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Prensa y canon · Canon poético · Textos historiográficos · Polémicas

«Observaciones del literato don Alberto Lista sobre un artículo publicado en el Liceo español»

Autor del texto editado
Lista y Aragón, Alberto (1775-1848)
Título de la obra
El Instructor o Repertorio de historia, bellas letras y artes, n.º 83, 01/11/1840
Autor de la obra
Villalobos, Ángel de (dir.)
Edición
Londres: Imprenta de Carlos Wood, 1840
Paginación
pp. 327-330
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de la Hemeroteca Digital Hispánica. (texto completo)
Información técnica
Editor: Mercedes Comellas
Encoding: Fátima Rueda Giráldez
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
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Sevilla, 31 julio 2025

OBSERVACIONES DEL LITERATO

DON ALBERTO LISTA

Sobre un artículo publicado en el «Liceo español».


En el Liceo español de abril del presente año hay un artículo intitulado Poesía castellana del siglo XVI, en el cual, después de varias incursiones en la poesía hebrea y griega, acusa a Virgilio de no ser original, a los poetas de nuestro Siglo de Oro de ser meros copistas, y concluye con el decantado axioma de nuestros días de que «en la poesía, como en las demás Bellas Artes, hay solo un libro, que es la naturaleza». Este artículo nos ha dado motivo para hacer algunas reflexiones que sentimos no estén conformes con las ideas del autor.

Dice que «la poesía de la Grecia..., a pesar de ser indígena..., no es ya tan sencilla como la de los pueblos nómadas... Por eso Homero no es ni tan sublime como David, ni tan melancólico como Job, ni tan sencillo en sus descripciones como Moisés». Aquí hay muchas equivocaciones que es preciso deshacer.

En primer lugar, nunca han sido mirados los libros de Moisés como obras poéticas, sino como colecciones históricas y legislativas. Grande diferencia hay en tono y en estilo de sus narraciones y códigos al libro de los salmos y a los de los profetas. Es verdad que algunas veces copia profecías y cánticos, como la de Job y los de Moisés, pero no habrá dificultad en conceder que el tono general de su estilo no es poético. Un historiador no debe admitir como el poeta adornos en sus descripciones, por eso Homero ni fue ni debió ser tan sencillo como el autor del Génesis.

En segundo lugar, la causa que el autor atribuye a la superioridad de David sobre Homero en cuanto a los pensamientos sublimes no es verdadera, pues en tiempos del profeta rey y guerrero no era ya Israel un pueblo errante, sino una monarquía poderosa, extendida por la victoria desde el torrente de Egipto hasta el Éufrates, y desde el Líbano hasta el Mar Rojo, cuando Homero nació en una colonia griega del Asia Menor recién fundada por colonos fugitivos del Peloponeso y, por consiguiente, pobre y sin cultura.

¿Por qué no se atribuye la mayor sublimidad de David a su verdadera causa, que es la naturaleza del Dios que celebraba? Por más ardiente y elevado que fuese el cantor de Aquiles, ¿pudiera haber formado con su Júpiter, su Venus y su Marte los cuadros admirables que cantaban los adoradores del único y verdadero Dios y los que de orden suya revelaban a su pueblo los sucesos futuros? David es más sublime que Homero porque Jehová es el creador y dominador del mundo, y los dioses griegos, hombres que habían recibido la apoteosis de los pueblos o de los poetas. Job es más melancólico que Homero, porque jamás a este insigne poeta puede ocurrirle la idea del justo luchando con la adversidad y recibiéndola como un beneficio de la mano divina. La lucha entre el hombre sensible que sufre y el hombre espiritual que busca el consuelo de sus males en Dios, lucha que hace tan interesante el libro del príncipe árabe, pugnaba esencialmente con los principios de la religión gentílica. Así, Homero no pudo ni comprenderla ni describirla.

