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Prensa y canon

«Cervantes»

Autor del texto editado
Pastor y Bedoya, Enrique (1833-1897)
Título de la obra
Revista ibérica de ciencias, política, literatura, artes e instrucción pública, tomo VII, 01-04-1863
Autor de la obra
Canalejas, Francisco de Paula (dir.)
Edición
Madrid: Imprenta de Manuel Galiano, 1863
Paginación
pp. 225-245
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de la Hemeroteca Digital Hispánica. (texto completo)
Información técnica
Editor: Carmen Calzada Borrallo
Encoding: Fátima Rueda Giráldez
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
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Sevilla, 22 julio 2025

CERVANTES


El 23 de abril de 1616 debió ser un día de luto para España.

Miguel de Cervantes Saavedra, el ingenioso autor de Don Quijote de la Mancha, pagó con su cuerpo, mutilado en servicio de la patria, tributo a su condición mortal, espirando pobre, en miserable albergue.

El que soldado en Lepanto perdió un brazo, el que en Argel cautivo probó con su esfuerzo y constancia la viva fe que le animaba, el que con el Quijote dotó a su patria de una obra inmortal, espiró en la miseria, el abandono y el olvido.

Sus contemporáneos ni le hicieron justicia ni le ampararon; su patria le desheredó, y él trataba de vengar, como lo hacen las almas generosas, tan bochornosa afrenta con un rasgo digno de su esfuerzo: entregando Argel, revelada mansión de su cautiverio, al rey don Felipe II, que tan olvidado le tenía.

Más tarde una corona de laurel y de siemprevivas pareció poco a la posteridad y, queriendo honrarle con título más mundano, apellidó al pobre soldado Príncipe de los Ingenios.

Miguel de Cervantes Saavedra es, pues, la gloria nacional literaria de más precio que tenemos en España.

La Academia de la lengua, haciéndose un día eco de la opinión pública, quiso elegir a Cervantes como el representante de nuestras glorias literarias y acordó celebrar desde 1861, en honra suya y de los ingenios españoles por él representados, una fúnebre ceremonia religiosa en conmemoración del finado, eligiendo para ello el aniversario de su fallecimiento.

Las Trinitarias se jactan en hipotética, si bien fundada, tradición de ser depositarías de los despojos de Cervantes, de quien tan poco aprecio hicieron sus contemporáneos en vida como deja comprenderse por la indiferencia con que abandonaron sus cenizas después de su muerte.

«Aun cuando un entendido frenólogo, dice Aribau, escudriñando y rebuscando por entre aquellos montones de polvo y huesos descabalados, tomase un cráneo y nos lo presentase diciendo: aquí pensó Miguel de Cervantes Saavedra, sería dudoso y desconfiado nuestro profundo acatamiento».

Olvido que nos obliga a tributar grandes pruebas de religioso respeto a la memoria de aquel hijo privilegiado, regocijo de las musas.

En efecto, desde que Lord Ca[r]taret encargó a don Gregorio Mayans la biografía de Cervantes se picó el pundonor nacional, y uno tras otro varones insignes pusieron mano sobre tan arduo asunto cual era narrar y esclarecer los contrapuestos y confusos hechos de la azarosa vida del soldado, y descifrar los altos conceptos encerrados en su inmortal Quijote por el escritor.

La reacción lógica fue y va siendo tanto más violenta cuánto mayor fue la indiferencia, y ya ha llegado a tal punto el ansia, que juzgamos necesario levantar nuestra humilde voz demandando un poco de calma, siquiera para evitar que se nos aplique la moraleja de la fábula de Los zánganos de Iriarte.

No pasa un año sin que nuevas ediciones del Quijote vengan a difundir, cada vez más expurgado, su sublime texto.

Encontrámoslo justo y natural.

Cada edición viene enriquecida con una nueva vida de Cervantes, vida escrita con mayores datos y más curiosos pormenores, pero algunos de estos ¡cuánto mejor no hubiera sido dejarlos seguir en el olvido!

Todo tiene un límite, y creemos que debe ponérsele a ese flujo de hablar, comentar, explicar y descifrar el Quijote, poniéndolo tan al alcance del menos perspicaz, que pueda comprenderse su forma y su fondo con la misma claridad que si se hubiere encontrado un comento de puño de Cervantes explicando su libro letra a letra.

