Prensa y canon · Textos historiográficos
“Ensayo histórico-filosófico sobre el teatro antiguo español (continuación)”
- Autor del texto editado
- Morón, Fermín Gonzalo
- Título de la obra
- Revista de España y del estranjero, t. VII, año 2, artículo 44
- Autor de la obra
- Morón, Fermín Gonzalo (dir.)
- Edición
- Imprenta del Archivo Militar,
1843
- Paginación
- pp. 250-256
Fuentes
Información técnica
Encoding: Noelia Santiago López
ENSAYO HISTORICO-FILOSOFICO SOBRE EL ANTIGUO TEATRO ESPAÑOL
(continuación)
¿Qué hice yo a vuestros ojos,
que vengan mis enemigos,
cuando los hice testigos
de mis lágrimas y enojos?
Juzgaréis que son antojos. [5]
Decidme que me desalma
amor que me tiene en calma;
pero vuestra discreción
sabe que la obligación
abre las puertas al alma. [10]
Primero os amé que os vi.
¿Quién vio tan nuevo obligar?
Y no lo podéis negar,
Pues sabéis que os defendí:
Mirad como merecí [15]
favores, antes de veros,
pero fue para perderos;
pues, en viéndonos los dos,
no me defendí de vos,
aunque supe defenderos. [20]
Leonarda.-
Señor don Juan, si tenéis
determinado partiros,
mal podré yo persuadiros
contra lo que vos queréis.
Y basta que me dejéis [25]
con tantas obligaciones,
sin decirme estas razones
para más pena y dolor,
que no le detiene amor
a quien deja las prisiones. [30]
Defenderme antes de verme,
no fue amor, nobleza fue,
o condición vuestra en fe
de obligarme y conocerme.
Pero, si fue defenderme [35]
nobleza, nobleza fue
el haberos defendido;
con que diréis con razón,
que cumple su obligación
beneficio agradecido: [40]
Vos os vais, porque queréis,
y algún deseo lleváis,
pues porque queréis os vais,
cuando quedaros podéis.
Al peligro anteponéis [45]
el ángel que en la posada
debe de estar lastimada.
Mirad que estraños desvelos,
que os estoy pidiendo celos
sin amar ni ser amada. [50]
Dicen que la enfermedad
tiene la espada desnuda
cuando está la vida en duda;
y en el ejemplo mirad.
A matar la libertad, [55]
la espada desnuda entraste,
aunque piadosa me hallaste;
pero el efecto que hicistes,
no os lo dije, pues os fuistes
con más prisa que llegastes. [60]
Id en buen hora a buscar
esa dama venturosa,
que estará tan cuidadosa,
como me habéis de dejar.
Mirad si queréis llevar [65]
alguna cosa de aquí,
que os aseguro que fui
dichosa en que luego os vais,
porque, si más os tardáis,
os llevaredes a mí. [70]
Esta comedia ofrece lances novelescos y el interés más delicado, porque Feliciano, hermano de Leonarda, al ir a perseguir a don Juan en la posada en que se hallaba, encuentra a su hermana doña Ángela, se enamora de ella y abandona sus planes de venganza. Leonarda dice a Feliciano que le ha revelado su cariño a doña Ángela, que su deber como caballero es ofrecer a esta los servicios de su hermana y su casa, y así lo verifica. El padre de Feliciano sorprende en la suya a doña Ángela, y, creyendo que los amores de su hijo con esta son causa de la resistencia opuesta por Feliciano al enlace de Leonarda con don Pedro, hermano del herido don Diego, la encierra en su aposento. Don Juan echa de menos a su hermana, y en un momento de delirio sospecha si Feliciano habrá podido atentar al honor de la misma, dando la más subida idea del pundonor caballeresco el siguiente diálogo de don Juan y Leomarda:
Don Juan.
Habla Leonarda, ¿Qué aguardas?
¿Hame llevado tu hermano,
como sabe que te casas,
a mi hermana? Bueno quedo
sin la suya y sin mi hermana.
Vive Dios que, si esto fuese,
Que pienso que tal infamia
Me obligaría....
Leonarda.-
Don Juan,
paso, y con dignas palabras
de quien creo y quien soy.
Don Juan.-
¿Qué palabras hay honradas
donde no lo son las obras?
Leonarda.-
Míra que conmigo hablas,
y que, si eres defensor
de las mujeres y tratas
mal mi respeto, diré,
que las mujeres engañas.
Don Juan.-
Leonarda, si esta traición
procede de vuestra culpa,
bien sabes que me disculpa
honor y buena opinión;
porque no será razón
donde es la ofensa tan llana
que tengas defensa humana,
pues muy atrevida quieres
que defienda las mujeres
y no defienda á mi hermana,
¿Sería buena defensa,
que, por defenderte a ti,
me hiciese tu hermano a mí
en el honor esta ofensa?
¿Cuando tú te casas, piensa
que ha de merecer su mano?
Pues no quiera Feliciano
que vuestra casa alborote,
que, aunque pobre, tiene en dote
ser quien es, y yo su hermano.
Mi hermana ha de parecer,
porque, en llegando a mi honor,
no hay hermosura ni-amor
por quien le deje ofender.
No he defendido mujer
con más razón en mi vida;
dámela si eres servida;
basta que, de mí adorada,
quedes, Leonarda, casada,
no doña Ángela perdida.
Mira tú si a tu hermosura
igual respeto he guardado,
pues la espada no he sacado
para hacer una locura.
¿Mi honor puesto en aventura,
y yo tan cuerdo y discreto?
Pondré la furia en efecto,
aunque le pese a mi amor,
que no es bien perder mi honor
por no perderte el respeto.
Es acabado el carácter de don Juan en el sentimiento delicado del honor, así como en discreción el de Leonarda, que le responde:
Tente, espera, que no sé
que pueda haberte ofendido,
Feliciano, y, si esto ha sido,
satisfacerte podré:
Yo misma te vengaré.
Yo seré tuya, si quieres.
No te vayas, no te alteres.
Ángela me toca a mí,
porque he aprendido de ti
a defender las mujeres.
Si yo soy tuya, no es bien,
que de mi hermano te quejes;
cuando la tuya le dejes,
conmigo quedas también.
Seré tuya, aunque me den
mil muertes; cierra los labios,
mi bien, que los hombres sabios
cuando se ven agraviar,
aunque mueran por callar,
no publican los agravios.
A mi padre, al mundo, al cielo,
diré que soy tu mujer.
Todo concurre en esta comedia a engrandecer el pensamiento de Lope de Vega, dando hasta al criado de don Juan los mismos sentimientos de delicada deferencia al bello sexo. Esto prueba cómo el genio sabe adivinar y producir las más altas bellezas sin necesidad de las reglas. Cuando la imaginación de un poeta se halla fuerte y profundamente poseída de una pasión o sentimiento, todas sus ideas y espresiones contribuirán, sin saberlo él mismo, a realzar el cuadro que pretende pintar. Así, don Juan, al oír las últimas palabras de Leonarda, dice a su criado:
Martin. ¿Que tengo de hacer
entre tanto fuego y hielo?
Martin.-
¿Qué puede darte recelo
en tanta seguridad?
Don Juan.
¿No sería necedad?
Fermín Gonzalo Morón