¿Y cómo se dice que Horacio es el único poeta original que poseyó Roma, quitándole este título de honor a Virgilio, el poeta del corazón humano, como Homero lo es de la imaginación; a Ovidio, el más rico y fluido de los vates latinos; y a Tibulo, el más suave y melancólico? Pero Virgilio –dice- siguió las huellas de Homero y se quedó a larga distancia. ¿Cómo así? ¿Hay por ventura en la Ilíada ni en la Odisea alguna cosa comparable al cuarto libro de la Eneida? ¿Imitó Virgilio a Homero en la descripción de la terrible noche en que fue arruinada Troya? ¿No le es muy superior en la reseña de los pueblos que concurrieron a la guerra? Evandro, sus quejas y presentimientos al enviar su hijo a los combates, sus gemidos al verle muerto a manos de Turno, ¿tienen su modelo en la Ilíada? ¿Lo tiene el inimitable episodio de Euríalo y Niso? ¿Qué tiene que ver con este trozo, en que está llevado al más alto punto el heroísmo de la amistad, la expedición nocturna de Ulises y Diomedes? En fin, ¿ha escrito Homero algo que se asemeje al fin del sexto libro de la Eneida, donde Anquises revela a su hijo la gloria futura de su descendencia? Parece imposible como un escritor que debe haber leído a ambos poetas, pues los compara, haya olvidado tan completamente las citas que acabamos de hacer.

Es cierto, certísimo, que Virgilio tradujo de Homero un gran número de descripciones y comparaciones. Pope, en su Poema sobre la crítica, explica este fenómeno literario: «El poeta latino, queriendo imitar la naturaleza, halló que la naturaleza y Homero eran una misma cosa». Este es el caso de decir con Voltaire que solo a los ricos es lícito robar.

¡Virgilio se quedó a larga distancia de Homero! Ese fallo se da con mucha prontitud, mas no sería tan fácil justificarlo. Nosotros procuraremos ser más justos entre esos dos grandes colosos que en todos los tiempos se han disputado y se disputarán, aun por muchos siglos, el imperio de la literatura.

Homero es incomparablemente superior al poeta latino en todo lo relativo a la composición del poema y a los adornos que hacen su efecto sobre la imaginación. Virgilio es, con la misma superioridad, más grande que su adversario en la corrección del estilo, la delicadeza de la expresión y el conocimiento profundo y filosófico de las pasiones. No hay en los dos poemas de Homero un pasaje comparable a esta expresión de Virgilio:

Non ignara mali, miseris succurrere disco


O a esta:

Quem metui moritura?


O a aquel verso inimitable en que Dido, después de jurar que no se debía al amor, da a entender que no tardará en infringir su juramento:

Sic effecta sinum lacrymis implevit obortis.


Todo Virgilio está, por decirlo así, empedrado de versos de esta especie, que demuestran la sublime ternura de su corazón y la valentía de su genio para expresar los sentimientos delicados. Y en vano se buscará en Homero, poeta de tiempos más rudos, el modelo de las descripciones de esta especie.

Debiera también tenerse presente, cuando se trate de dar una sentencia justa entre estos dos insignes poetas, que Homero llegó hasta una edad avanzada y que su poema tuvo toda la perfección que su portentoso genio era capaz de darle. Virgilio falleció joven, dejó incompleto su poema y no debió de estar muy satisfecho de él, pues mandó quemarlo. Si a tanta distancia de su época es lícito aventurar alguna conjetura, nosotros creemos que el disgusto de Virgilio con su obra procedía de los numerosos defectos del plan de composición y no de haber imitado a Homero en muchas descripciones. Esa imitación, en vez de ser un defecto, deberá ser un mérito para cualquiera que conozca cuán rudo, cuán inarmónico era todavía el lenguaje poético de los latinos en el poema de Lucrecio. Virgilio tuvo la gloria de darle con sus traducciones de Homero parte de la soltura y flexibilidad, parte de la armonía del admirable idioma de Grecia.