Pero, ya que esta exageración tenga cabida en ciertos ánimos que no de otro modo pueden expresar su entusiasmo, permítasenos suplicar que aboguemos por la economía de manifestaciones por dos razones: primera y principal, porque nos exponemos a rebajar su mérito, desprestigiándolas por su profusión, haciendo que lleguen a cansar; y segunda, que porque, si con eso queremos borrar la mancha, desistamos de un error grosero, pues ni hay moneda para pagar lo que tanto vale, ni por mucho que hagamos haremos desaparecer el olvido en que nuestros antepasados tuvieron al gran escritor.

Somos partidarios de la economía de las grandes solemnidades, porque recordamos con Balzac Que l’habitude c’est un monstre qui le devore tout, y queremos mucho la memoria de Cervantes para exponernos a un descalabro.

Buena, muy buena, fue la función fúnebre del 23 de abril, pero, por lo mismo, en nuestro pobre juicio ni debería celebrarse todos los años, ni en el estrecho recinto de las Trinitarias por la sola razón de suponerse, aunque con fundamento, que allí reposan las cenizas de Cervantes.

El tema es uno mismo y vendría a agotarse, y quizá llegase un día en que se fuese a la función fúnebre por costumbre.

Esto es lo que sospechamos y sentiríamos acertar.

Como no podríamos referir la ceremonia mejor que lo hace el digno académico secretario en el acta publicada en la Gaceta, preferimos insertarla íntegra, entrando en algunos detalles que pueden tener cabida en un escrito oficial. Dice así:



«El jueves 23 de abril de 1863 se celebraron en el templo de Religiosas Trinitarias las honras dedicadas anualmente a Miguel de Cervantes y a cuantos cultivaron la literatura patria, por la Real Academia Española. A cada costado de la inscripción puesta en la pared del enlutado vestíbulo, y en que se expresaba de este modo, había un tarjetón para conmemorar por sus títulos o apellidos a varios académicos ya difuntos. Sobre el tarjetón de la derecha se leían los del padre José Carrasco, don Gaspar Melchor de Jovellanos, don Francisco Patricio Berguizas, don Nicasio Álvarez Cienfuegos, don Antonio Porlier, marqués de Bajamar, don Vicente María Vera, duque de la Roca, don Juan Meléndez Valdés, don Francisco Javier de Burgos, por cuyas almas no consta en las actas que al tiempo de su fallecimiento se hicieran los sufragios de costumbre, en virtud de acuerdo tomado el 14 de febrero de 1736 a propuesta del padre jesuita José Casani, presidente accidental de la Academia, constituida en junta ordinaria. Sobre el tarjetón de la izquierda se hallaban citados asimismo don José Bazán de Silva, marqués de Santa Cruz, don Agustín de Montiano y Luyando, don Vicente de los Ríos; don Pedro de Silva, don Diego Clemencín, don Martin Fernández Navarrete, don Agustín García de Arrieta, don Manuel José Quintana, por haber sobresalido en esclarecer la vida de Cervantes o en difundir más y más su alta fama con la publicación del Quijote.

Al modo que en los años anteriores, enlutados estaban el presbiterio y el pavimento, y colgadas las paredes con paños negros bordados de oro. En la mesa del altar mayor ardían seis velas, en las de los demás, cuatro; lámparas fúnebres en las capillas y pechinas, y 24 hachas en blandones alrededor del túmulo de un solo cuerpo, y sobre el cual se veían el hábito de la orden tercera de San Francisco, a que perteneció el inmortal Cervantes; una espada y unas cadenas con grillos en conmemoración de haber combatido en Lepanto y de haber estado cautivo en Argel; una corona como símbolo del lauro que de generación en generación le tributan propios y extraños; y el único ejemplar de la edición grande del Quijote que hoy posee la Academia Española, dando guardia de honor cuatro veteranos, mancos todos.

