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Prensa y canon · Textos historiográficos

“Ensayo histórico-filosófico sobre el teatro antiguo español (continuación)”

Autor del texto editado
Morón, Fermín Gonzalo
Título de la obra
Revista de España y del estranjero, t. VII, año 2, artículo 45
Autor de la obra
Morón, Fermín Gonzalo (dir.)
Edición
Imprenta del Archivo Militar, 1843
Paginación
pp. 282-315
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de la Biblioteca Digital de Prensa Histórica. (texto completo)
Información técnica
Editor: Pedro Ruiz Pérez
Encoding: Noelia Santiago López
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
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Córdoba, 12 noviembre 2025

ENSAYO HISTORICO-FILOSóFICO SOBRE EL ANTIGUO TEATRO ESPAÑOL

(continuación)



Martín.- No, sino razón prudente,
que, si alguna mujer miente,
veinte mil tratan verdad.
Aman, quieren, aventuran,
cantan, bailan, entretienen,
solicitan, van y vienen,
limpian, regalan y curan,
nuestro descanso procuran.
Por ellas hay tanta historia,
que guarda eterna memoria.
La casa en que no hay mujer,
como limbo viene a ser:
ni tiene pena ni gloria.
Lisonja te hago en decir
que las quieras y las creas,
porque yo sé que deseas
honrarlas hasta morir.
Sin mujeres no hay vivir,
que aun Dios vio que convenía
el darle su compañía;
que el más valiente que ves
llora, en naciendo, a sus pies,
pensando que las perdía.
Don Juan.- Ahora bien, aunque no tenga
en toda mi vida honra,
quiero que un injusto amor
espada y mano detenga.
Don Pedro a casarse venga.
Tu palabra quiero ver,
que, si supe defender
mujeres en esta ofensa,
será la mayor defensa
fiar mi honor de mujer;
que solo su defensor
aquel puede ser llamado
que su honor les ha fiado;
y su enemigo mayor,
quien no les fia su honor.
Yo pongo en ti mi esperanza,
que no es hacer confianza
de mujeres principales;
que hacerlas todas iguales
es la más necia venganza.
Cuánto les debo me acuerdo,
puesto que conozco ya
que algún maldiciente habrá
que no me tenga por cuerdo;
con justa causa me pierdo,
y me obligo a defendellas,
que más quiero yo por ellas
quedar contento de amallas,
y engañado por honrallas,
que libre por ofendellas.


Es notable el empeño y la facilidad de nuestros poetas por subordinarlo todo al pensamiento moral que se proponían desenvolver en sus comedias. En esta Lope de Vega quiso hacer la apoteosis de la mujer, quiso pintar toda la nobleza e hidalguía que hay en defender su pundonor contra la común maledicencia; y un carácter tan generoso y delicado como el de don Juan de Castro arriesga por ello mil lances y hasta el honor, que es la prenda inestimable que jamás quiere perder, concluyendo después de la fluctuación por fiarlo todo al pundonor de su dama. Se ve, pues, que el arte y las reglas no pueden reclamar otra marcha que la seguida por Lope de Vega, porque es el genio quien adivina y produce tan grandes bellezas que el arte y las reglas admiran y recomiendan más tarde con pálida espresión.

Lope de Vega pintó, como ya hemos observado, todo lo que había noble y sublime en las costumbres españolas; y su comedia Las flores de don Juan, o Rico y pobre trocados es una de las más acabadas e interesantes, y donde, según nota el señor Ochoa, parece quiso agotar todo lo que había bueno, generoso y magnánimo en su corazón para retratar el carácter de don Juan. Reducido este por el abandono y tiranía de su rico y jugador hermano a la mayor indigencia, hasta hacer flores de mano para atender a una escasa subsistencia, era el objeto del cariño y de la compasión de Valencia por su pobreza, gallardía, nobleza y discreción. La condesa doña Flor, rica y bella señora, interesada por él y deseosa de conocerle y tratarle, le hace pasar por las más estrañas y románticas pruebas, para esperimentar su corazón y enlazarse con él; en todas ellas muestra don Juan la discreción e hidalguía de sus sentimientos. Sus relevantes prendas le habían granjeado la estimación universal, y nada puede inventarse más delicado para demostrar esta que el siguiente lance referido por el poeta. La condesa doña Flor, disfrazada y noticiosa de la cortesanía de don Juan, pidió a este unos pasamanos, y entró al efecto en la tienda de un mercader. Mas, como sabia la pobreza de primero, encargó a este que nada pidiese a don Juan, y le ofreció en pago el diamante que llevaba. El mercader, al oír a la dama y al presentarle el diamante, le contestó:

Ni vuestro diamante quiero,
ni otra prenda semejante;
que más estimo servir
a un hombre como don Juan
que cuanto vale Milán.
Y, si volvéis a pedir,
la casa le he de fiar,
los hijos y la mujer,
que la virtud ha de ser
riqueza en cualquier lugar.


Este rasgo de generosidad y nobleza de un mercader es lo más bello que podía presentarse para realzar el carácter de don Juan. Su amor a la condesa doña Flor está llevado a la delicadeza y fidelidad más sublime; y esta comedia abunda, como otras muchas, en esas aventuras caballerescas y citas de jardín, propias de una sociedad tan poética como la española, y en la cual el amor de las mujeres no podía menos de ser altamente romántico, por el recato con que vivían.

