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Prensa y canon

«Calderón. A secreto agravio, secreta venganza»

Autor del texto editado
Cañete, Manuel (1822-1891)
Título de la obra
La Floresta Andaluza. Periódico semanal de literatura y artes, n.º 6, 30/06/1844
Autor de la obra

Edición
Sevilla: Imprenta de Francisco Álvarez y Compañía, 1844
Paginación
pp. 254-268
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de la Hemeroteca Digital Hispánica. (texto completo)
Información técnica
Editor: Mercedes Comellas
Encoding: Fátima Rueda Giráldez
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
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Sevilla, 28 julio 2025

CALDERÓN

A secreto agravio, secreta venganza


Hay hombres cuya estancia en el mundo es la de un rápido meteoro que brilla un momento y desaparece, pero que dejan a su paso un rastro de luz que no se puede borrar fácilmente. Estos hombres, universales por su genio, son los que dan honra a las naciones; y España puede gloriarse de poseer nombres a que va unida la más alta celebridad, sancionada por el transcurso de los siglos, y que en nada ceden a los más reputados de otros países. Hubo un tiempo en que nuestra patria, rica y preponderante, era dueña del universo, y hacía ondear en todos los mares conocidos su bandera victoriosa; y este apogeo de poderío y de mando, esta grandeza debida a las numerosas conquistas de los tercios castellanos y al descubrimiento de un nuevo mundo, con que la magnanimidad de una gran reina dio un impulso a la civilización del viejo (que corrió ávido de riquezas a saciar su sed de oro entre la esplendidez de una naturaleza virgen), eran los títulos que contaba para hacerse respetar de todos y avasallar por largo tiempo el orgullo de sus adversarios. Como era de esperar, en esta época de grandeza en que todos los ánimos exaltados entraban en empresas atrevidas, debió una nación tan poética de suyo como la nuestra demostrar que sus hijos no eran solo guerreros avezados a manejar el mosquete y la partesana, sino que el genio que había sabido domeñar la Europa y descubrir y sojuzgar un mundo desconocido encerraba en sí ricos gérmenes de poesía que no podían permanecer condenados al silencio; y, en medio del estruendo de las armas, un joven guerrero hizo sonar sus delicados cantos sin que la punta de las picas ni el ruido de las balas pudiesen sofocar sus brillantes inspiraciones. Desde luego se deja ver que hablamos del célebre Garcilaso, de aquel a quien tanto debieron la poesía y el habla castellana y cuya prematura muerte fue una pérdida que nada ha podido reparar. Su continuo trato con los hombres más ilustrados de Italia, el gusto por la poesía de este país que con las imitaciones de Boscán se había extendido en España y que él supo hacer prevalecer en toda ella, perfeccionando un idioma algo duro aun en manos de Juan de Mena, y sobre todo una imaginación lozana y creadora, son dotes que bastan para confirmarle el título de príncipe de la poesía castellana que le dieron sus contemporáneos y sucesores. Con la aparición de este genio privilegiado se abrió una nueva era fecunda en grandes poetas que todos siguieron sus huellas y que, estudiando los modelos latinos e italianos, llegaron a igualarlos muchas veces y aun a excederlos algunas. León, Herrera, la Torre, Céspedes, Figueroa, Alcázar, Arguijo, Ercilla y otros muchos corroboran lo que acabamos de decir; y la musa española, no bien salida de su larga y penosa infancia, avanzó con pasos precipitados a colocarse a la altura en que lucieron el genio y delicado gusto de Petrarca. Muchos fueron los hombres que por su saber se hicieron acreedores a la gratitud de sus semejantes, a quienes trataron de ilustrar; y aunque poco a poco se fueron socavando los cimientos de la grandeza española, no por eso dejó el genio de nuestro país de lanzar destellos que brillaban en todo el mundo. Uno de los seres más privilegiados que lucieron en esta época es sin duda Calderón, única persona que pudo no solo dividir los aplausos con el monstruo de la naturaleza, Lope de Vega, sino oscurecerle muchas veces y arrancarlos todos para sí. Nacido de padres nobles en 1600 y, educado con el esmero que permitía la elevación de su cuna y el estado brillante de su casa, pronto dio a conocer que encerraba en su mente ricos tesoros de poesía y que su genio estaba destinado a brillar en el mundo entre sus pocos rivales: a los trece años dio al teatro su primera comedia, El carro del Cielo, que se representó con extraordinario aplauso, y poco después se le consideraba ya como a un hombre adornado de la más profunda sabiduría. En la historia de la literatura dramática española del siglo décimo séptimo, de ese siglo de fenómenos donde las producciones de cada autor español se cuentan a cientos, de ese siglo que él solo produjo más piezas dramáticas que todas las naciones del mundo juntas, hay que conceder un puesto de los más privilegiados a Calderón. Y no se diga que el espíritu de secta o de patriotismo nos ciega; las naciones más civilizadas de la moderna Europa desentierran con avidez sus casi olvidadas bellezas para estudiarlas y la culta Alemania mira quizás con más veneración que nosotros el nombre de don Pedro Calderón de la Barca. La fecundidad de su lozana imaginación es un proverbio, tanto más exacto cuanto que él se ensayó con los mismos resultados brillantes en todos los géneros; y tan fácil le era seducir con los encantos de sus escenas cómicas como aterrar y conmover con el imponente espectáculo de las terribles situaciones de sus dramas heroicos y trágicos. A este género pertenece el que vamos a examinar, no con la arrogancia de críticos profundos que cuentan con fuerzas suficientes para decidir del mérito de los genios privilegiados, sino con la timidez propia de los que al entrar en el sagrado recinto de los muertos temen profanarlo y a pesar de no buscar con avidez los restos de aquellas personas queridas que solo allí pueden encontrarse; y, guiados por el deseo de acertar, procuraremos emitir con toda independencia nuestra opinión, sin que tengamos pretensiones de que esta pueda nunca prevalecer; pretensiones que parecerían desmedidas y extravagantes si se atiende al mucho tacto y a la instrucción que son necesarias para emprender un trabajo de esta naturaleza y se considera nuestra falta de conocimientos para desempeñarlo dignamente.