Desde mucho antes de comenzar la ceremonia ya no cabía nadie en el templo, llenándolo señoras de la buena sociedad y escritores, hombres políticos e impresores, que asisten por derecho propio. Como académico más antiguo y por ausencia del señor director, presidió el duelo el señor don Eusebio María del Valle, teniendo a la derecha al señor Montalbán, rector de la Universidad Central, y a la izquierda el señor don Antonio Benavides, director de la Real Academia de la Historia, y un señor coronel de inválidos en representación del señor conde de Mirasol, director del establecimiento; este año nadie ha representado a la ciudad de Alcalá, cuna del príncipe de los ingenios. Interpolados con los miembros de la Academia de la Historia, de Nobles Artes de San Fernando, de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales, de Ciencias Morales y Políticas, y con los individuos premiados en los certámenes abiertos por estas corporaciones, de los que pertenecen a la española, asistieron el marqués de la Pezuela, don Ramón de Mesonero Romanos, don Antonio Alcalá Galiano, don Antonio María Segovia, don Juan Eugenio Hartzenbusch, don Fermín de la Puente y Apecechea, don Aureliano Fernández-Guerra y Orbe, don Leopoldo Augusto de Cueto, don Manuel Cañete, don Manuel Tamayo y Baus, don Pedro Felipe Monlau, don Cándido Nocedal, don Tomás Rodríguez Rubí, don Francisco Cutanda, don Severo Catalina, don Ramón Campoamor, don Juan Valera, y yo, don Antonio Ferrer del Río, a quien por ausencia del señor secretario encargó el señor presidente la redacción del acta de esta solemnidad religiosa. Sillones ocuparon los excelentísimos señores don Lorenzo Barilli, arzobispo de Tiana y nuncio apostólico de su santidad, y fray don José Serra, obispo dimisionario de Australia y ahora de Nauplia in partibus infidelium en el presbiterio, donde también asistieron el señor vicario eclesiástico de Madrid y otros sacerdotes. Según consta por notoriedad, el serenísimo señor duque de Montpensier estuvo en el coro de las religiosas.

Poco después de las diez empezó la fúnebre ceremonia. De pontifical ofició el eminentísimo y excelentísimo señor don Luis de Lastra y Cuesta, cardenal arzobispo de Sevilla. Maestro de capilla fue don Francisco Asenjo Barbieri, lográndosele al fin realizar la patriótica y artística idea de que en las honras dedicadas a los cultivadores de la literatura española el día del aniversario de la muerte de Miguel de Cervantes se oyera la grave y majestuosa música religiosa de su tiempo y de compositores españoles, celebrados a la sazón en toda Europa. Treinta y cinco voces de los mejores profesores de Madrid y de algunos que accidentalmente se hallaban en la corte, bien ensayados y hábilmente dirigidos por el señor Barbieri, cantaron el salmo Regem cui omnia vivunt, música de don Melchor Robledo, racionero y maestro de capilla en 1569 de la Seo de Zaragoza, año en que, con motivo de ser autor de varias poesías a la muerte de Isabel de Valois, se imprimía por vez primera el nombre de Miguel de Cervantes Saavedra; el salmo Domine ne in furore tuo, á fabord, sacado de El porqué de la música, de don Andrés Lorente, racionero y organista de la iglesia magistral de Alcalá de Henares y que ya se cantaba en vida del príncipe de los ingenios, aunque no se imprimió hasta más de medio siglo después de su fallecimiento; el responsorio Credo quod Redemptor meus, música de don Alfonso Lobo, maestro de capilla desde el año de 1603 de la catedral de Toledo, y celebrado por Lope de Vega en su Peregrino; el responsorio Qui Lazarum, composición de fray Pedro de Tafalla, monje del real monasterio del Escorial en el primer tercio del siglo XVII y maestro allí de capilla; la misa de Requiem, compuesta por el célebre maestro don Tomás Luis de Victoria el mismo año en que a bordo de la galera El Sol fue cautivado Cervantes por los argelinos; la Sequentia dies iræ arreglada a fabordón y según el estilo del siglo XVI por el actual maestro de la real capilla don Hilarión Eslava; después de alzar, el motete Versa es in luctum cithara mea, que para las exequias de Felipe II compuso el referido maestro don Alfonso Lobo.

