Prensa y canon · Textos historiográficos
“Ensayo histórico-filosófico sobre el teatro antiguo español (continuación)”
- Autor del texto editado
- Morón, Fermín Gonzalo
- Título de la obra
- Revista de España y del estranjero, t. VII, año 2, artículo 46
- Autor de la obra
- Morón, Fermín Gonzalo (dir.)
- Edición
- Imprenta del Archivo Militar,
1843
- Paginación
- pp. 344-392
Fuentes
Información técnica
Encoding: Noelia Santiago López
ENSAYO HISTORICO-FILOSÓFICO SOBRE EL ANTIGUO TEATRO ESPAÑOL
(continuación)
Bien pienso que bastará,
señor, para abono de esto
el ser rico, y no haber quien
me murmure; ser modesto,
y no haber quien me baldone, [5]
y mayormente viviendo
en un lugar corto, donde
otra falta no tenemos
mas que decir unos de otros
las faltas y los defectos. [10]
Y pluguiera a Dios, señor
que se quedara en saberlos.
Si es muy hermosa mi hija
díganlo vuestros estremos,
aunque pudiera al decirlo [15]
con mayores sentimientos
llorar. Señor ya esto fue
mi desdicha. No apuremos
toda la ponzoña al vaso:
quédese algo al sufrimiento; [20]
no hemos de dejar, señor,
salirse con todo al tiempo,
algo hemos de hacer nosotros
para encubrir sus defectos.
Este ya veis si es bien grande, [25]
pues, aunque encubrirle quiero,
no puedo, que sabe Dios
que, a poder estar secreto
y sepultado en mí mismo,
no viniera a lo que vengo, [30]
que todo esto remitiera,
por no hablar, al sufrimiento.
Deseando, pues, remediar
agravio tan manifiesto,
buscar remedio a mi afrenta [35]
es venganza, no es remedio.
Y, vagando de uno en otro,
uno solamente advierto
que a mí me está bien, y a vos
no mal, y es que desde luego [40]
os toméis toda mi hacienda
sin que para mi sustento
ni el de mi hijo, a quien yo
traeré a echar a los pies vuestros
reserve un maravedí, [45]
sino quedarnos pidiendo
limosna, cuando no haya
otro camino, otro medio
con que poder sustentarnos.
Y, si queréis desde luego [50]
poner una S y un clavo
hoy a los dos y vendernos,
será aquesta cantidad
más del dote que os ofrezco.
Restaurad una opinión [55]
que habéis quitado. No creo
que desluzcáis vuestro honor,
porque los merecimiento
que vuestros hijos, señor,
perdieren por ser mis nietos [60]
ganarán con más ventaja,
señor, por ser hijos vuestros.
En Castilla el refrán dice
que el caballo (y es lo cierto)
lleva la silla. Mirad [65]
que a vuestros pies os lo ruego,
de rodillas y llorando
sobre estas canas que el pecho,
viendo nieve y agua, piensa
que se me están derritiendo. [70]
¿Qué os pido? Un honor os pido
que me quitasteis vos mesmo,
y, con ser mío, parece,
según os lo estoy pidiendo,
con humildad, que no es mío [75]
lo que os pido, sino vuestro.
Mirad que puedo tomarle
por mis manos y no quiero,
sino que vos me lo deis.
El capitán que forzó a la hija del honrado labrador resiste con arrogancia su pretensión, y este por último le manda ahorcar, interviniendo Felipe II para aprobar en el fondo esta sentencia. El trozo que acabamos de insertar es un cuadro brillante y acabado por la sublimidad de los sentimientos, lo dramático de la situación y la verdad y propiedad del carácter, y es sin disputa esta comedia una de las más acabadas de Calderón.
El tercer resorte dramático de Calderón fue el sentimiento religioso, tan vivo en el pueblo español, y que escitó y halagó en sus comedias La vida es sueño, La devoción de la cruz, El Josef de las mujeres, Los dos amantes del cielo, El cisma de Inglaterra y sus numerosos autos sacramentales, que versaron sobre objetos morales y sagrados, cuyos personajes son alegóricos, y su objeto, la veneración de algún misterio o la demostración de alguna verdad religiosa o moral. Al hablar de los siglos medios observamos el nacimiento de la poesía y del drama vulgar en los templos, romerías, procesiones y festividades religiosas. Notamos también que no solo la religión era el principio civilizador de la sociedad, sí que se encargó de procurar al pueblo el solaz y la distracción. Y, como siempre toda literatura nacional refleja los sentimientos que se arraigaron profundamente en la vida y las costumbres de un país, de aquí el que en España, donde el principio religioso era tan fuerte y poderoso, como ya hemos demostrado, fue muy frecuente hasta el siglo XVIII la representación de comedias de santos y autos sacramentales en las iglesias y en las grandes festividades religiosas. Escribieron en este género casi todos los poetas españoles, pero su gloria fue obscurecida completamente por los autos sacramentales de Calderón. No creemos necesario para el objeto que nos hemos propuesto insertar trozos de los mismos, y nos bastará observar que en ellos campea la rica imaginación de Calderón, la exaltación religiosa y un misticismo elevado, mezclado de ese tinte ideal y filosófico tan propio de su genio y que ha valido a nuestro poeta la admiración y entusiasmo de los literatos alemanes.
Las antecedentes reflexiones y estractos que hemos ofrecido de las más notables comedias de Calderón bastarán a dar a conocer su numen dramático en la parte filosófica. En la artística, si Lope de Vega descolló por la fluidez del verso y la fecundidad de su genio, no fue menos célebre Calderón por la gala y pompa oriental de su poesía, por la facilidad prodigiosa del enredo y combinación sorprendente de sucesos, por la abundancia de conceptos y palabras. Cuadros brillantes de poesía lírica pudiéramos citar en abundancia del mismo, pero nos contentaremos con insertar lo que dice Leonor en la comedia A secreto agravio secreta venganza:
¡Ay sirena! ¿Cuándo
son inútiles las quejas?
Quéjase una flor constante
si el aura sus hojas hiere
cuando el sol caduco muere [5]
en túmulos de diamante.
Quéjase un monte arrogante
de las injurias del tiempo
cuando le ofende violento,
y el eco, ninfa vocal, [10]
quejándose de su mal,
responde el último acento.
Quéjase porque amar sabe
una yedra si perdió
el duro escollo que amó, [15]
y con acento suave
se queja una simple ave
y en amorosa prisión
así aliviarse pretende,
que al fin la queja se entiende [20]
si se ignora la canción.
Quéjase el mar à la tierra,
cuando en lenguas de agua toca
los labios de opuesta roca.
Quéjase el fuego, si encierra [25]
rayos que al mundo hacen guerra.
¿Qué mucho, pues, que mi aliento
se rinda al dolor violento,
si se quejan monte, piedra,
ave, flor, eco, sol, yedra, [30]
tronco, rayo, mar y viento.
Muchos pasajes de esta especie se hallan en Calderón, en Rojas, Alarcón, Matos Fragoso y en nuestros poetas dramáticos; porque estos descollaron sobre los demás hasta en la lírica, y es lamentable que las opiniones literarias no hayan dado lugar a los brillantes trozos de estos en las colecciones del parnaso español, ni aun en la última del distinguido literato don José Quintana. Porque, y sea esto dicho de paso, nosotros observamos falta de originalidad y de profundidad en nuestros más célebres poetas líricos, y la escesiva influencia de la literatura latina y de Petrarca y del Tasso en sus composiciones, mientras que, con venia de los críticos, nos parece que Calderón, Rojas, y Alarcón son superiores a los Garcilasos y Herreras aun en este género de poesía.
Con respecto a la facilidad de la intriga y del enredo, admira esta siempre en las comedias de Calderón, hasta perderse el lector o el espectador en un intrincado laberinto, de donde le saca siempre con sorpresa el genio del poeta. Esta cualidad no puede demostrarse, sino siguiendo paso a paso el movimiento de una pieza, y por ello recomendamos la lectura de sus comedias para conocer la rica imaginación de Calderón y este carácter distintivo del teatro español en su parte artística o de desempeño material. Se observan también prodigadas en las piezas de tan esclarecido ingenio las sentencias, palabras vacías de sentido, las definiciones de las cosas y hasta los silogismos, en que pagó su tributo a la corrupción del buen gusto en la poesía y a la educación pedantesca y escolástica común a la sazón en Europa, y sobre todo en España. Para que Calderón fuese el fiel reflejo en el teatro de todo lo que babia sido popular en nuestro país, ensayó igualmente en sus comedias el género o romance caballeresco, siendo notable en el mismo El jardín de Falernia [sic, por Falerina] y Hado y divisa de Leonida [sic, por Leónido] y Marfisa. Préstase difícilmente al teatro este género, y nada por lo mismo de recomendable ofrece en la parte filosófica; admíranse solo en la artística la multitud de aventuras y las mutaciones de lugares y paisajes, tan frecuentes en las mismas como en los autos sacramentales, y que debían halagar estraordinariamente la imaginación de un pueblo tan amante como el español de todo lo maravilloso.