Es un fenómeno observado por un literato español de mucha nota que Horacio, tan excelente juez en materias de buen gusto, tan admirador de Homero, tan amigo de Virgilio, a quien nunca pudo mirar con emulación, pues los géneros en que ambos trabajaron eran tan diversos, no habla de la Eneida en ninguna de sus obras didácticas, siendo así que celebró la suavidad y gracia del estilo de su amigo en las Églogas y Geórgicas. Nosotros no podemos explicar este silencio sino diciendo que Horacio, muy capaz de conocer los defectos de plan y ejecución en el poema de Virgilio, no era muy a propósito para sentir y analizar sus bellezas superiores, hijas por la mayor parte de la sensibilidad de su corazón.

Horacio era poeta y gran poeta, pero era cortesano, y además epicúreo. Puede desafiarse a cualquiera a que cite del vate venusino un solo verso, un solo rasgo en que el brille aquella ternura exaltada que rebosa a cada paso del pecho de Virgilio.

Concluye el artículo la parte de la poesía romana quejándose de que los cantos de los poetas latinos no fueron eco de las últimas palabras del rígido Catón. Este aserto es contrario a lo que nos dice la historia. Ahí están Lucano y Juvenal, que no nos dejarán mentir. Uno y otro llenos de fuego y de energía, y el segundo tan indignado por lo menos como pudiera estarlo la sombra del célebre suicida de Utica. Ni uno ni otro imitaron a los griegos; ambos son originales. ¿Leeremos por eso la Farsalia con más placer que la Eneida? Si el autor del artículo fuese capaz de darnos este consejo, soltaríamos la pluma y no volveríamos a discutir sobre esta materia.

El genio no basta. Es necesario, además, el gusto ejercitado y perfeccionado. Esta es una verdad que se trata de oscurecer en el día, y es menester repetirla e inculcarla si queremos tener literatura.

Dejando. pues. a un lado la poesía de los hebreos, griegos y romanos, vengamos ya a la a castellana, que nos importa más. Hablando de la poesía española del siglo XVI, dice que es «un reflejo de la poesía italiana... Tiene -añade- la regularidad de la poesía romana y la puerilidad sutil de la provenzal». Después de estos fallos, acusa a los Garcilasos, los Herreras, Leones y Argensolas de falta de originalidad, del uso que hacen de las fábulas mitológicas, de la regularidad hasta en el número de versos de algunas composiciones. Lo más gracioso de todo es que concluye esta larga serie de acusaciones celebrando en los más insignes poetas de aquel siglo las prendas que los han hecho inmortales, prendas que se avienen muy mal con la falta de originalidad, porque es imposible que carezca de ella el que las posea.

En primer lugar, es falso que la poesía castellana del siglo XVI sea un reflejo de la italiana. Si se adoptaron los metros y la disposición de sus estampas, eso no es copiar. ¿Quién llamaría copista a Murillo porque hubiese pintado uno de sus cuadros en el lienzo que le hubiese prestado un amigo? Lo que caracteriza a un poeta no son los metros, sino los pensamientos, el tono, el colorido, y todo esto fue original en nuestros poetas del siglo XVI.

¿Por qué, pues, imitaron a los poetas latinos y griegos? Porque, si no lo hubieran hecho, no tendríamos ni lenguaje poético ni poesía castellana. Garcilaso es tan profundamente tierno, tan altamente original en el canto de Nemoroso, porque en el de Salicio imitó con tanta perfección a Virgilio. En este aprendió a dominar la ruda aspereza en que había dejado el lenguaje poético castellano el Ennio español, Juan de Mena. En este adquirió la flexibilidad y soltura necesarias para componer la admirable estancia que comienza:

Por ti el silencio de la selva umbrosa


O aquella llena de ternura y melancolía:

Quién me dijera, Elisa, vida mía, etc.


