«VARIEDADES. Concluye el artículo sobre la Filosofía de la elocuencia de don Antonio Capmany»
- Autor del texto editado
- Reinoso, Félix José (1772-1841)
- Título de la obra
- Gaceta de Bayona. Periódico político, literario e industrial, n.º 29, 09/01/1829
- Autor de la obra
- Lista y Aragón, Alberto (dir.)
- Edición
- Bayona:
Imprenta de Duhart-Fauvet,
1829
- Paginación
- pp. 2-4
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de la Hemeroteca Digital Hispánica. (texto completo)
Información técnica
Editor: Mercedes Comellas
Encoding: Fátima Rueda Giráldez
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Sevilla, 29 julio 2025
VARIEDADES
Concluye el artículo sobre la Filosofía de la Elocuencia de don Antonio Capmany
La confusión de ideas principia desde su división cardinal. «Dividen, dice, los retóricos la elocución en dos principales partes: elección de las palabras, que es la dicción, y composición o colocación de ellas, que es el estilo. A la primera parte pertenece la contestura y distribución del período...». Aquí se enreda una división conocida y se hace, por el modo de espresarla, contradictoria. 1.º La elección sola de las palabras no es la dicción, sino el escogimiento de ellas que le precede. En un vocabulario de todas las palabras de Cervantes no estaría la dicción de Cervantes. El mismo autor atribuye luego dotes a la dicción que conviene a las palabras elegidas y enlazadas ya. 2.º La conveniente colocación de ellas no es el estilo, en cuya denominación se comprehenden muchas otras ideas. Tradúzcase bien en cualquier lengua una oda sublime de Horacio: el estilo de la versión será poético, será sublime, será horaciano; y la composición o colocación de las palabras y aun las palabras mismas habrán desaparecido; luego, el estilo que se conserva es cosa distinta de esta colocación. 3.º ¿Y cómo a la primera (es decir, a la elección de las palabras, según la entiende) pertenece la contestura y distribución del período? ¿Se teje y distribuye el período sin juntar convenientemente las palabras, sin ordenarlas, que eso significan la composición y colocación que atribuye al estilo? Dejemos la inestricable maraña que sigue, por no fastidiar. Quien así habla no concibe las ideas distintas, sino embriones.
Así bullen los principios falsos y las contradicciones en que precipita la imposibilidad de sostenerlos. «La palabra gusto, dice, espresa el recto juicio de lo perfecto e imperfecto en todas las artes». Falso: esa palabra ni significa juicio, ni se refiere a la perfección. Por ella se entiende la impresión súbita de la belleza artística, anterior a todo examen y juicio. Él mismo dice luego que antecede a la reflexión. Llámale después discernimiento natural, y no es tanto natural como adquirido por la educación; testigos todas las naciones en que el gusto se ha corrompido sin haberse adulterado la naturaleza. También añade luego que necesita de la costumbre y ejercicio. Las palabras propias dice que se hallaron por necesidad, y las metáforas por ornato. Falso: todos los pueblos primitivos y los no civilizados todavía lo desmienten, los cuales usan más las traslaciones por la mayor escasez de palabras propias. Las metáforas, como el vestido, se introdujeron por necesidad, aunque luego se hayan convertido en ornato. Algo lo enmienda en las cláusulas siguientes. Pero ¿qué género de enseñanza es esta, en que se dicen las cosas y se desdicen, en que se principia por errores y se acaba por contradicciones?