Reasumiendo ahora nuestro juicio sobre Calderón, no podemos menos de manifestar que, si su genio hubiese de sujetarse a las estrictas reglas de los preceptistas, la reputación y mérito del mismo serían tan inferiores como los que estos le han señalado. Si se le considerase como pintor de pasiones y caracteres en general, haciendo abstracción de la sociedad en que él vivía, su numen dramático aparecería mediano a pesar de los exagerados elogios del señor Ochoa; Calderón era un poeta español, hablaba a españoles, y sus comedías se representaban ante el pueblo español. Así debe juzgársele, en nuestro concepto; y de este modo Calderón es un poeta nacional de primer orden, porque supo reflejar cual nadie los sentimientos y las creencias de nuestro país. Afortunadamente, eran nobles y sublimes, y el poeta es noble y sublime, adornada su musa con los brillantes colores de una naturaleza y un cielo hermosos, de una corte magnífica y de habitantes entusiastas de todo lo que es bello e ideal. Por más que el señor Ochoa haga frecuentes comparaciones del mismo con Shakespeare como pintor de pasiones y caracteres, la posición de Calderón es desventajosa, y bien se puede asegurar que, haciéndose abstracción de la sociedad española, apenas tiene en sus comedias la descripción perfecta de una pasión o carácter en toda su profundidad. La verdad dramática en su fondo la desconoció en general, como Lope de Vega, porque el carácter español noble y sublime por honor no ofrece esa parte terrible y profunda de los héroes de Shakespeare. A pesar de la semejanza que presenta en su marcha la civilización europea, hay una diferencia notable entre la literatura del Norte y del Mediodía. Se ve en la primera insculpido fuertemente el genio de la edad media en su rústica grandeza, con sus profundas y terribles pasiones y con un tinte severo y melancólico, Ella refleja fielmente la vida moral de los hombres del Norte, esforzados en sus acciones y profundamente terribles y tristes en sus sentimientos. La literatura del Mediodía presenta, por el contrario, la belleza y alegría de un cielo y de una naturaleza hermosa y la existencia brillante, muelle y algo voluptuosa de sus habitantes. Podría decirse bien que la literatura del Norte deriva sus bellezas de todo lo que es íntimo, profundo y doloroso en el corazón humano, mientras la del Mediodía considera la vida como un magnífico festín, y busca entretener la imaginación y cautivar los sentidos con la pintura de todo lo que es maravilloso, dulce y sorprendente. Esto nos ha decidido siempre en favor de la literatura del Norte. La poesía en su esencia y en su mayor elevación es para nosotros la pálida copia o el borrado reflejo de todo lo que hay más fuerte, íntimo y profundo en la vida moral de la especie humana. Como para resaltar más la sabiduría y el orden, ha repartido Dios el bien y el mal sobre la tierra, y ha impreso en el alma del hombre el sentimiento del placer y del dolor, de la alegría y del infortunio. Mas, del mismo modo que parece en la naturaleza física prevalecer la cantidad del mal sobre la del bien, así en la moral la parte íntima y dolorosa afecta más profundamente el corazón humano que la dulce y agradable. Por eso se ha visto siempre que el dolor y el infortunio produjeron las bellezas más sublimes, y que un sentimiento profundo y melancólico inspiró las composiciones de los más eminentes poetas del mundo. Léanse los más brillantes cuadros de Homero, de Sófocles y Euripides, del Dante y del Tasso, de Milton, de Lope de Vega, de Schiller y de Byron, y se observará siempre el sello del dolor y de la amargura. Esta es la razón por la que preferimos la literatura del Norte a la del mediodía, por la que reconocemos la superioridad de Shakespeare sobre Calderón en la pintura de pasiones y caracteres. Pero, al espresarnos de esta suerte, no se crea que la historia de España no presentaba a la imaginación de los poetas los hombres de hierro del Norte con sus misteriosas y profundas pasiones. Al través del tinte oriental de nuestras costumbres, la lucha de ocho siglos con los árabes, emprendida por todos los sentimientos más fuertes en el corazón humano había dado al carácter español el más altivo y grandioso temple, y nuestros caballeros de los siglos XIII, XIV y XV podían competir y escedían indudablemente en calidades magnánimas a los del Norte; mas nuestros poetas del siglo XVII no supieron pintarlos con la profundidad necesaria, porque aquella grandeza colosal había desaparecido, y la fiel y enérgica descripción de los mismos requería una fuerza y poder de imaginación de que carecían, y un trabajo artístico y de meditación, que se descuidó siempre por nuestros más esclarecidos ingenios. Es tan cierta esta observación, que en El médico de su honra de Calderón, en Las mocedades del Cid, de Guillén de Castro, y en otras comedias célebres los sucesos son por si dramáticos, los caracteres profundos y grandes, y, sin embargo, sentimos un vacío al comparar el desempeño y la acción del drama con lo que los hechos requieren; y esto solo se esplica porque el poeta no ha sabido apoderarse de su situación, pintarla en su grandeza, porque las pasiones y los caracteres que describe son superiores a su genio. Aplicase, sobre todo, esta observación a Calderón, que manejó toda clase de argumentos. En casi todas las situaciones dramáticas hay falsedad de sentimientos y mucha abundancia de palabras. Contando don Juan un lance sobre su amada en la comedia A secreto agravio secreta venganza, al manifestar haberle dicho un caballero mentís, se espresa así:
Aquí no puedo
proseguir, porque la voz
muda, la lengua turbada,
frío el cuerpo, el corazón
palpitante, los sentidos [5]
muertos y vivo el dolor,
quedan repitiendo aquella
afrenta. ¡Oh tirano error
de los hombres! ¡Oh vil ley
del mundo! ¡Que una razón [10]
o que una sinrazón pueda
manchar el altivo honor
tantos años adquirido!
¡Y que la antigua opinión
de honrado quede postrada [15]
a lo fácil de una voz!
¡Que el honor, siendo un diamante
pueda un frágil soplo, ay Dios,
abrasarle y consumirle!
¡Y que, siendo su esplendor [20]
más que el sol puro, un aliento
sirva de nube a este sol!
En la comedia El alcalde de Zalamea, cuando Isabel refiere a su padre el robo y la violación hecha por el capitán, al llegar a este último punto dice.
¡Qué ruegos, que sentimientos
ya de humilde, ya de altiva
no le dije! Pero en vano,
Pues (calle aquí la voz mía)
soberbio (enmudezca el llanto) [5]
atrevido (el pecho gima)
descortés (lloren los ojos)
fiero (ensordezca la envidia)
tirano (falte el aliento)
osado (luto me vista). [10]
Y, si lo que la voz yerra
tal vez con la acción se esplica,
de vergüenza cubro el rostro,
de empacho lloro ofendida,
de rabia tuerzo las manos, [15]
el pecho rompo de ira.
Entiende tú las acciones
pues no hay voces que lo digan.
Aquí no hay sentimiento, solo hay palabras; y es notable, que el poeta que tan mal supo pintar esta situación tan dramática de Isabel presentase tan interesante y bien delineado el carácter de su padre; porque para lo primero necesitaba mayor genio y meditación, y para lo segundo no, porque estaba en armonía con su corazón y con las costumbres de los españoles. En La niña de Gómez Arias, cuando Dorotea se ve en poder del moro salteador Cañeri, dice.
¡Espera, señor, aguarda!
No huyas. Mas ¡ay de mí,
cielos! ¿Qué oposiciones contrarias
son estas?. Entre los brazos
de un esposo, (¡pena estraña!) [5]
dormí (¡infelice desdicha!)
y cuando (¡aliento me falta!)
despierto (¡tirana suerte!)
me hallo (¡el corazon se me arranca!)
en brazos (¡de hielo soy!) [10]
de un negro monstruo (¡qué ansia!)
Dime, ¿qué has hecho del día,
atezada nube parda?
Sombra ¿qué has hecho del sol?
Noche ¿qué has hecho del alba? [15]
¿Esposo, señor, mi dueño,
dónde estas?
No solo existen estos pasajes en las comedias de Calderón, sí que siempre que se trata de algún suceso terrible, jamás olvida poner en boca del interlocutor «Aquí la lengua enmudece, / aquí el aliento me falta &c.». Esto prueba, como antes hemos dicho, falsedad de sentimientos y, en cambio, abundancia de palabras; y, cualquiera que sea la lengua y la forma de espresion de un país, nos parece que siempre revelan falta de verdadero genio y energía moral; y esto nos impide comparar Calderón a Shakespeare en la pintura de los caracteres y pasiones. En una sola cosa aseméjanse ambos: en que aplicaron al teatro todos los géneros más varios de poesía, y reflejaron todo lo que había más grave, profundo e íntimo en la vida moral de su respectivo país. Ostenta el poeta del Mediodía mayor fecundidad de imaginación que el del Norte; pero la de este es más profunda. Distingue al primero la pompa y riqueza más lujosa en la descripción de situaciones y pasiones, mientras el segundo revela en una frase, en dos palabras, todo lo que hay más íntimo y misterioso en el corazón humano. Los dos son, sin duda, el ornamento y los más bellos genios de su nación, y la memoria del poeta madrileño será respetable y sagrada para los españoles mientras aprecien y recuerden con emoción y con entusiasmo las brillantes páginas de su historia y todo lo que hubo noble, generoso y magnánimo en el carácter español.
Al hacer una imperfecta clasificación de los poetas dramáticos, distinguimos dos escuelas. Al frente de la primera pusimos los esclarecidos ingenios de Lope de Vega y Calderón, y dijimos podían destinarse a la segunda los nombres de Tirso de Molina, de Moreto, Rojas, Alarcón y Solís. Rápidamente, pero tal cual convenía a nuestro propósito, hemos recorrido el teatro de Lope de Vega y Calderón; y pertenécenos ahora ocuparnos de los poetas de la segunda escuela.
