Prensa y canon · Textos historiográficos
“Ensayo histórico-filosófico sobre el teatro antiguo español (continuación)”
- Autor del texto editado
- Morón, Fermín Gonzalo
- Título de la obra
- Revista de España y del estranjero, t. VII, año 2, artículo 42
- Autor de la obra
- Morón, Fermín Gonzalo (dir.)
- Edición
- Imprenta del Archivo Militar,
1843
- Paginación
- pp. 112-125
Fuentes
Información técnica
Encoding: Noelia Santiago López
ENSAYO HISTÓRICO-FILOSÓFICO SOBRE EL ANTIGUO TEATRO ESPAÑOL
(continuación)
AGUILAR Y LOPE DE VEGA
En el objeto que nos hemos propuesto de examinar el teatro español con relación a las costumbres y nacionalidad del país y en la portentosa fecundidad de nuestros poetas, no cabe dar cuenta sino de los más distinguidos ingenios y de sus obras más acabadas. Empero nada creemos puede dar una idea tan exacta del progreso de la dramática y de la afición estraordinaria del pueblo a las diversiones escénicas como la siguiente loa de Agustín de Rojas sobre el origen y progreso de la comedia en España:
Y donde más ha subido
de quilates la comedia,
ha sido donde más tarde
se ha alcanzado el uso de ella,
que es en nuestra madre España; [5]
porque en la dichosa era
que aquellos gloriosos reyes,
dignos de memoria eterna,
don
Fernando
e Isabel
(que ya con los santos reinan) [10]
de echar de España acababan
todos los moriscos, que eran
de aquel reino de Granada,
y entonces se daba en ella
principio a la Inquisición, [15]
se le dio a nuestra comedia.
Juan de la Encina, el primero,
aquel insigne poeta
que tanto bien
empezó,
de quien tenemos tres églogas, [20]
que él mismo representó
al almirante y duquesa
de Castilla y de Infantado,
que estas fueron las primeras.
Y para más honra suya [25]
y de la comedia nuestra,
en los días que Colón
descubrió la gran riqueza
de Indias y nuevo mundo,
y el Gran
Capitán
empieza [30]
a sujetar aquel reino
de Nápoles y su tierra,
a descubrirse empezó
el uso de la comedia,
por que todos se
animasen
[35]
a emprender cosas tan buenas,
heroicas y principales,
viendo que se representan
públicamente los hechos
las hazañas y grandezas [40]
de tan insignes varones
así en armas como en letras.
Porque aquí representamos,
una de dos: las proezas
de algún ilustre varón,
[45]
su linaje y su nobleza,
o los vicios de algún príncipe,
las crueldades o bajezas,
para que al uno se imite
y con el otro haya enmienda.
[50]
Y aquí se ve, que es dechado
de la vida la comedia.
que, como se descubrió,
con aquella nueva tierra
y nuevo mundo el viaje [55]
que ya tantos ver desean
por ser de provecho y honra,
regalo, gusto y riquezas,
así la farsa se halló,
que no es de menos que aquesta. [60]
Trata de los griegos, romanos y estranjeros que admitieron la comedia, y continúa:
Y porque yo no pretendo
tratar de gente estranjera,
sí de nuestros españoles,
digo que Lope de Rueda,
gracioso representante [5]
y en su tiempo gran poeta,
empezó a poner la farsa
en buen uso y orden buena,
porque la repartió en actos,
haciendo introito en ella, [10]
que ahora llamamos loa,
y declaraban lo que era
las marañas, los amores
y entre los pasos de veras
mezclados otros de risa, [15]
que, porque iban entremedias
de la farsa, los llamaron
entremeses de comedias.
Y todo aquesto iba en prosa
más graciosa que discreta. [20]
Tañían una guitarra,
y esta nunca salía afuera,
sino adentro y en los blancos,
muy mal templada y sin cuerdas.
Bailaba a la postre el bobo [25]
y sacaba tanta lengua;
todo el vulgacho embobado
de ver cosa como aquella.
Después, como los ingenios
se adelgazaron, empiezan [30]
a dejar aqueste uso;
reduciendo los poetas
la mal ordenada prosa
en pastoriles endechas,
hacían farsas de pastores [35]
de seis jornadas compuestas,
sin más hato que un pellico
un laúd y una vihuela,
una barba de zamarro
sin más oro ni más seda. [40]
Y, en efecto, poco a poco
barbas y pellicos dejan
y empiezan a introducir
amores
en las comedias;
en las cuales ya había dama [45]
y un padre que aquesta cela,
había galán desdeñado
y otro que querido era,
un viejo que reprendía,
un bobo que los acecha, [50]
y un vecino que los casa
y otro que ordena las fiestas:
ya había saco,
había barba y cabellera,
un vestido de mujer, [55]
porque entonces no lo eran,
sino niños; después de esto
se usaron otras sin estas
de moros y de cristianos
con ropas y tunicelas. [60]
Estas empezó Berrío;
luego los demás poetas
metieron figuras graves,
como son reyes y reinas.