«Cuando no sienta el escritor (son palabras de Capmany) las cosas que dice con toda la intensidad que corresponde al asunto, puede pintar con subidos colores todo lo que siente y lo que no siente, socorrido de su sola imaginación, cuando es rica y fecunda para hablar a los sentidos. El primor de la mano distingue los artífices. Hay alguno que en un retrato pinta más que lo que perciben los ojos, porque sabe dar a entender a los ojos aun más de lo que esplica el pincel, y, siendo ingenioso el arte, es más artificioso el ingenio». ¿Quién podrá numerar los absurdos contradictorios contenidos en ese parloteo de retruécanos que parece un retal del Florilegio sacro? ¿Cómo se pinta con vivos colores lo que no se siente con viveza? ¿Cómo no se siente lo que representa la imaginación? ¿Qué perciben en una pintura los ojos que no esté ejecutado por el pincel? Y, si por ojos quiso decir inteligencia, según su manera alegórica, ¿qué se entiende en un cuadro que por el pincel no se signifique? ¿Y qué significa ni da a entender en el siglo XIX esa sutilísima y compasada jerigonza? ¿Si la entenderá su defensor, que llama algarabía y caos al examen de la Poética del señor Martínez de la Rosa, escrito en el lenguaje de los que raciocinan? 1
Capmany adultera el lenguaje filosófico del arte, falsificando las ideas, sin embargo de adoptar los nombres exóticos de tropos y figuras, o porque le parecen más recibidos o porque juzga más importante designar algunos modos particulares de decir que las nociones fundamentales de la elocuencia o de las facultades de que se derivan sus operaciones. Y no era enemigo en teoría de la introducción de las voces, ni son nuevas las que desecha, pero, desconociendo la análisis de los pensamientos, tenía por de igual significación las usadas vagamente o en diverso sentido por los antiguos escritores, sin hallar la aplicación de esta máxima adoptada y repetida por él mismo: «Habiendo la filosofía multiplicado y subdividido las ideas, ha inventado voces o ha mudado las acepciones de las ya recibidas». Por eso contradice el uso de la palabra genio, pareciéndole de la misma significación ingenio. Por eso tacha la voz sentimientos, creyéndola sinónima de afectos, por el título de la comedia Afectos de odio y amor, que solo sirve para mostrar su diferencia. Sentimiento es la impresión interna de placer o dolor, causada por la sensación del objeto en los órganos o sentidos esteriores; afecto es la pasión o movimiento de la voluntad, el amor o el odio, escitado por el sentimiento de placer o dolor. 2 Por eso mismo confunde la imaginación con el entendimiento o inteligencia, como ya notamos. «La imaginación fuerte, dice en otra parte, profundiza los asuntos; la débil los toca superficialmente». Y allí mismo, calificando las varias especies de imaginación, a una de ellas llama fantástica, que vale tanto como decir imaginación imaginanda o tierra terrena, con la diferencia de que el nombre es traído del latín, y el epíteto del griego. Por eso, en lugar de belleza usa siempre perfección, como si todo fuera una cosa. Perfecto es lo bien acabado; bello, lo que escita el sentimiento de placer, aunque no sea perfecto. Un tratado de química o de mineralogía puede ser perfecto, puede ser perfecta cualquier obra mecánica, y jamás serán bellas en el lenguaje artístico ni escitarán el placer sensible, como un poema, una oración, un cuadro, una estampa, un aria de Rosini. ¿Cuál será la filosofía de un autor que confunde la nomenclatura y las ideas primarias de la ciencia que trata? Cuál la utilidad de un libro que da tan equivocadas nociones sobre un argumento?
En despique de ese horror a las palabras más exactas usa frecuentísimamente del lenguaje alegórico, que no solo es de pésimo gusto, sino el más opuesto a la claridad y precisión de la enseñanza. Por toda definición del genio dice que es una lumbre celestial que esclarece nuestro entendimiento..., el numen que levanta la mente humana a una región superior y la endiosa..., el espíritu agente que mueve el talento inventor. ¡Cuánto hay en todo el libro de esta jerga platónica, que, si alguna vez puede servir para una amplificación oratoria o para la ficción poética, jamás da a conocer la naturaleza de las cosas! Así se esplica y se deja sin entender la voz genio en el sentido artístico, distinto de ingenio, en que a su modo la esplicó Herrera en sus Anotaciones a Garcilaso; en que la emplearon luego Jáuregui, Bartolomé Leonardo de Argensola y otros, diferenciándola de ingenio, en que la usan cien veces Meléndez y Jovellanos, y la han usado en nuestro tiempo cuantos saben algo más que palabrerías. Después de haber dicho que puede usarse en significación de persona, tomándola por algún sabio singular, se niega a renglón seguido que pueda decirse Homero es un genio, Platón era un genio, y solo se permite decir el genio de Homero o de Platón, en cuya frase se usa esta palabra por una dote intelectual de aquellos sabios, y no hay personificación alguna, como no la hay cuando se dice el talento o la sabiduría de Platón o de Homero. Con semejante consecuencia va todo.
