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Prensa y canon · Textos historiográficos

«Parte literaria»

Autor del texto editado
Benavides, A.
Título de la obra
El Heraldo. Periódico político, religioso, literario e industrial, n.º 437, 17/11/1843.
Autor de la obra
Mora, José Joaquín de (dir.)
Edición
Madrid: Imprenta de El Heraldo, 1843
Paginación
pp. 3-4
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de la Hemeroteca Digital Hispánica. (texto completo)
Información técnica
Editor: Mercedes Comellas
Encoding: Fátima Rueda Giráldez
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
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Sevilla, 31 julio 2025

PARTE LITERARIA


Inmensa es hoy la diferencia que existe entre nuestra pobre España y cualquiera de las grandes potencias de la Europa, y no es solo que por acá abunden los despoblados y los yermos, semejando el suelo a los países del oriente donde la civilización se estinguió después de haber servido de faro a muchas generaciones, o a los países de occidente donde la civilización no ha comenzado todavía ni de ello lleva trazas; sino porque aún las gentes que ocupan la tierra no han llegado a alcanzar los adelantamientos que caracterizan la presente época en las naciones que aludimos. Cree mal el que se figure que París, Londres o Viena guardan por ser cortes una semejanza más o menos perfecta con la corte de España, y fácilmente saldría de su ilusión quien tal pensase con solo leer con atención los periódicos estranjeros, los cuales revelan al lector nuevos usos, nuevas costumbres, nuevos modos de vivir y de gozar, hijos todos de la civilización que va en aumento y que corre rápida hacia el deseado fin de la mejora y perfección de las sociedades humanas.

No queremos por el momento entrar en un tan vasto y espacioso campo como abarcan los descubrimientos de la época en que vivimos; los estraordinarios medios de que se vale hoy la industria para mejorar sus productos; la celeridad con que el comercio lleva de puntos a puntos, a cual más distantes, sus mercancías; el movimiento, en una palabra, que allende los Pirineos empieza y se estiende hasta las glaciales zonas del Polo, movimiento de que son partícipes las artes y las ciencias y con el cual el hombre ostenta su inmenso poderío sobre toda la creación, venciendo imposibles, sujetando a su voluntad y hasta humillando la soberbia de los elementos. Queremos solo dar una idea a nuestros lectores del estado en que se encuentra la literatura en las naciones de la Europa, y por él se podrá venir en conocimiento de lo mucho que nos queda a nosotros, los españoles, que aprender y que trabajar para entrar por algo en la gran tarea que con tanto afán como gloria llevan a cabo hoy las más de las naciones estranjeras.

Cosa singular, pero de fácil esplicación: desde que en esta tercera época se han dado los hombres a la política se ha perdido el gusto y la afición a los estudios serios, de suerte que en una época de libertad, en la cual a cualquiera le es dado publicar sus obras sin otra responsabilidad que la de la opinión pública, apenas hemos visto alguna que otra que debía sobrevivir a sus autores. En jurisprudencia hemos visto compilaciones y más compilaciones hechas de esta o de otra manera, con más o menos estudio, con mejor o peor método, pero esentas de originalidad, si esceptuamos las lecciones que el señor Pacheco dio en el Ateneo de esta corte, que andan impresas y que tienen el grandísimo defecto de no presentar un cuerpo entero de doctrina. En punto a historia ya tuvimos la ocasión de decir en un artículo que insertamos en la Revista americana de París lo escasos de obras que nos encontramos en nuestros tiempos, e hicimos una honrosa escepción a favor de la Historia del levantamiento, guerra y revolución de España, escrita por el conde Toreno; y hoy tenemos el gusto de hacer dos, una a favor de un joven a quien no conocemos y que ha publicado un tomo de la historia de Granada que escribe, y otra a favor del señor Morón por su curso de historia de la civilización española. Si es de publicistas, título que entre nosotros se adquiere a poca costa, nos hallamos tan escasos, que solamente podemos citar a don Francisco Martínez de la Rosa y a los diferentes trabajos incompletos por los cuales hemos podido juzgar el gran talento y vasta erudición de don Antonio Alcalá Galiano y don Juan Donoso Cortés. En punto a filosofía no nos achacarán de severos si decimos que casi hasta la significación de la palabra se ignora; hemos visto, sin embargo, impresas las lecciones de un catedrático del Ateneo, que aún no hemos leído y sobre las cuales nos reservamos el dar nuestro juicio con entero conocimiento de causa.