A secreto agravio, secreta venganza es una de las mejores obras de Calderón. Un pensamiento profundo, desenvuelto con sumo tacto, ha presidido a la creación de este drama, en el que una gran pasión muy bien pintada y un gran carácter constantemente sostenido subyugan al espectador; y los encantos de su estilo, que si no es siempre igual en su sencilla elegancia, está constantemente adornado de pensamientos sublimes, no pueden menos de seducir a todo el que conozca el sentimiento de la belleza.

Hemos dicho que un pensamiento profundo ha presidido a la creación de este drama y lo fundamos en que en él se presenta al hombre luchando con las pasiones que se desencadenan en su pecho; hasta el punto en que, llegando sus sospechas a realidades, lleno de toda la dignidad de su especie, se venga de los que pensaban ultrajar su honra, por más que sea preciso para ello acallar el grito del amor que su corazón alberga. De aquí nace el gran interés del carácter gigantesco de don Lope de Almeida, el cual está pintado con esa maestría que no se aprende y que es galardón exclusivo del verdadero genio. Don Lope de Almeida había obtenido del rey don Sebastián de Portugal permiso para desposarse con una rica señora castellana. Cuando se disponía a marchar para recibirla, tropieza con su amigo don Juan de Silva, el cual le cuenta su viaje a la India, de donde venía huyendo en la miseria, y los desgraciados amores que tuvo en Goa con una señora, de cuyas resultas mató en desafío a un hombre que la pretendía y que, tratando de abatir a don Juan (que dijo ser el favorecido), lo desmintió públicamente. Esta interesante relación, que está manejada con mucho arte, es la verdadera exposición o, más propiamente dicho, es la expresión del pensamiento que se desenvuelve en el discurso de la obra y que revelan desde luego estos versos llenos de gala y de poesía.

