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Prensa y canon · Textos historiográficos

“Ensayo histórico-filosófico sobre el teatro antiguo español (continuación)”

Autor del texto editado
Morón, Fermín Gonzalo
Título de la obra
Revista de España y del estranjero, t. IV, artículo 23, 15 de diciembre de 1842
Autor de la obra
Morón, Fermín Gonzalo (dir.)
Edición
Imprenta del Archivo Militar, 1842
Paginación
pp. 226-240
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de la Biblioteca Digital de Prensa Histórica. (texto completo)
Información técnica
Editor: Pedro Ruiz Pérez
Encoding: Noelia Santiago López
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
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Córdoba, 12 noviembre 2025

ENSAYO HISTORICO-FILOSOFICO SOBRE EL ANTIGUO TEATRO ESPAÑOL

(continuación)


La nobleza en el proceder, la lealtad, los duelos de honor, eran comunes según la crónica en el siglo XII, y se hallaban arraigados en las costumbres del país; y así, habiendo en 1072 muerto Bellido Dolfos a traición al rey don Sancho en el cerco de Zamora, y acogídose a esta villa, Diego Ordoñez de Lara caballero castellano, se presentó ante la misma, llamó a don Arias Gonzalo, privado de doña Urraca (señora de Zamora), y le dirigió el siguiente desafío, en que se halla ya ese tinte tan romancesco y exagerado del honor español, que inspiró a la sublime musa de Calderón. «Los castellanos han perdido a su señor, e matol el traidor de Bellido Dolfos, su vasallo, e acogístelo en Zamora, e por ende digo que es traidor quien traidor tien consigo, si sabe de la traición o si ge la consintió; e repto a los zamoranos, también a los grandes como a los pequeños, e al vivo e al que es por nascer, así como al que es nascido; e a las aguas que bebieren e a los paños que vestieren, e aun a las piedras del muro. E si tal ha en Zamora que diga de nos, lidiárgelo he, e, si Dios quisiere que yo venza, fincaredes por tales cuales yo digo». Respondió don Arias Gonzalo: «Si tal so como tú dices, non debiera yo nascer, mas en cuanto tú dices todo lo has mentido; e decirte he que en lo que los grandes fazen non han culpa los chicos nin los muertos; otrosí, non son culpados de lo que non vieron nin sopieron; mas sácame ende los muertos e los niños, e las otras cosas que non han entendimiento, e, por lo al, decir he que mientes: e lidiaré contigo o daré quien te lo lidie: e sepas una cosa: que todo aquel que repta a concejo que debe lidiar con cinco, uno en pos de otro; e, si venciere aquellos cinco, debe salir por verdadero, e, si alguno de aquellos le venciere, debe fincar por mentiroso (pág. 217)». Arias Gonzalo reunió el concejo de Zamora y dijo a los concejales: «Amigos, ruégovos que, si aquí hay alguno de vos que fuese en consejo del rey don Sancho o que lo sopiese, dígalo e non lo niegue, ca ante me quiero yo ir con mis fijos a tierra de moros que non ser vencido en el campo e fincar por traidor e alevoso (218 v.)».