No hay ninguno de los poetas de nuestro buen siglo en el cual no haya imitaciones de los antiguos y cantos originales . Las primeras les sirvieron para pulir y enriquecer el lenguaje; en los segundos desplegaron toda la fuerza de su genio. No los censuremos por las riquezas que robaron de otros Parnasos para hacer más copioso el tesoro del nuestro. ¡Cuántas locuciones, cuántos giros poéticos poseemos en nuestra lengua que no existirían si no se hubiesen hecho esos hurtos gloriosos de que se queja nuestro autor!

Si examinamos atentamente las composiciones en que se funda la gloria poética de nuestro Siglo de Oro, se verá que ninguna de ellas debe nada ni Italia ni a Roma. Las canciones sublimes de Herrera, la célebre de Rodrigo Caro refundida por Rioja a las ruinas de Itálica, la Epístola moral de este, los versos buenos de Góngora, los de Lope, que son inimitables cuando son buenos, los sonetos y canciones de los Argensolas y las odas originales de León, nada deben ni a la poesía italiana ni a la latina; hasta la profecía del Tajo es enteramente española, aunque el autor imitase la forma del Vaticinio de Nereo de Horacio. ¿Qué importa la forma donde el trabajo es tan superior?

No es cierto, pues, que nuestros poetas del siglo XVI fuesen meros copistas, y mucho menos que cuando sentían, necesitaban copiar.

En cuanto la puerilidad sutil que atribuye el artículo a la poesía provenzal y que según él mismo copiaron nuestros poetas, de donde deduce el origen de tantos conceptos amorosos, solo diremos que la actual generación no es capaz de juzgar el mérito o demérito ni de estos conceptos ni de su oportunidad para describir la pasión del amor. A nosotros deben parecernos ridículos y fríos. ¿Debía suceder lo mismo a los españoles de los siglos XV, XVI y XVII, para los cuales el amor no era un afecto fugitivo, un placer momentáneo, sino una especie de culto y la más seria ocupación de la vida? Parécenos que no. Por eso no se contentan con el delirio y abandono de los poetas griegos y romanos; tenían un medio mejor de describir el delirio para ellos permanente de la pasión, que era raciocinar sobre ella. Nunca un loco se muestra más loco que cuando hace discursos sobre el objeto de su manía. Como ahora se trata del amor a la manera de los antiguos, esto es, como un mero placer físico, no es extraño que nos fastidie la importancia que le daban los poetas del siglo XVI y sus sucesores.

A la verdad, sentimos leer en Herrera tantos versos amorosos, tan superiores son los pocos que compuso en otra línea. Pero nunca son ridículos, pues a lo menos siempre hay que aprender en ellos la pureza y corrección del estilo y el uso de las voces y giros poéticos. Además, tiene muchos trozos en los cuales nada puede encontrar que reprender ni aun el autor del artículo que impugnamos. Tal es la elegía a la muerte de Heliodora, o estos versos que cita Lope como modelo de elegancia y ternura:

Breve será la venturosa historia
de mi favor, que es breve la alegría
que tiene algún lugar en mi memoria.
Cuando del claro cielo se desvía
del Sol ardiente el alto carro apena 5
y con igual espacio muestra el día,
con blanda voz que entre las perlas suena,
teñido el rostro del color de rosa,
de honesto miedo y de amor tierno llena
me dijo así la bella desdeñosa: 10


El artículo acusa a nuestros poetas de ser copistas de los romanos. Nosotros preguntaremos ahora por qué en la descripción de la pasión amorosa tomaron un giro tan diferente del que siguieron Safo, Anacreonte, Ovidio, Tibulo y Horacio. ¿Dirían que por imitar a los italianos y provenzales? No, sino porque pugnaban los cantos de los poetas antiguos con las ideas y sentimientos de su época. Así, en esta parte importante de la poesía no se apartaron tanto como dice el artículo del mundo y de la sociedad que tenían a la vista.

Es verdad que se quiso introducir entonces en España el teatro grecolatino. El proyecto no tuvo efecto, no porque imitar las formas de aquel teatro fuese mal hecho, sino porque las mismas causas que impedían tratar el amor a la manera de Ovidio se oponían también a que se admitiesen por el público aquellas formas. Así es que Lope de Vega fundó la verdadera escuela dramática española, esto es, la que era verdaderamente acomodada al gusto nacional.