Hay una relación tan estrecha entre los dos sexos, que la historia presenta siempre mujeres del más sublime temple, donde los hombres son fuertes y magnánimos. En Roma la época de las Lucrecias y Veturias es la época de los Brutos y de los Corolianos; y España, donde el pundonor y el heroísmo eran tan frecuentes en los segundos, ofrece en las primeras la misma grandeza de carácter. Por ello se compusieron y representaron con aplauso en nuestro teatro la heroica Antona García de Cañizares y Las bizarrías de Belisa de Lope de Vega. Esta comedia pertenece al temple grandioso, tan propio de nuestras costumbres. Enemiga Belisa del amor, y habiendo despreciado todos los amantes, se enamora repentinamente de don Juan de Cardona por haberle visto acometido en el campo por cuatro hombres, y defenderse bizarramente de los mismos. Mas el poeta no se contenta con presentar a Belisa enamorada de un hombre valiente, sino que esta, al observar el combate, se apea de su coche, toma la espada del cochero у, poniéndose al lado de don Juan Cardona, obliga a huir a sus enemigos. Semejantes caracteres solo los tiene la dramática española, y perdonamos con placer algo de exageración a un poeta cuando ella sirve a realzar las calidades morales de la especie humana.

Empero, la comedia donde el genio de Lope de Vega se elevó a la mayor sublimidad y que es el más bello y brillante reflejo del honor, de la delicadeza y magnanimidad de sentimientos, es la de Sancho Ortiz de las Roelas, o sea La Estrella de Sevilla. Esta pieza y la de García del Castañar de Rojas son sin disputa las más preciosas joyas del teatro español. Sancho Ortiz ama apasionadamente a doña Estrella, y es íntimo amigo de su hermano don Bustos Tavera. Doña Estrella es la más bella dama de Sevilla, y el rey don Sancho el Bravo se ha prendado de su hermosura. Tavera cuida con la más esquisita vigilancia del honor de su virtuosa hermana, y arroja de su casa al disfrazado monarca, que había logrado introducirse en ella por medio de una esclava, a la cual mata a puñaladas, y cuyo cadáver coloca a la puerta del alcázar, para que sirva de aviso y terror al rey. Sin embargo, este, ciego en su pasión, y creyendo a Tavera el único obstáculo a sus deseos, decide su muerte secreta. Para ello dice al valiente y leal don Sancho Ortiz que es necesaria la muerte de un hombre, que se ha atrevido a sacar la espada contra él; y, después de alguna duda, se resuelve a ejecutar la voluntad del rey, prometiéndole secreto y devolviéndole en prueba de confianza la orden real, que debía escusar el homicidio. Al recibir Sancho Ortiz la fausta nueva de hallarse próximo su enlace con la hermana de Tavera, y cuando su corazón se había abandonado al más puro y delicado placer, viendo tan cercano el más feliz y deseado de sus días, abre el billete del rey y lee que la persona a quien debe dar muerte es don Bustos Tavera, su íntimo amigo, el hermano de doña Estrella y el que acaba de concederle la mano de esta. Fluctúa Ortiz entre el deber, el cariño y la amistad; pero ha dado su palabra, y no puede desistir de cumplirla como caballero; por ello desafía y mata a don Bustos Tavera; es preso, pide su muerte, y no quiere descubrir al rey, fiado en el pundonor de este. Doña Estrella, después de las situaciones más trágicas y a pesar de su amargo dolor, convencida de que solo alguna circunstancia irresistible le ha obligado a ser el homicida de su hermano, intenta salvar a don Sancho, y lo mismo desea el rey; pero los jueces son inflexibles, y van a sentenciarle a muerte, a pesar de la voluntad contraria del monarca, hasta que, viendo este tanto heroísmo en todos, descubre su culpa y la inocencia de don Sancho, terminándose la comedia con ofrecer doña Estrella morir en un claustro, lejos del homicida de su hermano, a quien, sin embargo, ama perdidamente, y soltando don Sancho su palabra de enlace por el mismo sentimiento de delicadeza. Lope de Vega en esta pieza, como Rojas en García del Castañar, se elevaron a la fuerza y profundidad dramática de Shakespeare, bastante rara aun en nuestros poetas de primer orden, sabiendo, además, embellecer aquella con todo lo que había más noble y delicado en las costumbres de los españoles.

La sublimidad del sentimiento del honor en doña Estrella y don Bustos Tavera se halla pintada con el más brillante colorido en el siguiente diálogo entre el rey y su consejero don Arias:

Arias.- ¿Vos no la hablasteis, señor?
Rey.- Una sola vez la hable
y muy tierno la conté
de mi pasión el furor

Arias.- ¿Que dijo pues?
Rey.- Me pasmó,
don Arias, con su respuesta;
todo mi incendio le heló.

Paréceme que la escucho.
«Soy, dijo a mi furor loco,
para esposa vuestra poco,
para dama vuestra mucho».

Arias.- ¡Famosa respuesta!
Rey.- Y tal.
Que cuando me la propuso,
si ella más bella se puso,
yo quedé yerto y mortal.

Arias.- Desamor fue muy cruel.
Rey.- No alcanzando yo otro medio,
pues no esperaba remedio
ni por ella ni por él,

me olvide de mi grandeza,
don Arias, y al fin me dejo
llevado de tu consejo,
correr hacia la bajeza.

Seducir logré la esclava
que anoche entrada me dio;
mas Bustos me descubrió
cuando más ufano entraba.

La espada osada sacó
con valor, mas con respeto,
que, aunque lo negó, en efeto,
pienso que me conoció.

Dije quién soy, y arrogante
me respondió que mentía
y que un rey no cometía
jamás acción semejante.

Confieso que me corrí,
no de qué tal me dijera,
mas de que razón tuviera
para sonrojarme así.

Del Alcázar a la puerta
ya supistes que hoy estaba
la desventura esclava
con tres puñaladas muerta.


Los tres últimos versos tienen una espresión profundamente trágica.