Es el más señalado ejemplo de lealtad, y duelo tan singular formó cinco siglos después uno de los interesantes episodios de la romántica comedia de Guillen de Castro, Las mocedades del Cid. El sentimiento de fidelidad, brillante y magnífica creación de las costumbres feudales, producía los actos del más sublime heroísmo, y es ya muy digno de notarse lo sucedido a fin del siglo X en la toma de León por el esclarecido Almanzor. Atacada la ciudad y abierta una brecha, la defensa se hallaba confiada a don Guillén González, conde de Galicia, a la sazón enfermo y postrado en cama. «E quandol dijeron que el muro era quebrantado por dos logares, fízose armar de todas armas, e fízose llevar en su lecho a aquel logar donde el muro era más quebrantado, porque allí era la mayor priesa e el más logar peligroso, ca esto facíe él por tal de morir ante que viese el estragamiento del logar. E él yaciendo, guerreáronlo bien tres días, é defendió él siempre muy bien el portiello, así que murieron muy muchos de un cabo e del otro, e al cabo matáronlo, e fue luego tomada la cibdad (pág. 74)». La continuación de la guerra, las victorias obtenidas sobre los moros en los siglos XI y XII, las nobles y caballerescas calidades de Alfonso VI, VII, VIII y IX ahondaron profundamente estos sentimientos de sublime fidelidad, y nada puede presentarse más heroico que la conducta observada por Marcos Gutiérrez al fin del siglo XII en la defensa del castillo de Aguilar. Alfonso IX de León le había cercado, у el valor de Gutiérrez le defendió por espacio de siete años. En este intervalo, por muerte de unos y por ausencia de otros, consintió en quedar solo para defender el castillo; habíanse ya concluido todas las provisiones de boca, y, no teniendo qué comer, «comió (dice la Crónica general, p. 333) los cueros de las sillas e las correas e los mures e todas las cosas que podíe haber, e pascía las yerbas del corral e del muro en guisa que le fallesció todo, que non teníe a qué se tornar; e con gran fragura que non hobo que comer, tomó las llaves del castiello en la mano e dejose caer travieso en medio de la puerta del castiello: e, non sabiendo de sí parte, yagó allí así desacordado bien fasta medio día, pero que comulgó ante de la tierra, e encomendose su alma a Dios. E los de fuera combatíen como solíen, dando muy grandes voces e faciendo muy gran roído, e non fallaron home del mundo que les recudiese. Estonces llegaron a la puerta, e ficieron mucho por la abrir, mas non podieron. E de que vieron que les non recudía ninguno, pugnaron a sobir al castiello por cuantas maneras pudieron. E, de que entraron dentro, fueron a la puerta por la abrir, e fallaron el caballero sin acuerdo ninguno, que estaba atravesado ante la puerta, las llaves en la mano. Estonces trabaron de él, coidando que les vendríe daño de él; e, de que vieron que non habíe en él acuerdo, non le ficieron mal ninguno, ante se dolíen mucho de él, e tomáronlo en los brazos, e echáronlo en una ropa, e echáronle del agua por el rostro, e comenzó de abrir los ojos, e ficiéronle todas las cosas del mundo por que viviese, en guisa que hobo de guarescer. E el rey don Alfonso de León fízol mucha honra, e fue muy loado este Marcos por todas las tierras, e la su nombradía». Así, desde las señaladas empresas de Bernardo del Carpio, del Cid y de Fernán González, veía Castilla a ejemplo de tan claros varones reproducirse los más insignes actos de valor y de fidelidad caballeresca, que llegaron al más subido punto en el reinado de san Fernando y en los primeros años del de Alfonso el Sabio. La crónica del primero refiere que en su tiempo estaba confiada la tenencia de la peña de Martos a don Alvar Pérez, quien había salido de ella, dejando a la condesa su mujer y a su sobrino don Tello con 45 caballeros sus vasallos. «Entretanto que don Alvar Pérez estaba en Castilla, Benhalmar, rey de Arjona, que se llamó así en el principio de su reinar, porque era de allí natural, y después fue rey de Granada, vino con gran poder de moros sobre la peña, y cercola y comenzola a combatir, y por poco la tomara, porque vino a tiempo que no había hombre ninguno en la fortaleza, salvo la condesa y sus doncellas, porque había entonces salido don Tello con los 40 caballeros a correr la tierra a los moros, y también entonces no era aquella fortaleza tan fuerte como agora. Cuando la condesa se vio cercada y la fortaleza sin hombres, mandó a sus doncellas que se destocasen en cabellos y se pusiesen en manera que parescíen que fuesen hombres, y tomasen armas en las manos, y se asomasen entre las almenas de la fortaleza, lo cual se hizo así: y ella tuvo manera como enviase un mensajero a don Tello allá