Prensa y canon · Textos historiográficos
“Ensayo histórico-filosófico sobre el teatro antiguo español (continuación)”
- Autor del texto editado
- Morón, Fermín Gonzalo
- Título de la obra
- Revista de España y del estranjero, t. VI, año 2, artículo 36
- Autor de la obra
- Morón, Fermín Gonzalo (dir.)
- Edición
- Imprenta del Archivo Militar,
1843
- Paginación
- pp. 298-303
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de la Biblioteca digital de Prensa Histórica. (texto completo)
Información técnica
Editor: Pedro Ruiz Pérez
Encoding: Noelia Santiago López
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Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
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Córdoba, 12 noviembre 2025
ENSAYO HISTÓRICO-FILOSÓFICO SOBRE EL ANTIGUO TEATRO ESPAÑOL
(continuación)
Empero, nacidas y arraigadas las costumbres caballerescas en medio de la anarquía de los tiempos feudales, escitada por el sentimiento de honor, la dignidad y el noble orgullo del hombre hasta un punto perjudicial al orden de la sociedad y a la paz de las familias, la sagacidad de Fernando el V aprovechó el valor español para sus conquistas, pero miró con desdén y aun con temor las justas y los torneos, y reprimió con leyes violentas los duelos de la nobleza. Sus pragmáticas fueron, sin embargo, inútiles, porque las costumbres caballerescas se habían tan fuertemente adherido a nuestro carácter, que de la nobleza descendieron a la clase media y al pueblo, y la imaginación naturalmente poética de este no encontraba el solaz y la diversión sino en los dramas religiosos, en la lectura de romances y libros maravillosos y en el cuento de prodigios y singulares proezas. Una nación templada en estos sentimientos debía amar y realizar las más atrevidas hazañas, y tener después de los combates y de la gloria una literatura original y sublime, fiel reflejo de su historia, de sus recuerdos y de la vida de su corazón. Mas durante el reinado de Fernando el V su carácter y miras personales, y la actividad política у guerrera de la corte influyeron de un modo desfavorable en la continuación de los duelos y torneos, y aun en el desarrollo y perfección del drama moderno. Bien es verdad, que el señor Martínez de la Rosa, siguiendo a Pellicer en su Historia del histrionismo, a Rodrigo Méndez Silva en su Catálogo real de España y a Rojas en su Viaje entretenido, ha dado el título de primeras composiciones dramáticas en su «apéndice a la comedia» a las églogas de Juan de la Encina, representadas en 1492 ante los duques de Alba: pero estas no ofrecen adelanto alguno en el arte, pues que no son sino la reproducción de los misterios y pasos religiosos representados desde el siglo XI en los templos, y la imitación en sencillo diálogo de la pastoral italiana 1 . Empero, la muerte de Fernando el Católico en 1516, la anarquía y desórdenes que siguieron hasta la célebre batalla de Villalar (23 de abril de 1521) y el carácter guerrero y caballeresco de Carlos V volvieron a la nobleza sus antiguas costumbres y sentimientos, y renovaron las justas y los torneos, que fueron la diversión dominante y favorita del esforzado emperador. Afortunadamente para conocimiento de esta época, nos ha conservado Sandoval en su prolija y concienzuda historia de Carlos V la relación de varios hechos, muy útiles para saber el dominio esclusivo durante su reinado de las ideas y sentimientos caballerescos, y la escasa protección y adelantos del drama y la amena literatura. «Por las fiestas de navidad de este año (1517), dice Sandoval, se hicieron en Valladolid grandes regocijos, en que los caballeros cortesanos se quisieron mostrar. Hubo justas y torneos con nuevas invenciones, y representando pasos de los libros de caballería. En algunas de estas entró el príncipe rey. Sobre todo se hizo una grande y maravillosa justa en la plaza mayor, con sus caballos encubertados con arneses de guerra y lanzas con puntas de diamantes; y 30 contra 30 se pusieron en los puestos para encontrarse en sus hileras. Y como tocaron las chirimías y trompetas arrancaron con tanta furia, topándose con lanzas, otros cuerpo con cuerpo, que fue negocio muy peligroso. Los más de los caballeros cayeron en tierra y quedaron muy quebrantados, y algunos muy mal heridos. Murieron 12 caballos. Los que más se señalaron en estas fiestas fueron el condestable de Castilla, el condestable de Navarra, los duques de Najera, Alba, Béjar, marqués de Villena, el de Astorga, Villafranca, Aguilar, conde de Benavente, el de Ureña, el de Haro, el de Lemos, Osorno, Oropesa, Fuensalida, los cuatro comendadores, los priores de San Juan y otros, que todos gastaron a porfía por servir al rey y mostrarse 2 ». Las justas y los torneos caballerescas halagaban de tal modo las inclinaciones guerreras y caballerescas de Carlos V, que, a imitación de Alfonso XI, tomaba parte en los mismos como el primer caballero. «A 14 de marzo (1518), dice el mismo autor, hubo justa real en la plaza de Valladolid de 25 a 25 caballeros españoles y flamencos, que a porfía se quisieron señalar así en los trajes costosos como en el pelear y encuentros de las lanzas y golpes de las espadas. Cayeron muchos, fueron heridos otros, y murieron siete, que por eso dicen que este regocijo para veras es poco, para burlas pesado.,. Duraron estas fiestas desde el jueves hasta el martes de carnestolendas, en que estos y otros caballeros se mostraron. Entró el rey en una de estas justas con grandísimo acompañamiento y majestad el martes, y fue la primera vez que justó con armas. Justó contra él su caballerizo Carlos de Lauri, caballero de quien se hará larga mención en esta historia. El aderezo que el rey sacó sobre las armas y cubiertas del caballo era de terciopelo y raso blanco bordado, y recamado de oro y plata y sembrado de mucha pedrería, obra verdaderamente real; y rompió el rey tres lanzas en cuatro carreras, aunque le faltaban 10 días para cumplir 18 años. Fue Carlos V singular en usar de las armas y en el aire y postura, tanto, que afirman que de él aprendieron los mejores caballeros, y que en algunos regocijos de armas quiso entrar disimulado, y luego era conocido por la postura y donaire que tenía. Hubo toros, cañas y otros regocijos. Hizo banquete general a todos los señores que estaban en la corte. Hubo grandes saraos en palacio. En todo se mostró príncipe gallardo, aventajándose a todos; y para mejor grandeza mandó que se pagasen los gastos que en estas fiestas se habían hecho a su cuenta, y sumó el gasto 40,000 ducados 3 ».