Sancho Ortiz ofrece al Rey matar al que osado sacó la espada contra él, y es notable para conocer la fuerza de los sentimientos caballerescos en España el diálogo siguiente:

Rey.- Cuando le halléis descuidado
podéis matarle.
Sancho Ortiz.- Señor,
siendo Roela y soldado,
¿me queréis hacer traidor?
¡Yo dar muerte a un desarmado!

Cuerpo a cuerpo he de matalle
donde Sevilla lo vea,
o en la plaza o en la calle,
que al que mata y no pelea
nadie puede disculpalle.
Vos decís que está culpado,
y, porque ese es su destino,
y vos me lo habéis mandado,
lo mataré como honrado,
pero no como asesino.


Sobremanera fuerte y dramática es la situación de Sancho Ortiz cuando lee el billete del rey y sabe que don Bustos Tavera es la persona a quien debe matar. Él esclama en medio del más profundo dolor:

Muerto soy.... ¡Sentencia fiera!
Cuanto bien pensé encontrar
voló cual si humo fuera.....

¿Si acaso mal lo leí?
Mano, a no temblar empieces...
A Bustos Tavera... sí...
Bustos Tavera... mil veces...
Caiga el cielo sobre mí...

Perdido soy.... ¿Qué he de hacer?
Al rey la palabra he dado
hoy noble....¿y he de perder
después de tanto cuidado
a Estrella? No puede ser.

Viva Busto..... Busto injusto
contra su rey, por mi gusto
ha de vivir. Bustos muera....
¿A qué batalla tan fiera
me entrega tu nombre, Busto?

Yo no puedo con mi honor
cumplir, si a mi amor acudo,
mas ¿quién resistirse pudo,
si es verdadero el amor?
Morirme será mejor
o ausentarme, de manera
que por mi mano no muera.....
¿Pero al rey he de faltar?

Si lo mata por Estrella
el rey y en servirla trata,
si por Estrella lo mata
no muera Bustos por ella.
Ofenderle es ofendella.....

La espada sacastes vos
y al rey quisisteis herir
¿El rey no pudo mentir?
No, que es imagen de Dios.
Bustos, habéis de morir.

No hay ley que tanto me obligue;
mi loco amor se mitigue.
No sé si es injusto el rey;
es obedecerle ley,
Si lo es, Dios le castigue.

Perdóname, Estrella hermosa,
que no es pequeño castigo
por no perder otra cosa
perderte y ser enemigo
de mi más querida esposa.


La lucha entre el amor y el honor es aquí terrible, violenta y natural. Lope de Vega ha arrebatado al corazón sus secretos y elevádose a una altura superior a la de Corneille en El Cid. Son del mismo fuerte y trágico tono las escenas primera, segunda y tercera del segundo acto, cuando doña Estrella refiere con arrojado placer el contento de Sancho Ortiz y el suyo por el próximo enlace, y ve después el cadáver de su hermano, muerto por mano de su amante.

Estrella.- No sé si me vestí bien,
como me vestí de prisa.
Hasta aquí me he descuidado,
que no ser bella quería.
Sin guarda entre poderosos
es la hermosura desdicha.....
Hoy de mi esposo adorado
es obligación y es gusto
ponerme a sus ojos linda.
Quisiera hoy ser la más bella
de cuantas hay en Sevilla,
por que el placer de don Sancho
con mi contento compita.
¿Qué gloria será ser suya
después de tales fatigas,
tales sustos, dudas tales,
tanto suyas como mías ?...
¡Con qué contento, Teodora,
mi papel recibiría
aquella alma, que en amarme
tiene toda su delicia!
¡Con qué contento tan dulce
y con qué gusto, amiga,
entre el placer y el rubor
le recibiré sumisa...!
Paréceme que le veo,
bañado el rostro de risa,
acercarse el más gallardo
de Sevilla... ¡Qué Sevilla!
¡Ni todo el orbe a mis ojos
contiene igual gallardía. ¡
¡Cómo al alargar la mano
se esmerará su caricia!
Pienso escucharle, y que dice
mil cosas tan bien sentidas,
que sale el alma a los ojos
con el amor que las dicta.
Dichas ¡ay! son de mi estrella,
venturosa estrella mía,
que no creía yo ver
tanto gozo y tales dichas.


Doña Estrella ha entregado a Clorindo la carta que contiene la noticia de su enlace para que la dé a Sancho Ortiz, y no puede pintarse más bellamente la ternura y delicadeza de los sentimientos que en el siguiente diálogo:

Estrella.- ¿Diste el papel?
Clorindo,- Sí, señora.
Estrella.- Cuéntame, por vida mía,
el gozo que al recibirle,
monstró aquel alma rendida.

Clorindo.- Cuando el orden recibí
partí lleno de alegría,
sin que pudiera encontrarle
mi esmero en toda Sevilla.

Estrella.- ¿Le hallaste al fin?
Clorindo.- Sí, señora.
Estrella.- Eso quiero que me digas.
Lo demás nada me importa,
son cosas tuyas, no mías.

Clorindo.- Di el papel y di el recado
que me disteis; la alegría
se pintó al punto en sus ojos,
que arrojaban de amor chispas.

Tomó la carta, besola,
abriola, la leyó aprisa;
esto hizo, mas yo no sé
como lo demás te diga,

pues tan desusada luz,
tan desusada delicia,
brillaba en su bella frente
cuando la carta leía,

que ni la he visto jamás
ni sé yo cómo se pinta,
sino llamándola igual
a la que mostráis vos misma.

Cuando leído la hubo,
el placer le confundía
y alternaban sus palabras
ni bien llanto, ni bien risa.

Mandó que a su casa toda
diga que galas se vista
y que el adorno de todos
sea su propia alegría.

¡Con qué agradable desorden.
se esplicaba! ¡Con qué prisa
mandó que a veros viniera
precursor de su venida?

Cuasi me riñó, señora,
porque no le pedí albricias.
y este jacinto me dio.