¿Qué diremos de matematistas, ciencias exactas, físicas y químicas, sobre las cuales no podemos presentar otra cosa que los elementos de García, el compendio de Lista y las obras de Vallejo, viéndonos obligados a señalar como libros de asignatura para estas enseñanzas obras estranjeras, a veces precisamente traducidas a nuestro idioma? Tenemos poetas; en verdad, no faltan, buenos y muy buenos algunos, más que medianos otros, regulares muchos; a los malos no les llamamos poetas por no dar el nombre de verso a la mal surcida jerga de sus pobres conceptos y palabras. En España ha sido muy fácil el hacer versos; y en épocas de decadencia precisamente es cuando más que en otras ocasiones se han empeñado las musas en divertir a los españoles con sus bien templadas liras, distrayéndolos del pesar que debía cansarles la pérdida de su pasada grandeza, la de la posesión de vastos imperios y de los males que causan las continuadas guerras civiles y la total ausencia de gobierno, administración y buen orden del Estado.

Que en España sea más fácil que en otras partes hacer versos lo sabe el que conoce la índole armoniosa de nuestra lengua, con la cual se puede escribir en verso, y en verso muy bueno, un poema sin que nadie lo entienda; y mil y mil composiciones, a cuál más bella, sin que por casualidad se tropiece con un pensamiento. Que en las épocas de decadencia la poesía no corra pareja con las demás artes ni con las ciencias, lo prueban la época de Felipe II y Felipe IV, y por la que vamos ahora pasando, poco notable en adelantamientos de otra especie. Lástima grande causa el ver a la España, patria de tan buenos ingenios, hoy día tan atrasada en el cultivo de todos los ramos del saber, y más todavía si se considera que no faltan aun en los calamitosos tiempos que hemos alcanzado personas eminentes que bien pudieran dedicar sus ratos de ocio a la meritoria obra de sacar del letargo en que yace a la literatura española, enseñando con su ejemplo a los indoctos y estimulando a los entendidos.

Entre todos descuella don Antonio Alcalá Galiano, tan grande orador como aventajado escritor, de ingenio clarísimo, de vastísima y escogida erudición, el cual, teniendo en poco los inmensos recursos que posee, no se ha ocupado de cosa que pudiese granjearle una merecida fama y un lícito provecho, y a la nación una gloria literaria digna de ser comparada a las muchas con que adornan su blasón las naciones estranjeras. Aparte de cierta indolencia, que condenamos severamente, no faltan otras causas independientes de la voluntad de los hombres de saber que les impiden dedicarse a las letras, y esperar de su laboriosidad el apetecido fruto o el deseado lauro, digno galardón el uno y el otro de sus vigilias y trabajos.

La España, por desgracia, está dividida en muchas parcialidades y bandos que se hacen la guerra con furor y que, si pudieran, llegarían a lanzar el anatema de la escomunión los unos contra los otros, pues, no contentos con perseguirse en esta vida, llevarían su saña más allá del sepulcro; de suerte, que en esta época en que tanto se ha predicado la tolerancia, la cual es una natural consecuencia de las instituciones liberales, la intolerancia es la que campea por sus respetos, armada de la sinrazón que siempre le acompaña y auxiliada muchas veces de la fuerza; en estos tiempos en que tanto se habla de la ley jamás ha sido más hollada ni más vilipendiada, reinando en su lugar el capricho que acoge por lo regular lo injusto y lo absurdo.

