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Prensa y canon

«Artes de imitación. De la necesidad de su estudio metódico. Carta II»

Autor del texto editado
Revilla, José de la (1800-1859)
Título de la obra
Cartas españolas, o sea Revista semanal, histórica, científica, teatral, artística, crítica y literaria, tomo IV, cuaderno 41, 01-03-1832
Autor de la obra
Carnerero, José María de (dir.)
Edición
Madrid: Imprenta de I. Sancha, 1832
Paginación
pp. 264-268
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de la Hemeroteca Digital Hispánica. (texto completo)
Información técnica
Editor: Natalia Fernández Rodríguez
Encoding: Fátima Rueda Giráldez
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
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Sevilla, 22 agosto 2025

Artes de imitación

De la necesidad de su estudio metódico

Carta II


Señor editor de las Cartas Españolas:

Mi apreciable amigo, ofrecí a usted en mi anterior indicarle cuáles auxilios reciben del arte las imitaciones que se hacen de la naturaleza, y cuán necesarios son los escritos filosóficos aun para aquellas artes que parecen menos acomodables a teorías escritas. Materia a la verdad harto vasta para una carta si hubiésemos de profundizar en ella, pero que procuraré tratar con brevedad, exponiendo solamente los principios artísticos que rigen en cada una de las artes de imitación.

La poesía, que acaso es la más antigua de aquellas, es también la que tal vez admite más teorías escritas. Todos saben que el poeta nace, es decir, que con el que ha de ser intérprete de las nueve hermanas nace la facultad de sentir y expresar sus pensamientos de una manera no común a los demás hombres. ¿Pero basta esta facultad? La historia de la poesía responde a esta cuestión. Examínese aquella atentamente, ya que los reducidos límites de una carta no me permitan hacerlo, y se verá que aquellos pueblos en que más imperio ha tenido la razón, la conveniencia y el buen gusto, aquellos, digo, han depositado laureles más dignos en el templo de la inmortalidad.

Homero, ese gigante de la epopeya que, rompiendo al través de una posteridad inmensa, fijó para todos los siglos las leyes de la poesía épica, ¿a quién debió las que le sirvieron de guía en su Ilíada? Lo ignoramos. Pero examínese aquel poema, y convendremos en que, si no conoció arte alguno que le prescribiese las leyes de la unidad y grandeza en la fábula y en los caracteres, la gradación del interés y enlace de situaciones y episodios, en fin, todo cuanto la crítica más sutil de los siglos posteriores ha podido dictar como indispensable para el complemento de un poema épico, indudablemente su profunda penetración descubrió aquellas leyes en la naturaleza misma. Esfuerzo sublime que supera al de tantos como han luchado con esa naturaleza para el mismo fin, y que solamente a fuerza de vigilias y tiempo han conseguido arrancarla algunas de sus leyes. Los cantos de la Ilíada no son obra pura de la fantasía: allí se ve a esta ostentar su lozanía dentro de su recinto determinado, obediente a un freno que dirige sus movimientos. Este freno es el arte.

¿Pero se quiere ver lo que es la fantasía entregada a sus propias fuerzas? Véase la poesía oriental, extendida por medio de las conquistas hasta el África; véasela, si bien mas humilde a las leyes de la razón, hacer alarde de sus galas en la misma Europa, antes de verse sometida al yugo de la razón y del gusto. ¿Qué hay en ella? Brío, arrogancia, énfasis, ampulosidad, delirios, extravagancias y quimeras. Hay bellezas, cierto, porque las hay igualmente en el desorden mismo que a veces presenta la naturaleza. Pero ¿hay tantas bellezas como las que deberíamos prometernos de un estro tan poético como el del Oriente? La prueba está en que el pueblo ático durante el corto período de su grandeza produjo mayor número de bellezas en todas las artes que los demás pueblos de la tierra. Y no las produjo dando rienda suelta a la fantasía, sino sometiéndola a las leyes de la razón y del buen gusto, principios inmutables del arte mismo. Ni se entienda tampoco que los orientales no conocieron regla alguna de conducta para sus imitaciones, pero sí carecieron de todas las que eran precisas para llegar como los griegos al colmo de la imitación bella y sublime.