donde era ido, y por que le hiciese saber lo que pasaba sobre Martos. El cual, como lo supo, luego a gran priesa se vino para Martos él y los otros caballeros; y, como llegaron cerca y vieron tan gran poder de moros que tenían cercada la peña y la combatían reciamente, fueron mui tristes y puestos en gran congoja por no estar ellos dentro para la defender, y tenían miedo que aquel día se perdiese la peña, que era llave de toda aquella tierra, y así mesmo que llevarían captiva a la condesa, su señora, y a sus doncellas y dueñas, porque no esperaban de ninguna parte ser socorridas, que antes la peña no fuese tomada, ni menos ellos podían entrar dentro, salvo si no entrasen por medio de los moros; y era tan grande el poder de ellos, que no se osaban meter en tan grande peligro. Ellos estando en esta congoja, que no sabíen qué remedio dar en este caso, habló un caballero de los que allí estaban, que se llamaba Diego Pérez de Vargas, el que había ganado en la de Xerez el sobrenombre de Machuca, y díjoles de esta manera: «Caballeros, ¿qué os parece que debemos hacer? Si queréis, hagamos un tropel y metámonos por medio de estos moros, y probemos si podemos pasar por ellos a socorrer la peña y a la condesa nuestra señora, que yo confío en Dios que, si lo cometemos, que saldremos con ello, que de la otra no puede ser sino que algunos de nosotros pasen de la otra parte; y cualesquier de nosotros que a la peña pueda subir, la podrán defender, que no la entren los moros, y los que de nosotros no pudieren pasar y murieren salvarán sus ánimas y harán lo que todo buen caballero debe hacer. Y justa cosa es que, pospuesto todo temor, lo hagamos así, porque, si esto dejamos de acometer, perderse ha la peña, que es la llave de toda esta tierra, en quien tiene su esperanza el rey don Fernando que por ella se ha de ganar toda aquesta tierra que los moros tienen ocupada; y más, que captivarán a la condesa nuestra señora y a sus dueñas y doncellas, y nosotros caeremos en muy grandísima vergüenza y deshonra, que pusimos tal cobro en la peña; y es cierto que antes querría morir a manos de estos moros, haciendo mi posibilidad, que no se pierda mi señora la condesa y la peña, y nunca yo paresceré con esta vergüenza ante el rey ni ante don Alvar Pérez, mi señor. E yo determino de meterme entre estos moros y hacer lo que bastaren mis fuerzas, hasta que allí muera; y, pues todos sois caballeros hijosdalgo y veis que conviene que esto se haga, haced lo que debéis, que no tenéis de vivir en este mundo para siempre, que de morir tenemos; y ninguno de nosotros se puede escusar de la muerte agora o después; y, siendo así, no debemos tanto temer el morir, porque, si aquí muriéremos, moriremos con mucha honra, haciendo todo aquello que buen caballero debe hacer; y, pues tan breve es la vida de este mundo, no debemos dejar de acometer esto con todas nuestras fuerzas y esforzados corazones, porque por nuestra cobardía no se pierda hoy tan gran pérdida: por eso, señores y amigos, ved si acordáis todos en esto; y, si no, de todos me despido, que yo quiero ir a hacer lo que bastaren mis fuerzas hasta que allí muera». Mucho le plugo a don Tello esto que Diego Machuca dijo, y respondió así a Diego Pérez: «Vos habéis hablado a mi voluntad y lo habéis dicho como muy buen caballero que sois, y yo vos lo agradezco muy mucho; y los que así lo quisieren hacer como vos lo habéis dicho harán lo que deben como buenos hijosdalgo; y, si non lo quisieren hacer, vos y yo hagamos todo nuestro poder hasta que muramos y no veamos hoy tan gran pérdida». Todos los otros caballeros, viendo que era cosa justa lo que don Tello y Diego Pérez decían, dijeron que eran todos de aquel acuerdo y que así se hiciese. Entonces hiciéronse todos un tropel, y dijeron que todos y cada uno trabajase de romper y pasar adelante hasta subir la peña los que pudiesen. Luego dieron de las espuelas reciamente a los caballos, y rompieron por medio de los moros, y el primero que rompió e hizo lugar a los otros, y el primero que subió la peña fue Diego Pérez Machuca. De estos caballeros pasaron y subieron la peña de Martos la mayor parte de ellos; los que atajaron los moros, que no pudieron pasar, esos murieron. Cuando el rey moro vido cómo aquellos caballeros se habían puesto a tan gran peligro, y habían subido a la Florida, conosciendo que eran muy buenos y esforzados caballeros, y, pues que a aquello se habían puesto, que creía que defenderían muy bien la peña de Martos, y, viendo que muy poco le aprovecharía estar allí, alzó el cerco y fuese. Y de esta manera fue socorrida la peña de Martos, y la condesa librada por el grande esfuerzo y consejo de Diego Pérez Machuca 1 .