En esta situación tan bella y sublimemente pintada por el genio de Lope de Vega, y cuando doña Estrella, arrobada de placer esperaba la venida de su amante, ve al cadáver de su hermano y, queriendo arrojarse sobre él y besar su herida, esclama:

¡Ay! ya le veo.... la herida
La fiera herida reciente
Cerrará mi boca.... impía,
Y cruel jente dejadme;
Dejad que su sangre fria
Con mi sangre vivifique....
Sangre ilustre, que vertida
Con dar paso á un alma grande
Llenas de furor la mia;
Yo por tí juro á los Cielos
Poner una mano altiva
Que te vengue de la mano
Cruel, arrojada, impía
Que abrió la puerta en tu pecho
Para mi eterna desdicha....
Caro amigo de mi hermano
Apoyo de su afligida
Hermana; tu que á ser vienes
Quien mi casa por él rija,
Alza tu invencible brazo
Consuéleme en mi fatiga..
Llamadme, amigos, llamadme
A Sancho Ortiz; venga á prisa
Consuéleme con vengarme
Guzmán,- Ved que ese es el homicida....
El le mató, y ya seguro
Hoy mismo se hará justicia.
Estrella.- ¿Quién decís?
Guzmán.- Don Sancho Ortiz.
Estrella.- Se engañó la atención mía.
Guzmán.- Sancho Ortiz de las Roelas
Cometió esta muerte impía;
Pero preso está y confeso.
Estrella.- Dejadme, gente enemiga,
que en vuestras lenguas traéis
del negro infierno las iras.
¡Mi hermano es muerto, y le ha muerto
Sancho Ortiz...! ¿Hay más fatigas,
santo Dios, hay más tormentos?
¿Para un alma, hay más desdicha...?
¡Sancho Ortiz !... ¡Y Estrella vive!
De mármol soy, si estoy viva...
Me engañas, Pedro Guzmán.


Estas palabras y las que siguen nacen de lo más íntimo de un corazón desolado; la situación no puede ser más dramática ni más verdadera. Nosotros no hallamos espresiones para pintar la belleza de tan poético cuadro, y nos abandonamos al sentimiento de los lectores. Mas, a pesar del intenso dolor, Estrella quiere ahondar más la llaga y apurar la copa de la amargura; desea ver a don Sancho y se dirige al lugar de su prisión. Así obran todas las pasiones profundas, y Lope de Vega ha arrancado al corazón sus secretos en este lugar. Una de las escenas más fuertes y bellas en esta comedia es la del diálogo de ambos en la cárcel.

Estrella.- Sostenme Teodora un poco
(Se quiere esforzar a levantar, da un paso y, bajando la voz, vuelve a sentarse)
Sostenme que estoy sin brío..
Acércame a ese infelice
de mi sosiego enemigo,
que fue duro como un mármol
y está como un mármol frio...
Vuélveme a sentar, amiga...
No pueden mis pies conmigo...
(Sancho, que ha estado como parado, llora al ver esto.)
¿Lloras, Sancho? ¿En ese pecho
tan feroz y empedernido
pudo lástima caber
del pesar y dolor mío?
¿Del dolor que vos causáis?
Acercádmelo, os suplico,
que aun la voz alzar no puedo.
Sancho.- ¡Gran Dios! ¿Hay mayor suplicio?
Estrella.- Dime, corazón de piedra,
Sancho, por mi mal nacido,
de odio y amor junta estraña
y origen de mis martirios,
¿en qué te ofendió mi hermano?
¿Estrella en que te ha ofendido?
¿De donde esperé el amparo
la desolación me vino?
¿Me trajo la desventura
de donde esperé el alivio?
Sancho.- Pues veis que un corazón duro
cual decís y empedernido
llora, ¿qué me preguntáis?
Leed el interior mío,
que estas lágrimas os dicen
todo aquello que no digo.
El dolor que ellas publican
del aparente delito
pudiera ser gloria acaso
si fuera de ella más digno,
pero de ser digno dejo,
porque lo soy en sentirlo.
Estrella.- Yo no os entiendo, don Sancho.
Sancho.- Ni yo me entiendo a mí mismo.
Estrella.- ¿No sabias las venturas
que el amado hermano mío
te preparaba?
Sancho.- Señora,
Bustos propio me las dijo.
Estrella.- ¿Y pagaste su fineza
con darle la muerte, impío?
Sancho.- Pues entonces le maté,
ved cuál sería el motivo.
Estrella.- ¿Dio él la causa?
Sancho.- No la dio.
Estrella.- ¿Os la di yo?
Sancho.- Estáis sin juicio
¡Vos ofender a don Sancho!
Estrella.- Pues, si los dos no hemos sido,
¿quién pudo tanto con vos,
que os arrastró a un precipicio?
¿Ha sido el rey?
Sancho.- ¡Ay, Estrella!
No fue sino mi destino.
Mate a un hombre, mate a Busto
maté a mi mayor amigo,
a un hombre tal, que primero
me mataría a mí mismo,
y le mate con razón,
matándole sin motivo.
Cometí una atrocidad,
mas no cometí un delito.
Ni puedo ni diré más,
Y aun más que debiera he dicho.
Entended vos lo que callo
por lo mismo que no digo.