Ni faltó entre nosotros en el siglo XVI la poesía popular. Tenemos romanceros y cancioneros de aquella época, en los cuales no hay seguramente imitaciones de ningún parnaso extranjero. Tampoco faltaron cantos religiosos y algunos de ellos de grande mérito. Hubo también quien empuñase la trompa épica y emprendiese cantar las hazañas contemporáneas. Pero para sacar falso a nuestro artículo en todas sus partes, ninguna de nuestras epopeyas es digna de pasar a la posteridad. No se nos diga, pues, que en poesía hay bastante con el libro de la naturaleza.

La acusación de haber hecho uso de la nomenclatura y de las fábulas mitológicas, que parece la más fundada contra poetas que profesaban el cristianismo, es, sin embargo, la más injusta de todas. La mitología no es otra cosa que la descripción poética del mundo físico y moral. Sus consejos son, generalmente hablando, alusiones y alegorías ingeniosas creadas por el talento de los griegos. Forman, pues, el tesoro de la poesía de todas las naciones procedentes de la civilización griega y romana. Privarlas de él es quitarles los medios de personificar las pasiones y de elevar el lenguaje poético sobre el común y vulgar de los hombres, y, por consiguiente, es quitarle a la imaginación sus derechos y obligarla a contentarse con prosa rimada y filosófica. Solo debemos advertir que la nomenclatura mitológica no puede tener lugar en las poesías cristianas, y la misma excepción prueba la regla, porque en este género de composiciones deben ser otros los medios de conmover la imaginación y de excitar los sentimientos.

Si nosotros hubiéramos de censurar alguna cosa en los padres de la poesía castellana, no sería ni la imitación de los poetas antiguos, porque los buenos modelos deben ser imitados y por imitar han comenzado todos los grandes artistas, ni las riquezas de otros parnasos que importaron en el español, ni el gran número de voces y giros poéticos de frases desconocidas que hicieron propias de nuestro lenguaje, ni las formas latinas o italianas que dieron a la poesía cuando no tenía ningunas o las tenía sumamente mezquinas. Tampoco les haríamos guerra ni por la nomenclatura mitológica, ni por su manera de cantar el amor, ni por los asuntos que eligieron para sus composiciones. Todos estos cargos se ha visto ya que son falsos o exagerados. Lo único que nos disgusta en la literatura del siglo XVI es la falta absoluta de conocimientos en la ciencia filosófica de las Humanidades. La cual, a haber sido conocida, hubiera puesto un grande obstáculo a las innovaciones funestas de Góngora y Quevedo y al torrente de mal gusto que abismó en el siglo XVII la poesía y la elocuencia castellana.

¿Pero, pudieron los poetas y escritores del siglo XVI haber creado y perfeccionado esta ciencia? No. Aquella fue la época del genio, anterior siempre a la de la filosofía, y nadie ignora las dificultades invencibles que se oponían entonces a los progresos del espíritu filosófico.

En cuanto a la frase presentada bajo la forma de axioma en que concluye el artículo, solo haremos una reflexión. ¿Se formará un pintor sin ver ni estudiar más cuadros que los que él componga, o un gran músico sin haber oído otras armonías que el sonido de las fuentes o el canto de los pájaros? ¿Por qué, pues, se ha de negar en el poeta la necesidad de un estudio indispensable para las otras Bellas Artes, a saber, el estudio de los modelos? No aconsejamos la imitación servil, como la que hacen algunos de la moderna escuela francesa de poesía, que, por cierto, no merece ser imitada. No se imite, pues, pero estúdiese a lo menos, apréndase en el ejemplo de otros cómo se vencen las dificultades, examínense los escollos en que se han estrellado. El estudio es al mismo tiempo la espuela y el freno del ingenio.

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