D. JUAN.— «Mentís», dijo... Aquí no puedo
proseguir, porque la voz
muda, la lengua turbada,
frío el cuerpo, el corazón
palpitante, los sentidos
muertos, y vivo el dolor,
quedan repitiendo aquella
afrenta! ... ¡Oh tirano error
de los hombres! ¡Oh vil ley
del mundo! Que una razón
o que una sin razón pueda
manchar el altivo honor,
tantos años adquirido!
¡Y que la antigua opinión
de honrado quede postrada
a lo fácil de una voz!
¡Que el honor, siendo un diamante,
pueda un frágil soplo, ¡ay Dios!,
abrasarle y consumirle!
¡Y que, siendo su esplendor
más que el sol puro, un aliento
sirva de nube a este sol!
......................................
------------------ ¡Injusto engaño
de la vida! O su pasión
no dé por infame al hombre
que sufre su deshonor,
o le dé por disculpado
si se venga, que es error
dar a la afrenta castigo,
y no al castigo perdón!


Don Lope ofrece su amparo a don Juan con la leal franqueza de un amigo; y en los nobles pensamientos que copiamos a continuación da a conocer que aquella alma pundonorosa y honrada no toleraría a su vez ninguna afrenta, sin acudir a vengarse de sus ofensores.

D. LOPE.— ¿Quién en naciendo no vive
sujeto a las inclemencias
del tiempo y de la fortuna?
¿Quién se libra, quien se escepta
de una intención mal segura,
de un pecho doble, que alienta
la ponzoña de una mano
y el veneno de una lengua?
Ninguno; sólo dichoso
puede llamarse el que deja,
como vos, limpio su honor
y castigada su ofensa.


En seguida noticia su próximo casamiento a don Juan y parte con él en busca de su esposa. Hasta aquí la exposición del drama; desde este momento empieza la acción a desarrollarse, y empieza también el interés de los espectadores por los acontecimientos que van sucesivamente pasando a su vista. Este interés no decae jamás, y la fábula, que está desnuda de episodios inútiles y presentada con sencillez, lleva una marcha regular y se halla adornada de situaciones verdaderamente dramáticas. Lo que sin duda alguna prueba el gran talento de Calderón y su mucho conocimiento del arte es que él, aficionado de suyo a acumular incidentes y enredar los argumentos para después darles una fácil y a veces violenta solución, economizó en esta obra los lances y atendió solo a pintar con toda la importancia que requerían las pasiones de su héroe. Don Lope, que amaba en extremo a doña Leonor de Mendoza, su consorte, llega a concebir celos de ella no sin causa, pues doña Leonor había tenido un amante llamado don Luis, a quien creyó muerto antes de casarse, y este amante, que se le había dado a conocer disfrazado de joyero, para echarle en cara su mudanza la perseguía por todas partes. Es cierto que doña Leonor le envía un mensaje suplicándole que la deje en libertad; pero también lo es que no abriga una pasión por su esposo; también lo es que don Lope lo conoce así y que, aun cuando no se atreve a manifestárselo, porque el mismo quisiera engañar sus propios sentimientos, lo da a entender del modo siguiente, en una escena escrita con mucha soltura y elegancia:

LEONOR. — Esposo mío,
¿vos tanto tiempo sin verme?
Quejoso vive el amor
de los instantes que pierde.
D. LOPE. — ¡Qué castellana que estáis!
Cesen las lisonjas, cesen
las repetidas finezas.
Mirad que los portugueses
al sentimiento dejamos
la razón, porque el que quiere
todo lo que dice quita
de valor a lo que siente.


El rey don Sebastián se aprestaba á pasar al África, con la flor de la juventud portuguesa; todos los ánimos esforzados soñaban adquirir en aquella jornada abundante cosecha de laureles, y don Lope de Almeyda, que más de una vez se había distinguido como guerrero, pide a su esposa el permiso para acompañar en aquella espedición a su rey. Doña Leonor, después de manifestarle el sentimiento que tendría con su ausencia, le dice al marcharse:

Servid hoy a Sebastián,
cuya vida el cielo aumente,
que es la sangre de los nobles
patrimonio de los reyes.


Pero don Lope pide consejos también a su amigo don Juan; y, como los ojos de la amistad verdadera son perspicaces, este, que adivinaba lo que podría suceder si aquel llegaba a ausentarse, le contesta:

No os vais, amigo, y creedme
aunque un hombre os acobarde
y una mujer os aliente.


