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Prensa y canon · Biografías

«Un encuentro (continuación)»

Autor del texto editado
A. S. G.
Título de la obra
El Espósito: revista semanal de literatura, ciencias, artes, modas y teatros, n.º 9, 01/11/1846
Autor de la obra

Edición
Cádiz: Imprenta de la Casa de la Misericordia, 1846
Paginación
pp. 69-72
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar del Internet Archive. (texto completo)
Información técnica
Editor: Pedro Ruiz Pérez
Encoding: Fátima Rueda Giráldez
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
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Sevilla, 23 julio 2025

UN ENCUENTRO

(Continuación)


— Perdóneme vuestra merced, señor caballero ⎼dijo el soldado viendo la impresión que habían hecho sus palabras en el estranjero⎼; os ofendí, mas no fue este mi intento. Yo no hubiera abrazado nunca esta carrera tan penosa si mis infortunios y mi fatal estado no me impelieran a ello, abandonando a lo que más amo. Cumplo con lo que se me ordena, no soy de los primeros en las retiradas, animo a mis camaradas en la pelea, pero me es odioso alzar la espada, además de que Palas nunca me ha sido propicia.

— ¿A cuál de los señores o señoras diosas os inclináis? ⎼objetó serenándose el estranjero.

— Os contaré mi vida y por ella fácilmente colegiréis quién acompaña casi siempre a la desgracia ⎼respondió el hijo de la guerra, obligando a sentar a su compañero en una de las grandes piedras que por allí yacían esparcidas, haciéndolo después él⎼. Mentiría si os asegurase que nací de padres ricos, y no dijera la verdad si negase que el año 1562 en esta la muy ilustre villa de Madrid vi por primera vez la luz, donde con varia fortuna pasé los primeros días de mi niñez y los penúltimos de mi infancia. No es de mi lugar pintaros aquella florida edad de candidez y de inocencia, ni relataros las caricias de los que me tuvieron en sus brazos, porque solo los que las han disfrutado tienen idea de ello; sí os diré que estas huyeron como una sombra: a los doce desaparecieron para siempre. Fácil es de presumir cuál sería mi situación al quedarme huérfano, teniendo por único alivio la bendición que antes de morir me echara mi padre y la esperanza que siempre es el norte de los desdichados; reflexioné lo que en tal caso a un joven le era dado hacer, y al cabo de mil vueltas mi corto ingenio fue lo que me alentó en no desmayar en el peligro. Conocía al obispo de Ávila don Gerónimo Manrique, inquisidor general, que, sin ser amigo de mis padres, pasaba de conocido; me encamino a su palacio, espúsele cómo me hallaba, proponiéndole en seguida que sin menoscabo de su hacienda le serviría de paje, permitiéndome algunas horas para mi estudio. Aceptó su ilustrísima; entré en servicio y a poco tiempo mi irreprensible conducta me hizo digno de admitir algunos obsequios, a los que correspondí con los que me sugerió mi imaginación, única mina de que podía disponer, y le presenté una comedia. Cuando se goza de beneficios no faltan ocurrencias que lo estorben; y cuando el reconocimiento halla cabida en las almas sensibles, difícil es espresarlos con dádivas el que no las tiene. Mis nuevos deseos eran recorrer la ciudad que se eleva en las orillas del Tormes, y sentarme en aquellas aulas, cuna de tantos sabios.