Terminada la misa, pronunció la oración fúnebre el ilustrísimo señor don Francisco de Paula Benavides, obispo de Sigüenza y nuestro académico correspondiente. Aplicando lo que de Abel dijo a los hebreos el apóstol San Pablo, por la fe habla todavía aun estando muerto, a Miguel de Cervantes y a cuantos cultivaron las letras en España, desenvolvió magníficamente el tema con buen método, ideas elevadas, imágenes oportunas y castizo lenguaje, que perderían mucho en el mejor extracto y que tendrán todo su realce en la impresión de esta notabilísima pieza de oratoria sagrada por la Academia Española.

Después de la oración fúnebre se cantaron el responso Libera me, composición de don Matías Romero, conocido con el nombre Maestro Capitán y que dirigía la Real Capilla al acaecer la muerte de Cervantes, y el Requiescat in pace del citado fray Pedro de Tafalla.

Al cumplirse tres siglos cabales de la colocación de la primera piedra en el monasterio de San Lorenzo del Escorial, que perpetúa una de las glorias del monarca a quien sirvió Miguel de Cervantes, y a tiempo de darse a luz la epístola recién hallada en el archivo del señor conde de Altamira y que bastaría a acreditar de buen poeta al célebre autor del Quijote, especialmente cuando indica el secretario Mateo Vázquez lo que diría a Felipe II si se hallara a sus plantas para estimularle a la conquista de Argel por las armas españolas, y cuando hace memoria del magno triunfo de Lepanto, se ha celebrado tercera vez por la Academia esta solemnidad religiosa, que terminó a la una de la tarde, de que certifico.

Antonio Ferrer del Rio».



Pasando ahora a detallar un poco el elegante discurso del señor obispo de Sigüenza, nos permitiremos consignar una frase que de boca en boca circulaba al salir del templo los asistentes y que deseamos conservar por lo gráfica.

—¿Qué tal le ha parecido a usted el señor obispo? —se preguntaban.

—Amigo, es poco decir muy bien. ¡Magnífico! ¡Magnífico!

— Era de esperar —decían otros—. El nombre obliga, y es Benavides y académico.

—No ha dejado nada que desear —decían todos.

—Hombre, sí —dijo uno—, es lástima que sea obispo.

—Por qué? —se apresuraron a preguntarle todos.

—Porque, si no lo fuera, era preciso hacerle en recompensa de su discurso.

Sabemos que la Academia, haciendo justicia al mérito del señor obispo, le ha propuesto, y su majestad lo ha concedido, para la gran cruz de Isabel la Católica.

Y, en efecto, el discurso lo merecía. Sentimos no tenerlo a la vista, pues sacaríamos de él algunos párrafos para solaz de nuestros lectores, y uno sobre todo en que comparaba a la razón ensoberbecida con la de don Quijote cuando desvariaba hablando de los malhadados libros de caballería, que es uno de los rasgos más notables de ingenio, profundidad, elegancia y buen decir que hemos escuchado.

La entonación de su ilustrísima es armoniosa y suave: su ademán elegante, esbelto y comedido.

Su exordio, por la novedad, predispuso en su favor al auditorio; ¡con qué sencilla ingenuidad decía que, acostumbrado a dirigir su voz a las pobres ovejas que forman su rebaño, había de verse ahora sobrecogido en medio de la corte, rodeado de cuanto más escogido encierra en su seno!

Su tema, admirablemente desenvuelto, era proclamar la armonía que Dios quiere que exista entre la razón que cultiva la ciencia humana y la fe, antorcha divina que esclarece los caminos de la ciencia.

No pudiendo desconocer lo dignos que eran a ella, pidió un tributo de honor para los filósofos de Grecia y Roma.

Hizo resaltar el carácter de nuestra literatura, esencialmente religiosa. Citaba en comprobación a don Alfonso el X, autor de las Partidas, y a quien no privan de dedicar himnos a la Virgen las graves ocupaciones que le rodean.

Así presentaba también como una muestra a Cervantes. Humilde como creyente, de valor indomable como soldado, de cristiana resignación como cautivo, apoyándose en la fe, inspirado por la sana y santa moral de Jesús, teniendo siempre delante la ley de Dios, dio con sus obras lecciones de una racional obediencia a los pueblos, de prudencia y justicia a los gobernantes, de cordura, de sensatez, de tacto a los magnates destinados por el cielo para establecer indestructible armonía entre los que son gobernados y gobiernan.