El amor y el sentimiento de la ofensa no pueden pintarse de un modo más delicado y profundamente melancólico. Mas donde llega al más subido punto el honor de Sancho Ortiz es cuando don Arias le ruega en nombre del rey que se disculpe, manifestando la razón que le obligó a matar a don Bustos, y responde:

Si lo hiciera
no cumpliera lo que debo.
Agradézcole a su alteza
de su amistad el esceso,
y repito lo que estaba
cuando viniste diciendo.
Aquí no hay más que un camino,
y este no está en poder nuestro.
Decidle a su alteza, amigo,
que yo cumplo lo que ofrezco,
y, si él es don Sancho el Bravo,
yo de Sancho Ortiz me precio.
Añadid que bien pudiera
tener papel, mas me afrento
de que papeles le pidan
a uno que sabe romperlos.
Alguno quedó que acaso
por su firma fuera bueno;
mas por que nadie lo viese
supe comérmelo entero,
y en verdad que en todo el día
no he querido otro sustento.
Yo maté a Bustos Tavera,
y, aunque libertarme puedo,
no quiero, por entender
que alguna palabra ofendo,
Rey soy en cumplir la mía,
y tan exacto y completo,
que, si en esto ser pudiera
mas que rey, no fuera menos.
Quien conmigo ha prometido,
es razón haga lo mesmo.
Obre quien se obligó hablando,
pues yo me he obligado haciendo
a quien me dijo: «Prudente
sois vos; obrad, y callemos».


Esta comedia, como la de García del Castañar, es la divinización, si nos podemos espresar así, del honor; es el reflejo de lo que había más delicado y sublime en las costumbres de la patria del Cid, de Alfonso XI y de Gonzalo de Córdoba. La juventud recita de memoria sus escenas, el pueblo español las aplaude siempre en el teatro, y ella vivirá eternamente en España como la apoteosis del honor nacional, mientras el materialismo y la grosería revolucionaria no estingan completamente todos los recuerdos de heroísmo y de magnanimidad que afortunadamente conservan todavía algunos hombres, a pesar de los repetidos ejemplos de inmoralidad, de corrupción y de ateísmo práctico de la época actual.

Noble, delicado y sublime fue el genio de Lope de Vega, y el mismo temple presenta su fecundo y rico teatro. Mas el que, no contento con su poema épico de la Jerusalén conquistada, ensayó con un éxito feliz el burlesco en su graciosa Gatomaquia, supo también cultivar todos los géneros de poesía dramática. Así, el autor de La Estrella de Sevilla y El premio del bien hablar, que presentó con tan brillantes colores lo que hay de más sublime y delicado en el hombre, acertó a describir perfectamente la parte cómica y picaresca de la vida en la La Buscona, o El anzuelo de Fenisa, comedia que versa sobre los engaños y trapazas con que, vendiendo amor, vivía lujosamente y se enriquecía esta célebre dama de industria. Nosotros no acabaríamos si hubiésemos de analizar una pequeña parte del prodigioso número de sus comedias; si nos empeñásemos en dar pruebas de la fecundidad de su imaginación, de la soltura, intriga y fácil movimiento de sus piezas y de la fluidez y armonía de su variada y agradable versificación. Los estractos que hemos hecho de sus más acabadas producciones colocan a Lope de Vega en el primer rango de nuestros poetas dramáticos, y bastan a demostrar el objeto filosófico que nos hemos propuesto en el examen del teatro español. Lope de Vega ofreció en sus comedias la más sublime espresion de la galantería y cortesanía en damas y caballeros, la pintura más delicada del amor y del honor. Tales eran los sentimientos más caros a los españoles, los que habían producido las más bellas y románticas aventuras, y los que se hallaban en los recuerdos y en las costumbres del país. No negaremos el desarreglo que se le reprende por los preceptistas, y la falta de exactitud y fuerza en los caracteres y combinación dramática; mas, sobre que esto se esplica por la precipitación con que escribía y la imaginación maravillosa del pueblo que le escuchaba, jamás podrá disputársele sin la más señalada injusticia que él solo, con su prodigiosa fecundidad, creó un teatro nacional, mereció bien los aplausos y el distinguido aprecio con que fue honrado durante su vida, y dejó abierta a sus sucesores la única senda que conducía a los laureles y a la gloria, la única que debía dar a España la más rica y sublime literatura dramática de entre todas las conocidas. (Para el examen de las comedias de Lope de Vega, como de las demás que analizaremos, prescindiendo de las comedias sueltas que hemos leído, hemos consultado la colección general de comedias escogidas publicada en Madrid en la imprenta de Ortega, en dozavo, y la publicada en Paris por el señor Ochoa (1838) con el nombre de Tesoro del teatro español).

En brillante estado legó Lope de Vega el teatro español al célebre poeta madrileño don Pedro Calderón de la Barca, cuyo genio dramático fue indudablemente superior al suyo. Mas, como la reputación de Calderón (nacido en 1601 y muerto en 1682) pertenezca al reinado de Felipe IV (1621 a 1665), y la de Lope de Vega al de Felipe III (1598 a 1621), nos parece oportuno con arreglo al plan de nuestro trabajo ofrecer una ligerísima reseña del estado político y moral de España en la época de Felipe IV, protector de los poetas y compositor él mismo, según la opinión pública, de versos y comedias.