Colocadas en terrible y continuada lucha dos sociedades opuestas en religión, en intereses y costumbres, uníanse las más nobles y fuertes pasiones para templar fiera y altivamente el carácter español, escitar los ánimos a las más arrojadas hazañas, y dar un tinte heroico y sobrehumano a las acciones. Arrastrados a la pelea los habitantes de la España feudal por el sentimiento religioso, el honor, la independencia nacional y el atractivo de rico botín, viéranse en aquellos siglos de románticas aventuras realizarse las más altas y gloriosas empresas, y correr los hombres a porfía en busca de proezas y prodigios sin cuento. La imaginación dirigía y arrebataba al caballero y al hidalgo, y jamás faltaba al corazón el necesario esfuerzo para hacer verdaderas las magníficas y esplendorosas ilusiones de aquella. No eran tiempos de razón, de cálculo ni de filosofía, mas en nombre de la religión, de la lealtad y del honor, un corto número de hombres consumaba los más atrevidos y grandiosos hechos, y dejaba muy atrás el heroísmo de los bellos días de Grecia y de Roma.

Empero, uno de los rasgos distintivos de esta época y que dio lugar al romanticismo y carácter altamente poético y dramático de la edad feudal y que inspiró después a nuestros célebres poetas fue el ideal y sublime respeto tenido a las mujeres por los caballeros en medio de la común barbarie у de la grosería general. Este sentimiento era propio de las tribus germánicas; y Tácito en su admirable obra De moribus Germanorum dice al hablar de estos: «Consideran en las batallas como santos testigos los lamentos de las mujeres y los vagidos de los niños. Creen haber en las primeras algo de divino y providencial, y ni desprecian sus consejos, ni oyen con indiferencia sus respuestas». Mas, aunque los primitivos germanos, del mismo modo que algunas tribus de la América del Norte, conocieron esta diferencia romancesca hacia el bello sexo, necesario es confesar que las costumbres descritas por Tácito ni eran propias de todas las tribus germánicas, como lo prueba la inferioridad de la mujer sancionada en la legislación lombarda, sálica, ripnaria e inglesa, ni se conservaron después al ponerse en contacto los bárbaros del Norte con la inmoral y profundamente depravada sociedad romana. Por el contrario, nada hay menos delicado, más grosero y brutal que el cuadro que presenta la Europa en los siglos V, VI, VII, VIII y IX. Al leer los cronicones latinos de esta época, y sobre todo los de Fredegario y Gregorio de Tours, no parece sino que los bárbaros vinieron a añadir su rústica ferocidad, su grosería brutal y su fría crueldad al envilecimiento y corrupción del Imperio. La moralidad, el respeto y santidad del hogar doméstico, el honor y la deferencia romancesca hacia el bello sexo nacieron de la vida feudal y de castillo en los siglos X y XI, y hallaron brillante y magnífico desarrollo cuando las dos nacionalidades, árabe y cristiana, combatieron por el poder y por la religión en Oriente y Occidente. Escitado poderosamente el sentimiento de la dignidad y de la grandeza personal por las costumbres aristocráticas, arrebatada la imaginación de los hombres por la religión y el amor a la guerra y a las aventuras, arrojábanse los caballeros a las más atrevidas hazañas; y la romántica imaginación de la mujer encerrada en los poéticos castillos de la edad media no podía menos de sentir la más tierna y sublime afección hacia los esforzados paladines de su tiempo. Esta vida de retiro y aislamiento contribuía poderosamente a conservar el pudor y la virtud de las mujeres, y no podía menos de hallar la más delicada simpatía en el corazón de los hombres. Enemigos como lo somos de todo lo que tiende a deprimir al sexo, creemos profundamente que la modestia, la virtud y el retiro conquistarán siempre a la mujer el respeto y consideración del hombre, y la harán aparecer