la Biblioteca Digital de Prensa Histórica. (texto completo)
Información técnica
Editor: Pedro Ruiz Pérez
Encoding: Noelia Santiago López
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
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Córdoba, 9 enero 2026

ENSAYO HISTORICO-FILOSÓFICO SOBRE EL ANTIGUO TEATRO ESPAÑOL

(conclusión)


Semejantes ideas indican ya la variación de las costumbres y una sociedad vana, frívola y egoísta, tal cual podía serlo en aquella época la sociedad francesa. En ella las comedias heroicas eran una especie de anacronismo, al paso que la comedia de costumbres, que deriva principalmente sus bellezas de la parte cómica y positiva de la vida y de los defectos y ridiculeces individuales, debía cultivarse con más éxito e inteligencia, puesto que nosotros creemos que, lejos de deber amoldar a las estrictas teorías de la comedia clásica todos los géneros dramáticos, no es esta posible en su más pura y rigurosa concepción sino en cierto estado de frivolidad y enervación de costumbres. El amor al uso de Solís pertenece ya a la comedia clásica y a una sociedad cuyas ideas se prestan bien a ellas. Considerado Solís bajo este aspecto, es un poeta digno de aprecio y estimación; él fue de escasa imaginación, pero de recto juicio, y cultivó con talento y acierto el único género en que se podía brillar en su tiempo, y que ganaba para nuestra literatura dramática el derecho de ser la más rica y fecunda de todas las conocidas.

Aquí terminamos el examen filosófico del teatro español. En la reseña que acabamos de hacer del mismo solo hemos mencionado los más distinguidos ingenios, porque así lo exigía el plan de nuestro trabajo, y porque no era posible otra cosa, atendido el portentoso número de nuestros poetas. Hemos omitido calificar los de segundo y tercer orden, como Matos Fragoso, Cubillo, Diamante, La Hoz, Belmonte, Leiva, los Figueroas, Zárate, Bances Cándamo y otros muchos, porque su belleza y defectos son del mismo género que los de los poetas de primer orden. Con Solís acabó el teatro español, у fueron inútiles para restituirle su primitivo esplendor los esfuerzos de Zamora y Cañizares, que, aunque alcanzaron los últimos años de Carlos II, florecieron en el reinado de Felipe V (1701 a 1746). Ambos tenían disposiciones dramáticas, pero tanto en el fondo como en el estilo no se ve en sus comedias sino la pálida copia y el borrado reflejo del genio de Vega, de Tirso y de Calderón. Las comedias de figurón y de magia a que dieron origen, cualquiera que sea el mérito y gracia sobre todo de las primeras, no son sino la modificación o, por mejor decir, exageración de géneros ya conocidos. Abandonado el teatro durante la guerra de sucesión y ocurrida la muerte de Zamora y Cañizares (1740 a 1750), cayó aquel en manos ignorantes e inhábiles, que lo inundaron de mamarrachos dramáticos y exageraron los defectos de los poetas antiguos, sin ninguna de sus bellezas. Esta circunstancia y la de ocupar el trono español un príncipe de la dinastía francesa produjo una reacción literaria. Mientras España presentaba a la Europa el envilecimiento y la degradación, la Francia dirigida por Luis XIV acumulaba, según la brillante espresión de Lerminier, los dones de la fortuna y del genio. No solo sus armas, sus conquistas y consumados generales la hacían respetar como la primera potencia de Europa, sino que sus establecimientos literarios, sus reformas legislativas y administrativas y la celebridad y el genio de Fenelon, Pascal, Bossuet, los Labruyeres, los Corneilles y Racines la dieron ciertos títulos para ser admirada y estudiada por las demás naciones. Fue en especial poderoso su influjo en la literatura dramática, y hasta la Inglaterra, rival antigua de la Francia y de carácter y genio opuesto, olvidó su teatro nacional y deprimió el mérito de Shakespeare para pagar su tributo de homenaje a las doctrinas clásicas y a los talentos de primer orden de su enemiga. Había la Francia desde Carlo-Maguo recibido un impulso literario de la Italia, y distinguiose siempre en la edad media como la nación mas apasionada del estudio de la antigüedad. Esto, unido a la vivacidad y penetración natural del ingenio francés, fue indudablemente causa de cierta superioridad intelectual sobre los demás países, pero despojó al propio tiempo su literatura de un carácter nacional, y sujetola a las estrictas concepciones de la poética de Aristóteles. Afortunadamente, tres hombres de genio, Corneille, Racine y Voltaire, crearon obras de relevante mérito siguiendo esta marcha, y su ejemplo y su reputación impusieron la dictadura a la Francia y a la Europa. Claro es, pues, que lo mismo debía suceder en España, a la sazón destituida de talentos, que mejoraba su legislación y administración, y formaba establecimientos literarios copiando los reglamentos e instituciones francesas. Desde entonces, pues, las doctrinas clásicas volvieron a defenderse por todos los hombres instruidos. Luzán publicó su Poética, tradujéronse muchas obras francesas, y lanzose el desdén y el ridículo sobre los malos poetas que en este tiempo abastecían nuestro teatro. Mas todo era inútil; el pueblo español dominaba todavía la escena, y gustaba mucho de las comedias antiguas y aun de las de la época, a pesar de sus estravagancias y disparates. Con el advenimiento al trono de Carlos III (1759 a 1788) vencieron, sin embargo, en España las doctrinas francesas, e, indignados con razón los literatos más esclarecidos del depravado gusto del público y de los absurdos y desvíos de los poetas de su tiempo, deprimieron con injusticia el mérito de nuestro teatro antiguo y proclamaron como verdades infalibles las estrictas teorías de la dramática francesa, a pesar de la defensa de nuestras glorias nacionales por el célebre Huerta. Contribuyó al triunfo de esta reacción literaria la protección del gobierno, que prohibió la representación de los autos sacramentales, y la especial del conde de Aranda, que mejoró notablemente la parte material de los teatros y promovió con empeño la traducción de tragedias y comedias francesas. Consecuencia de esta reacción fue el empeño de refundir nuestras antiguas comedias, materia en que se emplearon don Tomás Sebastián y Latre y don Cándido María Trigueros. Los nombres más célebres de esta escuela, omitiendo de propósito los autores contemporáneos, son los de Montiano, López Ayala, Iriarte, Luzán, Jovellanos, Cienfuegos y los Moratines. Nosotros nada diremos sobre este periodo, que se ha arrogado el título pomposo de renovación literaria. Han brillado en esta carrera literatos distinguidos, que honran hoy el parnaso español, y fuera de nuestra parte audacia y señalada inmodestia entrar a calificar el mérito de sus obras. Solo manifestaremos lo que no se ha podido negar por Moratín y por el señor Martínez de la Rosa: la infecundidad de esta escuela. La mayor parte de las traducciones y obras originales de esta época no logró siquiera la representación, ni es probable que la logre jamás; y entre las numerosas comedias y tragedias compuestas a la sazón muy pocas se han salvado del olvido, y merecen con justa razón la reputación de que gozan El delincuente honrado de Jovellanos, y El viejo y la niña y El sí de las niñas de Moratín el hijo. Mas, al creer nosotros infecunda y desacertada esta escuela, estamos lejos de atribuirle el funesto influjo que otros la suponen; ella no acabó con nuestro teatro antiguo, porque este no tenía ningún poeta de mediano mérito; y, si con algo concluyó, fue con los disparates y momarrachos dramáticos que entonces se componían, cosa en la cual habría mucho que agradecerla. Por lo demás, ni las doctrinas francesas crearon en el siglo pasado obras capaces de acreditarlas, ni hoy la juventud española parece está dispuesta a seguir ciega, por más tiempo, y rutinaria gente la inspiración estranjera. Nótase ya, por el contrario, en algunas producciones modernas cierto sabor nacional, y, si no nos preocupa el amor al país, entrevemos para nuestra literatura dramática una época brillante por su fecundidad y originalidad, abierta ya hoy por jóvenes de esclarecido numen y de recto juicio. No nos es tampoco posible hablar de las reputaciones actuales y examinar un periodo que no presenta todavía una fisonomía bien mareada; y solo nos resta concluir nuestro trabajo con un juicio rápido general sobre el teatro español