Cuando faltó a la monarquía de España el genio de Felipe II se principiaron a sentir los males de la organización teocrática, establecida en el siglo XV con la Inquisición, y el inmenso poder y riquezas que le dio en el XVI el hijo de Carlos V. Muerto, pues, aquel, y enervado y degradado Felipe III por su educación palaciega y la exagerada influencia de los sentimientos religiosos, el clero con sus doctrinas intolerantes y fanáticas se apoderó del gobierno del país, logró la bárbara e impolítica medida de la expulsión de los moriscos en 1609, y concluyó por llenar de miedos y los más miserables escrúpulos de conciencia el ánimo apocado del monarca. Al legar este su vasto imperio a Felipe IV, la debilidad y envilecimiento de la privanza del cardenal duque de Lerma y el influjo funesto de las doctrinas religiosas, reducidas por los intereses y preocupaciones del clero a una especie de supersticioso materialismo, contribuyeron estraordinariamente a estinguir aquel espíritu magnánimo propio del carácter español. Conservábanse, sin embargo, los recuerdos de la pasada grandeza, y aun algunos individuos hacían nobles esfuerzos por restituir a la nación su antiguo valor y pujanza. Conociéronse los males producidos por la debilidad supersticiosa de Felipe III y la privanza del duque de Lerma, y los primeros actos de Felipe IV parecieron dirigirse a gobernar el país con enérgica justicia y deseo de reformar los abusos de la monarquía. Mas desaparecieron como el humo las lisonjeras esperanzas formadas por los primeros decretos de Felipe IV, porque este, mas descuidado en su educación que lo había sido su padre, y aficionado desde su juventud a los saraos, festines y distracciones, carecía de talentos para gobernar, y echó por lo mismo esta carga sobre los débiles hombros del conde-duque de Olivares. Odioso se había hecho en el anterior reinado el nombre de privado, y fueron desgraciados los últimos días del de Lerma, después de su caída. Esto, sin embargo, no sirvió de lección ni correctivo al primero, quien, siguiendo con mayor hipocresía las mañas y arterías de su antecesor, se elevó a la dignidad de primer ministro, y ejerció en nombre del envilecido monarca la verdadera autoridad real. Había sido el valido rector de la Universidad de Salamanca y entretenídose durante su juventud en el cultivo de las musas, siendo su casa de Sevilla el centro y punto de reunión de literatos y poetas. Sirviendo en la cámara de Felipe IV mientras era príncipe, y halagando sus inclinaciones, logró el favor y la estimación del mismo, que le encumbraron por fin al más absoluto señorío. Difícil era a la sazón la situación política de España, y para dominarla hubiera sido necesario todo el genio de Fernando el Católico, de Cisneros y Carlos V. Se comprenderá, pues, que el cortesano y el poeta era hombre de poca cuenta y conocidamente inhábil para llevar el timón de la inmensa y mal administrada monarquía española, puesta ahora en pugna y continuados embates con las naciones más poderosas de Europa. Mas, para gobernar con discrecional y casi absoluto poder, puso en juego los resortes de la intriga y de una política cortesana, supliendo con ella la falta de talento y de las prendas necesarias para el mando. Continuó, pues, halagando y sirviendo al rey en sus inclinaciones y mocedades, y fomentó eficazmente los saraos, comedias y diversiones. A pesar del religioso y aparentemente severo aspecto de la corte de España, las aficiones del rey y las miras particulares del de Olivares convirtieron la etiqueta de palacio en un continuado festín, y los saraos, cabalgadas, lujosa representación de comedias en el estanque del retiro y juegos de todas especies se sucedían sin interrupción, con el fin de distraer al monarca y hacerle olvidar su dignidad, sus deberes y las pérdidas de sus provincias y reinos enteros, que alternaban y contrastaban notablemente con la muelle y voluptuosa existencia de la corte. Esmerándose a porfía los poetas por lisonjear el espíritu de esta, y, a su vez, el pueblo español con su tinte oriental recibido de los árabes y con la alegría propia de su cielo, se abandona adormecido a la poesía y a los goces de la imaginación, únicos que le permitían paladear la teocrática organización del gobierno. Entonces se inundó la España de poetas y teatros, hasta el punto de manifestar el célebre actor Ortiz, en memorial impreso en 1647 y presentado á Felipe 1V, que apenas había ciudad y aun villa de corta vecindad que no tuviese un coliseo (185. título 1º de Pellicer). Entonces se perdió completamente el antiguo vigor español, y los consejos y la nobleza ramparon y se envilecieron con mengua y notable infamia ante las mercedes y poderío del mañero y sagaz valido. No habían desaparecido, es verdad, los antiguos hábitos de galantería y los sentimientos de honor, y aun eran muy frecuentes en la corte y en palacio los duelos y cuchilladas. Mas sucedía ya en aquella época lo que actualmente en Europa. No nacía el sentimiento del honor de la magnanimidad del corazón y del espíritu de dignidad y de grandeza de alma; movíale ya únicamente la imaginación, la vanidad y el orgullo. Al paso, pues, que la mala administración y el amor a la poesía y a los placeres enervaban las costumbres y el carácter español, secundaban poderosamente semejante degradación la credulidad, superstición y miserables escrúpulos religiosos fomentados por las doctrinas y preocupaciones del clero; de suerte que, decaída de su antiguo poderío y envilecida, la España presentó a la Europa al cabo de pocos años la miserable postración del reinado de Carlos II. Pueden leerse sobre esta época los documentos insertados en los tomos del Semanario Erudito, sobre todo los tomos 31, 32 у 33.

Hemos creído conveniente anticipar esta ligera reseña del estado político y moral de nuestra nación en el reinado de Felipe IV al examen de las comedias de Calderón y de los más distinguidos ingenios dramáticos, ya para que pueda ser comprendido filosóficamente nuestro teatro, como para saber hasta dónde reflejaba las costumbres contemporáneas y hasta dónde era el eco de los hábitos y sentimientos, que se hallaban en los recuerdos, en la historia y aun en la imaginación y simpatía del país. Ejecutado, pues, ya este trabajo, pasaremos a ocuparnos de Calderón.