a sus ojos adornada de aquella poesía y idealismo, origen de señalados hechos y heroicos sacrificios en las relaciones de ambos sexos. Tal fue la situación de estos en la época feudal, y no es ya de estrañar que la romancesca imaginación de los caballeros tuviese hacia las mismas tan poética adhesión y realizara en su nombre tan singulares y acabadas empresas. España, sobre todo por causas que antes hemos referido, escedió a los demás países en las costumbres caballerescas y en el respeto hacia la mujer. Célebres por poéticas aventuras son en la Crónica general de Alfonso el Sábio la infanta de Navarra, mujer del conde Fernán González, y doña Jimena, esposa de Rodrigo del Vivar, mas nada hay que ofrezca un tinte tan maravilloso y romancesco como los amores de la hermosa Zaida con Alfonso VI de Castilla. «E el rey don Alfonso, que fue siempre muy esforzado rey e muy aventurado (dice la Crónica general, pág. 245) habíe ganado mucho, pero, con todo eso, non dejaba de contender en fechos de armas, tanto que moros e cristianos habíen que ver con él; e en todo sonaba la fama muy grande de este rey don Alfonso, e hobo a oír e saber aquella doncella doña Zaida (hija del célebre Abenabet, rey de Sevilla) e tanto oíe decir de este rey don Alfonso que era caballero muy grande e muy fermoso home en armas e en todos los otros sus fechos, que se enamoró de él; e non de vista, ca nunca lo viera, mas de su buena fama e del su buen prez, que crescíe cada día e sonaba, con que cada día más se enamoraba de él doña Zaida, tanto, que fue demás; así que, ella muy enamorada de él, como las mujeres son sotiles e sabidoras para lo que mucho han talante, hobo ella sus mandaderos de cómo el rey don Alfonso andaba entonces por Toledo e por las conquistas que fazíe estonces en las villa aderredor de ella; e que era acerca de la tierra de esa doña Zaida, hobo ella sus mandaderos, con quien le envió decir e rogar que hobiese ella la vista de él, que era muy pagada de su prez éede la beldad que dezíen de él, e quel amaba, e quel queríe ver. E aún por llegar el preito mas aina a lo que ella quería, enviol decir por escripto las villas e los logares que su padre le diera, e que, si él quisiera casar con ella, que le daríe Cuenca e todos aquellos castiellos e fortalezas que le diera su padre. E el rey don Alfonso, cuando este mandadero oyó, plegol mucho con aquellas nuevas, e enviol que viniese ella do tuviese por bien, e él que la iríer a ver de todo en todo. E unos dicen que ella vino a Consuegra, que era suya cerca de Toledo; otros dicen que a Ocaña, que era suya otrosí; e otros dicen aun que las vistas que fueron en Cuenca; mas las vistas háyanse doquier, ca el fecho de lo que Zaida quería acabose: e nos vayamos por el cuento de nuestra historia, que dice así. Pues que el rey don Alfonso tomó su caballería muy grande e buena, guardando todavía bien de engaño e de traición que non andoviese, fue ver a doña Zaida. E desque se vieron amos, si ella era enamorada e pagada del rey don Alfonso, non fue el rey don Alfonso menos pagado de ella; ca le vio él muy grande e muy fermosa, e enseñada e de muy buen contenente, como le dijeron de ella, e hobo luego sus fablas con ella, e demandol que, si ella tal preito queríe, que si se tornaría cristiana, e ella dijo que sí, e que le daríe luego Cuenca e todo lo al que el padre le diera, e que faríe todas las cosas del mundo que le mandase de mejor mente que otra cosa, solo que con ella casase. E el rey don Alfonso, veyendo cómo era nueva la conquista que el ficiera de Toledo, e con lo que la Zaida habíe, que seríe gran ayuda para haber a Toledo mejor parada, hobo su consejo con los condes e ricos homes, e tornola cristiana como lo habemos dicho e contado en esta historia suso antes de esto. E casó con ella e fizo en ella luego un fijo, e ella entregó luego al rey Cuenca e todo lo al».