Descuella en ella, como una especialidad, fray Gabriel Téllez, conocido con el nombre del maestro Tirso de Molina. Si la grandeza y elevación de sentimientos y el romanticismo en las ideas distingue al teatro de Calderón y Lope de Vega, las piezas de fray Gabriel Téllez y singularmente la del Burlador de Sevilla, o Convidado de piedra, Marta la piadosa y Don Gil de las calzas verdes son el reverso de la medalla; parece que este fraile de humor festivo y desembozado pretendió ofrecer en sus piezas la parte cómica y positiva de la vida, y el indiferentismo o la sátira de todo lo que había noble y exagerado en los sentimientos y costumbres españolas, ridiculizando en su punzante ironía médicos, teólogos y la hipocresía religiosa en la citada comedia de Marta la piadosa. Tirso de Molina abrió un nuevo rumbo, y sus comedias presentan una fisonomía diversa. Juan de la Cueva, Aguilar, Lope de Vega y Calderón habían pintado el amor, el honor y todos los sentimientos caballerescos con heroísmo y sublimidad. Sus damas y caballeros son un modelo de pundonor, de discreción y de galantería. Fray Gabriel Téllez, de genio esencialmente cómico, emprendió una marcha opuesta: él sólo quiso pintar la parte material y festiva de la vida y burlarse de todos los sentimientos hidalgos y caballerescos. Sus damas y galanes son lo contrario de los de Lope de Vega y Calderón. En El vergonzoso en palacio, en Escarmiento para cuerdos, en La huerta de Juan Fernández, en La romera de Santiago, en La mujer por fuerza, en Amar por señas y en Las hazañas de los Pizarros y en casi todas sus comedias presenta siempre damas libres y deshonradas, que en fuerza de su liviana condición no temen ponerse en las situaciones menos delicadas para revelar su amor y lograr la correspondencia. Los galanes de Tirso son caballeros olvidadizos e inconstantes, que comprometen y deshonran una dama entrando con la mayor indiferencia en nuevos amores y llegando hasta a la violación brutal, como sucede en La romera de Santiago. Fray Gabriel Téllez ofreció, pues, la pintura de la parte menos moral y más peligrosa que había en las costumbres caballerescas y de la corte de Felipe IV. Por grandioso y elevado que sea el carácter nacional de un pueblo, las calidades magnánimas son siempre esclusivas de un corto número, al paso que el interés, el egoísmo y las pasiones bastardas dirigen las acciones de la mayoría. Ya hemos manifestado, además, la enervación de los antiguos sentimientos y el envilecimiento gradual del país en la época de Felipe IV. Había, por lo mismo, en el fondo de la naturaleza humana y en las costumbres de este tiempo bastante materia para la festiva y satírica vena del maestro Tirso, y, considerado así su teatro, es verdadero y refleja lo que había menos delicado en los hábitos, sentimientos e ideas de la sociedad española. Realzan el mérito artístico de las comedias de aquel la gracia y humor festivo de sus sales, la pintura exacta de caracteres, descollando por su originalidad y perfección el del Convidado de piedra, la regularidad y el artificio de la fábula. En la facilidad del enredo fue el poeta que más se acercó a Calderón, siendo notables en este género sus comedias La mujer por fuerza, No hay peor sordo que el que no quiere oír y Amar por señas.
La crítica de las mujeres y la poca fe en su pundonor están bien claras en la comedia Celos con Celos se curan, cuando dice César:
Quien, cual yo, se persuada
que es la mujer un sujeto
tan leve y sin fundamento,
que en su varia confusión
reinan ciega la razón [5]
efímeros pensamientos.
Jardín de diversas flores
que con inconstancia vana
nacen hoy, mueren mañana;
de esta suerte sus favores [10]
logra cualquier voluntad,
que en mujer los vinculó,
y por eso se llamó
hermosa la variedad.
La indiferencia y aun mofa del valor en los caballeros aparece bien cuando Pastrana, en la comedia Marta la piadosa, se espresa así:
Sí
Por más que de eso te asombres,
reñir con dos ó tres
hombres, muchas veces es
honra y no temeridad; [5]
porque con facilidad,
por valiente ó por cortés,
se libra, y más cuando alcanza
la esperiencia de las tretas,
con que nos dejó Carranza [10]
líneas oblicuas y rectas.
Dando ciencia a la venganza,
puede un hombre, si acosado,
riñendo, de otro se ve,
decir: «Yo he esperimentado [15]
que vive en vuesa mercé
todo el valor abreviado.
Por servirle y aplacalle
ni rondaré aquesta calle
ni hablaré a doña Mencía. [20]
Y, si de la amistad mia
gusta, vendré a acompañalle
desde hoy: y, si es caballero,
oblígale el buen hablar;
si es capeador, el dinero:[25]
si es valentón, el quedar
por más valiente y más fiero».
El desprecio del idealismo y de la delicadeza en los sentimientos está marcado en la misma comedia, cuando dice Marta:
Yo, señores, me casara,
porque me estaba muy bien,
con el señor capitán
por su mucha hacienda y ser,
que las mujeres discretas [5]
no habemos de pretender
sino dinero, que amores
no valen nada sin él.
Tirso de Molina abrazó, pues, como hemos dicho un rumbo contrario al de Calderón y Lope de Vega, tanto en la parte filosófica, como en la artística de sus comedias. Mas, aunque se vea en casi todas ellas un humor festivo y desembozado, están muy distantes de la inmoralidad de los dramas modernos. En estos parece que sus autores quieren hacer alarde y como la apología del vicio y de las pasiones bastardas o criminales, mientras que en las piezas de Tirso únicamente se ve la gracia y desenvoltura critica del poeta. No solo en ellas no hay inmoralidad, sí que en Escarmiento para recuerdos se propuso castigar la conducta liviana y licenciosa de los jóvenes, y en Sixto V premiar la virtud, la ciencia y el honrar a los padres. Mas, no obstante que Tirso de Molina separose de la marcha ideal y noble de Calderón y de casi todos nuestros poetas dramáticos, siendo por lo mismo una verdadera especialidad en el teatro español, cultivó también el género heroico; y esto es la prueba más notable del carácter elevado y sublime que prevalece en la dramática española. Descuella en el mismo su comedia Amor y amistad. En ella presenta a don Guillén, quien por generosidad a sus amigos se había desprendido de todos sus bienes, prendado de doña Estrella y celoso de su íntimo amigo don Graо, al cual ha visto besar la mano a su dama. Había ejecutado don Grao esta acción por respeto, cuando, al declarar a Estrella su amor, le reveló que era la amante de don Guillén, su amigo, a quien no quiere ofender en lo más mínimo. Mas el último solo había visto la lección, sin saber los precedentes, y concibe por ello celos de su leal y pundonoroso amigo. Dudoso de su fidelidad y de la de Estrella, quiere esperimentar a ambos, para lo cual hace que su amigo el conde de Barcelona le persiga, prenda y confisque su estado y publique que va a sentenciarle a muerte. Todos abandonan en esta situación a don Guillén; mas Estrella y don Grao, a pesar de hallarse ofendidos por el injusto desdén y celos que ha dejado entrever don Guillén, se presentan al conde, ofrecen venderlo todo por pagar sus deudas, y don Grao lleva la generosidad hasta querer morir en su lugar. El amor y la amistad no pueden ir más lejos en esta comedia, y es notable para pintar la delicadeza de sentimientos lo que dice don Grao a Estrella cuando, habiéndole revelado su amor, le manifiesta que ama a su amigo íntimo don Guillén:
A firmeza tan constante
Amor alabanzas dé;
ya, Estela hermosa, os amé,
y, si he ofendido ignorante
la amistad que a don Guillén [5]
debo con envidia honrada,
una bella retirada
mis deseos nobles den,
y su ventura celebre
quien vuestra firmeza amó, [10]
pues en vos mi amigo halló
un vidrio que no se quiebre,
una caña firme al viento,
un mar sin tener mudanza,
una segura esperanza [15]
a prueba del sufrimiento;
una belleza invencible
a la riqueza y poder,
y una constante mujer,
que es el mayor imposible. [20]
Que yo, aprendiendo de vos,
de tanto valor testigo,
si no amante, seré amigo
verdadero de los dos,
sin que baste adversidad [25]
a contrastar mi valor,
emulando a vuestro amor
las leyes de mi amistad.
Con deseo más perfecto
ya, mi Estela, os quiero bien; [30]
alma soy de don Guillén,
la amistad hizo este efecto;
como alma suya intereso
la dicha que me ha cabido,
y en su nombre agradecido [35]
esta mano hermosa os beso.
Quejas de haberme callado
el quereros voy a darle.
y en ellas a ponderarle
el valor que en vos he hallado, [40]
que, aunque las llamas mitigo
de mi amor, de aquí adelante
os adorare no amante,
sino dama de mi amigo.
Es interesante por la dignidad y elevación el diálogo entre el conde de Barcelona y don Grao, cuando intercede por su amigo preso don Guillén:
Imita a Dios, si justo, tan clemente,
que el mayor atributo que ha escogido,
es el de perdonar omnipotente,
sin olvidarse, a culpas dando olvido.
Mi amigo es don Guillén y mi pariente, [5]
y a su lealtad (perdona si atrevido
me arrojo a hablar verdades) el estado
y la vida le debes, que te ha dado.
Cúlpasle por mayor, y el vulgo ignora
de su prisión la causa en tu mudanza, [10]
y hasta la envidia sus desdichas llora;
porque jamás se opuso a su privanza,
Cataluña le estima, España adora,
viéndose esta vez sola la venganza
sin quien gratule tan ingrata empresa, [15]
pues al más ambicioso más le pesa.
Si te ofendió (que, puesto que lo dudo,
no sin causa con él te has indignado)
es hombre al fin; errar como hombre pudo,
defecto en el primero vinculado [20]
de la primera gracia Adán desnudo;
Don Guillén, de la tuya despojado,
y hombres los dos, si a Dios imitas sabio,
iguala tu clemencia con tu agravio.