Fue el autor primero de esto [65]
el noble Juan de la Cueva;
hizo del
Padre tirano,
como sabéis, dos comedias;
sus
Tratos de Argel
Cervantes;
hizo el conservador Vega [70]
sus
Lauras,
y el bello
Adonis
don Francisco de la Cueva,
Loyola aquella de
Andalla,
que todas fueron muy buenas,
y ya en este tiempo usaban [75]
cantar romances y letras,
y esto cantaban dos ciegos
naturales de sus tierras.
Hacían cuatro jornadas,
tres entremeses en ellas [80]
y al fin con un bailecito
iba la gente contenta.
Pasó este tiempo, vino otro,
subieron a más alteza,
las cosas ya iban mejor. [85]
Hizo entonces Artieda
sus
Encantos de Merlin,
y Lupercio sus tragedias;
Virués hizo su
Semiramis,
valerosa en paz y en guerra, [90]
Morales su
Conde loco,
y otras muchas sin aquestas
Hacían versos hinchados,
ya usaban sayos de tela,
de raso, de terciopelo, [95]
y algunas medias de seda;
ya se hacían tres jornadas,
y echaban retos en ellas,
cantaban a dos y a tres,
y representaban hembras. [100]
Llegó el tiempo que se usaron
las comedias de apariencia,
de santos y de tramoyas,
y entre estas farsas de guerra;
hizo Pedro Díaz entonces [105]
la del
Rosario,
y fue buena;
San Antonio,
Alonso Díaz,
y al fin no quedó poeta
en Sevilla que no hiciese
de algún santo la comedia. [110]
Cantábase a tres y a cuatro,
eran las mujeres bellas,
vestíanse en hábito de hombre,
y bizarras y compuestas
a representar salían [115]
con cadenas de oro y perlas:
sacábanse ya caballos
a los teatros, grandeza
nunca vista hasta este tiempo,
que no fue la menor de ellas. [120]
En efecto, este pasó,
llegó el nuestro, que pudiera
llamarse el tiempo dorado,
según al punto en que llegan
comedias, representantes, [125]
trazas, conceptos, sentencias,
inventivas, novedades,
música, entremeses, letras,
graciosidad, bailes, máscaras,
vestidos, galas, riquezas, [130]
torneos, justas, sortijas,
y, al fin, cosas tan diversas,
que parece cosa incrédula,
que digan más de lo dicho
los que han sido, son y sean. [135]
¿Qué harán los que vinieren
que no sea cosa hecha?
¿Qué inventarán que no esté
ya inventado? Cosa es cierta.
Al fin la comedia está [140]
subida ya en tanta alteza,
que se nos pierde de vista.
¡Plega a Dios que no se pierda!
Hace el sol de nuestra España,
compone Lope de Vega, [145]
la Fénix de nuestros tiempos
y Apolo de los poetas,
tantas farsas por momentos,
y todas ellas tan buenas,
que ni yo sabré contarlas, [150]
ni hombre humano encarecerlas.
El divino Miguel Sánchez,
quien no sabe lo que inventa.
las coplas tan milagrosas,
sentenciosas y discretas [155]
que compone de contino,
la propiedad grande de ellas,
y el decir bien de ellas todos,
que aquesta es mayor grandeza;
el jurado de Toledo, [160]
digno de memoria eterna,
con callar está acabado,
porque yo no sé, aunque quiera;
el gran canónigo Tárrega:
Apolo, ocasión es esta [165]
en que, si yo fuera tú,
quedara corta mi lengua
El tiempo es breve, y yo largo,
y así he de dejar por fuerza
de alabar tantos ingenios, [170]
que en un sin fin procediera.
pero de paso diré
de algunos que se me acuerdan,
como el heroico Velarde,
famoso micer Artieda [175]
el gran Lupercio, Leonardo,
Aguilar el de Valencia,
el licenciado Ramón,
Justiniano, Ochoa, Cepeda,
el licenciado Mejía, [180
el buen don Diego de Vera,
Mescua, don Guillén de Castro,
Liñán, don Félix de Herrera,
Valdivieso, y Almendáriz;
y entre muchos uno queda, [185]
Damián Salustrio del Poyo,
que no ha compuesto comedia
que no mereciese estar
con las letras de oro impresas,
pues dan provecho al autor [190]
y honra a quien las representa.