Tan románticas aventuras fueron muy frecuentes en las dos sociedades; y las tradiciones populares recordaban con entusiasmo los amores de la hija de Almanzor con Gonzalo Gustios de Lara. Este idealismo y sublime deferencia a la mujer por los caballeros sirvió a dar un tinte poético y maravilloso a las costumbres, y escitaba el corazón y la imaginación de los hombres a las mas heroicas empresas. Por ello Alfonso el Sabio, que promovió tanto en Castilla los sentimientos caballerescos y que dedicó un título en su célebre código de las partidas a hablar de los caballeros y de las calidades que debían adornarles, desmintiendo con ello la precipitada aserción de Voltaire en el ensayo sobre las costumbres acerca de que la caballería no fue jamás definida ni consignada en la legislación de ningún pueblo, decía en la ley 22, t. 21, partida 2: «E aun por que se esforzasen más, tenían por cosa guisada que los que hobiesen amigas, que las nombrasen en las lides, por que les creciesen más los corazones e hobiesen mayor vergüenza». En los siglos XIV y XV hallaron estas costumbres la más brillante y magnifica ostentación en los torneos y cortes de amor, donde la deferencia a la mujer llegó a convertirse en una especie de culto poético y casi divino.

Mas una de las cosas que principalmente contribuyó a tan singular e interesante desarrollo de la humanidad fue el sentimiento religioso. Cuando este se halla tan profundamente arraigado en el corazón de los hombres como estaba desde el siglo XI en Europa y, sobre todo, en España, hay en él algo de vago, de abstracto, de indefinido y de sublime, que puede producir los mas heroicas hechos y enlazarse con las más romancescas aventuras. Puestas frente a frente las dos sociedades, mahometana y cristiana, sirvió para inflamar y engrandecer los ánimos, escitar la imaginación y la piedad religiosa de los pueblos y dar lugar a la construcción de monasterios y de pintorescas ermitas, a las romerías y festividades religiosas, donde se buscó la diversión y el solaz y que fueron principal origen de las leyendas piadosas, de la poesía y del drama vulgar. Al volver el filósofo su consideración a los siglos X, XI, XII y XIII admira desde luego la portentosa influencia de la religión y su benéfica acción sobre la moral, las costumbres y la alegría de los pueblos. La Europa entera parecía entonces dirigida por un solo sentimiento у poder, como se vio en el magnífico drama de las Cruzadas, y, después de ser la iglesia la única fuerza moral en medio de la común barbarie y grosería, venía con sus romerías y festividades a dar libre vuelo a la vida del corazón, a reunir los pueblos, a llevar el consuelo y el placer a los hombres, y a despertar los primeros destellos de la literatura y de la poesía. Los misterios y moralidades, cuna y origen del drama moderno, nacieron espontáneamente en los siglos XI y XII de la intensión y profundidad del sentimiento religioso y de la imaginación piadosa y romántica de la edad feudal; y los himnos y primeros cantos de la poesía se destinaron a celebrar los objetos sagrados. Mientras en España se inmortalizaban en ruda y sencilla versificación las proezas del Cid, Gonzalo de Berceo, arrebatado de un entusiasmo religioso, cantaba los loores de la Virgen y los santos hechos de San Millán y Santo Domingo de Silos. Alfonso el Sabio empleó más tarde su numen poético en las cántigas a la virgen, y la poesía gallega, la primera que se oyó en España, recibió sus inspiraciones de los actos de devoción y piedad religiosa de los romeros de Santiago. Al paso que los juglares y juglaresas entretenían y admiraban al pueblo cantando las singulares aventuras de Bernardo del Carpio, del Cid y de Fernán González, y cuando el caballero y el hidalgo hallaban en la caza y en los juegos de lanza su principal recreo, la iglesia reunía sus fieles y los distraía y encantaba representando en sencilla y crédula narración las virtudes de la Virgen y los principales pasos de la pasión de Jesucristo. Nació la poesía y el drama en medio del entusiasmo religioso de la época; y los misterios y moralidades, a pesar de la censura de las leyes y de los concilios, continuaron generalmente en España hasta el siglo XVII, en que multiplicáronse los teatros por todas partes, y el pueblo halló fuera de la iglesia lo que bajo sus magníficas bóvedas le había admirado y conmovido. Abusos y lamentables estravios se mezclaron en estas diversiones religiosas como se mezclan en todo, y ellos fueron severamente reprendidos desde Alfonso el Sabio e Inocencio III hasta Juan de Mariana; mas no se puede dudar que los misterios y moralidades escitaron poderosamente la poesía y la imaginación de los hombres, e hicieron que la Europa, y en especial España, tuviese una literatura original y sublime, fiel reflejo de todos los sentimientos que se albergaban en el fondo de las almas.