Tan amigo se muestra del estilo alegórico, 3 que añade un apéndice con este título, en que se habla entre varias cosas de los enigmas (¡enigmas para la elocuencia!), confundiéndolos en algún ejemplo con la alegoría; y de los refranes que dicen las viejas tras el huego, Estas palabras son del título de la colección de refranes de Íñigo López de Mendoza, la más antigua que se conoce. Con ellas solas condenó la ruda filosofía del siglo XV, empleo que pretende darles la Filosofía de la elocuencia, publicada en el XIX. para que se usen alguna vez al principiar un discurso o al concluirle, a modo de sainete y no de plato principal. Cita muchos con este fin, tales algunos de ellos, como el buey suelto bien se lame, cada oveja con su pareja, que bien pueden entrar en una arenga de gañanía; hijos de tus bragas y bueyes de tus vacas, que solo tiene cabida en un establo. ¡Bello fin de oración! «¡Cuánta moralidad y concepto encierran!» esclama el autor, refiriéndose al último. Antes, hablando de los sinónimos y citando muchos para ejemplos y pocos para un tratado que no tiene allí lugar, esplica después de otras varias las diferencias entre asno, burro, borrico y jumento, y entre cerdo, marrano, puerco y cochino. ¿De qué servirán al orador estas inmundicias? Non erat hic locus.
Los ejemplos que trae, ni son en general tan escogidos, ni se analizan como dicen sus elogiadores. Basta para convencerse de lo primero saber que se toman muchos de Nieremberg, de Quevedo, de Lorenzo Gracián y otros de gusto corrompido, y se proponen sin correctivo alguno como modelos. De dos de los últimos que se ponen seguidos en la hipotiposis copiaremos el de Quevedo, no por el peor, sino por el más corto: El trono de Jesucristo era obra en que trabajaron la omnipotencia y el milagro. Disparate: el milagro no es un agente que trabaja, es la obra, el efecto de la omnipotencia. El sol y las estrellas colgaban de la boca del Altísimo. Mamarracho, no imagen. El que no lo crea haga pintar una figura de cuya boca cuelguen, de cualquier modo que se aten, el sol y las estrellas. El viento tullido y mudo. Bajo e impropio el primer epíteto. No es mejor lo que sigue. Capmany se priva de los ejemplos más bellos, por no tomarlos de nuestros buenos poetas, a los cuales no conocía. 5 Solamente pone algún par de ellos, que se hallan con frecuencia citados en otros libros. Tampoco analiza los que presenta: las más veces los hilvana a secas uno tras otro, citando o callando el autor. En la sección ya dicha de la hipotiposis pone veinte y tantos seguidos sin examinar uno solo. Cuando en otros lugares añade alguna observación, que siempre es muy superficial, o se refiere a la material estructura, diciendo que empieza por un apóstrofe, sigue con una prosopopeya, continúa con una interrogación, se esplaya con una esclamación, o se limita a generalidades, diciendo que hay energía, o calor, o contraste o alguna otra dote, para que se sepa que es cosa buena. Pero jamás examina menudamente los ejemplos, ni distingue las bellezas de los defectos que se mezclan las más veces, ni muestra la razón de unas y otros, tomadas de la naturaleza o del intento particular del orador, y no de formularios. Jamás se encuentra en sus ejemplos la análisis filosófica de Rolin, de Blair de la Harpe.
No negamos que en la Filosofía de la elocuencia podrá hallar un inteligente algo de bueno, aunque mezquino y superficial, pero a un principiante sólo puede servir de estraviarle con sus errores y de contagiarle con su mal estilo, vago, metafórico, conceptuoso e innoble frecuentemente, y siempre insonoro y áspero en la dicción. Dijimos que es un mal libro; el vindicador de su maldad supone con repetición que le hemos llamado malísimo. Aceptamos el superlativo generosamente, sin embarazarnos en la poca fidelidad con que se nos atribuye, y, añadimos, imitando en contrario sentido la máxima de Quintiliano sobre la lectura de Cicerón, que esté cierto de no haber aprovechado en la elocuencia quien reciba placer del libro de Capmany.