De los farsantes que han hecho
farsas, loas, bailes, letras,
son Alonso de Morales,
y Grajales, Zorita, Mesa, [195]
Sánchez, Ríos, Avendaño
Juan de Vergara, Villegas,
Pedro de Morales, Castro,
y el del hijo de la tierra,
Caravajal, Claramonte, [200]
y otros que no se me acuerdan,
que componen y han compuesto
comedias muchas y buenas,
Esta loa, pues, insertada en una obra que se imprimió en 1603, demuestra que eran estraordinarios al fin del siglo XVI los progresos y la afición dramática en España. Mas en 1598 Felipe II prohibió, en fuerza de las instancias de los teólogos, la representación de comedias: Madrid reclamó contra esta disposición, y apenas murió el primero (13 de setiembre del mismo año) cuando se alzó la prohibición.
Al presentar nuestras convicciones sobre la filosofía de la poesía y de las artes, manifestamos el diverso desarrollo y fisonomía que ofrecían según los sentimientos y costumbres de cada país, reflejando siempre estas con más o menos fidelidad e idealismo en toda nación dotada de una literatura original. El examen que llevamos ya hecho del teatro español habrá persuadido a nuestros lectores que él se formó de un modo popular y nacional, en armonía con la historia, los recuerdos y las costumbres de España. Cuando, establecidas de un modo brillante y ostentoso las monarquías absolutas de Europa, abandonaron los reyes y los altos señores la vida militar y guerrera de los tiempos feudales, el espíritu de etiqueta y de vanidad que se sustituyó a la antigua libertad y algo rústica franqueza dividió las clases irrevocablemente y las separó unas de otras. Mas, como el hombre, por elevados que sean su cuna y sentimientos, no puede vivir siempre sujeto a tan estrecho ceremonial, esta circunstancia y el ocio de los reyes y altos señores introdujeron y generalizaron en sus palacios el personaje del loco, bufón o gracioso. Distraíanse con él de la monótona y melancólica vida producida por la falta de dignas ocupaciones, y se entregaban con el mismo a una libertad de comunicación que no podían lograr de otra suerte, por la dignidad y etiqueta con que vivian entre sus iguales y la distancia inmensa que los separaba de las clases inferiores. No se debe, pues, estrañar que el gracioso haga en nuestras comedias tan distinguido papel, porque su personaje se hallaba en las costumbres de la época y del país. Pero hay todavía otra razón más fundada que esplica el carácter del gracioso en el teatro español. Este se formó, como hemos dicho y probado, de un modo popular. En las calles y plazas, en corrales y lugares espaciosos reuníase el pueblo a oír las loas, farsas y comedias de Lope de Rueda, Cisneros, Claramonte y otros poetas. La mayor parte de los espectadores perteneció en España a la plebe. Las altas clases y los críticos y literatos no dominaron jamás nuestra escena y la sometieron a su gusto hasta las reformas materiales y mejora de policía hechas en el reinado de Carlos III por el conde de Aranda y el triunfo de las doctrinas francesas en los últimos años del siglo XVIII . Los poetas españoles debieron, pues, agradar al público, porque es este siempre quien domina al teatro, alienta o desanima a los poetas dramáticos. Tiene estremada afición el vulgo a la parte cómica y chocarrera de la vida, y gusta mucho de las burlas, donaires, y sales picantes. Elevada nuestra escena al más alto tono de grandeza y sublimidad por las costumbres caballerescas de la nación, tuvo necesidad de descender hasta el pueblo que concurría a oír y aplaudir las comedias. El gracioso fue, pues, el personaje destinado para divertir a este, y no adivinamos otra razón de crítica que la variación de ideas y sentimientos. Con nuestro espíritu de libertad y filantropía somos hoy más intolerantes y aristocráticos que lo fueron nuestros abuelos, y tratamos de someter las antiguas producciones dramáticas a las mezquinas ideas que hoy tenemos sobre el teatro. Sin la imaginación, la fe y las creencias de nuestros mayores, acudimos a este, más que para sentir, para razonar y discurrir sobre el mérito de la pieza; y, abroquelados con el imperio de ciertas reglas, desagrádanos la menor inverosimilitud y chocarrería. No reprobamos esto absolutamente ni deseamos que la democracia actual se apodere de la escena; pero creemos injusto condenar a los poetas antiguos por haber seguido una marcha que hoy nos repugna, pues los modernos, apartándose de la misma, ninguna otra cosa hacen que lo que hicieron aquellos: esto es, acomodarse a las costumbres e ideas del público que domina al teatro No sostendremos tampoco que no haya exageración digna de censura en el desempeño del papel del gracioso; mas esto no impide de modo alguno que semejante personaje estuviese en las costumbres del país, sirviese al agrado del pueblo y abriese un vasto campo para pintar los sentimientos de la plebe y la parte cómica y poco delicada de la vida, resaltando así los contrastes y haciendo más vivo y variado el cuadro dramático.