Con demasiado pesar mío tuve que insinuar a mi bienhechor mi partida; creí que se opondría; me engañé, lo oyó con cierto regocijo, instome a que no desperdiciase mis años, que me dirigiese allí cuanto antes, y al salir de su casa púsome en la mano dos bolsillos; el uno contenía mi salario (que jamás lo hubiera tomado) y en el otro una cantidad triple de este, regalo suyo. Renunciar debía a ese estipendio, pero un desaire no sería responsable de mi vida por lo inflexible y terrible en las prontas determinaciones; mas, pasadas algunas horas, la capa y el manteo se habían amoldado a mi cuerpo. Si vuestra merced hubiese sido aficionado a las letras, y el amor a las ciencias le hiciera visitar los tan venerados sitios por los estudiosos mozos de nuestra España, sabría los divertidos meses que con el pandero en mano, cantando coplillas a las bellas salmantinas o con fazañas escolares pasa allí sus albores la juventud, y sería por demás tocar este punto. Lo que de mi sé decir, que más de una vez acostumbraba a recitar de noche los versos que en aquellos ratos de holganza solía componer, no dejando escapar ni perdonando ninguna idea que pudiese poner en práctica para agradar a mi dama. Llegado el día correspondiente gradúeme, y, si mayores eran los deseos de lucir lo estudiado en defensa de los agravios hechos a la humanidad, más cortos eran mis medios para ejecutarlo, y en mi último apuro el señor duque de Alba quiso a todo trance que fuese su secretario. Las gracias y hechizos de doña María Isabel de Urbina cautivaron en sumo grado mi corazón; nos amábamos, nada era comparado con aquellas miradas de fuego que obligaron a que el Himeneo nos uniese. No fue bastante la indigencia para probar la copa de la amargura, sino que el cielo tuvo a bien separarme del ángel que más adoraba, por quien había hecho tantos sacrificios, y el único compañero y amigo en la tierra que consolaba mis pesares. ¿Qué remedio me quedaba? ¿Qué me tocaba hacer después de tan infausto suceso? La muerte era la que me podía librar de tantos males, y así fui ansioso en busca de ella. Bien tendréis noticia de los desaguisados que hubo entre España e Inglaterra, con motivo de quererse emancipar los de Holanda de la obediencia de nuestro Felipe II por las artificiosas promesas de su cuñada doña Isabel, reina de aquella nación, quien para darles la mano envió allí al príncipe de Orange. Todo lo que hicieron los nuestros en aquellas tierras fue por demás: la insurrección iba cada día en aumento, y el rey, por vengarse del desprecio que manifestaba doña Isabel a su pueblo, determinó que se pusiese la escuadra cuanto antes en marcha hacia aquellas costas. Supe la salida de la armada invencible, llegué a Lisboa, donde a la sazón se hallaba; embarqueme, siendo de los veinte mil hombres que entre soldados, marineros y prácticos componían el poder español en el elemento. Siniestro agüero nos presagió un fuerte huracán, que nos hizo volver los ojos al puerto de la Coruña, donde con plegarias y aves-marías tuvimos que entrar para reponernos de los danos sufridos. Cuando todo estuvo a más no poder y días hacia que rondábamos para dar una lección a los ingleses, preséntase muy ufano lord Howard y sir Drake con los suyos; empezose el combate, inspirados los unos con alcanzar la victoria, y esforzados los otros con su valor y ardimiento, para no perder de vista el honor, que se iba a escapar de entre sus manos. El inglés al principio desalentose completamente, y sus soldados en aquel instante por nada hubieran dado sus vidas, si nosotros no nos condoliéramos de su suerte y cerráramos los ojos al porvenir; acción que como caballeros hicimos, bien que después nos pesó, por no echar agua al aviso los astutos anglos. El fin del negocio fue que el duque de Parma, que con nuevas fuerzas nos debía auxiliar, se olvidó de sus compañeros, y quedamos enteramente derrotados, teniendo que dejar varados a los galeones San Felipe, San Cristóbal, y las naos Capitana, santa Bárbara, Santa Cruz, Ildefonso y Voladora, que se batieron heroicamente, sufriendo muchas pérdidas, con las de otras galeras y gentes que no pudieron llegar otra vez a Lisboa con el general Recaldo, el segundo que nos mandaba. Después de tantas cosas, heme aquí en Madrid guardando la villa de los enemigos de tierra.

Acabó el soldado su larga narración, tomó aliento, y, bajando precipitadamente los ojos, una gruesa lágrima rodó por ellos, inspirada sin duda por su mala estrella en la guerra y su penoso estado en la paz. No fue desapercibida por el veterano, que, mirando en los ajenos sus padecimientos, con voz denodada y acento de autoridad le dijo:

— Noble mancebo, la suerte del desgraciado ha sido continuamente una copia exacta de la mía; pero la tuya, ¡ah!, la de un soldado siempre va unida a la de otro soldado; ¿cuál es tu nombre? ¿por qué trocaras las costosas hazañas de Marte?

— Llamome, para injusticia del cielo que ha conservado mi existencia, Feliz, Lope de la Vega Carpio; y mas de la mitad de mi esperanza y el todo de mi porvenir estriba en este pergamino. Examínelo vuesa merced, y perdone esta libertad, digna más bien de mi atrevimiento que de mi cortísimo ingenio. Isabel es la única que se pudiera apreciar en algo por las lágrimas que acompañan a cada palabra.



(concluirá)

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