Doscientos mil ducados que te debe [25]
quiero pagar por él; mi estado embarga;
si no es bastante, préndeme, y apruebe
tu alteza mi amistad ilustre y larga;
si la venganza que a rigor te mueve
le imputa culpas y delitos carga, [30]
otro don Guillén soy y soy su amigo:
ejecuta en mi vida su castigo.
Manda, señor, cortarme la cabeza;
viva quien te dio vida dadivoso;
no diga el vulgo, viendo tu aspereza, [35]
que eres ingrato en vez de generoso.
Con él está segura la grandeza
de este estado que aumentes generoso,
pues quedamos (tu enojo ejecutado)
yo leal, él con vida y tú vengado. [40]
Conde.-
No le debéis, don Grao fineza tanta;
ni don Guillén, que honráis por un amigo,
cuando de vos murmura y os levanta
delitos que os imputa y yo no digo,
el valor que os sublima y que me espanta [45]
merece; ni sin causa le castigo.
Antes, me incita cuanto más os trato
el verle al vuestro y mi favor ingrato.
Amigo os puedo ser de más provecho,
que envidio su ventura y vuestra fama. [50]
Dejadle en mis agravios satisfecho,
que no es leal quien desleales ama.
Yo sé que conserváis dentro del pecho
la célebre hermosura de su dama;
reprimiendo el tormento que os desvela [55]
e intentando olvidarla, amáis a Estela.
A honrar con ella estoy determinado
por amante leal vuestra persona;
su esposo habéis de ser y mi privado.
marqués en Castellón, duque en Girona; [60]
usurpadle la dama y el estado;
y, si el conde, don Grao, de Barcelona
os es de más provecho para amigo,
dejad a don Guillén; privad conmigo.
Grao.-
Si otro que vuestra alteza me dijera [65]
semejantes razones....
Conde.-
¿Estáis loco?
Grao.-
La espada, no la lengua respondiera,
ofendida de ver tenerme en poco.
La envidia en los palacios lisonjera,
que lealtades destierra poco a poсо, [70]
os dirá por mentir con lengua sabia
que don Guillén me ofende y os agravia.
A Estrella quise cuando no sabía
que don Guillén la amaba; pero luego
aquel día mismo (¿qué digo aquel día?), [75]
aquel instante, mi amoroso fuego,
vueltas sus llamas en cenizas frías,
Argos en la amistad, si en gustos ciego,
desembarazó el pecho; y, si tardara,
el alma por sacarle me sacara. [80]
Premiad con Castellón y con Girona
lisonjeros, señor; que solo sigo
el valor generoso que me abona,
ya me deis alabanza, ya castigo;
que, puesto que reináis en Barcelona, [85]
no sé si os recibiera por amigo
(perdonadme), por no vivir en duda
de amistad que tan presto en vos se muda.
Conde.-
¿En fin, siendo parcial de quien me ofende,
conspiráis contra mí?
Grao.-
Mientras no toca [90]
don Guillén en traidor, ni dar pretenda
la ocasión que a tal pena provoca
vuestra alteza, señor, aunque le prende;
pues hablando el rigor, calla la bocа,
perder la vida por mi amigo apruebo, [95]
salva la fe que cual vasallo os debo.
Si don Grao es en esta comedia uno de los más leales y pundonorosos caballeros de la edad media, carácter igualmente sublime da Tirso a doña Estrella, en especial cuando dice al conde:
A tus pies tengo de ver,
señor, en esta ocasión
qué tan persuasivas son
lágrimas en la mujer.
Al duque hiciste prender; [5]
si fue o no a título honesto
no sé, pero diré en esto
que es en conservar tu estado
mas el oro que ha gastado
que los hierros que le has puesto. [10]
Alcánzasle en una suma
notable, y en su valor
mas fe y crédito, señor,
das que a su espada a una pluma.
Bien es que pagar presuma, [15]
que, en fin, es hacienda real,
y, aunque es poco mi caudal
para el que el tuyo interesa,
de Mirabal soy marquesa;
yo te doy á Mirabal. [20]
Viviré en un monasterio,
que, aunque en él las que se encierran
sin delitos se destierran
y escogen su cautiverio,
la pobreza, vituperio [25]
del mundo en él estimada,
por don Guillén de Moncada
la daré por bien perdida,
y la vida por su vida,
si así queda restaurada. [30]
Venga en ella tus enojos,
generoso catalán,
y feria como galán
amorosas prendas de ojos;
pues, si estimas tus despojos, [35]
darás a mi amor reparos
y a tu piedad nombres claros
contra la infame cautela.
Tirso de Molina se distingue en general de nuestros poetas no solo por el rumbo opuesto que adoptó, sino por la libertad con que habló en muchos pasajes y ridiculizó la hipocresía religiosa y otros vicios de la sociedad española. Puede servir de ejemplo de lo primero, así como de la versificación llena y enérgica del festivo fraile, la arenga de don Diego de Haro en su célebre comedia La prudencia en la mujer:
Infantes, de mi estado la aspereza
conserva limpia la primera gloria
que la dio en vez del rey naturaleza
sin que sus rayas pase la victoria.
Un nieto de Noé la dio nobleza, [5]
que su hidalguía no es de ejecutoria,
ni mezcla con su sangre, lengua o traje
mosaica infamia que la suya ultraje.
Cuatro bárbaros tengo por esclavos
a quien Roma jamás conquistar pudo, [10]
que sin armas, sin muros, sin caballos,
libres conservan su valor desnudo.
Montes de hierro habitan que, a estimallos,
valiente en obras y en palabras mudo,
os forzara a guardalles el decoro, [15]
pues por su hierro España goza su oro.
Si su aspereza tosca no cultiva
aranzadas a Baco, haces a Ceres,
es porque Venus huya, que lasciva
hipoteca en sus frutos sus placeres. [20]
La encina hercúlea, no la blanda oliva
teje coronas para sus mujeres,
que, aunque diversas en el sexo y nombres,
en guerra y paz se igualan a los hombres.
El árbol de Garnica ha conservado [25]
la antigüedad que ilustra a sus señores,
sin que tiranos le hayan deshojado,
ni haga sombra a confesos ni a traidores.
En su tronco, no en silla real sentado,
nobles, puesto que pobres, electores [30]
tan solo un señor juran, cuyas leyes
libres conservan de tiranos reyes.
Suyo lo soy agora y del rey tío,
leal en defendelle y pretendiente
de su madre, a quien dar la mano fía [35]
aunque la deslealtad su ofensa intente.
Infantes, si a la lengua iguala el brío,
intérprete es la espada del valiente:
el hierro es vizcaíno que os encargo,
corto en palabras, pero en obras largo. [40]
El teatro de Tirso de Molina se diferencia del de Lope de Vega y Calderón no solo en la parte filosófica, sino en la artística. Fray Gabriel Téllez desechó la metafísica y la prodigalidad de palabras del segundo, y se distingue por cierto fondo de sensatez y buen juicio, que le induce a burlarse del culteranismo de Góngora y de las impropiedades que se permitieron nuestros poetas, siendo notable sobre lo último lo que dice Montoya en la comedia Amar por señas:
Muchos discretos
a sus ministros han dado
cuenta de cosas más graves,
cuyo consejo remedia
imposibles. ¿Qué comedia [5]
hay (si las de España sabes)
en que el gracioso no tenga
privanza, contra las leyes,
con duques, condes y reyes,
ya venga bien, ya no venga? [10]
¿Qué secreto no le fían?
¿Qué infante no le da entrada?
¿A que princesa no agrada?
Gabriel.-
Los poetas desvarían
con esas civilidades, [15]
pues, dando a la pluma prisa,
por ocasionar la risa
no escusan impropiedades.
