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Prensa y canon · Biografías

«José Rivera (El Españoleto)»

Autor del texto editado
Sin firma
Título de la obra
El Museo Universal, tomo VI, n.º 19, 11-05-1862
Autor de la obra
Gaspar y Maristany, José (dir.)
Edición
Madrid: Casa Editorial, 1862
Paginación
pp. 151-152
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de la Hemeroteca Digital Hispánica. (texto completo)
Información técnica
Editor: Carmen Calzada Borrallo
Encoding: Fátima Rueda Giráldez
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
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Sevilla, 23 julio 2025

JÓSE RIBERA (EL ESPAÑOLETO)


Si las obras de los hombres pueden dar a conocer el carácter de los que las hicieron, nada tanto como los cuadros de Ribera demuestran la rudeza, la fuerza, la energía de que se hallaba dotada su alma. De naturaleza áspera y expresiva, aleccionado en los sinsabores y desengaños de la vida, juguete de los embates de la fortuna, ya pobre, ya acaudalado, ora en el goce de elevadas posiciones, ora sumido en la miseria y en la tristeza más profunda, la vida de José Ribera es fiel trasunto de sus cuadros, o mejor dicho, sus cuadros no son otra cosa que la expresión dura, fuerte y energética de su carácter.

Dispútanse dos naciones la honra de haber sido su suelo la cuna de tan eminente artista. La Italia supone que nació en Galípoli en el año de 1593, pero la España, más afortunada, ha logrado combatir este error demostrándose con documentos auténticos que Ribera nación en Xàtiva, en el reino de Valencia, el día 12 de enero de 1588. Fueron sus padres don Luis Ribera y doña Margarita Gil.

Discípulo de Ribalta, bajo cuya dirección aprendió los rudimentos de la pintura en Valencia, no podía aficionarse a la escuela lánguida e imitativa de su maestro, ansiando modelos varoniles y ejecución fuerte y arriesgada. Todo lo que impresionase a la multitud, todo lo que fuese duro, nervioso, rígido, todo lo que representase escenas terribles de martirios o de situaciones violentas, esto y no otra cosa era lo que llamaba la atención del joven Ribera, y no lo encontraba en Valencia ni creía encontrarlo en su patria. Prometíale Italia vasto campo a sus aspiraciones y, aunque pobre y desvalido, como poseía un corazón grande, esto es, animoso y con fe en el porvenir, no dudaba un momento en abandonar su país para continuar los estudios en ese centro del genio y de las artes, que tan brillantes elementos para la gloria ofrece a todo artista. Y, llegado a Italia, apenas pisaba el recinto de la ciudad santa, no perdía de vista su plan, por más que la curiosidad del viajero, la pobreza de su familia y la movilidad de su edad todavía juvenil conspirasen para retraerle de él, como hubieran retraído indudablemente a otro cualquiera.

Pero, si creemos a uno de sus biógrafos, no fue en Roma, sino en Nápoles donde su padre le presentó a Miguel Ángel de Caravaggio, cuyas lecciones eran tan conformes al temperamento del Españoleto. Asegúrase que recibió este nombre de sus condiscípulos, que esperaban poco de su corta edad y de su pequeña estatura, pero bien pronto su manera fue la de un maestro, su escuela vigorosa y ascética como la de Miguel Ángel. Las cabezas de apóstoles, los rostros de ancianos, los miembros endurecidos del soldado o callosos del atleta, la dureza del contorno, siempre verdadera, los tendones, las cicatrices, los músculos, todo grueso, profundo o saliente, como la naturaleza en la ancianidad y la decrepitud; he aquí lo que caracterizó desde luego el pincel de Ribera. Diecisiete años contaba cuando ya era partidario ardiente de esta manera de pintar, y se complacía en sus composiciones enérgicas que han formado casi con su nombre una nueva escuela.

Entre los cuadros del Españoleto, ¿quién no conoce el Martirio de San [Bartolomé]? El verdugo tiene entre los dientes el cuchillo ensangrentado con que acaba de desollar el brazo derecho del santo, violentamente atado a un árbol, y con las manos arranca la piel del mártir, complaciéndose en desgajarla paulatinamente de los músculos. El santo, retorciendo su cuerpo entre dolores acerbos, dirige al cielo su mirada moribunda, al cielo que le ofrece la palma y la corona por manos casi invisibles. A la derecha del espectador afila otro cuchillo el criado del verdugo, y en segundo término, algunos soldados romanos contemplan con indiferencia la operación cruenta. No es menos conmovedor y terrible el Martirio de San Lorenzo. Arrodillado al pie de la fatal hoguera, donde acaban de despojarle de sus vestidos, dirige el santo sus últimas plegarias al Dios de los cristianos. Uno de los verdugos le levanta para lanzarle sobre las enrojecidas parrillas, mientras otro atiza la lumbre y un tercero acarrea pesados haces de leña.

San Jerónimo, la figura favorita de Ribera, no era siempre otra cosa más que la copia fiel de ancianos secos y decrépitos, que pintaba con toda la verdad del modelo, pero distinto siempre, aunque de continuo enmagrecido, extenuado y macilento. El ayuno y la penitencia aparecen do quier que se fije la vista. Muchas veces el santo se golpea el pecho con una piedra sin la menor compasión; muy al contrario, extasiado en la presencia de un crucifijo o bien alzando al cielo sus ojos no menos arrugados y secos. Un descarnado cráneo suele servir de sostén al libro que el santo estaba leyendo, y como símbolo de su fortaleza aparece el león recostado en primer término, o bien contemplando al santo, como si no comprendiese sus éxtasis ni sus terribles penitencias.

Enlazado con Leonora Cortese , hija de un acaudalado comerciante de cuadros, no tardaba Ribera en cambiar su oscuridad y su pobreza por la opulencia y las relaciones sociales que solo procuraba el dinero. El mismo duque de Osuna, virrey de Nápoles, le nombre pintor de la corte y le señaló una crecida pensión cuando ya su matrimonio con la bella Leonora le había arrancado de los brazos de la miseria. Y como, dado el primer paso en la senda del bienestar y de la gloria, ya no es tan difícil seguir avanzando, recibió la condecoración de la orden de Cristo, que le concedió el Papa, y vio su casa atestada de cortesanos, de artistas, de discípulos y de aduladores. Mas no se crea que Nápoles careciese en aquel tiempo de buenos pintores. Teníalos excelentes, como Santafede, Girolamo Imparato, Battistello Caracciolo, Massimo Stanzione, cuyos cuadros eran el portento de la Italia y de la Europa entera. Pero Ribera llegó a sobrepujarlos, y fue el favorito de reyes y personajes, del alto clero y de los jesuitas. Entre los primeros Felipe IV le distinguió sobremanera; entre los últimos, el cuadro de San Ignacio de Loyola escribiendo sus famosos estatutos le conquistó fama imperecedera.

Sus cuadros se hallan diseminados por todas las galerías de Europa. Pasan de treinta los que posee el Museo de Madrid, y los tiene el de París, el de Nápoles, el de Florencia y otros, tanto públicos como particulares. Falleció en Nápoles en 1656. Su reputación no perecerá jamás: consérvase en sus cuadros, todos de extraordinario mérito, todos famosos y conocidos, y también en los de sus numerosos discípulos, que como Fiammingo, Bassante, Falcone, Vaccaro, Fracanzano y Lucas Jordán, fueron continuadores de esta manera de pintar con verdad, pero con rudeza y energía.

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