Los antiguos hábitos y sentimientos caballerescos se hallaban tan de acuerdo con las inclinaciones y carácter del emperador, y fueron tan protegidos durante su reinado, que, a pesar de la pragmática de duelos de Fernando el V 4 , en 31 de diciembre de 1522 se celebró en Valladolid con la mayor pompa y ceremonia a presencia del emperador un desafío entre los dos caballeros aragoneses don Gerónimo de Ansa y don Pedro Torrellas 5 . ¿Cómo, pues, en medio de una corte guerrera y prendada solo del valor, de los duelos y torneos, podía adelantar ni desarrollarse el drama y la amena literatura, que exigían de suyo costumbres más dulces y la protección del rey? Tan pocos progresos había hecho la dramática española en estos tiempos, que en 1526 aparece por primera vez y aun esto de un modo dudoso, la existencia de un teatro en Valencia, que hasta 1580 no le hubo en Madrid, y que en 1548 se celebró en Valladolid el casamiento del príncipe Maximiliano con la infanta doña María, representándose en palacio una comedia estranjera de Ludovico Ariosto «en la forma de teatro y cenas que los romanos solían representar, que fue cosa real y suntuosa», según Sandoval 6 . Es cierto que desde principios de este siglo la antigüedad fue estudiada con más ahínco, y que Boscán, Oliva y Abril hicieron varias traducciones de las tragedias griegas. Empero este impulso y movimiento clásico fue todavía más estéril e infecundo que el importado de la Francia con Felipe V y sancionado por la poética de Luzán en 1736. «Estas traducciones (dice con mucha razón y belleza el señor Martínez de la Rosa en su apéndice a la tragedia) no eran bastantes a arraigar en el público el gusto a esa clase de composiciones, y eran como las armaduras bellísimas guardadas en un palacio antiguo, que se admiran como monumentos venerables, curiosos por su labor esquisita, pero no pueden servir al uso y provecho del pueblo». Y en verdad ¿qué interés podían ofrecer al público español los objetos de las tragedias griegas, reflejo de ideas y sentimientos que le eran desconocidos? ¿Qué provecho podía sacar la dramática española de parte de poesía, de hechos históricos, y de situaciones profundamente trágicas? No podía, pues, haber teatro en España hasta que los poetas presentasen a nuestra nación el cuadro vivo, animado y variado de sus costumbres, de su nacionalidad y de sus glorias; el poeta que lo hiciese así abriría el verdadero camino, admiraría y agradaría a los espectadores, y seria colmado de aplausos. Tan señalado favor obtuvieron Lope de Vega y Calderón: pero antes de ellos existió el teatro español, y hubo poetas que prepararon su marcha atrevida y triunfal. Interés ofrece, pues, recordar el nombre de estos poetas y examinar los caracteres distintivos de la dramática española en sus primeros ingenios; y nosotros entraremos desde luego a verificar este examen, porque, aunque fueron escasos, como hemos dicho, los progresos del teatro hasta fines del siglo XVI y principios del XVII, existieron en los primeros y últimos años del siglo XVI dos poetas, Bartolomé de Torres Naharro y Juan de la Cueva, en que se entrevé ya lo que debía ser la comedia española bajo los distinguidos ingenios de la corte de Felipe IV. Las comedias de Torres Naharro, representadas, según el señor Martínez de la Rosa, en la corte de León X e impresas en Sevilla en 1520, ofrecen ya esa mezcla de cómico y ridículo, de maravilloso y sublime, que distingue nuestra literatura y que caracterizó después las producciones de nuestros más sobresalientes ingenios; porque es muy digno de notarse y sobremanera honroso a nuestras glorias literarias que desde Naharro hasta Quevedo nuestros poetas y novelistas conocieron y supieron pintar tan bien la parte cómica y ridícula de la vida como la heroica y sublime; y la literatura española, que cuenta entre sus brillantes producciones La Araucana de Ercilla, El Bernardo de Balbuena, La Estrella de Sevilla y las Flores de don Juan de Lope de Vega, El médico de su honra y El alcalde de Zalamea de Calderón, el García del Castañar de Rojas, el Amor y amistad de Tirso de Molina, el Caballero de Moreto, y Ganar amigos de Alarcón, tiene también en la parte cómica y ridícula las poesías del Arcipreste de Hita, el Lazarillo de Tormes, Guzmán de Alfarache, El Criticón de Gracián, la Vida del Gran Tacaño y demás obras satíricas creadas por la inagotable vena de Quevedo. Mas, volviendo a las comedias de Naharro, se halla en ellas ya, a pesar de que la acción es generalmente sencilla y está muy poco desenvuelta, el verdadero drama es pañol, la mezcla de lo maravilloso y de lo ridículo, y presentadas en escena las costumbres groseras y maliciosas de criados y rufianes, las rondas y galanteos tan propias de nuestros usos, el retiro y fácil seducción de nuestras damas, y el sentimiento del honor en sus padres y parientes.
(Se continuará)
FERMÍN GONZALO MORÓN