Quejábanse en tiempos antiguos los hombres de lo que llamaban favoritismo, y hoy es el día en que el mérito oscurecido y completamente despreciado ha cedido su lugar al fiat de los ministros, que, queriendo semejarse al mismo Criador, de la nada o de un poco de barro de mala calidad hacen un intendente, un covachuelo o un ministro del tribunal supremo; no falta quien, como en los tiempos en que el poder religioso estaba en la cumbre de la grandeza, reúna dos, tres o más empleos, semejando así a aquellos potentados y magnates de la iglesia contra los cuales se lanzó aquel famoso canon que condena la pluralidad de beneficios. Por último, unos invocan el progreso, otros la civilización, y todos la libertad, sin echar de ver que jamás ha habido que sufrir tantas servidumbres ni humillar el cuello a tantas tiranías, pues, no habiendo orden en el Estado, ni justicia en los tribunales, ni amparo contra las injusticias de los poderosos, por haber renunciado el gobierno al cargo de tutor y protector de los pueblos, cada uno a su vez se defiende o ataca según la fuerza del enemigo con que combate; sufre la tiranía o la impone, según sus circunstancias, y he aquí el estado de la nación española, estado de guerra, de lucha continua, del cual nacen las malas pasiones, en el cual imperan las malas artes; estado contrario al de libertad y progreso, al de tolerancia y justicia.

En medio de tantas calamidades y de tantos azares, cada uno es libre de publicar sus pensamientos por la prensa, y, como esta no es más que el reflejo de la sociedad, los pensamientos de los ciudadanos publicados por ella, con muy ligeras excepciones, demuestran el estado de guerra, de tiranía y de servidumbre de que antes hemos hablado. Los periódicos, casi las únicas producciones que ven la luz del día, mantienen viva la lucha, siendo al mismo tiempo la causa y el efecto de estado tan violento y desgraciado. Los lectores se acostumbran a esta lectura, modelan su modo de pensar por el artículo del periódico que tienen costumbre de leer, y la mayoría de los que saben escribir y leer se compone de escritores de periódicos y de lectores de periódicos: cada día el público devora con ansia el pasto intelectual que le arroja la prensa periódica, se afana por digerirlo durante el día, y espera con afán el siguiente, que sin saberlo se ve en la necesidad de tragar el mismo manjar adobado con algunas nuevas frases y expresiones de lo que se llama actualidad. Así, pues, queda explicado el porqué de que en esta era de libertad de imprenta y de progreso son tan pocas las obras literarias que hemos visto dignas de llamar la atención de los doctos, y propias de una nación que en épocas anteriores ha producido ingenios como los de Cervantes, Mariana y Solís.

¡Qué espectáculo tan distinto y, al mismo tiempo, tan grandioso ofrece a la consideración del observador el estado intelectual de las más de las naciones de Europa! Allí no se teme y, por consiguiente, no se pelea por la existencia; allí el oficio de político no se estiende a todas las clases del estado, la política ejerce su influjo en bien de la nación, la cual, vivificada al mismo tiempo por todas las artes e industrias útiles y por las de mero entretenimiento, y ocupando cada cosa su lugar, y cada hombre su puesto, vive, prospera y se engrandece a esfuerzos de las empresas individuales y ve en ellas, al mismo tiempo que su provecho, también su gloria.

Nos proponemos dar a conocer a nuestros lectores, según nuestras fuerzas lo permitan, los adelantamientos que en las naciones estranjeras han hecho las ciencias y las letras, el carácter y la tendencia de su literatura, el examen de sus principales obras; y damos hoy comienzo a nuestra tarea por la Francia, la cual, además de ser nuestra vecina, tiene a su favor para la preferencia el ser su lengua conocida de nuestros literatos y ser la patria de las ideas, de donde parten después para amoldarse a la índole y carácter de todas las naciones del globo.

