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Prensa y canon

«Literatura. EI Moro expósito, o Córdoba y Burgos en el siglo décimo, leyenda en doce romances, por D. Ángel de Saavedra. En un apéndice se añaden la Florinda y algunas otras composiciones inéditas del mismo autor. Dos tomos impresos en París este año de 1834 con el retrato del autor y lindas viñetas.»

Autor del texto editado
Sin firma
Título de la obra
La Revista española. Periódico dedicado a S.M. la Reina Gobernadora, n.º 222, 23-05-1834
Autor de la obra
Alcalá Galiano, Antonio (dir.)
Edición
Madrid: Imprenta de don Tomás Jorlán, 1834
Paginación
pp. 501-503
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de la Hemeroteca Digital Hispánica. (texto completo)
Información técnica
Editor: Natalia Fernández Rodríguez
Encoding: Fátima Rueda Giráldez
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
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Sevilla, 23 agosto 2025

LITERATURA

EI Moro expósito, o Córdoba y Burgos en el siglo décimo, leyenda en doce romances, por D. Ángel de Saavedra. En un apéndice se añaden la Florinda y algunas otras composiciones inéditas del mismo autor. Dos tomos impresos en París este año de 1834 con el retrato del autor y lindas viñetas.

ARTÍCULO I


«Puede ser que una vida inquieta y borrascosa sea un hermoso presente del cielo para un joven que conserva en su corazón una chispa del “fuego sagrado”»: así decía un ilustrado crítico francés hablando de un poeta polaco de gran mérito llamado Adam Mickiewiez, que ha debido, en efecto, sus más brillantes inspiraciones a una persecución obstinada y vergonzosa para los que la decretaron. Estudiando con provecho en la universidad de Wilna, ya dio muestras de su gran talento, particularmente en su Oda a la juventud. El gobierno se asustó con el espíritu de libertad que se desenvolvió entre los alumnos: muchos fueron condenados al servicio militar y deportados. Mickiewiez fue desterrado a Odesa, después a Moscov, y luego obtuvo el permiso de viajar con la condición de no volver a Lituania. En sus peregrinaciones es donde ha compuesto las obras que le han dado la esclarecida reputación de que goza en diversas partes de Europa, especialmente en el Norte. Sobresale en el género romántico, lo cual le suscitó bastantes críticas en Polonia, donde se había introducido la marcha sentenciosa, fría y afectada de la literatura francesa del siglo XVIII. Su mérito ha triunfado, sin embargo, de sus adversarios, y todos han conocido en fin que este vate inspirado por el amor y el patriotismo rivaliza con los más célebres de sus contemporáneos.

Insensiblemente hemos cedido al deseo de mencionar al poeta polaco al ocuparnos de la obra del señor don Ángel de Saavedra. Joven también, después de haber derramado su sangre en los campos de batalla en la guerra de la independencia y de haber manifestado sus disposiciones oratorias en la tribuna de las Cortes en 1822 y 1823, tuvo que expatriarse y, ausente diez años, ha llorado lejos de su patria los infortunios que la han afligido. Durante su emigración ha compuesto esta leyenda y otras varias piezas poéticas muy notables, y ha cultivado las bellas artes, que amó desde su infancia. Más feliz que el poeta extranjero de quien hemos hablado, ha vuelto al seno de su familia, y una desgracia repentina e inesperada le acaba de poner en una elevada posición social, pues por la muerte de su hermano mayor, acaecida hace pocos días, el autor de El Moro expósito es ahora duque de Riva.