Semejante respuesta en boca de otro guerrero que sabía también apreciar los encantos de la gloria; semejante respuesta en boca de un amigo, y en la situación en que se encontraba don Lope, era un enigma que aumentaba sus dudas y aguijoneaba sus celos. Don Lope da rienda suelta al ímpetu de una pasión que había comprimido tanto tiempo y se atreve a declararse a sí mismo que está celoso. ¡Hermosa situación es esta ciertamente! ¡Magníficos los versos que Calderón ha puesto en boca de su héroe! ¡Cuántas bellezas hay en este soliloquio de don Lope! ¡Qué delicados matices de sentimiento! Y en medio de tantas bellezas, en medio de trozos escritos con el corazón, aun se echa de ver algunas veces que el autor pagó el tributo al gusto de su época, que era disertar largamente sobre todo y hacer extensos discursos en los que, lejos de pintar las pasiones con toda su efervescencia, con toda su variada poesía, se las analizase metódicamente; aun se deja notar que la cabeza domina al corazón y que el escritor filósofo que describe sofoca las voces del poeta que siente y que expresa con el alma sus sentimientos. Este es el defecto que algunos encuentran en Calderón, y de que efectivamente adoleció a veces tan esclarecido ingenio. Pero, ¿debe reprochársele por esto, cuando todos los escritores de su época incurrieron en la misma falta? ¿No era este un vicio general más disimulable que otros canonizados por los escritores de nuestro siglo? Porque, al cabo, si la poesía es la verdad y el sentimiento, ellos trataban de patentizar verdades, empleando para demostrarlas una argumentación escolástica; y, si no conmovían muchas veces a los espectadores, porque disertaciones semejantes no podían poner en juego los resortes del corazón, a lo menos los instruían con su saber y llenaban uno de los dos objetos con que debe escribirse todo drama, según nosotros pensamos: instruir y deleitar. ¡Así el mal gusto, que ya empezaba a corromperlo todo, no le hubiese hecho enredarse más de una vez en sutilezas extravagantes, y afear su estilo con una hojarasca de mala ley y con una barahúnda de antítesis y retruécanos tan distante del lenguaje de las pasiones! Con todo, creemos que, a pesar de este defecto, puede citarse casi como un modelo en su clase el magnífico soliloquio de don Lope, el cual tiene transiciones de afectos muy bien entendidas, y trozos bellísimos como el siguiente:

Leonor es quien es, y yo
soy quien soy; y nadie puede
borrar fama tan segura
ni opinión tan escelente.
Pero sí puede, ¡ay de mí!,
que al sol claro y limpio siempre,
si una nube no le eclipsa,
por lo menos se le atreve;
si no le manche, le enturbia 1
y al fin le escurece.
¿Hay honor, más sutilezas
que decirme y proponerme?
¿Más tormentos que me aflijan?
¿Más penas que me atormenten?
¿Más sospechas que me maten?
¿Más temores que me cerquen?
¿Más agravios que me ahoguen?
¿Y más celos que me afrenten?