Ha cabido a la Francia la suerte de haber contribuido poderosamente a la civilización del mundo, porque de la Francia han salido casi todos los sistemas que han formado las diferentes sectas literarias que conocemos, y porque de allí salieron también las ideas que han contribuido a la emancipación de los pueblos. El siglo XVII fue el más nombrado por lo que hace a la literatura, así como el XVIII lo fue por la revolución política y social del mundo que entonces comenzó; el primero influyó mucho sobre el segundo, y los dos han influido sobre el actual. Es error de gran tamaño el creer que las diferentes épocas que se han distinguido en la historia de la humanidad, ya por el mal que han causado a los pueblos o por el bien que les han proporcionado han salido espontáneamente de la nada, sin relación alguna con los acontecimientos de los siglos pasados y sin consecuencia para las generaciones venideras. En el gran libro de la historia todos los sucesos vienen eslabonados unos con otros desde los más remotos tiempos hasta época presente, y así seguirán hasta la consumación de los siglos; de esta suerte los pueblos antiguos echaron en la tierra la semilla de la cual han nacido y cobrado vida los pueblos modernos, y entre estos, como entre aquellos, los hijos han cogido el fruto de los árboles que los padres han plantado. El siglo literario de Luis XIV, con su libertad y magnificencia literaria, produjo el siglo de la filosofía y del libre examen; y Voltaire y Rousesau, el uno con sus epigramas, y el otro con la elocuencia falsa que arrastra y cautiva, elevaron los altares donde años después un pueblo en el frenesí de su delirio político tributó culto a la diosa de la Razón, y alzó el patíbulo donde pereció inhumanamente el mejor de los hombres y el más desgraciado de los reyes.

Si preguntamos al común de los lectores, nos dirán que nada de común tienen entre sí el siglo XVII y el siglo XVIII; que el primero es hijo de la antigüedad, de la religión y de la monarquía de Luis XIV, y que el segundo ha tenido por guía la moderna literatura, ha profesado el escepticismo y ha llevado por objeto la reforma política y social; y, sin embargo, cada vez nos afirmamos más en nuestro pensamiento. Estas dos épocas tan diversas tienen momentos en que se ven confundidas; ¿y quién lo diría? el carácter, la libertad, el libre examen encuentran ya prosélitos en los tiempos mismos de Bossuet: hubo un hombre que en medio de las grandezas de Luis XIV, el monarca por escelencia, y sin que le deslumbrara el vivo brillo de aquella corona enriquecida con tan bellos florones, protestase contra aquel esplendor y aquella magnificencia; hubo un hombre que, sin dejarse dominar por la elocuencia del último padre de la iglesia, del gran Bossuet, protestase contra la dominación religiosa que ejercía; hubo un hombre que, aun admirando a Corneille y a Boileau y a tantos y tan justamente célebres literatos, protestase contra la autoridad clásica de la antigüedad; este hombre fue Bayle; y Bayle nació en el año de 1647, pero la innovación de este atrevido filósofo no pudo por el momento producir inmediatos resultados en Francia, siendo aquel protestante y adoptado como hijo por la Holanda, nación siempre enemiga de Luis XIV. En la corte misma de este monarca empezó el anuncio de una nueva era, y los que se erigieron en apóstoles de las nuevas doctrinas continuaron, sin embargo, haciendo el papel de ardientes defensores de las tradiciones respetadas del siglo de Luis XIV. Así es que la elocuencia del pulpito, que aún se mantenía en todo aquel esplendor a que supo elevarla Bossuet, se apartaba algún tanto de su índole primitiva, ocupando insensiblemente la moral el lugar de la fe, y un cierto sentimiento social la pura y sincera caridad cristiana.

Boileau era todavía el maestro de la juventud, y sus obras, el código respetado que servía de autoridad a los literatos de su tiempo; pero el gusto por la libertad, que los ingleses profesaban tanto en religión, en política como en literatura, empezó a cundir entre sus vecinos, y la primera traducción del poema de Milton causó en París grande sensación, y aun pudiéramos decir grande entusiasmo.

