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Prensa y canon

«Romances históricos de don Ángel Saavedra, duque de Rivas»

Autor del texto editado
Lúculo
Título de la obra
El Iris. Semanario enciclopédico, tomo I, n.º 4, 1841
Autor de la obra
Mellado, Francisco de Paula (dir.)
Edición
Madrid: Imprenta de Mellado, 1841
Paginación
pp. 67-69
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de la Biblioteca Digital Memoria de Madrid. (texto completo)
Información técnica
Editor: Mercedes Comellas
Encoding: Fátima Rueda Giráldez
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
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Sevilla, 31 julio 2025

ROMANCES HISTÓRICOS

DE DON ÁNGEL SAAVEDRA,

DUQUE DE RIVAS


«Volver el romance a su primer objeto y a su primitivo vigor y enérgica sencillez, sin olvidar los adelantos del lenguaje, del gusto y de la filosofía, y aprovechándose de todos los atavíos con que nuestros buenos ingenios lo han engalanado». Es la empresa que, según sus palabras mismas, ha intentado el autor de esta colección. Entusiasta del romance octosílabo castellano, teniendo presentes los grandes modelos que Sepúlveda y tantos otros poetas cuyos nombres han desaparecido, nos han dejado en esas quasi-epopeyas magníficas, si bien incompletas, que a cada paso se hallan en los romances históricos caballerescos y moriscos; admirador de las asombrosas descripciones que en este metro escribieron Góngora y Calderón, el duque de Rivas ha querido restaurar la armonía rítmica que tan brillantes frutos ha producido, olvidada, desatendida hoy gracias al abuso que de su difícil facilidad han hecho copleros vergonzantes y a la excomunión con que ciertos preceptistas clásicos la han anatematizado. Perfectamente acordes con las ideas vertidas en el prólogo de la obra, creemos que es un absurdo marcar a cada combinación métrica distinta a su lote y el género a que precisamente ha de servir. Creemos que el metro es libre, completamente libre para el poeta, sin que haya otra regla racional en su uso, más que el gusto, la razón y la fantasía. ¿Hay una vesrificación siquiera que no ofrezca ejemplo de esta verdad? En cualquiera pueden citarse trozos bellísimos, jocosos o elegíacos, festivos o patéticos, enérgicos o pastoriles.

Pero, si ninguna razón asiste a la intolerancia de los críticos para negar asiento al romance en el congreso de los buenos metros castellanos, tampoco merecen a nuestro entender ese exagerado encomio, ese entusiasmo ardiente que quisiera elevarlo a la supremacía sobre todas las combinaciones métricas de nuestra fecunda lengua. El romance ha sido, por decirlo así, la primera gala de la poesía española y ciertamente su forma más libre y popular. Mientras que en otras clases de ritmos tropezaba y enredábase a cada paso un idioma formado apenas sin riqueza y sin armonía, campeaba brillante y sonoro en el romance octosílabo, enriqueciéndose a cada ensayo con nuevas frases, con nuevos giros, con excelentes conceptos que daban a un tiempo fuerza y elasticidad al habla castellana.

Rica y abundante, la lengua necesitó ya combinaciones más armónicas y variadas, si bien más difíciles y severas. Entonces se desarrolló, en sus bellísimas y múltiples formas, el verso endecasílabo, la expresión más pura y más completa de un idioma abundante y pomposo. El romance no quedó por eso desatendido, porque nunca debió estarlo. El drama le acogió en su seno, y con él engalanaron sus brillantes creaciones Lope y Moreto, Tirso y Calderón. La poesía lírica, sin embargo, adoptó otras formas octosilábicas y se entregó con preferencia al gusto italiano, al terceto, al soneto, a la silva y a las octavas. ¿Fue un capricho de la moda extranjera, fue una aberración del gusto lo que causó esta revolución en las formas primitivas de la poesía española? No lo creemos. La lengua, la civilización, el arte habían crecido con los años. Sus antiguas galas eran ya hasta cierto punto estrechas, mezquinas y monótonas para la ambición de sus miras y la altura de su vuelo.

Nos hemos detenido algún tanto, aunque más de paso que quisiéramos, en el análisis del romance, porque el autor de la obra que tenemos a la vista le da, a nuestro entender, una supremacía que no merece en su bien razonado y erudito prólogo. Si nosotros pudiésemos dudar de la belleza de esta forma, si pudiésemos olvidar el romance del Conde Claros de Montalbán, casi todos los del Cid y tantos y tantos otros que son poemas completos y magníficos; si creyésemos que debía arrinconarse el romance como metro pobre y cansado, ciertamente la lectura de los del duque de Rivas nos haría abjurar tamaños errores. El público conocía de antemano las mejores partes de esta colección. El Alcázar de Sevilla, Don Álvaro de Luna, El conde de Villamediana y algunos más eran justamente apreciados desde que circuló en España El Moro Expósito, a cuyo final se encontraban. Otros han sido impresos en revistas y diarios, ganando reputación y alabanzas para su autor, preocupado siempre por las altas hazañas y las antiguas glorias de su abatido país. Los romances del duque de Rivas tienen un mérito indisputable en la facilidad y armonía de la versificación, en la sencillez del estilo, en el colorido de los cuadros que presentan. Hay un sabor castizo que agrada, una exactitud en los detalles que asevera al lector las escenas que le ocupan. Se conoce que el autor se ha alimentado con la meditación de nuestros antiguos poetas y el examen de arrinconadas crónicas. Las descripciones son, en general fáciles y animadas, el diálogo vivo y conciso.

Tal vez sin razones de gran peso, preferimos entre todos los romances los que llevan por título Una antigualla de Sevilla y El conde de Villamediana. Domina en ellos un interés más original; están mejor agrupados los objetos; la luz es más clara; hacen mejor efecto sobre el lector. La figura sombría de don Pedro de Castilla, la gallarda persona de don Juan de Tarsis ocupan y llenan los dos cuadros. El primero vive entre riñas, verdugos y tormentos; el segundo muere entre flores, festejos y damas; el interés y la leyenda concluyen a la par.

No podemos decir otro tanto del Solemne desengaño: parécenos que hay poca acción en este romance; no cautiva, como los anteriores, la imaginación del lector, quien, no viendo moverse a la Emperatriz, no conociéndola, no puede comprender la profunda y platónica pasión del marqués de Lombay; así parece el cuento sobrado, largo, porque no hay interés que sujete a la lectura. Contrario defecto, si defecto puede llamarse, señalaríamos en los Recuerdos de un grande hombre: el autor ha andado escaso en demasía; al hallarnos frente a frente del piloto genovés, le seguimos ávidamente con nuestras m iradas: con él sufrimos las amarguras de sus pretensiones en Córdoba; con él entramos en el gabinete de la reina Isabel; y, cuando ya la fortuna le sonríe, cuando empieza Colón sus portentosos descubrimientos, cuando en recompensa de tantas fatigas le guarda el cielo penas y honores, disgustos y riquezas, entonces le roba el poeta a nuestras miradas, que le contemplan por última vez a vista de las Antillas, en medio del Oceano.

Si los estrechos límites de nuestro periódico nos lo permitieran, analizaríamos con más detención las bellezas de la obra del duque de Rivas. Tal vez tomaríamos entonces la ingrata tarea de señalar los lunares de que no está exenta ninguna producción humana. Pero, tales como son en sí, los Romances históricos son una adquisición para la moderna literatura española.



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