Doña Leonor recibe por medio de Sirena, su criada, un billete de don Luis en el que le pide una entrevista, a la cual accede con bastante ligereza. En ella no domina ciertamente la pasión como debía suceder; solo se reduce a recordar ambos sus antiguos amores y a disculparse ella con la noticia falsa de la muerte de don Luis de haber entregado su mano a otro. Pero la escena que sucede a esta es verdaderamente dramática. Al sentir los pasos de algunas personas que se acercan huyen Sirena y doña Leonor, dejando en la obscuridad a don Luis, y don Juan, que sospechaba lo que sucedía verdaderamente, tropieza con él al entrar en la estancia y saca su espada, denostándolo con energía. Don Luis prefiere marcharse sin proferir una sola sílaba para no comprometer a su amada, y, al mismo tiempo que logra sustraerse a la cólera de don Juan por una puerta que da a las habitaciones interiores, entra don Lope a la escena atraído por el bullicio. Su amigo lo equivoca con don Luis y, cuando salen Leonor y Sirena con luces, queda sorprendido e invita a don Lope a que registre la casa donde hay, sin duda, escondido un hombre. Ya hemos dicho que don Lope era esclavo del pundonor; y, como no hubiera podido tolerar que ni aun su más verdadero amigo supiese su deshonra y se temía que aquel hombre hubiese venido por su mujer, trata de convencer a don Juan de que se había equivocado; y para dejarlo satisfecho marcha él solo a registrar la casa, enviando a su amigo a guardar las puertas. Como era de esperar, encuentra al instante a don Luis, que embozado trata de no darse a conocer y que lo consigue forjando una historia para engañar a don Lope y hacerle ver que había entrado en su casa huyendo de tres hombres que trataban de asesinarlo. Don Lope, aunque agitado por mil dudas, le hace sus ofrecimientos y le facilita salida por la puerta del jardín; pero doña Leonor, sin haber recibido queja alguna de su marido, trata de disculparse por haberse encontrado allí aquel hombre, y el acto segundo concluye con esta bella escena en que se da a conocer la prudencia de don Lope y la agitación que sus justos celos la producían:

D. LOPE. — No te disculpe, Leonor.
¡Mira, mira que me matas!
Tú, Leonor, ¿pues de qué habías
de saberlo? ... Pero basta
que él se fíe de nosotros
para que de aquí no salga.
Y tú, Sirena, no digas
lo que entre los tres nos pasa
a ninguno, ni a don Juan.
Sale D. JUAN. — Tanto don Lope se tarda, (aparte)
que me ha dado algún cuidado.
D. LOPE. — Por Dios, don Juan, linda gracia
el hacerme andar así
buscando toda la casa,
siendo cierto que fui yo.
Tomad otro poco el hacha
y andadla vos.
D. JUAN. — ¿Para qué,
si ya aquí me desengaña
el saber que fuisteis vos?
Ya conozco mi ignorancia.
D. LOPE. — Con todo, habremos los dos
segunda vez de mirarla.
LEONOR. — ¡Que prudencia tan notable! (aparte)
D. JUAN. — ¡Qué valor y qué arrogancia! (aparte)
SIRENA. — ¡Qué temor! (aparte)
D. LOPE. — De esta manera (aparte)
el que de vengarse trata
hasta mejor ocasión
sufre, disimula y calla.


Don Juan conoce los amores de doña Leonor y, celoso por la honra de su amigo, lo manda llamar para darle cuenta de ellos: pero, mientras este viene, vacila con mil dudas nacidas de la posición en que se halla, y espresa sus pensamientos de este modo:

D. JUAN. — ¿Podré yo ver y callar
que su limpio honor padezca
sin que mi vida le ofrezca
para ayudarle a vengar?
.................
¿Qué debe hacer un amigo
en tal caso? Pues entiendo
que si lo callo le ofendo
y le ofendo si lo digo!


La escena que sigue al soliloquio de don Juan es magnífica. ¡Qué artificio tan dramático el de que se vale este para saber de boca del mismo don Lope si debe o no decirle el descubrimiento que ha hecho de los amores de doña Leonor! ¡Con qué naturalidad está presentada esta situación tan interesante! A sus preguntas responde don Lope que no es bien se diga a ninguno su propia afrenta,

porque es cosa muy cruel
para dicha cara a cara;


pero no se esconde a su penetración que el amigo afrentado de don Juan es él mismo, y sus sospechas se acrecientan cuando. ofreciendo al rey acompañarle en su espedición al África, este le dice:

En vuestra casa, aunque la empresa es alta,
podréis hacer, don Lope, mayor falta.


Aquí D. Lope se entrega otra ver, en un brillante monólogo, a la desesperación que sus celos le producían: pero ¡con cuánta nobleza están pintados sus arrebatos! ¡Con cuánta dignidad da a conocer lo que sufre en estos versos!:

¡Válgame el cielo! ¿Qué es esto
por que pasan mis sentidos?
Alma, ¿qué habéis escuchado?
Ojos, ¿qué es lo que habéis visto?
¿Tan pública es ya mi afrenta,
que ha llegado a los oídos
del rey?... ¿Qué mucho, si es fuerza
ser los postreros los míos?
¡Hay hombre más infelice!