Dotado de una imaginación fogosa y tan libre en sus opiniones literarias como en sus doctrinas políticas, se ha lanzado en la carrera del romanticismo, cuya defensa está elegante y valientemente explanada en el prólogo que precede a la leyenda. La historia de nuestra escuela poética está trazada con maestría, y tal vez no fallará quien desapruebe la acrimonia con que se juzga a algunos de los que más han honrado el español parnaso. Engolfarnos en esta discusión sería muy prolijo, y no nos quedaría espacio para dar a nuestros lectores una idea del poema del señor de Saavedra. Prescindiendo, pues, de lo que es personal, no podemos, sin embargo, abstenernos enteramente de decir algunas palabras sobre la gran contienda encendida en el orbe literario entre clásicos y románticos. En nuestro dictamen es muy difícil que se sentencie este proceso con equidad, porque el gusto no puede menos de amoldarse a las circunstancias particulares de los pueblos y aun a la índole de las diferentes edades. Pensamos enteramente como monsieur J.J. Ampere, que en su Historia de la poesía dice que para poder llenar cumplidamente su objeto «es necesario que el historiador consulte los monumentos literarios, las críticas a que han dado lugar, los caracteres fisiológicos de los pueblos, la naturaleza de las localidades que habitan, la lengua que hablan, las costumbres, las artes, la religión, las ciencias, el gobierno, la filosofía», en fin, que en todas partes y siempre se encarga, por decirlo así, de reasumir las «épocas de las naciones». Esto es tan evidente, que los que conocen la literatura de los países septentrionales saben que, aunque generalmente romántica, su romanticismo difiere, no obstante, de un modo muy perceptible. El de Mickiewiez se resiente del estado de su ánimo por la opresión de la Polonia, y nótase en sus giros y en su manera la expresión de los sentimientos de la libertad, del amor o de la misantropía, tal como los pueden concebir hombres de aquel clima, de aquellas pasiones, de aquellos resentimientos patrióticos, de aquellas creencias supersticiosas conformes a antiguas mitologías vagas, tenebrosas, fantásticas, como son las de los pueblos escandinavos. Otro es ya el carácter romántico del famoso alemán Goethe, como otro es el del inglés lord Byron, diferente también del del francés Lamartine y aun más del de Victor Hugo, exagerado escritor en este género.

Reinando, pues, tanta diversidad, casi deberá calificarse de romántico todo lo que no se someta a los preceptos de Horacio y de Boileau o que no se arregle a los modelos que nos han transmitido los autores reconocidos por eminentemente clásicos. ¿Y porque algunos se separen de aquellas reglas y de estos ejemplos se dirá que merecen ser repudiados, proscritos del templo de las musas? Nosotros no accedemos a tan arbitrario anatema. No podemos negarnos al gusto de copiar las palabras de un autor extranjero tratando precisamente de la misma materia. Dice así: «La energía de las impresiones está en todos los pueblos en razón de la novedad de los objetos. Hay, sin duda, algunos ingenios superiores que, apreciando las cosas en sí mismas, se prendan tanto más de lo bello cuanto más a menudo han gozado de sus hechizos. Pero no sucede lo mismo en la generalidad de los hombres: lo bello no les causa efecto si no es nuevo al mismo tiempo. Examínense los sepulcros del antiguo Egipto, y se hallará que cuanto más se acerca uno a los Tolomeos más se echa de ver la corrupción del gusto. Los griegos y los romanos han recorrido los mismos periodos: nada puede impedir que nos queda igual suerte. De aquí ha provenido el romanticismo, que no es más que la alteración —desgraciadamente inevitable— del principio de lo bello. Esta alteración puede verificarse de mil diferentes modos, porque lo bello es como un centro único de donde parte un número infinito de líneas divergentes, y esto es lo que hace que el romanticismo sea indefinible. El romanticismo es un ente negativo: es lo que no es puramente bello. Sin embargo, amigos y enemigos se han empeñado en dar un cuerpo a esta fantasma».

A pesar de estar estas reflexiones escritas con tanta sutileza, ¿qué prueban al cabo? Poco o nada en nuestro concepto, porque ¿cómo se nos convencerá de lo que es puramente bello? ¿Quién debe decidirlo? La razón, según se formó en las aulas por los preceptistas o el alma, según la organizó la naturaleza. Grandes eran las reyertas sobre este punto cuando el famoso Victor Hugo lanzó en medio de la arena de tan acaloradas disputas la definición siguiente: «El romanticismo no es más que el liberalismo en literatura». Mágico fue el sacudimiento que produjo tan aventurada sentencia. En un siglo en que el liberalismo es asunto de tan ruidosos debates políticos, de tan tenaces turbulencias, de tan cavilosos estudios para pueblos y gobiernos, bautizar con su nombre una doctrina literaria ha sido dar más pábulo a los encontrados partidos y arrancar, por decirlo así, la cuestión del círculo en que los literatos la tenían encerrada.