Si Lope de Vega se distingue por la fluidez del verso, la invención, la dignidad y dulzura de los sentimientos, Calderón es el poeta que refleja mejor las ideas, creencias y costumbres de los españoles. Es por escelencia el poeta del honor y de la religión, y estos eran los objetos caros, sagrados para nuestros ascendientes. El respeto a las mujeres, la deferencia caballeresca hacia las mismas, sacrificándolo todo al honor de una dama, la defensa de esta en caso de cualquier agravio, la delicadeza de los sentimientos y el pundonor en todas sus acciones; he aquí lo que se descubre en el fondo filosófico de sus comedias, y especialmente en Casa con dos puertas mala es de guardar, El médico de su honra, A secreto agravio, secreta venganza; El mayor monstruo, los celos, El alcalde de Zalamea, Las armas de la hermosura, No siempre lo peor es cierto, Amigo, amante y leal y Los empeños de un acaso. Considerado su teatro en la parte artística o de desempeño, se admira una imaginación inagotable, trozos brillantes de poesía lírica y una facilidad en la intriga y enredo que desespera, y en que no ha sido dado todavía a ningún poeta anterior ni posterior escederle ni acercársele con gran distancia. La deferencia al honor de las mujeres se halla recomendada por Laura en la Casa con dos puertas mala es de guardar, cuando dice a Félix:

Mira, por Dios, lo que haces,
pues en quien es caballero
el honor de las mujeres
siempre ha de ser lo primero.


Pero obsérvase en especial ese idealismo respetuoso hacia el bello sexo en Las armas de la hermosura. Versa esta comedia sobre los tan trágicos sucesos ocurridos en Roma por el destierro de Coroliano, y tan vestida a la española está, que, en lugar de presentar Calderón los hechos tan interesantes y dramáticos de la historia, prefiere falsificar esta, y supone a Coroliano enamorado de Veturia, desterrado de Roma у puesto al frente de los sabinos para atacarla, porque el Senado no quiso otorgar su petición, hecha a instancias de su amante, de renovar las leyes suntuarias que acabada de establecer contra el lujo y los adornos de las mujeres. Esta comedia marca perfectamente la diferencia de las costumbres de Roma y de España en la fastuosa corte de Felipe IV. Es grandioso el personaje de Coroliano en la historia romana, y sobremanera dramáticas las palabras y lágrimas que Veturia emplea para templar el furor y la indignación noble de su hijo; mas en Calderón el primero es pueril, y la segunda una despreciable coqueta. La deferencia al bello sexo es noble y honrosa, cuando se consideran su debilidad y sus virtudes, pero es ridícula y humillante cuando el hombre se mezcla en la defensa de sus frivolidades y caprichos; y esto último es lo que se observa en la comedia de Calderón, sobre todo al fin de la misma, cuando dice Coroliano:

Advierte
que nunca dije que había
negádosela, rebelde,
a mi dama, que el más noble
puede negar justamente
lo que le pide a su patria,
a su padre, a sus parientes,
a su amigo y enemigo,
pero a su dama no puede,
y más cuando su hermosura
con armas del llanto vence...


Y concluye:

Primeramente
que las mujeres que hoy
tiranizadas contiene
se pongan en libertad,
y las que volver quisieren
a Sabinia no se impidan
ni sus personas ni bienes;
que las que quieran quedarse
restituidas se queden
en sus primeros adornos
de galas, joyas y afeites;
que la que se aplique a estudios
o armas ninguno las niegue
ni el manejo de los libros
ni el uso de los arneses,
sino que sean capaces,
o ya lidien o ya aleguen
en los estrados de todas
y en las lides de laureles:
que el hombre que a una mujer
donde quiera que la viere
no la hiciere cortesía,
por no bien nacido quede.
Y por mayor privilegio,
más grave y más eminente,
pues por las mujeres yo
sin honra me vi, se entregue
todo el honor de los hombres
a arbitrio de las mujeres.


Tal es la última arenga del héroe de esta pieza, y, si bien hay en estos sentimientos algo de ridículo y de exagerado, son la demostración más clara de que la deferencia al bello sexo fue uno de los resortes o medios dramáticos de nuestros distinguidos ingenios.

Mas la comedia donde la dignidad y la inocencia candorosa de la mujer, el idealismo más exaltado del amor y del respeto hacia la mujer están pintados de un modo interesante y dramático es la de No siempre lo peor es cierto. En ella el galán don Carlos, después de herir en el cuarto de su dama al que suponía ser su rival y hallarse escondido en el mismo, no obstante su indignación y amargo dolor por creer infiel a su amada, viendo a esta en peligro de su honor por la entrada de su familia, la arrebata, cuida de ella con la más esmerada consideración y lleva su generosidad hasta permitir su enlace con el que juzga ser su rival, a fin de que no quede manchada su honra. La pureza y el pundonor de los sentimientos de don Carlos se hallan bellamente espresados en el siguiente diálogo:

Yo, don Juan, traigo conmigo
aquesta dama, a quien tengo
de salvar la vida a costa
de todos mis sentimientos.
En dejándola segura,
pues esta es en todo riesgo
mi primera obligación,
podrán mis desdichas luego
acudir a la segunda.
Pues la segunda que tengo
es huir de esta enemiga
que como noble defiendo,
que como quejoso obligo,
como enamorado quiero,
y como ofendido huyo.
Y en dos contrarios estremos,
acudiendo a las dos partes
de amante y de caballero,
enamorado la adoro,
y celoso la aborrezco;
cuyas dos obligaciones
tan cabal la acción han hecho,
que desde Madrid aquí,
si no es hoy, juraros puedo
que no la hablé dos palabras,
porque no quise que en tiempo
ninguno de mí dijese
la fama que pudo menos
mi valor que mi apetito;
que es hombre bajo, que es necio,
es vil, es ruin, es infame
el que, solamente atento
a. lo irracional del gusto
y a lo bruto del deseo,
viendo perdido lo más,
se contenta con lo menos.
Mirad vos cómo en Valencia
con otro nombre supuesto
podrá vivir esta dama,
en qué casa, en qué convento,
en qué retiro, en qué aldea,
donde veréis que la dejo
lo poco que traer conmigo
pude para su sustento,
que a mí me basta esta espada;
pues, al instante, al momento
que ella asegurada quede,
yo tengo que ir de ella huyendo.
A Italia a servir al rey
me pasaré, donde al cielo
le pido que la primera
bala acierte con mi pecho,
por que con mi vida acaben
de una vez tantos recelos,
tantas penas, tantas ansias,
agravios y sentimientos,
que como noble las huyo
y como amante las siento.