¡Con qué fervorosa entonación exclamaba el señor Benavides: Ante la tumba de los cristianos, la muerte está vencida. Ved ahí esos libros que parece están encima de ese túmulo para demostrar que han sobrevivido, y ved a los grandes genios hablar después de muertos. ¡La fe que da la inmortalidad al hombre, se la da también a las obras del genio!

Difícil fuera, si no imposible, reproducir sin tenerlo a la vista tan admirable discurso en sucinto extracto, pero, como sabemos que la Academia piensa darlo a luz, recomendamos su lectura a nuestros suscritores, y verán que, lejos de exagerar, nos quedamos muy por debajo de la verdad en el aprecio de la última peroración que del señor obispo de Sigüenza hacemos.

Dámosle nuestra más cumplida enhorabuena y deseamos que se le presenten nuevas ocasiones de hacernos admirar su talento y vasta erudición.

Para terminar, insertaremos también íntegra el acta levantada en Argamasilla el día 9 de mayo, día en que el príncipe real infante don Sebastián ha ido a rendir un tributo de admiración al príncipe de los ingenios.

Dice así el acta:



«A las seis de la mañana del sábado 9 del corriente, el serenísimo señor infante don Sebastián Gabriel de Borbón llegó a la villa de Argamasilla de Alba con el noble objeto de visitar la casa llamada de Medrano, que, según tradición constante, sirvió de prisión a Miguel de Cervantes Saavedra.

Acompañaban a su alteza real en su coche los señores don Ramón Serrano y Serrano, gobernador de esta provincia de Ciudad Real, el excelentísimo señor don Gabriel de Aristizábal, jefe de la casa de su alteza, y don José Montalbán, alcalde constitucional de la mencionada villa.

En otros carruajes venían también los señores don Juan Eugenio Hartzenbusch, individuo de número de la Real Academia Española y director de la Biblioteca Nacional; don Manuel Cañete, individuo también de número de la misma Real Academia; don Narciso Colomer y don Luis Ferrant, de la de San Fernando; don Víctor Manzano y don Basilio Sebastián Castellanos, bibliotecario de su alteza y director de la Escuela Normal Central de Primera Enseñanza.

La población entera, que esperaba ansiosa la llegada de su alteza, se agolpó a recibirle a la entrada de la villa, victoreándole con el mayor entusiasmo. Habiendo su alteza mandado parar el coche, el señor juez de paz don Balbino Jiménez se presentó a ofrecerle sus respetos en nombre del pueblo y en sustitución del alcalde, que con los individuos del ayuntamiento, don Manuel Añover, don Antonio Millán y don Antonio González, había salido a recibir al serenísimo señor infante y venía con su alteza, como queda expresado, desde la estación de Argamasilla.

Después de unos breves instantes de descanso en la casa de don Manuel Añover, administrador de su alteza, el serenísimo señor infante con todo su acompañamiento, al que se unió el numeroso concurso presente, pasó a la iglesia parroquial de la villa, donde oyó misa mayor con edificación ejemplar, estando su divina majestad manifiesto. Adornado el templo convenientemente, llenaron su espacio los acordes ecos de la música que desde Alcázar de San Juan había solemnizado ya la venida del gran prior de la orden.

Desde la iglesia se trasladó el augusto huésped a la casa dicha de Medrano, propiedad de su alteza, donde se ha impreso en dos ediciones, pequeña y grande, el texto de la obra inmortal de Cervantes.

El impresor don Manuel Rivadeneyra suplicó a su alteza le dispensase la honra de tirar por su augusta mano el primer pliego de la edición mayor, reservado al efecto. Accediendo bondadosamente, su alteza tiró uno, declarando en seguida que se proponía presentárselo a su majestad la reina. Otros tres, además, tiró su alteza, uno para la Real Academia Española, otro para sí y otro para el editor. La prensa estaba adornada de flores, y el suelo cubierto de yerbas olorosas.

Dadas afectuosamente las gracias a su alteza por el impresor y por el encargado de la edición, don Juan Eugenio Hartzenbusch, pidió este permiso, y después los señores don Manuel Cañete y don Basilio Sebastián Castellanos, para leer unos versos alusivos al acto.