Pasando ahora a dar un juicio general sobre el numen dramático de Tirso de Molina, es en nuestro concepto un genio aparte, una especialidad por decirlo así del teatro español. Fue sin duda el más original de nuestros poetas cómicos, y pinta con singular gracia y con verdad la parte menos delicada y material que había en las costumbres del país. Sin sujetarse a las novedades clásicas, ostentó una perfección sin rival en los caracteres, mucha regularidad en la combinación dramática, una facilidad sorprendente en la intriga y el enredo, y claridad, fluidez y energía en su versificación. De imaginación fecundísima cultivó todos los géneros de la comedia española, y aplicó como Calderón y Shakespeare al teatro toda clase de argumentos, cabiéndole la estimable gloria de haber abierto un rumbo nuevo a la dramática, mereciendo por su originalidad ser colocado en el primer rango de nuestros poetas cómicos. Si al calificar el mérito de Calderón, y al reseñar ligeramente el tipo y carácter diverso de la literatura del Norte y del Mediodía afirmamos con disgusto que nuestros poetas no acertaron por punto general en la pintura de lo que hay profundo, misterioso y trágico en el corazón humano, don Francisco Rojas Zorrilla, contemporáneo de Calderón, se elevó en Progne y Filomena y en García del Castañar a un tono de profundidad dramática digno de Shakespeare, al paso que en El desdén vengado, en Abrir el ojo, Lo que son mujeres, Donde hay agravios no hay celos y Entre bobos anda el juego presentó lo que había de positivo, cómico y nada caballeresco en las costumbres de la sociedad española, escribiendo estas piezas con la regularidad de Moreto y de Tirso. Nuestro teatro ofrece bastante semejanza en su marcha e intriga, y por ello seriamos molestos a nuestros lectores si quisiéramos citar muchos trozos del mismo, cosa que por otra parte no ahorraría el estudio de aquel a los apasionados de nuestras glorias literarias, y seria impropio del objeto de este trabajo, dirigido al examen filosófico de las comedias españolas, a despertar el gusto y el amor a la literatura nacional, y a abrir un nuevo rumbo en el examen de las obras de imaginación. Nos contentaremos, por ello, con hablar rápidamente de García del Castañar, la comedia más popular de España, y que coloca a Rojas con justicia en el primer rango como poeta trágico. El amor conyugal de Blanca y de García, la felicidad doméstica de que gozan, y la pureza y lealtad de sus sentimientos están espresados con el vivo y dulce colorido, digno de la musa del Tasso, La alteración de esta felicidad por la entrada de don Mendo fingiéndose el rey Alfonso XI en el aposento de doña Blanca, su encuentro con García del Castañar, la turbación de este al conocer que es el mismo rey quien ha pretendido robarle su honor, y, al considerar que no puede vengarse, su lucha entre el amor y el honor, la violencia y amargo pesar de don García, reflexionando sobre la virtud e inocencia de su esposa, a quien con el puñal en la mano no se ha atrevido a matar, las quejas de esta al conde de Orgaz, que la había criado, la marcha de don García a Madrid con dirección a palacio, donde conoce la falsedad de don Mendo y le mata porque no es el rey, como había supuesto; todo está presentado con vigor, con pasión y vehemencia, siendo la comedia un continuado cuadro de los más fuertes contrastes y de las más violentas y dramáticas situaciones, pintadas por el genio del poeta con la grandeza, verdad y profundidad más admirables. Con razón desea el señor Ochoa que, en caso de haberse perdido nuestra rica colección dramática, hubieran quedado para suficiente testimonio de su escelencia El desdén con el desdén de Moreto, El tetrarca de Jerusalén por Calderón, La verdad sospechosa de Alarcón, y García del Castañar de Rojas. Yo conceptúo la última comedia infinitamente superior a las primeras, la mejor del teatro español, y con cuyo relevante mérito solo puede competir dignamente La estrella de Sevilla de Lope de Vega. Ambas son, por decirlo así, la apoteosis del honor español y las más populares de todas nuestras comedias. Muchos pasajes pudiéramos citar en prueba del tono apasionado, vehemente y trágico de la pieza de Rojas, pero nos bastará insertar el soliloquio de don García cuando se halla con el puñal en la mano después de haber intentado asesinar a doña Blanca, para librarse así de las asechanzas del rey:
¿Dónde voy, ciego homicida?
¿Dónde me llevas, honor,
sin el alma de mi amor
sin el cuerpo de mi vida?
Adiós, mitad dividida [5]
del alma, sol que eclipsó
una sombra; pero no,
que, muerta la esposa mía,
no tuviera luz el día,
ni tuviera vida yo. [10]
¡Blanca muerta! No lo creo.
El cielo vida la dé,
aunque esposo la quité
lo que amante la deseo.
Quiero verla, pero veo [15]
solo el retrete y abierta
de mi aposento la puerta,
limpio en mi mano el puñal
y, en fin, yo vivo, señal
de que mi esposa no es muerta. [20]
Blanca con vida, ¡ay de mí!
cuando yo sin honra estoy!
Como ciego amante soy,
esposo cobarde fui.
Al rey en mi casa vi [25]
buscando mi prenda,
y, aunque noble, fue forzosa
obligación de la ley
ser piadoso con el rey
y tirano con mi esposa. [30]
¿Cuántas veces fue el tirano
acero a la ejecución?
¿Y cuántas el corazón
dispensó el golpe a la mano?
Si es muerta, morir es llaneo; [35]
si vive, muerto he de ser.
Blanca, Blanca ¿qué he de hacer?
Mas ¿qué me puedes decir,
pues solo para morir
me has dejado en qué escoger? [40]
La situación es profundamente trágica, y el poeta ha tenido en este lugar una de aquellas raras y felices inspiraciones en que los sentimientos, las palabras y el verso mismo revelan todo lo que hay de misterioso, sensible y delicado en su corazón.
Rojas es el poeta que más se aproximó a Calderón en brillantes trozos de poesía lírica y en fecundidad y grandiosidad de imaginación, siendo interesante por la delicadeza de imágenes y sentimientos la relación que hace don Pedro del origen de su amor en la comedia Entre bobos anda el juego:
Era del claro julio ardiente día;
Manzanares al soto presidia
y en clase que la arena ha fabricado
lecciones de cristal dictaba al prado;
cuando al morir la luz del sol ardiente [5]
solicito bañarme en su corriente,
en un caballo sendas examino
y á la casa del campo me destino.
Luego a su falda
elijo fértil sitio de esmeralda; [10]
del caballo me apeo,
creo la amenidad, el cristal creo;
y apenas con pereza diligente
la templanza averiguo a la corriente,
cuando alegres también como veloces, [15]
alegre escucho femeniles voces. ,
Guio a la voz los ojos prevenido
y solo la logré con el oído,
pero por las orillas y tan quedo,
que pensé que pisaba con el miedo; [20]
más la voz me encamina, más me llama;
voy apartando la una y la otra rama
y en el tibio cristal de la ribera
a una deidad hallé de esta manera:
todo el cuerpo en el agua hermoso y bello, [25]
fuera el rostro y en tocas el cabello;
deshonesto el cristal que la gozaba
de vanidad al soto la enseñaba;
mаs, si de amante el soto la quería,
por gozársela él, todo la cubría. [30]
Quisieran mis deseos diligentes
verla por los cristales transparentes,
y, al dedicar mis ojos a mi pena,
estaba al movimiento de la arena
ciego o turbio el cristal, y dije luego [35]
«¿Quién con esta deidad no ha de estar ciego?»
Turbio el cristal estaba,
y cuanto más la arena le enturbiaba
mejor la vi, que, al no ver la corriente,
solo era su deidad la transparente, [40]
no el rio, que, al gozar tanta,
él es quien se bañaba en su blancura.
Cubría para ser segundo velo
túnica de cambray todo su cielo,
y solo un pie movía el cristal blando; [45]
sin duda imaginó que iba pisando.
pero cuando sin verse se mostraba
un plumaje del agua levantaba
del curso propio con que se movía.
Víale entre el cristal y no le vía, [50]
que distinguir no supo mi albedrio
ni cuándo era su pie, ni cuándo el rio.
Aunque Rojas siguió con talento y con cierta grandiosidad el género heroico y sublime de Calderón y de Lope de Vega, se observa ya en sus comedias cómo iban enervándose las antiguas creencias y sentimientos caballerescos. Así hallamos fuertemente ridiculizado la exageración del duelismo en la comedia Donde hay agravios no hay celos, por medio del criado Sancho:
¡Después de Dios, bodegón!
Luego dirán que es deshonra
comerlo allí sin sabor.
¡Bendito seáis, señor,
que no me habéis dado honra! [5]
En ser hombre desigual
por más me vengo a tener,
porque yo más quiero ser
pícaro que cardenal.
Esto tengo por mas bueno [10]
que ser señor y aun reinar;
que allá suele en el manjar
disimularse el veneno.
Pues ser pícaro dispongo,
que, como Lope advirtió, [15]
a ningún hombre se vio
darle veneno en mondongo.
Yo me entro a ser más profundo,
y yo me entro a discurrir,
porque esto me ha de pudrir, [20]
que se use honra en el mundo.
Porque uno llegue a plantar
(dejemos a un lado miedos)
en mi cara cinco dedos
¿le tengo yo de matar? [25]
Pues respóndanme por qué,
si hay barbero que me pone,
cuando afeitarme dispone,
como a un san Bartolomé,
y llega con su navaja, [30]
que sabe Dios dónde ha andado,
y, en fin, después de afeitado
me toma el rostro y me encaja
cuatro o cinco bofetones.
¿Por qué en otras ocasiones [35]
hay duelo e indignación?
¿No es mejor un bofetón
que quinientos bofetones?
¡Que aquestos duelos prosigan!
¿Que sea el mentir afrenta! [40]
¡Que no importa que yo mienta,
Importa que me lo digan!
¡Que haya en el mundo este afán!
¡Que este uso en los hombres haya!
Señor, aun los palos vaya [45]
que duelen cuando se dan.
Duelista que andas cargado
Con el puntillo de honor,
¿dime, tonto, no es peor
ser muerto que abofeteado? [50]
¡Y que a la muerte tan ciertos
vayan por que el duelo acaben!
Bien parece que no saben
los vivos lo que es ser muertos.
En el lenguaje de Rojas hay muchas veces exageración y prodigalidad de conceptos, pero no dejó de ridiculizar este defecto en sus comedias, y así dice Serafina en Lo que son mujeres:
Al caso, por vida mía,
que tengo ya los oídos
cansados de estar oyendo
de jazmín mil desvaríos,
mil vergüenzas de coral, [5]
de nácar dos mil delirios,
y de aljófares y perlas
mil sartas de desatinos.
La reputación de Rojas, como la de Alarcón, es muy inferior a su mérito real. Rojas unió la imaginación y sublimidad de Calderón con mayor profundidad dramática, y ostentó en la parte artística de algunas comedias la regularidad, propiedad y exactitud de Tirso y de Moreto. Creemos, por lo mismo, que es el más digno rival de Calderón en nuestro teatro, poseyendo, además, cualidades sobresalientes que a este faltaron.