Por fin se decide a vengarse, pero quiere hacerlo públicamente para que sepa el mundo que no ha tolerado su deshonor, y al mismo tiempo en que tal vez se dispone a ejecutarlo don Juan sale acuchillándose con unos cuantos que huyen. Pregúntale don Lope la causa de aquel arrojo, y don Juan le cuenta cómo al pasar junto a un corrillo donde estaban aquellos hombres uno dijo que él era el desmentido por Manuel de Sosa, a lo cual sacó la espada y se lanzó contra todos ellos, diciendo;

Yo soy el desagraviado,
que no soy el desmentido,
pues con su sangre quedó
lavado mi honor y limpio.


Y al tiempo de marcharse da a entender a don Lope con estas palabras:

Publicó su agravio mismo,
porque dijo la venganza
lo que la afrenta no dijo;


que no debe dejarse arrebatar de sus ímpetus, sino en la oscuridad y el silencio ensayar un escarmiento terrible. Este ingenioso medio de que se vale el autor para determinar a don Lope a tomar una venganza secreta es de un mérito extraordinario y no tiene nada de violento. Tal vez puede asegurarse que el pensamiento de esta escena no es original de Calderón, porque es el mismo de que se vale Tirso en el hecho del sastre azotado que cuenta Orelio en El celoso prudente, casi en igualdad de circunstancias. Pero, ¿quién dudará en preferir la oportunidad y el decoro con que Calderón ha echado mano de un resorte dramático que usado por Tirso no produce la mitad del efecto, porque casi está presentado en su obra con trivialidad y chocarrería? Para que nuestros lectores puedan ver si es o no acertado nuestro juicio copiamos los versos con que concluye la relación de Orelio en la comedia de Tirso, que son los siguientes:

ORELIO. — Hanle honrado, en fin, los jueces,
y agora pasa esta calle,
mas yo digo que el honralle
es afrentalle dos veces,
pues, después de paseado,
y saldado su desastre,
no le llamarán el sastre,
sino solo el azotado.


¿Y no son más dignos de la elevación de una obra trágica estos otros, puestos en boca de don Juan en el drama que nos ocupa?

D. JUAN. — Esta es mi pena, don Lope,
y vive Dios que, atrevido,
que loco y desesperado,
de aquí no me precipito al mar
o con esta espada
mi propia vida me quito,
porque me mata el dolor....
Este es aquel desmentido,
dijo, no aquel satisfecho.
¿Quién en el mundo previno
su desdicha? ¿No hizo harto
aquel que la satisfizo?