En España no ha penetrado el fuego de este combate con la intensidad que tiene en los países extranjeros. ¿De dónde nace esto? ¿Es de que poseamos clásicos tan ilustres, que su memoria nos inspire aún respeto para no salir del carril que nos señalaron? No lo creemos, pues, al fin, nuestro antiguo clasicismo no fue más que una copia de los célebres poetas italianos; y el moderno, un reflejo de los autores franceses, cuya imitación se propusieron nuestros más modernos poetas. Dígase cuanto se quiera: en el genero lírico no somos originales; lo fuimos en la parte dramática, y esta tiene grandes atavíos románticos, aunque nuestro romanticismo no sea, ni pudo serlo, el del inmortal Shakespeare. No concebimos, por lo tanto, de dónde viene la antipatía que ciertas personas de gran mérito y de justa nombradía profesan a la invasión romántica que puede amenazarnos. Su resistencia no es para defender ningún patrimonio nacional de nuestra propia literatura.

Esta invasión sería realmente estrepitosa si el señor de Saavedra llega a encontrar muchos sectarios. Y diremos ingenuamente nuestro sentir: al decir «sus sectarios» juzgamos que más podrá ganarlos con los argumentos desenvueltos en el prólogo que con los ejemplos suministrados en los doce romances de su leyenda, pues es preciso convenir en que esta no es una composición esencialmente romántica. Reinan en ella con frecuencia un buen sabor de nuestros mejores poetas , reminiscencias de sus giros, de sus imágenes, de sus galas, que tienen todo el brillo de imaginaciones orientales más bien el sesgo metafísico, los conceptos nebulosos y las pinturas fantásticas de los que marchan por la senda del romanticismo exclusivo. Sin embargo, el señor de Saavedra, en bastantes ocasiones, si no se eleva a todas las licencias románticas, rompe, al menos, una porción de los grillos impuestos por lo que se entiende en sentido clásico por buen gusto. Alguna consideración le guarda todavía cuando se contenta con dar a su obra el modesto título de leyenda y cuando, en vez de dividirla en cantos, se reduce a hacerlo en romances. La más atrevida de sus innovaciones está en el lenguaje y en el estilo. En varios episodios se detiene en hacer descripciones de sucesos y personas de un aspecto grotesco, y entonces no vacila en echar mano de palabras triviales para los que quieren que la poesía no degenere de su carácter noble y distintivo. Aquí caeríamos también en otra cuestión muy controvertida. La poesía, cuando presenta escenas familiares, y aun vulgares, ¿debe hacer que sus actores hablen un idioma ajeno de su condición y de la verdad? ¿No debe buscar el efecto en las copias exactas más que en la inverosímil elegancia de una fraseología inadecuada? Este problema ya está resuelto por los críticos que no se dejan influir por un sistemático espíritu de partido. No podemos menos de citar lo que se refiere en el prologo del Moro expósito de que «habiéndole preguntado un académico al célebre Beranger, que bajo el título de coplero (chansonnier) es uno de los mayores poetas de Europa, cómo nombraría al mar cuando le ocurriese hacerlo en sus composiciones, contestó que lo nombraría el mar. Admirado el académico, insistió en que sería más poético nombrarlo Neptuno, Anfitrite, Tetis, Nerea, etc. y volvió a responder modestamente el poeta: yo al mar lo llamaré siempre el mar».

Tenía razón: el lance es saber cómo y cuándo se han de decir las cosas. En manos de un escritor de ingenio, nada hay trivial: él sabe ennoblecerlo todo y producir el efecto que se proponen las artes de imaginación.

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