Don Juan Ruiz Alarcón, relator del Consejo de Indias (muerto en 1639), pertenece a la escuela de Tirso y de Rojas; y el teatro español tiene ya con él la verdadera comedia de costumbres con un fin moral marcado. Hay invención, enredo, regularidad, belleza en la versificación y cierta grandeza en las comedias de Alarcón; y su reputación es muy inferior a su mérito, que debe colocarle en el rango de nuestros primeros poetas dramáticos. El llevó a la perfección la comedia de costumbres, en la cual, aunque de origen griego y cultivada por Plauto y Terencio, reclaman injustamente los franceses la originalidad y primacía desde Molière. Y decimos que la reclaman injustamente, porque el teatro español, el más rico y fecundo de todos los conocidos, ofrecía mucho antes de la época del poeta francés modelos en este género, que sin preocupación nacional pueden competir y rivalizar dignamente, no con el teatro cómico del mismo, en el cual hay muchas piezas de escaso valor, sino con sus más acabadas comedias. El celoso, de don Alfonso Uz de Velasco, La verdad sospechosa y Las paredes oyen , de Alarcón, y El lindo don Diego, de Moreto, son sin disputa composiciones que no ceden en bellezas a La escuela de las mujeres, el Tartufo, El Misántropo y Las mujeres sabias, del famoso cómico francés; y nosotros, que estamos lejos de mirar con desdén la reputación y mérito de las comedias de Moratín el hijo, no podemos menos de lamentar que buscase la inspiración estranjera, y tuviese hacia Molière la más exagerada deferencia, mientras hubiera podido hallar modelos del género que cultivaba en el antiguo teatro español, que consideraba injustamente como algo bárbaro e indigno de alta estimación. Pero, volviendo a Alarcón, que debe ocupar el primer lugar entre nuestros poetas cómicos, propúsose de un modo marcado en La verdad sospechosa, afear y castigar el vicio habitual de la mentira en un joven de buenas prendas, y el de la maledicencia en Las paredes oyen. Para demostrar el relevante mérito de estas comedias sería necesario seguir paso a paso su intriga; y este trabajo ni es propio del género de crítica que ejercemos, ni le creemos preferible a la lectura íntegra de aquellas, que consideramos necesaria, siempre que se trata de conocer el mérito del desempeño y de la parte artística. Para nuestro propósito basta observar que Alarcón tuvo por objeto especial reprender vicios comunes en la sociedad con el fin moral de su corrección: y que sus dos piezas reúnen todas las bellezas de las de Molière y las que son propias de nuestros poetas. Decimos esto porque la emancipación de las unidades dio mas campo en las comedias españolas a pintar mejor la vida real, al movimiento dramático y a la intriga. Por esta razón, con venia de los críticos franceses, no titubeamos en afirmar que hay más naturalidad, más verdad en las comedias españolas de este género que en las de Molière. Sin negar a este sus merecidos títulos para el rango de primer poeta cómico que ocupa en Francia, hemos siempre observado con disgusto hasta en sus más acabadas piezas faltas de movimiento, mucho estudio y artificio, poco natural en la intriga, discursos muy largos, y bastante exagerados y recargados los caracteres que se trata de ridiculizar. Esto se halla esencialmente ligado al espíritu de la sociedad francesa y a sus doctrinas literarias. Agrada a los autores de esta nación disertar largamente en el teatro y estenderse en moralizar y filosofar; y la moral y la filosofía son rara vez poesía, y no pueden serlo jamás en arengas ni en discursos, sino en acción; pero esta es siempre lánguida y pobre en cómicos y trágicos franceses, al paso que las sentencias y las arengas abundan en todas las escenas. La estricta observancia de las unidades, por otra parte, corta el vuelo de la fantasía del poeta, le estrecha en un círculo mezquino, alrededor del cual pone en tormento su imaginación, y le fuerza a una marcha artificial y aun inverosímil, que debilita el interés e impide el curso natural, rápido y estenso de la intriga, Tales son los defectos del teatro francés que no se hallan en el español, y no se estrañará, por lo mismo, el juicio ventajoso que hemos formado sobre las comedias de costumbres del célebre Alarcón, cuya lectura recomendamos. Aunque el mérito principal de este sea considerado como poeta cómico, no por eso dejó de cultivar con talento el género heroico y sublime de Calderón y Rojas, y su comedia Ganar amigos es una de las más interesantes que posee el teatro español. Hay en el carácter del marqués don Fadrique cuanto puede imaginarse más noble, honrado y caballeresco. El autor se propone colocarle en las situaciones más fuertes y difíciles, para hacer alarde de su grandeza de alma y de la generosidad de sus sentimientos. Al salir don Fernando del cuarto de su dama, a quien obsequiaba también don Fadrique, el hermano de este, que rondaba la calle, quiere saber quién es, y don Fernando, habiendo ofrecido a su dama secreto, mata a este para que no se revele. La justicia persigue a don Fernando, y este pide auxilio a don Fadrique, quien sin conocerle le promete libertarle del poder de aquella, y cumple escrupulosamente su palabra, a pesar de saber entonces que es su rival y el asesino de su hermano. Don Fernando, al ver tanta generosidad, le dice:
La tierra que estáis pisando
será el altar de mi boca.
Don Fadriquе.-
Caballero, levantaos.
No me deis gracias por esto,
supuesto que no lo hago [5]
yo por vos, sino por mí,
que la palabra os he dado;
cuando os la di os obligué;
cumplirla no es obligaros,
que es pagar mi obligación, [10]
y nadie obliga pagando.
De esto procedió el deciros
«No os disculpeis», por mostraros
que, sin que excuséis la ofensa
ni disculpéis el agravio, [15]
basta para que yo cumpla
mi palabra haberla dado.
Don Fadrique pide, después de libertar a don Fernando, que manifieste lo sucedido con su dama doña Flor; pero se niega a ello don Fernando, por haberle esta exigido el secreto: bátense ambos, vence don Fadrique y, después de vencido, le amenaza con la muerte si persiste en su negativa; pero don Fernando prefiere la muerte a revelar el secreto de su dama, hasta que, viendo don Fadrique tan noble constancia, esclama con generosidad.
Levantad, ejemplo raro
de fortaleza y valor,
alto blasón del honor,
de nobleza espejo claro.
Vivid, no permita el cielo [5]
que quien tal valor alcanza
por una ciega venganza
deje de dar luz al suelo.
Para con vos quedo bien
con esto, pues, si sabes [10]
que sé que muerto me habéis
mi hermano, sabéis también
que cuerpo a cuerpo os vencí;
y, si ya pude mataros,
hago más en perdonaros, [15]
pues también me venzo a mí.
Para con el mundo nada
satisfago si aquí os diera,
muerte, pues nadie supiera
que la autora fue mí espada [20]
por el secreto que ofrece
esta muda obscuridad,
y, en tanto que la verdad
de mi ofensor se oscurece,
no tengo yo obligación [25]
de daros muerte, si bien
la tengo de inquirir quién
hizo ofensa a mi opinión.
Guardaos, si viene a saberse
que fuisteis vos mi ofensor, [30]
porque en tal caso mi honor
habrá de satisfacerse;
mientras no, para conmigo
no solo estáis perdonado,
pero os quedaré obligado [35]
si me queréis por amigo.
Don Fernando.-
De eterna y firme amistad
la palabra y mano os doy.
Don Fadrique.-
Don Fernando de Godoy,
idos con Dios y pensad [40]
que, puesto que ya la muerte
de mi hermano sucedió,
que mas que á mí quise yo,
os estimo de tal suerte,
que trueco, alegre y ufano [45]
a mi suerte agradecido,
el hermano que he perdido
por el amigo que gano.
La delicadeza, el pundonor y la generosidad de los sentimientos no pueden ir más lejos en el interesante carácter de don Fadrique. El poeta se complace en colocarle en los más duros trances, hasta en el de verse en la cárcel, acusado de autor de la muerte de su hermano y de haber seducido y deshonrado a una doncella; jamás se abate, y de todo sale con hidalguía y honor. Esta comedia es una de las más bellas del teatro español, y demuestra bien ese carácter grandioso y sublime que hemos dicho caracterizaba nuestra dramática.
Alarcón cultivó también, como Guillén de Castro, Lope de Vega y Calderón, el drama novelesco e histórico; y su comedia de El tejedor de Segovia tiene, como Las mocedades del Cid de Guillén de Castro, la de Bernardo del Carpio de Cubillo у otras muchas del teatro español. su primera y segunda parte. El tejedor de Segovia no ofrece regularidad ni perfección en la parte artística, y parece una novela en diálogo, según son sus incidentes. Ella versa sobre la historia de un hijo de un noble, a quien una persecución injusta constituye en jefe de bandidos. Mas, a pesar de la desagradable semejanza que presenta con los Brigands, fruto precoz del genio de Schiller, la conclusión de la misma es moral y dramática, porque el jefe de los bandidos mata al ofensor del honor de su hermana y al que fue causa del injusto suplicio de su padre, vence a los moros, liberta al rey del poder de estos, y obtiene en cambio el perdón de sus delitos. Esta comedia, como todas las de su género que posee el teatro español, prueba la fecundidad y romanticismo del mismo; hay en ella, al lado de estravagancias y desvíos, bellezas aisladas de subido valor, y la descripción que en la primera parte hace don Fernando de su pelea con el moro Aliatar es uno de los más brillantes trozos de poesía que tiene el parnaso español.