Creemos que la preferencia se debe a estos últimos, aunque reconozcamos también el singular mérito de los primeros, Don Lope cambia de proyecto y se resuelve a satisfacer su venganza secretamente. Con este fin toma un esquife para marchar a su quinta y, al ir a embarcarse, encuentra a don Luis, que viene leyendo un billete en el que le cita doña Leonor. Por desgracia, no halla éste barco alguno donde poder partir a encontrarla, y, siendo invitado por don Lope (que trataba solo de asegurarlo) a que le acompañase en el suyo, acepta y parten dejando en tierra al barquero. Don Lope le da la muerte en el mar y se arroja al agua; consigue, no sin trabajo, llegar a tierra y, cuando encuentra a Leonor y le dice que un don Luis que le acompañaba en su barco había sido víctima de las olas (en las que él mismo había estado espuesto a perecer), y ella se desmaya, decreta también su muerte para que no quede un solo testigo de su deshonra. Leonor, pues, sucumbe al fin, y la quinta donde vivía es entregada a los llamas por su mismo dueño para hacer aparecer a su esposa víctima del fuego que abrasaba su habitación. De este modo da don Lope una venganza secreta a su secreto agravio; y de este modo concluye la magnífica producción que nos ocupa y cuyo argumento hemos procurado describir, aunque deteniéndonos tal vez con una estremada prolijidad. Desde luego se deja ver que en la disposición de esta hermosa fábula se suceden unas a otras las situaciones interesantes, y que el autor ha sabido sacar un gran partido del pensamiento que se propuso al escribir su obra. Este se reasume en el título del drama, y, si hemos de ser justos en nuestro juicio, debemos decir que no es lo más recomendable en él la moralidad que encierra. Sin embargo, disculpamos al autor en este punto, puesto que las costumbres de la época eran muy distintas de las actuales, y en aquel siglo de amores y galanterías había creencias, y no era el honor (esa palabra mágica, ser de la antigua sociedad española) un fantasma despreciable. He aquí por qué, sin tener la bárbara pretensión de santificar el homicidio (por más que causas justas, al parecer, hayan impulsado a cometerlo) creemos disculpable que Calderón hiciese realizar a don Lope de Almeida el pensamiento que concibió don Sancho de Urrea (en la comedia de Tirso que ya hemos citado) y entregase al fuego y al agua los despojos de su sangrienta venganza. Porque, ¿no existe en la mala organización de las sociedades y en sus leyes, injustas unas veces, caprichosas otras, y casi nunca previsoras y equitativas ese germen de disolución y de exterminio? ¿No está el hombre condenado a ser el juguete de mil contradicciones ridículas y a encenagar muchas veces en el fango de pasiones despreciables una alma pura, que hubiera podido conservar sin tacha viviendo en otra sociedad no corrompida? Triste cosa es, por cierto, que encierre una ironía tan amarga como verdadera el pensamiento con que don Juan disculpa en la exposición de esta obra lo que sucede después, diciendo:

… O su pasión
no dé por infame al hombre
que sufre su deshonor,
o le dé por disculpado
si se venga, que es error
dar a la afrenta castigo
y no al castigo perdón.


¡Triste cosa es, volvemos a repetir, que sea preciso castigar ofensas, y que la organización anómala de las sociedades no haya prevenido un medio para evitar al hombre tener que vivir esclavo de la legislación del pundonor! Esta legislación se hallaba en su apogeo en el siglo diez y siete, y los escritores de aquella época la respetaron e imprimieron en sus obras el espíritu dominante de su tiempo. Calderón, que figura en esfera muy elevada, la siguió también, y ya hemos visto de cuanta poesía se ha sabido adornar un pensamiento, inmoral en el fondo, pero que está presentado con todo el decoro imaginable. Lo que hay más digno de atención en esta obra es la pintura de los caracteres; pero no todos están trazados con la misma valentía. Porque, si los de don Lope de Almeida y don Juan de Silva nada dejan que desear, en cambio el de doña Leonor está apenas bosquejado y no puede excitar nunca interés. La mujer que se halla desposada con un hombre tan caballero como don Lope debe, si ama a otro, consumirse interiormente y morir de amor antes que vender el depósito de su honra; entonces esta mujer es digna de lástima y no puede menos de interesar. Pero cuando sin miramientos se abandona a satisfacer sus deseos; cuando es nada para ella el amor de su esposo, y no se cura de sus martirios, entonces esta mujer solo consigue atraerse nuestro desprecio, porque la liviandad repugna a todos los que no tienen un alma depravada. Esto es precisamente lo que sucede con Leonor. Cuando la oímos decir en el momento de haber dado a su amante una cita:

… La osadía
ya sin freno me alienta,
que peligro pasado no escarmienta,


sentimos que Calderón no haya dado otro sesgo al carácter de su heroína y nos dolemos de ver la indecisión que hay en los contornos de esta figura, que es una de las principales del cuadro. También quisiéramos no encontrar, contrastando con escenas llenas de elevación y sentimiento, otras donde las bufonadas del gracioso promueven la risa de los espectadores; pero el gracioso es para las comedias antiguas lo que la hoja para la flor, y aun en esta están economizadas las chocarrerías algún tanto, puesto que son bien pocas las escenas en que él figura. Parécenos, sin embargo, inútil de todo punto, y no del mejor efecto, la que sigue al brillante soliloquio de don Lope en el segundo acto, aunque admiremos la imaginación lozana del autor, que sabe descender de su tono elevado hasta el punto de verter epigramas llenos de gracia como el siguiente:

MANRIQUE.— La que yo tengo de amar
me ha de mentir, engañar
y se ha de burlar de mí;
dar celos cada momento,
maltratarme, despedirme,
y, en efecto, ha de pedirme,
que es la cosa que más siento.
SIRENA.— ¿Y es hermosa esa señora?
MANRIQUE.— No, pero es puerca.
SIRENA.— ..................... En verdad
que es muy buena calidad.