Su alteza, en un breve y sentido discurso, declaró que el pensamiento de adquirir la casa donde en aquel momento se hallaba se le había ofrecido muchas veces, y que había aprovechado solícito la primera ocasión de realizarlo, cabiéndole la mayor complacencia de que hubiese servido para dar una muestra de su amor a las letras españolas, y señaladamente al mayor ingenio que ellas reconocen.

Su alteza recorrió en seguida toda la casa y sus dependencias, consultando con los artistas don Narciso Colomer, don Luis Ferrant, don Víctor Manzano y otras personas los reparos y reformas que se proponía mandar ejecutar en ella.

Manifestó su deseo de que se extendiese una sencilla relación del acto, ofreciendo para ello su firma e invitando a los presentes a que también pusieran las suyas. Esta circunstancia nos impide detenernos en expresar el vivo interés y gozo con que todos los vecinos de Argamasilla habían visto y acompañado a todas partes a su alteza.

Argamasilla de Alba, 9 de mayo de 1863».



AI final del acta de la Academia se habla de una carta en verso inédita obra de Cervantes que este dirigía a M. Vázquez. Como comprendemos que nuestros lectores verán con gusto esta notable composición, la insertamos íntegra.

Tanto se había ponderado acerca de lo malos que eran los versos de Cervantes, que nadie podría creer, a no estar plenamente justificado, que de su pluma saliera tan acabada obra.

De boca de persona autorizadísima hemos oído que merecen ir con los tercetos de Rioja. Helos aquí.