El cristianismo y las costumbres de los pueblos del Norte cambiaron la vida íntima de la Europa y separaron irrevocablemente la sociabilidad moderna de la antigüedad pagana, Durante el caos y la anarquía de la edad media la religión, el honor y el amor fueron el único vínculo moral que agrupó los individuos y las naciones, produjeron las más brillantes y esclarecidas empresas, y el tinte maravilloso y poético que ofrecen aquellos tiempos. Todas las pasiones y sentimientos morales cuando son fuertes y vehementes crean la verdadera poesía, y, como esta refleja siempre lo que hubo más arraigado y profundo en la existencia de un pueblo, de aquí el que la literatura de Europa recibiese su tipo y su inspiración de la religión, del amor y del honor. La ocupación de la península por los árabes y la lucha de ocho siglos con los mismos dieron a tan magnánimos sentimientos el desarrollo más lato y esplendoroso, y al carácter español una energía y sublimidad de que no presenta el símil ningún otro país. Cuando, pues, en 1492 reconquistamos completamente nuestra nacionalidad, y los eminentes talentos de los Reyes Católicos aseguraron el orden y la buena administración y abrieron a España una carrera de gloria y de esplendor, llegó naturalmente el tiempo de formarse una literatura original en armonía con los sentimientos, las creencias y los poéticos recuerdos de su historia. Hallaron estos especialmente su espresión y aplauso en el teatro, que, emancipado de la marcha y de los preceptos de la antigüedad griega y romana, emprendió una carrera de innovación y pintó con brillo oriental todo lo que había más noble y heroico en las costumbres y en las tradiciones nacionales. Un carácter de grandeza y de sublimidad distinguió el fondo de nuestra literatura dramática, y, si a un país es altamente glorioso el que la poesía y las artes reflejen viva y fielmente su carácter, cábele de lleno a España tan esclarecido honor. Mas, para su mayor orgullo, no solo su teatro ostenta en la parte filosófica bellezas de subido precio, sino que hace alarde en la artística de una fecundidad y variedad con que no puede competir a gran distancia el genio reunido de la Europa. Nuestros poetas conocieron tan bien la parte delicada y sublime de la vida como la material y positiva, y no existe género alguno dramático de que no hayan dejado ejemplo. Puede rivalizar sin disputa el teatro español en nobleza y elevación con el de Sófocles y Eurípides, acercase en Sancho Ortiz de las Roelas, en García del Castañar y en Progne y Filomena a la profundidad de Shakespeare, anticipose al francés en la comedia de costumbres, y ha quedado sin rival en el movimiento, en la trama y en el enredo. Su riqueza y fecundidad es proverbial en Europa; ha sido admirado y estudiado por la Francia, por la Inglaterra y por la Alemania, y su copioso repertorio fue en lo antiguo y aun hoy mismo continua siendo para los estranjeros el rico e inagotable minero de que se toman argumentos y situaciones. Bien merece, pues, de los españoles la estimación y el aprecio más elevado. Por lo que hace a nosotros, somos sus admiradores y apasionados, y consideramos el museo y el teatro español como las dos grandes glorias que han quedado a nuestra patria tras el naufragio de tantas glorias y lauros que en días más felices tuvimos.



Fermín Gonzalo Morón

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