¿Y qué es la poesía moderna de todas las naciones cultas sino fruto de las doctrinas que nos han transmitido los griegos y latinos? Llegaron los siglos tenebrosos de la Edad Media, y, con su venida, desaparecieron las creaciones del genio. El olvido sepultó los restos antiguos que habían podido salvarse de las manos devastadoras de los setentrionales, y la poesía entonces no siguió otra senda que la que le señalaba la libre fantasía. Los trovadores, con sus cánticos y romances, comenzaron a dar vida a una arte muerta. La lozanía de la imaginación campeaba a su antojo hasta que salieron de su oscuro asilo los legisladores de las bellas letras. Homero, Virgilio, Aristóteles, Horacio y otros muchos, unos con su ejemplo, otros con sus máximas, vinieron a poner un freno al desarreglo de la imaginación. Desde entonces, mas o menos obediente a los progresos de tan célebres legisladores del buen gusto, sus producciones son obra de la naturaleza y del arte unidos. Dirase que con esas máximas, esas doctrinas que componen el arte y que se hallan consignadas en los libros, no se consigue formar un poeta como la naturaleza no le designe para ello. Es verdad. Mas tampoco llegará a serlo quien a la disposición natural no reúna el estudio.

También es verdad que la naturaleza ha indicado la subdivisión que hacemos de la poesía en géneros diversos, sirviendo para ello de base la diversidad de objeto que lleva el poeta en sus composiciones. Mas las reglas particulares que conciernen a cada género son dictadas por el arte. La imaginación suministra el pensamiento y su expresión, el arte regulariza y ordena este mismo pensamiento y busca los medios de expresión sensible mas adecuados al intento, esto es, al efecto que el poeta desea producir en sus lectores.

Podriase disputar a la naturaleza ciertas prerrogativas en el acierto que tal vez se deben al arte. Y a la verdad, ¿qué razón hay en el orden natural que pueda impedir a los personajes cómicos expresar a veces sus pasiones y sentimientos con la misma elevación y grandeza que los trágicos? ¿No podré yo estar dotado de un alma tan vehemente, enérgica y terrible como Orestes u Horacio? Nada hay en contrario. Pero el arte tiene sus razones, de que acaso hablaremos mas adelante, para oponerse a la mezcla de trágico y cómico; y cuantos han meditado sobre ellas a sangre fría y sin espíritu de sistema les han dado la sanción de reglas justas. Ello es que las ideas, los pensamientos, las pasiones, la expresión, el sentimiento, el entusiasmo mismo, todo recibe el pulimento del arte en cualquiera composición poética. Ese nos obliga a posponer o anteponer una idea a otra; nos dice cuál pensamiento debe preceder a los demás y cuál orden deben seguir; elige para las pasiones el tono y rasgos convenientes, según el personaje que se finge; escoge las palabras, los períodos, las frases para que la expresión sea análoga a las circunstancias y a la persona; hace lo propio para el sentimiento: en la efervescencia del entusiasmo no descuida las inflexiones, las palabras, ni los acentos; y en medio del desorden del ánimo inflamado cuida de ordenar los medios elegidos para la expresión. Una palabra repetida, otra ociosa, la ingrata colisión de sílabas, un acento que altere la cadencia armónica, un período largo, una frase que no parezca digna, una locución que no sea pura, el estilo, las imágenes, todo sufre la inspección del arte, obligando a la imaginación y al sentimiento a transigir con la severidad del juicio y del buen gusto. Aún en la verdad, en la sencillez, en la naturalidad entra el arte; y solamente cuando descubrimos sus huellas nos disgusta. Si el artificio queda encubierto, si llegamos a figurarnos que en esta o en la otra composición poética vemos sencillamente a la naturaleza, entonces nuestra ilusión es completa. Saber ocultar el arte es un triunfo del arte mismo, es saber en qué consiste y manejarle con inteligencia. En las bellas artes todo es mentira, pero una mentira parece verdad y sabe lisonjearnos con nuestro propio engaño.