Perrault, aunque sin gran talento y desdeñado quizá con injusticia por sus contemporáneos, es el precursor de Fontenelle, como este lo fue de Voltaire. La Historia de los oráculos y Los Mundos anunciaron a la Francia la filosofía del siglo XVIII; sin comprender toda la trascendencia de estas obras, algo se le alcanzaba de ella a Boileau, el cual, al saber que su autor había sido nombrado miembro de la Academia, contestó en un acceso de mal humor: «La Academia va de mal en peor». Por último, al fin del reinado de Luis XIV apareció Voltaire, en una época en la cual, según su opinión, la naturaleza misma parecía descansar después de tan grandes trabajos literarios. En Voltaire se debe admirar y estudiar el siglo llamado de la filosofía, por ser el autor citado el representante de las nuevas doctrinas, el genio de las artes, el escéptico por escelencia, el mayor novador después de Lutero, y el que con el gran talento de hacer populares sus ideas y las de otros, supo trastornar todo el mundo y llenarlo con su nombre y su gloria.

No es nuestro propósito engolfarnos en el mar inmenso de filosofía, historia y amena literatura, que tal puede llamarse al vasto conjunto de las obras que produjo el siglo XVIII; bástanos haber probado que esta época tan fecunda fue natural consecuencia de la anterior, en la cual, a la sombra de la crítica literaria, se fue despertando él gusto por la crítica filosófica y entronizando la libertad de pensar de todo y sobre todo, como una ley necesaria en las sociedades y natural al hombre; el influjo que sobre el siglo actual ejercieron tanto XVII como el XVIII, la serie del presente trabajo nos lo demostrará.

A tres podemos reducir, y seguimos en esto el parecer de hombres muy doctos, las opiniones que hoy día se dividen el campo de las letras: todas ellas han nacido de las que profesaban los sabios en el siglo XVIII, o de las contrarias que algunos admitieron en odio a las mal llamadas filosóficas: la escuela escéptica, eco del siglo XVIII, conserva fiel sus tradiciones y tiene como en depósito las: antiguas creencias. La escuela ultramontana, que cobró nuevas fuerzas y brío con los desmanes de la revolución, representa las ideas antiguas de las sociedades en aquellos tiempos en que la autoridad religiosa era la suprema y la más poderosa, y acallaba las exigencias de lodos los demás poderes, que no tenían más apoyo que la fuerza, ni más medio de cumplir su voluntad que la violencia. Por último, la escuela ecléctica, que, sin abandonar las conquistas que la razón alcanzó en el tiempo en que el libre pensamiento dominó a la sociedad, ha podido preservase de los escesos de la libertad, colocándose así en política como en literatura en un justo medio. A estas tres escuelas pueden reducirse todas las obras literarias y filosóficas que tanto abundan hoy en la vecina Francia. La primera, que había desaparecido casi toralmente de la Francia, avergonzada de sus propios errores y temerosa de disgustar al emperador, que siendo cónsul había firmado un concordato, y que, llegado después a la suprema dignidad, llamó al pontífice para que pusiera sobre su cabeza la corona de Carlomagno, salió del letargo en que yacía merced a la revolución de julio; en su lugar veremos los nombres ilustres que la han ennoblecido, despojándola también de tantas preocupaciones como tenía en los tiempos de su esclusiva dominación.

La segunda, que parece la más estraña, aunque no es sino muy natural, se deriva de la misma razón humana, la cual, después de haber agotado las consecuencias todas de sus principios y haber llegado hasta lo absurdo, adopta el principio diametralmente opuesto. La libertad y la igualdad, o, por mejor decir, la sangrienta nivelación del año 95 fue la causa de la contraposición adoptada en los tiempos del imperio y de la restauración con el restablecimiento de la nobleza y de algunos de sus privilegios antiguos, con más los que eran hijos de las circunstancias. Del culto de la diosa de la Razón y del ateísmo de Robespierre salió más pura, más acrisolada la religión cristiana, y del abuso de la reforma política o, por mejor decir, de los escesos de la reforma social, salió, si no triunfante, a lo menos con numeroso y brillante séquito la teoría del derecho divino de los reyes y de su poder absoluto. Apóstol de estas doctrinas fue el conde Joséf de Maistre, el cual en su famoso libro del Papa llega hasta a humillar la razón humana ante la autoridad infalible del sumo pontífice.