Mas, si interesante y bellísimo aparece el carácter de don Carlos, el de su amada Leonor es una creación angelical. Ella amaba a don Carlos con la más apasionada sublimidad, y había despreciado a don Diego, quien, valiéndose de una criada, logró introducirse en el aposento en que se hallaban Leonor y don Carlos y donde fue herido por este. Leonor comprende lo justo del enojo de su amante, mas, sin entrar en esplicacion alguna, solo afirma su inocencia, esperando con resignación que el tiempo la aclare y padeciendo el más acerbo dolor, hasta que su enemigo mismo, por una serie de sucesos y combinaciones en que tanto descolló el numen de Calderón, confiesa su culpabilidad y la de la criada de Leonor.

Si la deferencia más ideal y el delicado respeto a la mujer forma una de las principales bellezas dramáticas del poeta madrileño, es otra el honor en el hombre, quien ejecuta por él las acciones más nobles y no sufre el menor agravio en el mismo. Por eso las pendencias, los duelos y cuchilladas son tan frecuentes en las piezas de Calderón, y por ello también se ha reprendido la perjudicial influencia de sus comedias, aunque no anda en esto muy acertada la crítica, pues él pintaba las costumbres y halagaba las inclinaciones de su tiempo, y no es justo exigirle la filosofía del actual.

En la comedia A secreto agravio, serreta venganza se descubre bien este sentimiento del honor cuando Leonor dice a su esposo, don Lope:

Ya no quiero que el amor,
sino el valor, me aconseje.
Servid hoy a Sebastián,
cuya vida el cielo aumente,
que es la sangre de los nobles
patrimonio de los reyes,
que no quiero que se diga
que las cobardes mujeres
quitan el valor a un hombre,
cuando es razón que le aumenten.


Y cuando don Lope dice a don Luis:

¿Qué es a creer? Si llegara
a imaginar, a pensar
que alguien pudo poner mancha
en mi honor..,. que en mi honor
en mi opinión y mi fama
y en la voz tan solamente
de una criada, una esclava
no tuviera, ¡vive Dios!
vida que no le quitara,
sangre que no le vertiera,
almas que no le sacara,
y esta rompiera después,
a ser visibles las almas.


En El mayor monstruo, los celos el Tetrarca se decide a mandar la muerte de su mujer, a quien adora, para que no sea de Octaviano, y dice

No te acobarde lo horrible
de una historia tan estraña,
que cuando murmuren unas
que hubo quien dejó por manda
un homicidio creyendo
que así sus penas engaña,
que así sus quejas desmiente,
que así decide sus ansias
y que así enmiende sus celos,
otros habrá que lo aplaudan,
pues no hay amante o marido
que no quisiera ver antes
muerta que ajena su dama.


Empero, donde resplandece el honor español en todo su brillo y pureza es en Los empeños de un acaso y, especialmente, en la comedia El alcalde de Zalamea. No se invoca ni se defiende el honor en la última por un noble, sí que por un villano o labrador de Zalamea, a quien un capitán de ejército le ha robado su hija. La nobleza, el pundonor y la rectitud se ven delicadamente retratados en el bien delineado carácter del labrador, pudiendo ser esta comedia la mejor demostración de lo generalizada que se hallaba la honradez у la grandeza de los sentimientos en todas las clases del país, El labrador era alcalde de Zalamea, y había mandado la prisión del capitán raptor, y es interesante el diálogo entre aquel y el bien sostenido carácter del general don Lope de Figueroa, que le reprende la prisión del capitán, como una estralimitacion de sus facultades:

Don Lope.- ¿Sabéis, ¡vive Dios!, que es
capitán?
Crespo.- Sí, ¡vive Dios!,
y aunque fuera el general,
en tocando a mi opinión,
le matara.
Don Lope.- A quien tocara
ni aun al soldado menor
solo un pelo de la ropa,
¡viven los cielos!, que yo
le ahorcara.
Crespo. A quien se atreviera
a un átomo de mi honor,
¡viven los cielos también!
que también le ahorcara yo.
Don Lope.- Sabéis que estáis obligado
a sufrir por ser quien sois
estas cargas.
Crespo. Con mi hacienda,
pero con mi fama no.
Al rey la hacienda y la vida
se ha de dar; pero el honor
es patrimonio del alma,
y el alma solo es de Dios


Mas donde aparece toda la honradez y pundonor del alcalde de Zalamea es en el diálogo con el capitán:

Ya que yo como justicia
me valí de su respeto
para obligaros a oírme,
la vara á esta parte dejo
y como un hombre no mas
deciros mis penas quiero;
y, puesto que estamos solos.
señor don Álvaro, hablemos
más claramente los dos,
sin que tantos sentimientos.
como han estado encerrados
en las cárceles del pecho
acierten a quebrantar
las pasiones del silencio.
Yo soy un hombre de bien
que, a escoger mi nacimiento,
no dejara, es Dios testigo,
un escrúpulo, un defecto
en mí que suplir pudiera
la ambición de mi deseo.
Siempre acá entre mis iguales
me he tratado con respeto;
de mí hacen estimación
el cabildo y el concejo;
tengo mi bastante hacienda,
porque no hay, gracias al cielo,
otro labrador más rico
en todos aquestos pueblos
de la comarca. Mi hija
se ha criado, a lo que pienso,
con la mejor opinión,
virtud y recogimiento
del mundo; tal madre tuvo,
téngala Dios en el cielo.




(Se continuará)

FERMIN GONZALO MORON.

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