Calderón, pues, ha sabido conducir con mucha regularidad un argumento altamente dramático, en el cual no están atropelladas las unidades; la de lugar es la sola que no se guarda, porque no se respetó nunca en el siglo diez y siete; y nosotros disculpamos la no observancia de ese precepto que estaba muy en armonía con la novedad del teatro griego (en el cual era indispensable, tanto por la disposición de los escenarios y la introducción del coro en los intermedios, cuanto por la sencillez de las obras representables, viva imagen de las sencillas costumbres de aquellos tiempos), pero que no se avenía al giro monstruoso, según algunos, que tomó el teatro español en el siglo diez y siete. En cuanto a la versificación, nada hay que decir en su elogio, puesto que todos están de acuerdo en que la de Calderón es brillantísima. Sin embargo, para dar a nuestros lectores una prueba de la poesía que encierra esta obra, y de la galana pompa que hay en sus versos, copiaremos aquí la relación alegórica que hace don Luis, cuando se presenta a su amada disfrazado de joyero:

Traigo joyas que vender
de innumerable riqueza,
y, entre otras, una firmeza,
sé que os ha de parecer
bien, porque de ella sospecho
que adorne esta bizarría,
sí es que la firmeza mía
llega a verse en vuestro pecho,
Un cupido de diamantes
traigo, de grande valor,
que quise hacer al amor
yo de piedras semejantes,
por que, labrándole así,
cuando alguno le culpase
de varío y fácil, le hallase
firme solamente en mí.
Un corazón traigo en quien
no hay piedra falsa ninguna,
sortijas bellas, y en una
unas memorias se ven;
una esmeralda que había
me hurtaron en el camino....
Por el color imagino,
que perfecto le tenía.
Estaba con un zafiro,
mas la esmeralda llevaron
solamente, y me dejaron
esta azul piedra que miro;
y así dije a mis desvelos:
«¿Cómo con tanta venganza
me llevasteis la esperanza
para dejarme los celos?
Si gusta vuestra belleza,
descubriré, por más glorias,
el corazón, las memorias,
el amor y la firmeza.


¡Cuánta poesía! ¡Cuánta belleza! ¡Cuánto ingenio hay en esta delicada alegoría!

Con la elevación de la dinastía borbónica al trono de España, y la introducción de los usos, las costumbres y la literatura de Francia, que era entonces clásica por excelencia, se desterraron las comedias de nuestros esclarecidos ingenios, que habían sido por muchos años no solo las delicias de nuestro país, sino la admiración de los extranjeros. La España de Felipe V, diferente en todo de la de Felipe IV y Carlos II, pensaba también de diverso modo, y así es que las obras de Calderón, tan celebradas por todos sus contemporáneos, 2 fueron condenadas al olvido para verse sustituidas por imitaciones pálidas de Corneille y de Racine, que, menos fanáticos que sus imitadores, no vacilaron en buscar la inspiración muchas veces en las hermosas comedias españolas de los autores proscritos por todos los preceptistas de nuestra nación. Así acabó el espíritu de nacionalidad en el teatro español, y solo cuando a fines del siglo pasado Meléndez hizo renacer el buen gusto en la literatura, empezó a conocerse que había en nuestro antiguo teatro joyas riquísimas, llegando a decir de Calderón uno de los hombres más grandes de su época, el célebre Moratín, que fue tal el carácter de estabilidad que «el buen gusto de este poeta supo inspirar en sus comedias, que el trascurso de dos siglos no ha bastado a hacerlas caer en desuso; y no solamente han merecido la aprobación de los nacionales, sino que los principales dramáticos extranjeros han aspirado a la gloria de imitarlo».



MADRID.



MANUEL CAÑETE.

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