DE MIGUEL DE CERVANTES,

CAPTIVO,

A M. VÁZQUEZ, MI SEÑOR

Si el bajo son de la zampona mía,
señor, a vuestro oído no ha llegado
en tiempo que sonar mejor debía,
no ha sido por la falta de cuidado,
sino por sobra del que me ha traído 5
por extraños caminos desviado.
También por no adquirirme de atrevido
el nombre odioso, la cansada mano
ha encubierto las faltas de sentido.
Mas, ya que el valor vio sobrehumano 10
de quien tiene noticia todo el suelo,
la graciosa altivez, el trato llano,
aniquilan el miedo y el recelo
que ha tenido hasta aquí mi humilde pluma
de no quereros descubrir su vuelo. 15
De vuestra alta bondad y virtud suma
diré lo menos, que lo más no siento
quien de cerrarlo en verso se presuma.
Aquel que os mira en el subido asiento
do el humano favor puede encumbrarse 20
y que no cesa el favorable viento,
y él se ve entre las ondas anegarse
del mar de la privanza do procura
o por fas o por nefas levantarse
¿quién duda que no dice «La ventura 25
ha dado en levantar este mancebo
hasta ponerle en la más alta altura»?
Ayer le vimos inesperto y nuevo
en las cosas que ahora mide y trata
tan bien, que tengo envidia y las apruebo. 30
De esta manera se congoja y mata
el envidioso, que la gloria ajena
lo destruye, marchita y desbarata.
Pero aquel que con mente más serena
contempla vuestro trato y vida honrosa 35
y el alma dentro de virtudes llena,
no la inconstante rueda presurosa
de la falsa fortuna, suerte o hado,
sino, ventura, estrella, ni otra cosa
dice que es causa que en el buen estado 40
que ahora poseéis os haya puesto
con esperanza de más alto grado.
Mas sólo el modo del vivir honesto,
la virtud escogida que se muestra
en vuestras obras y apacible gesto, 45
esta dice, señor, que os da su diestra
y os tiene asido con sus fuertes lazos
y a más y a más subir siempre os adiestra.
¡Oh santos, oh agradables dulces brazos
de la santa virtud alma y divina, 50
y santo quien recibe sus abrazos!
Quien con tal guía como vos camina,
¿de qué se admira el ciego vulgo bajo
si a la silla más alta se avecina?
Y, puesto que no hay cosa sin trabajo, 55
quien va sin la virtud va por rodeo,
y el que la lleva va por el atajo.
Si no me engaña la experiencia,
creo que se ve mucha gente fatigada
de un solo pensamiento y un deseo. 60
Pretenden más de dos llave dorada,
muchos un mesmo cargo, y quien aspira a
a la fidelidad de una embajada.
Cada cual por sí mesmo al blanco tira
do asestan otros mil, y sólo es uno 65
cuya saeta dio do fue la mira.
Y este quizá que a nadie fue importuno,
ni a la soberbia puerta del privado
se halló después de vísperas ayuno;
ni dio ni tuvo a quien pedir prestado; 70
sólo con la virtud se entretenía
y en Dios y en ella estaba confiado.
Vos sois, señor, por quien decir podía
y lo digo y diré sin estar mudo
que sólo la virtud fue vuestra guía, 75
y que ella sola fue bastante y pudo
levantaros al bien do estáis agora,
privado humilde de ambición desnudo.
Dichosa y felicísima la hora
donde tuvo el real conocimiento 80
noticia del valor que anida y mora
en vuestro reposado entendimiento
cuya fidelidad, cuyo secreto
es de vuestras virtudes el cimiento.
Por la senda y camino más perfecto 85
van vuestros pies, que es la que el miedo tiene
y la que alaba el seso más discreto.
Quien por ella camina vemos viene
a aquel dulce suave paradero
que la felicidad en sí contiene. 90
Yo, que el camino más bajo y grosero
he caminado en fría noche oscura,
he dado en manos del atolladero;
y en la esquiva prisión amarga y dura
a donde agora quedo estoy llorando 95
mi corta infelicísima ventura,
con quejas tierra y cielo importunando,
con suspiros al aire oscureciendo,
con lágrimas el mar acrecentando.
Vida es esta, señor, do estoy muriendo 100
entre bárbara gente descreída,
la mal lograda juventud perdiendo.
No fue la causa aquí de mi venida
andar vagando por el mundo acaso
con la vergüenza y la razón perdida. 105
Diez años ha que tiendo y mudo el paso
en servicio del gran Filipo nuestro,
ya con descanso, ya cansado y laso.
Y en el dichoso día que siniestro tanto
fue el hado a la enemiga armada 110
cuanto a la nuestra favorable y diestro,
de temor y de esfuerzo acompañada
presente estuvo mi persona al hecho
más de esperanza que de hierro armada.
Vi el formado escuadrón roto y deshecho 115
y de bárbara sangre y de cristiana
rojo en mil partes de Neptuno el lecho.
La muerte airada con su furia insana
aquí y allí con priesa discurriendo,
mostrándose a quién tarda, a quién temprana. 120
El son confuso, el espantable estruendo,
los gestos de los tristes miserables
que entre el fuego y el agua iban muriendo.
Los profundos suspiros lamentables
que los heridos pechos despedían 125
maldiciendo sus hados detestables.
Helóseles la sangre que tenían
cuando en el son de la trompeta nuestra
su daño y nuestra gloria conocían.
Con alta voz de vencedora muestra 130
rompiendo el aire claro, el son mostraba
ser vencedora la cristiana diestra.
A esta dulce sazón yo triste estaba,