Alarcón, pues, siguió la marcha de Calderón y Rojas; y, si no le fue concedida la brillante imaginación del primero, ni la profundidad dramática del segundo, sus piezas pueden dignamente rivalizar con las de tan aventajados ingenios, cabiéndole la gloria de ser nuevo, original y perfecto en la comedia de costumbres
Don Agustín Moreto, discípulo y amigo de Calderón, y que floreció en los últimos años del reinado de Felipe IV, según se deduce de varias de sus piezas, pertenece a esa segunda escuela de nuestros dramáticos, en cuyas comedias, sin dejar de retratarse las costumbres y sentimientos españoles, se halla más regularidad en el plan, más exactitud en los caracteres, mayor cuidado en la combinación dramática y en el artificio de la fábula. No fue dado a Moreto elevarse sobre los demás poetas por alguna cualidad original, pues, aun en la acabada comedia de costumbres El lindo don Diego, en que se propone ridiculizar y castigar la superficial fatuidad de un joven, era su distinguido predecesor Alarcón: tuvo, sin embargo, Moreto singular ingenio para regularizar y hacer más interesantes los argumentos manejados por Lope de Vega, Alarcón y otros poetas. Sus comedias están sacadas del fondo caballeresco de nuestras costumbres y de la multitud de lances amorosos y de honor a que daba lugar el recato y retiro de nuestras damas y los sentimientos de pundonor en los caballeros. Las damas y galanes de Moreto son lo mismo que los de Lope de Vega y Calderón, pero se hallan despojados de aquel tinte sublime y exagerado de los segundos. Fue Moreto muy feliz, y mostró agudo y flexible ingenio, en la combinación de la fábula, en la trama o enredo y en acumular sucesos en sus comedias sin confundirlos, como se descubre especialmente en Trampa adelante, La confusión de un jardín, El parecido en la corte, El caballero y El cambio de las maletas. Se observa en Moreto la variación de las costumbres de la sociedad por los vicios y defectos que frecuentemente ridiculiza en sus piezas. El desdén con el desdén, que Molière imitó en La princesa de Elide, El lindo don Diego y No puede ser guardar a una mujer pertenecen a una sociedad menos poética que la de Lope de Vega, mas filosófica y razonadora, y algo parecida a la Francia de Luis XIV y a la que presentan las comedias de Molière. Se nota tanto la enervación de los sentimientos caballerescos en Moreto, que El caballero y El defensor de su agravio, composiciones fundadas en ese carácter de delicadeza y de pundonor español, ofrecen un cuadro muy pálido cuando se las compara con El médico de su honra de Calderón y con Ganar amigos de Alarcón. Las comedias de Moreto se hallan despojadas de la metafísica y conceptismo frecuentes en nuestros más esclarecidos ingenios, y, aunque no presentan los brillantes trozos de poesía lírica de Rojas y Calderón, hay mucha delicadeza y suavidad en los sentimientos, y soltura y gracia en el diálogo. Puede servir de modelo el que hay entre don Félix y doña Ana en la escena 9 del segundo acto de El caballero:
Don Félix.-
Después de un año de ausencia
y mil siglos de temor,
vuelvo a tus ojos, señora ,
no el que fui, sino el que soy:
no a ponderar la fineza [5]
de mi errado corazón,
que abrevió el camino en alas
de su mentido favor,
ni a quejarme de haber visto
otro más feliz que yo, [10]
que olvidarme por el digno
no es culpa, sino elección.
No vengo, pues, a quejarme
que he menester mi pasión
para morir, y en la queja [15]
se desvanece el dolor;
solo a darte el parabién
vengo aquí del nuevo amor,
que ,siendo tuyo, es preciso
ser digno de tu atención. [20]
Yo le vi anoche, y al verle
me precipitó el furor,
que al estrenar una hoja
no es mucho errar una voz,
mas después, volviendo en mí, [25]
conocí que querer yo
dejarte sin albedrío
fuera tirana razón.
Lo que fuera justa queja
fuera fingir el favor, [30]
si, habiendo de amar,
nos engañaras a dos;
esto en ti no lo presumo,
que es tal mi veneración,
que imagino mi desdicha [35]
por no presumir tu error.
Lo que he visto y lo que creo
es que mi dicha era flor,
y murió al faltar tus ojos,
por el ausencia del sol. [40]
Con la gala de tu gracia
pude merecer tu amor;
perdila, pero sin culpa;
fue desdicha, agravio no;
que la gracia que me hacia [45]
digno de tu estimación
fue gracia, y pudo negarla
la deidad que me la dio.
Mi sentimiento y mi queja
solo a mi estrella la doy, [50]
que quedar sin queja un triste
fuera esceso;
y, pues para mi tormento
tengo bastante razón,
pues no puedo de quejoso, [55]
de infeliz a morir voy;
yo moriré, dueño, ¡ay cielos!
¿Dueño dije? sin mí estoy.
¿Dueño mío iba a decir?
Fue osadía; pero no; [60]
que, si ya para adorarte
no he menester tu favor,
aunque la ultrajes, no puedes
estorbar mi adoración.
Yo moriré y, por si acaso [65]
fue industria en tu indignación
levantarme para hacer
mi precipicio mayor,
yo te lograré la industria,
y verás en mi aflicción [70]
que muero de mi fineza
primero que del dolor.
Y con esto, adiós, señora,
que, ya que el alma la vio,
quiero morir, mas no oír [75]
la sentencia de tu voz.
Este pasaje es bastante a dar a conocer la ternura y delicadeza de la musa de Moreto, muy parecida a la de Lope de Vega. No poseyó, como ya hemos dicho, cualidad alguna original, ni fue de fecundo e inventivo ingenio. Su teatro, sin embargo, es el que ostenta más regularidad y perfección en la parte artística; y, considerado Moreto bajo este aspecto, cábele gran parte de mérito y gloria y un lugar distinguido entre nuestros poetas dramáticos
Cúmplenos hablar después de Moreto de don Antonio Solís; pero, como este, aunque fue conocido como poeta dramático en el reinado de Felipe IV, alcanzó el de Carlos II (1665 a 1700), antes de examinar rápidamente sus comedias, haremos una ligera reseña del estado político y moral de España en esta época, siguiendo el plan que hemos adoptado en este trabajo.
Al morir Felipe IV (1665) el gobierno quedó confiado por su testamento a la reina doña María de Austria, como tutora y curadora de Carlos II y regenta de España ausiliada con un consejo consultivo, compuesto de los principales dignatarios. El envilecimiento del país durante el reinado de Felipe IV, el cariño de este y el favor de la corte llegaron a dar cierto prestigio a don Juan de Austria, hijo bastardo de aquel y de la cómica Calderona. No poseía este ninguna de aquellas calidades que dan justo don a un alto mando, y aun deslucían notablemente su carácter una presunción desmedida, aquella ambición baja y rastrera propia de hombres de escasa valía, y la ridícula jactancia de ser el mejor escritor de su nación, Atribuíase, sin embargo, a don Juan la gloria de haber sosegado los alborotos de Nápoles y Cataluña, y, a pesar de la vergonzosa derrota de Estremoz y de la infamante carta que publicó, conservaba a la muerte de Felipe IV la dignidad de generalísimo; y no debía su orgullo hallarse poco resentido al ver que su padre no le había dejado parte alguna en el gobierno ni en el consejo consultivo. Sucede generalmente que las naciones amenazadas de una próxima disolución, y a quienes solo puede salvar un hombre de magnánimas calidades, vienen a caer por desgracia en manos de miserables pigmeos, elevados por la intriga, por la fortuna o por promesas y palabras que con tanta facilidad sedujeron en todos tiempos al vulgo. En las difíciles y malhadadas circunstancias en que la muerte de Felipe IV dejara la monarquía española tuvo la reina doña Mariana la singular debilidad de nombrar inquisidor general a su confesor, el jesuita Nitardo, y de confiarle la dirección del gobierno. No distinguían al jesuita las prendas necesarias para el mando, y solo bajo afectada moderación y cierta hipocresía religiosa encubría la debilidad de su carácter y una ambición oscura y de baja ley. La nobleza, como ya hemos manifestado, habíase envilecido durante la privanza de los duques de Lerma y Olivares, y, sin tener valor y poder bastante para apoderarse del gobierno, fomentaba las rencillas y discordias de la corte, y promovía manejos y sordas intrigas para debilitar el poder, y medrar y obtener esclusivamente los cargos públicos. El pueblo hallábase a la sazón pobre, grabado por insoportables tributos y una administración abusiva, y olvidado enteramente de aquel sentimiento de elevación y grandeza que le inspiraran antiguas y señaladas victorias. Todo, pues, favorecía los designios de don Juan, quien, negándose a obedecer la orden real de pasar a Flandes, e irritado por la muerte secreta del aragonés Malladas, sacrificado por la debilidad de la reina á la seguridad de su confesor, rasgó la máscara que le cubría, y después de su fuga de Consuegra, reunió algunos soldados y advenedizos y dirigió a la reina gobernadora insolentes y amenazadoras cartas con peticiones revolucionarias para derribar al jesuita. No había dejado don Juan de halagar las pasiones populares, escribiendo convocatorias a las ciudades de voto en cortes, y estendiendo con profusión folletos y hojas volantes, en que pintábase con subidos colores el triste cuadro del país, la ambición y torpeza del jesuita, la ignominia que resultaba de ser gobernada la nación por un eclesiástico estranjero, y se ofrecían al mismo tiempo reformas, y universal curación de nuestras envejecidas dolencias. Protegían, pues, los designios de don Juan el favor popular, la simpatía oculta de la nobleza, que miraba con disgusto la privanza del confesor, y la debilidad de la reina. Con 250 soldados que le dio para su escolta el duque de Osuna y 750 que agregáronsele en su marcha, llegó a Torrejón de