Esplicado ya el personaje del gracioso en el teatro español y reseñados los caracteres generales que distinguen a Lope de Vega , pasaremos a dar las pruebas de nuestro juicio, reduciéndonos, por no ser posible otra cosa, a un corto número de sus más célebres comedias. En La esclava de su galán pintó el heroísmo en el amor: don Juan había renunciado una rica prebenda por el cariño de Elena e incurrido en la indignación de su padre, y esta, con el fin de corresponder dignamente a la fineza de su amante y mitigar la ira del padre de don Juan, se finge esclava para servirle y aplacarle, como lo logra con su amabilidad y su virtud. Se respira en esta comedia toda la delicadeza de los sentimientos y el temple heroico que ellos daban al carácter de los dos sexos.
En El premio del bien hablar la deferencia hacia el bello sexo, el sentimiento del honor y la discreción y cortesanía de las damas están llevados al más sublime punto. Don Diego infamaba a todas las mujeres que veía. Don Juan de Castro no pudo en cierta ocasión oír sus injurias, desenvainó su espada en defensa del honor de aquellas, hirió a don Diego y, huyendo de sus parientes y de la justicia, vino a acogerse por casualidad y sin saberlo a la casa de la dama a quien había defendido sin conocerla, solo por su cualidad de mujer. Nada puede representarse más delicado que la relación del lance que hace a la misma:
Don Juan.-
A tal templo de hermosura
buscando amparo llegué.
Yo soy, gallarda señora,
forastero de Sevilla,
corona de las ciudades [5]
que en España, en toda Europa,
gobierna el rey, que Dios guarde;
que, como naturaleza
es de todos patria y madre,
nací en Madrid, aunque son [10]
en Galicia los solares
de mi nacimiento noble,
de mis abuelos y padres.
Para noble nacimiento,
hay en España tres partes, [15]
Galicia, Vizcaya, Asturias,
o ya montañas se llamen.
¡Qué turbado estoy, pues digo
en ocasión semejante
cosas que os importan poco! [20]
No os espantéis, perdonadme,
que por Dios que no me turban
pendencias ni enemistades,
el templo si, y en su altar
la belleza de su imagen.
[25]
¿Qué os importa a vos saber
que descienda de la sangre
del conde de Andresda y Lemos,
y que la causa dilate
de la presente desdicha [30]
que os ha obligado a escucharme
en vuestro mismo aposento
donde el sol fuera arrogante?
Sabed que vine a Sevilla
huyendo (mirad qué alarde), [35]
porque a un hombre
castigué la lengua infame.
Hablaba mal de mujeres,
y yo, que he dado en preciarme
de defenderlas, no pude [40]
sufrir que tan mal hablase.
Llegué a Sevilla, y la flota
(como veis) aún no se parte.
Entre tanto me entretienen
caballeros y amistades. [45]
Hoy vine a la Magdalena
y, como algunos hablasen
a la puerta, me detuve,
que ellos gustaron de honrarme.
No salió mujer de misa [50]
a quien un don Diego, un áspid
helado para gracioso,
para hablador ignorante,
no infamase en las costumbres,
no desluciese en el talle, [55]
no afectase en la hermosura,
no descubriese al amante;
palabra no les decía
que el alma no pasase,
que cuando se habla en corrillos [60]
no es afrenta que se hace
al ausente que no la oye,
sino a los que están delante,
porque es tenerlos por hombres
que gustan de infamias tales; [65]
y hablar mal de los ausentes
afrenta a los hombres graves.
Salió una señora indiana
con dueña, escudero y paje,
y, en viéndolo se tapó, [70]
dejando caer la margen
del manto al pecho, en lo negro
luciendo cinco cristales,
como cuando el sol hermoso
por nubes opuestas sale. [75]
Así de sus ojos bellos
luz por las puertas de Flandes.
pero no templó su lengua,
que luego dijo: «¿Que trate
mi hermano por interés [80]
con esta indiana casarse?
Que vive Dios que me han dicho
que vendió en Indias su padre
carbón o hierro, que agora
se ha convertido en diamantes [85]
Que, puesto que es vizcaíno,
para el toldo que esta trae
son muy bajos sus principios.
¡Mal hayan Indias y mares!...».
Fermín Gonzalo Morón
(Se continuará)