con la una mano de la espada asida
y sangre de la otra derramaba. 135
El pecho mío de profunda herida
sentía llagado, y la siniestra mano
estaba por mil partes ya rompida.
Pero el contento fue tan soberano
que a mi alma llegó viendo vencido 140
el crudo pueblo infiel por el cristiano,
que no echaba de ver si estaba herido,
aunque era tan mortal mi sentimiento,
que a veces me quitó todo el sentido.
Y en mi propia cabeza el escarmiento 145
no me pudo estorbar que el segundo año
no me pusiese a discreción del viento.
Y al bárbaro medroso pueblo extraño
vi recogido, triste, amedrantado
y con causa temiendo de su daño; 150
y al reino, tan antiguo y celebrado
a do la hermosa Dido fue rendida
al querer del troyano desterrado,
también vertiendo sangre aún la herida
mayor con otras dos quise hallarme 155
por ver ir la morisma de vencida.
Dios sabe si quisiera allí quedarme
con los que allí quedaron esforzados
y perderme con ellos o ganarme.
Pero mis cortos implacables hados 160
en tan honrosa empresa no quisieron
que acabase la vida y los cuidados.
Y al fin por los cabellos me trajeron
a ser vencido por la valentía
de aquellos que después no la tuvieron. 165
En la galera Sol, que oscurecía
mi ventura, su luz, a pesar mío,
fue la pérdida de otros y la mía.
Valor mostramos al principio y brío,
pero después, con la experiencia amarga, 170
conocimos ser todo desvarío.
Sentí de ajeno yugo la gran carga,
y en las manos sacrílegas malditas
dos años ha que mi dolor se alarga.
Bien sé que mis maldades infinitas 175
y la poca atrición que en mí se encierra
me tiene entre estos falsos ismaelitas.
Cuando llegué vencido, y vi la tierra
tan nombrada en el mundo que en su seno
tantos piratas cubre, acoge y cierra, 180
no pude al llanto detener el freno,
que a mi despecho, sin saber lo que era,
me vi el marchito rostro de agua lleno.
Ofreciose a mis ojos la ribera
y el monte donde el grande Carlos tuvo 185
levantada en el aire su bandera,
y el mar que tanto esfuerzo no sostuvo,
pues, movido de envidia de su gloria,
airado entonces más que nunca estuvo.
Estas cosas, volviendo en mi memoria, 190
las lágrimas trujeron a los ojos
movidas de desgracia tan notoria.
Pero si el alto cielo en darme enojos
no está con mi ventura conjurado,
y aquí no lleva muerte mis despojos, 195
cuando me vea en más alegre estado,
si vuestra intercesión, señor, me ayuda
a verme ante Filipo arrodillado,
mi lengua balbuciente y cuasi muda
pienso mover en la real presencia, 200
de adulación y de mentir desnuda,
diciendo: «Alto, señor, cuya potencia
sujetas trae mil bárbaras naciones
al desabrido yugo de obediencia;
a quien los negros indios con sus dones 205
reconocen honesto vasallaje,
trayendo el oro acá de sus rincones,
despierta en tu real pecho el gran coraje,
la gran soberbia con que una vicoca
aspira de contino a hacerte ultraje. 210
La gente es mucha, mas su fuerza es poca,
desnuda, mal armada, que no tiene
en su defensa fuerte muro o roca.
Cada uno mira si tu armada viene
para dar a sus pies el cargo y cura 215
de conservar la vida que sostiene.
De la amarga prisión, triste y oscura,
a donde mueren veinte mil cristianos,
tienes la llave de su cerradura;
todos (cual yo) de allá, puestas las manos, 220
las rodillas por tierra sollozando,
cercados de tormentos inhumanos,
valeroso señor, te están rogando
vuelvas los ojos de misericordia
a los suyos que están siempre llorando. 225
Y, pues te deja ahora la discordia
que hasta aquí te ha oprimido y fatigado
y gozas de pacífica concordia,
haz, ¡oh buen rey!, que sea por ti acabado
lo que con tanta audacia y valor tanto 230
fue por tu amado padre comenzado.
Solo el pensar que vas pondrá un espanto
en la enemiga gente, que adivino
ya desde aquí su pérdida y quebranto».
¿Quién duda que el real pecho benino 235
no se muestre escuchando la tristeza
en que están estos míseros contino?
Bien parece que muestro la flaqueza
de mi tan torpe ingenio, que pretende
hablar tan bajo ante tan alta alteza, 240
pero el justo deseo la defiende.
Mas a todo silencio poner quiero,
que temo que mi pluma ya os ofende
y al trabajo me llaman donde muero.


Nuestros lectores juzgarán si el elogio es exagerado, y, no siéndolo, como no lo es, deben envanecerse de un descubrimiento que tanto honra a España, a saber, que el inmortal autor de don Quijote, el primer prosista del mundo, supo también pulsar la lira con singular acierto.

Basta, pues: Dios quiera que nuestra humilde voz tenga la dicha de ser atendida: no celebrar anualmente el aniversario, ni hacerlo en las Trinitarias, donde no se cabe, no caer en la exageración para evitar que llegue un día en que fuese mirada no con desdén, pero sí con menos entusiasmo del que merece, la manifestación de respeto y fervoroso culto que la patria reconocida rinde a Miguel de Cervantes por sí, y en representación de cuantos honraron las letras españolas.



Enrique Pastor y Bedoya

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