Por este ligerísimo bosquejo que acabo de hacer de los efectos que debemos al arle en las imitaciones de la naturaleza, conocerá usted, amigo mío, la necesidad que tiene todo el que se dedique a hacerlas de emprender un estudio previo y metódico de aquel, según dije a usted en mi anterior. Este estudio, fundado en el conocimiento de la historia, de la sociedad y de las ciencias auxiliares, ha de concluir en el de los clásicos y legisladores del arte, porque estos enseñan el camino que ha de conducir al acierto con mejor éxito. Y, pues me he contraído en esta a la poesía, será bueno para completar la materia, responder aunque en breves razones, a los que aseguran que la rigidez de los preceptos del arte corta el vuelo a la imaginación.

Según mi modo de ver, yo creo que los preceptos rígidos solamente cortan el vuelo a la fantasía en sus extravíos, pero no en sus aciertos. Y estoy muy dispuesto a creer que los que tal principio propalan excusan su falta de imaginación poética con la estricta doctrina del arte. Más bien deberían declamar contra la multiplicidad de reglas minuciosas con que se sobrecarga al entendimiento, porque entre los dos extremos de obrar sin reglas o multiplicarlas hasta el infinito hay un medio que consiste en reducir estas al menor número posible, y que sean sencillas y claras. Pensar que las artes de imaginación han de tener el carácter de las ciencias exactas es una quimera. Estas caminan austeramente por la tierra sin dar un paso que no vaya acompañado de la demostración; aquellas giran y se elevan hasta más allá de esa bóveda azulada que nos sirve de techo, y su vuelo es tan libre como osada y flexible la imaginación.

Yo no sé qué ventajas se lograrían librando a la poesía del dominio de las reglas. Pero, si hemos de juzgar por los frutos nacidos en épocas de una casi absoluta licencia poética, así en España como en otras naciones, me atrevo a asegurar que el total abandono de los preceptos del arte haría desaparecer la buena poesía. La imaginación entonces sería un laberinto tan confuso, que el Teseo más intrépido se perdería aún con el hilo de Ariadna. Volvamos la vista a nuestros antiguos poetas, y si Góngora, Quevedo, Lope de Vega y sus imitadores, produjeron bellezas, no fue seguramente cuando abandonaron las riendas del arte, y todas las que se encuentran envueltas en sus lozanas extravagancias pudieron haberlas producido igualmente en composiciones arregladas y conformes al buen sentido. En el siglo presente, cuando al cabo de algunos años los poetas clásicos en todos géneros regían pacíficamente el imperio del buen gusto, sale otra vez de su albergue el romanticismo para sublevar aquel imperio y reducirle a su obediencia. Halagüeño para los que desdeñan el estudio sólido, flexible para acomodarse al gusto de la multitud, ¿cuál sería su término si llegase a dominar exclusivamente? ¿Cuántos sueños, cuántos delirios, cuántas quimeras no abortaría un género que no conoce mas leyes que su capricho, que no tiene otra base que una sensibilidad artificial y exagerada, ni otro objeto que hablar a los sentidos sin convencer al entendimiento? Pero, demasiado débil ese churriguerismo de la literatura para luchar con las obras maestras del verdadero sentimiento, de la razón y del buen gusto, será efímero su imperio, no obstante los numerosos parciales que le defienden. Y, si vale decir verdad, esas invasiones del mal gusto son necesarias de tiempo en tiempo, porque solamente por comparación podemos llegar a apreciar lo bueno cuando nos es familiar desde la cuna.

Me he extendido en esta carta más de lo que yo esperaba, aunque no tanto como merece su asunto. En la inmediata aplicaré las mismas doctrinas a las demás artes de imitación, haciendo notar siempre el influjo del arte en todo lo que parece obra exclusiva de la imaginación.

Ya sabe Vd. que es suyo de veras su afectísimo, que besa su mano,

J. de la R[evilla]

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