Creemos, pues, que la rápida reseña de costumbres que llevamos hecha ofrecerá los suficientes datos para conocer la vida íntima y moral del pueblo español. En la época de Alfonso el Sabio o desde el siglo XIII la religión, el amor y el honor conducían todas las acciones del hombre, le prestaban un tinte romancesco y maravilloso, escitaban la poética imaginación de los pueblos y creaban los primeros destellos de la poesía y del drama. Más tarde veremos que lo que se aplaudió en España y lo que inspiró a sus más privilegiados ingenios fueron siempre la religión, el amor y el honor.

Las turbulencias de la nobleza en los últimos años de Alfonso el Sabio y en los reinados de Sancho el Bravo y de Fernando el Emplazado (1271 a 1312) produjeron la anarquía, la inmoralidad y grosería en las costumbres, y perjudicaron notablemente al desarrollo de los sentimientos caballerescos. Continuaron los desórdenes de la nobleza a pesar de la consumada prudencia de doña María de Molina, durante la larga minoría de Alfonso XI (de 1312 a 1325); mas luego que este monarca se declaró mayor de edad en las cortes de Valladolid principió a dar pruebas de las brillantes prendas y señaladas calidades de que estaba adornado. Y uno de los medios usados por él para llamar la atención de los nobles a la guerra, y rodear de respeto y prestigio la dignidad real, fue promover las costumbres caballerescas por la institución de la orden de la Banda, por las justas y torneos en que tomaba parte y entretenía a la anárquica y belicosa aristocracia. Es muy digno de observarse lo que sobre ello dice su crónica (año 1330): «Otrosí, estando el rey en Vitoria, porque sopo que en los tiempos pasados los de los sus regnos de Castiella et de León usaran siempre en menester de caballería, et lo habían dejado, que non usaban de ello fasta en el su tiempo, por que hobiesen mas a voluntat de lo usar, ordenó que algunos caballeros et escuderos que el rey tenía escogidos para esto que vestiesen paños con banda, que les él había dado. Et él otrosí vestió paños de eso mesmo con banda, et los primeros paños que fueron fechos para esto eran blancos, et la banda prieta. Et dende adelante a estos caballeros dábales cada año de vestir sendos pares de paños con banda. Et era la banda tan ancha como la mano, et era puesta en los pellotes et en las otras vestiduras desde el hombro ezquierdo fasta la falda: et estos llamaban los cabaleros de la Banda, et habían ordenamiento entre sí de muchas buenas cosas, que eran todas obras de caballería. Et cuando daban la banda al caballero, facíenle jurar et prometer que guardase todas las cosas de caballería, que eran escriptas en aquel ordenamiento. Et esto fizo el rey porque los homes, cobdiciando haber aquella banda, hobiesen razón de facer obras de caballería. Et así acaeció después que los caballeros et escuderos que facían algún buen fecho en armas contra los enemigos del rey o probaban de las facer, el rey dábales la banda, et facíales mucha honra, en manera que cada uno de los otros cobdiciaba de facer bondad en caballería por cobrar aquella honra et el buen talante del rey, así como aquellos lo habían 2 ».

(Se continuará)



Fermín Gonzalo Morón.

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