La tercera reúne las tradiciones históricas y los progresos de la moderna civilización. Las escuelas ultramontana y escéptica viven de lo pasado, sin que sus fuerzas alcancen a colocar al lector en medio de los siglos que ya fueron, porque la barrera que existe no hay fuerzas humanas que la traspasen; al contrario, la tercera, apoyada en la verdad, en la justicia y en la libertad, despeja las nieblas que cubren el horizonte lejano del porvenir que se estiende a medida que vamos avanzando en la carrera de la vida.

Si de aquí pasamos a las diversas escuelas que la crítica y el buen gusto han adoptado en la literatura, veremos entonces la influencia de las literaturas estrangeras en la francesa, el estilo pomposo del siglo de Luis XIV, el festivo, ligero y mordaz de Rabelais. Unos autores imitan a los ingleses; otros se entretienen, se confunden y confunden a sus lectores en los laberintos de los alemanes; filosofía, historia, obras dramáticas, novelas, todo se ensaya, todo se discute; el mundo literario admira a Barante, a Scribe y a Eugene Sue; el círculo de los lectores por instantes se ensancha; 5,500 obras producen las prensas de Paris; y en medio de todo este gran movimiento intelectual no puede decirse que la Francia tiene una literatura como la tuvo Roma en tiempo de Augusto, como la tuvo la misma Francia en tiempo de Luis XIV. No es estraño esto; ni según los adelantamientos de las sociedades creemos que puedan repetirse épocas como las citadas. En estos nuestros tiempos de libertad y tribuna; de bolsa y elecciones; de reacciones continuas; de variaciones y mudanzas sin cuento, la literatura es anárquica como es la sociedad que aquella refleja; ni creemos tampoco que sea este un estado de transición, como algunos creen; dura y durará por mucho tiempo; esta es nuestra opinión; pasará, es bien seguro qué es lo que vendrá después no se nos alcanza, ni en literatura ni en política; pero sin riesgo de equivocamos podemos decir que los ramos de literatura más en boga son la historia, la filosofía moral y la literatura ecléctica, la cual, si no es original, es al menos erudita y a veces sobresale por su esquisito gusto. Por último, la elocuencia parlamentaria hermosea este cuadro, dándole los más animados colores y abriendo una nueva senda al saber y al trabajo, senda para unos muy ancha y espaciosa, para aquellos que saben plegarse con facilidad a todas las circunstancias y jugar con maestría con los peligrosos lances de la política; áspera y desabrida para otros que no entienden el juego y no reciben en premio de su desinteresado trabajo más que penas sin cuento y larga cosecha de sinsabores. Siempre que hemos reflexionado sobre estos, y cuenta que no ha sido pocas veces, se nos ha figurado que entre las muchas clasificaciones que pudieran hacerse del diputado, las dos que más llaman la atención son las de diputado de buena suerte y diputado de mala; y así, sin entregar nuestra imaginación a diabluras y embelecos de magos y nigromantes, no podemos hallar la razón de las cosas estrañas que pasan en nuestros días; más de una vez hemos comparado lo dulce para unos y lo amargo para otros de ese que se llama cargo público, con los trabajos, golpes y todo género de aflicciones que pasaban Sancho Panza y don Quijote en las ventas a donde la locura de este los llevaba a caza de peligrosas aventuras: «Sin duda, señor, que este es el moro y debe de guardar el tesoro para otros, y para nosotros solo guarda las puñadas y candilazos». Esto decía Cervantes por boca de Sancho Panza, y eso que Cervantes no conocía diputados, ni libertad de imprenta, ni ministros responsables; mas nosotros, que hemos alcanzado en nuestra época todos estos bellísimos descubrimientos, hallamos muy parecida la semejanza de los caballeros andantes antiguos con los de la edad presente; para los unos el tesoro del moro y grandes cruces y poder y riquezas y popularidad; para otros pobreza, persecuciones, sentencias de destierros, candilazos, en una palabra, que reparte el moro muy a sabor; pero, sin querer, nos hemos separado de nuestro propósito; volvemos de nuevo a él con todas veras, ofreciendo a nuestros lectores en los artículos sucesivos cuantas noticias tenemos de las obras literarias que se publican actualmente en la nación vecina.



A. BENAVIDES.

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