Ardoz, desde donde consternó a la corte y al jesuita, y logró la espulsión del mismo; mas, no contento con este paso, y deseando recoger el fruto de su victoria, volvió a amenazar a la reina en nombre del pueblo y de la necesidad de reformas, y no dejó su actitud hostil ni licenció a sus soldados hasta que se le otorgaron sus insolentes demandas, y se le nombró virrey de la corona de Aragón. Desembarazada la reina de su enemigo por tan vergonzoso convenio, concedió su favor e ilimitada privanza a don Fernando Valenzuela, nombrándole primer ministro y dándole títulos y grandeza de primera clase. Era este un hidalgo de Ronda de mediana instrucción, y autor de varias comedias, pero había sido muy protegido del jesuita, y logrado cierto favor en la corte por su casamiento con la camarista doña María Eugenia de Uceda. Su alto valer con la reina enojó profundamente a la nobleza, que llevaba muy a mal la superioridad y el mando de quien pocos años antes fuera criado del duque del Infantado. La nobleza, pues, volvió a escitar la ambición de don Juan, quien, usando de sus antiguas arterías, fue llamado por Carlos II, con los términos más lisonjeros, nombrado primer ministro y presidente de los Consejos. La reina salió desterrada a Toledo, y los destinos del país quedaron encomendados a la nulidad jactanciosa del bastardo de Felipe IV. Durante su corta administración las derrotas, desmanes e ignominiosos tratados se sucedieron sin interrupción, y el que para subir al poder había halagado las pasiones populares y hecho pomposas y desmedidas ofertas, evitó después convocar las cortes, gravó a la nación con tributos y donativos desmedidos, y descuidó y empeoró la administración del país, atento solo a satisfacer sus miserables pasioncillas y sus rastreras venganzas. Para desgracia de España, ocupaba el trono de Carlos II, un rey débil y casi estúpido; y ni aun después de la muerte de don Juan (1679) diera la menor señal su entendimiento y voluntad de concebir ni ejecutar providencia alguna útil para el gobierno del país. Por el contrario, las desgracias y los males que aumentaban diariamente apocaban más y más el ánimo del monarca, y le entregaron a escrúpulos y pueriles remordimientos que le envilecieron completamente, y trajeron en lo esterior el reparto de España entre varias naciones de Europa, y en el interior la débil administración del conde de Oropesa, la desacertada formación de la Junta Magna, la división de la autoridad real en cuatro virreyes o tenientes generales, la escandalosa historieta de los hechizos del rey por el padre Froilán Díaz, las intrigas del cardenal Portocarrero y del corregidor Ronquillo, y el indecente motivo promovido por los mismos en Madrid para la caída de Oropesa, que colocó sobre el trono de san Fernando al nieto de Luis XIV. Mientras la corte y el gobierno presentaban a la nación el débil y miserable espectáculo que acabamos de bosquejar, no ofrecía esta, y en especial Castilla, perspectiva más lisonjera ni agradable. Continuaba en doloroso progreso el funesto influjo de las doctrinas ultramontanas y de cierto materialismo supersticioso, enervábanse cada día mas el antiguo carácter y costumbres españolas, y los individuos sintiéronse a la vez oprimidos y envilecidos a la vista de tantas derrotas é ignominias y de la debilidad y envilecimiento del monarca y del gobierno. Durante tan desgraciado periodo de nuestra historia la literatura reflejó fielmente el estado moral del país. Ninguna obra de algún valor por su fondo o por su estilo, si se esceptúa la Historia de Méjico por Solís, se publicó en esta época; al paso que, según la Biblioteca de Nicolás Antonio, fueron numerosísimos los libros de mística, leyendas, milagros e historias particulares de ciudades, vaciadas en el mismo molde, escrito todo con una confusión y desaliño, distintivo el más marcado de la debilidad intelectual y moral de sus autores.
Tal era el cuadro que ofrecía España, y especialmente Castilla, durante el reinado de Carlos II, y su bosquejo es de un gran interés para el conocimiento filosófico del teatro español. Ya en 1646, a consecuencia de la muerte de la reina doña Isabel y del príncipe de Asturias don Baltasar, se suspendió la representación de comedias y se consultó al Consejo sobre si esta era o no permitida, y entre las condiciones que se impusieron para ello fueron notables las siguientes: «Que las comedias se redujesen a materias de buen ejemplo, formándose de vidas y muertes ejemplares, de hazañas valerosas, de gobiernos políticos, y que todo esto fuese sin mezcla de amores; que para conseguirlo se prohibiesen casi todas las que hasta entonces se habían representado, especialmente los libros de Lope de Vega, que tanto daño habían hecho en las costumbres; que en ningún lugar del reino se representasen comedias sin licencia del comisario del Consejo; que se prohibiesen las jácaras, bailes y sátiras deshonestas; que no bailase, cantase ni representase ninguna mujer que no fuese casada, y que asistiese a la comedia un alcalde de corte» 1 .
A la muerte de Felipe IV (1665) la reina gobernadora prohibió la representación de comedias hasta que su hijo tuviese edad para oírlas, según el señor Martínez de la Rosa, de suerte que el principio ascético, con el cual desde su origen había luchado la comedia española, redujo esta al más ridículo y estrecho ceremonial, acabando por dar una falsa dirección al ingenio e inundando nuestro teatro en los últimos años de su decadencia y mitad del siglo pasado de comedias de santos y de magia, contra cuyo falso y pervertido gusto tuvo mucha razón la escuela clásica para declamar con desdén y profunda indignación. Por la reseña, pues, que hemos hecho del estado moral y político del país durante el reinado de Carlos II y de los ataques sufridos por el teatro de parte del Consejo y de la corte, se comprenderá fácilmente que sus bellos días y su época brillante desaparecieron a la muerte de Felipe IV. En efecto, solo un poeta de algún mérito, don Antonio Solís, se presenta en el reinado de Carlos II, y, aunque cultivó todos los géneros de nuestra comedia, su teatro es un fiel reflejo del cambio de costumbres y de la enervación de los antiguos hidalgos y caballerescos sentimientos.
Don Antonio Solís sigue en todas las comedias heroicas la marcha libre y caprichosa de los demás poetas; sin embargo, muchas de sus comedias se distinguen por cierta regularidad, corrección de lenguaje y acierto en la combinación artística. Son dignas de estimación y aprecio La gitanilla de Madrid, Un robo hace ciento y El amor al uso. La última, en especial, posee las dotes de regularidad y corrección de lenguaje, y marca el cambio de costumbres en la época de Carlos II, la superficialidad de sentimientos y el desdén y ridículo de todas las ideas de nobleza y pundonor. Se conoce ya que la sociedad que había producido El médico de su honra, El alcalde de Zalamea y No siempre lo que es peor es cierto de Calderón, Las flores de don Juan y La esclava de su galán de Lope de Vega, García del Castañar de Rojas y Ganar amigos de Alarcón, era en los días de Carlos II una sociedad frívola y mezquina, que había trocado todos los sentimientos de pundonor de nobleza por la miseria y por el cálculo. Se descubre este cambio en los siguientes diálogos.
Don Gaspar.-
¿Con dos
quién hay que pueda pasar?
Allá en la edad que solía
bastaban dos, mas hoy día
¿quién sin su dama primera, [5]
su segunda y su tercera
compone su compañía?
Y así, aunque hoy estén quejosas
de mi tres damas hermosas,
Clara hace el primer papel, [10]
el segundo hace Isabel,
y Juana hace las graciosas...
Doña Clara.-
Que eso de que amor engaña,
abrasa y rinde, es patraña
que algún gracioso inventó. [15]
Amor es duende importuno
que al mundo abrasado trai.
Todos dicen que le hay,
y no le ha visto ninguno.
¿A quién no causa fastidio [20]
Esta pasión amorosa,
no siendo amor otra cosa
que una fábula de Ovidio?
¿Y qué importa que se nombre
amor este devaneo, [25]
si es confirmar el deseo
y luego mudarle el nombre?
¡Válgate Dios por dolencia
no acabada de entender!
¿Es esto más de creer [30]
que está allí mi conveniencia?
¿No tira la voluntad,
geómetra superior,
todas las líneas de amor
al punto comodidad? [35]
Yo no sé si a mí me tiene
ciega en lo que me aconseja,
pero bien sé que me deja
mirar lo que me conviene.
Y si está en mi pecho fiel [40]
algo mas privilegiado
don Gaspar, es que he hallado
mas conveniencias en él,
porque el querer con fervor
a otro es amor impropio; [45]
y asi solo el amor propio
viene a ser el propio amor.
Doña Juana.-
Eso señora ¿quién puede
negarlo, siendo tan justo,
y cosa de tan buen gusto [50]
esto del amor adrede?
Doña Clara.-
Ya no hay quien no quiera así,
y en lo más cierto se da,
y todos lo afectan ya:
nadie llora para sí. [55]
no hay cosa para este aliento
no afligir el corazón
gastar la respiración
en suspiros para el viento.
Perezca el gemir confuso, [60]
falte el suspirar perplejo,
muera el amor a lo viejo,
y viva el amor al uso...
Don Gaspar.-
Acreditar sin pena una pasión,
perder miedo y cariño a la beldad, [65]
hacer su voluntad sin voluntad
suspirar sin dar cuenta al corazón,
no matarse en pasando la ocasión,
llorar en ella por curiosidad,
formar de una mentira una verdad, [70]
hacer de una palabra una razón,
mudar de sitio en el primer vaivén,
arrojar los pesares por ahí,
recibir los favores al desdén
y, en fin, por acabar de estar así, [75]
querer a todas las mujeres bien
y mal a cada una de por sí.
Este, Ortuño, es el amor
que se usa.
(Se concluirá)