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Prensa y canon

«Folletín. Teatro del Príncipe. Noche del 9 de noviembre. Primera representación del Macbeth, drama histórico en cinco actos, compuesto en inglés por William Shakespeare y traducido al castellano por don José García de Villalta. Artículo 1º.»

Autor del texto editado
Gil y Carrasco, Enrique (1815-1846)
Título de la obra
El Correo nacional, n.º 307, 19/12/1838
Autor de la obra
Borrego, Andrés (dir.)
Edición
Madrid: Imprenta del Correo nacional, 1838
Paginación
pp. 1-3
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de la Hemeroteca Digital Hispánica. (texto completo)
Información técnica
Editor: Mercedes Comellas
Encoding: Fátima Rueda Giráldez
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
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Sevilla, 22 julio 2025

FOLLETÍN

TEATRO DEL PRÍNCIPE

Noche del 9 de noviembre. Primera representación del «Macbeth», drama histórico en cinco actos, compuesto en inglés por William Shakespeare y traducido al castellano por don José García de Villalta

Artículo 1º


Difícil cosa es la situación de un escritor crítico que haya de conciliar el respeto que se le debe al público con el respeto que el genio reclama de fuero, cuando ambos respetos se contradicen en su conciencia. Sin embargo, si la situación es difícil, no por eso es menos clara para un hombre de fe resuelto a sacrificar su propia reputación, si preciso fuere, a la opinión que le parezca más luminosa y más justa. Esta será siempre la norma de nuestros juicios, porque no somos, en verdad, de los que sacrifican la convicción propia al número ni al estrépito, al paso que la razón, por mezquino que sea su conducto, siempre nos encontrará dóciles y obedientes.

Cuando Shakespeare tenía que dejar la tabla de carnicero de su padre, donde el cuchillo que más tarde debía trocarse en el puñal de Melpómene se empleaba en sangrar reses; cuando la balada satírica que fijó a la puerta de sir Thomas Lucy, le lanzaba a la miseria de Londres, donde guardaba los caballos de los caballeros (gentlemen) a la puerta de lo que entonces se llamaba teatro; cuando de la puerta pasaba adentro en cualidad de sirviente, desde aquí a actor, gracias a su pariente Black-Friars, actor también, y, por último, a sublime autor; cuando por esta serie de humillaciones pasaba, decimos, ¿tenía la conciencia de su genio, la fe de la inmortalidad de su fama? ¿Era desdén de su mágico poder o ignorancia de su alcance lo que le hacia esclamar en Hamlet: «¡Ah, cielo, muerto dos meses ha y no olvidado todavía! En ese caso bien se puede esperar que la memoria de un hombre grande le sobrevivirá seis meses; pero, por la Virgen, que para eso será preciso que haya levantado iglesias; de lo contrario, que se resigne a que no.se hable más de él». En el teatro era buen tono entre los gentlemen jugar a los naipes, fumar volviendo la espalda a la representación, despedazar, las cartas como si se perdiese una enorme suma y arrojarlas al proscenio, en tanto que la plebe silbaba, bebía cerveza y comía manzanas, cuyo corazón tiraba a los actores. Así apareció y vivió en el mundo este coloso, que se presenta al fin de la edad media como un gigante que cierra para siempre las puertas de un castillo encantado. «El insulto de la fortuna, dice un célebre moderno, 1 hizo dos cómicos de Shakespeare y de Moliere, a fin de dar al último de los miserables el derecho de ultrajar a un mismo tiempo por algunos óbolos a dos grandes hombres y a sus obras maestras».

Cervantes y Shakespeare vivieron por el mismo tiempo, murieron en el mismo mes y quizá en el mismo día. El primero empujaba la sociedad a una época positiva, de razón y prosaica; el segundo aparecía como un bárbaro que quisiese hacer retroceder los tiempos y volver a los hombres al caos tenebroso de la edad media. Ambos pasaron pobres, desconocidos y menospreciados. ¿La hermandad del genio no podría traducirse por la hermandad de la desgracia?

La posteridad se ha sentado a juzgarlos sobre la losa de sus sepulcros y ha sido justa: el soplo de los siglos ha pasado por su frente sin llevarse una sola hoja de su corona de laurel. Ambos han merecido estatuas y monumentos: pero ¿qué puede importarles? «¿Qué falta le hacen a mi Shakespeare para sus huesos venerados, dice Milton, piedras hacinadas por el trabajo de un siglo? ¿O es menester que esconda sus santas reliquias una pirámide de punta estrellada? 2 Hijo querido de la memoria, gran heredero de la gloria, ¿qué te importa un testimonio tan deleznable de tu nombre, a ti que te has levantado con gran maravilla nuestra un monumento de larga vida?... Permaneces sepultado en una pompa tal, que los reyes mismos anhelarían morir por tener semejante sepulcro».

Toda esta gloria tan antigua, tan sólida, tan venerable ha venido a naufragar en el teatro del Príncipe en su primera aparición. ¿Cómo ha podido tener lugar tan estraño suceso? Vamos a procurar esplicarlo, sin que por eso nos lisonjeemos de conseguirlo; por lo demás de justificarlo, creemos que nadie trate, y nosotros menos que nadie.

Shakespeare nació y vivió en una época en una época en que la sociedad pasaba de la obscura serie de los siglos medios a la era moderna. Las tradiciones caballerescas, junto con las más lúgubres y extrañas supersticiones, flotaban entre las brumas de la antigua Inglaterra, alrededor de sus blasonados castillos, a la orilla de sus lagos y en la espesura de sus famosos bosques. La sociedad estaba en una época de transición, y la sangre corría por todas partes. La reina Isabel arrojaba a los pies del poeta la cabeza de Essex después de la de María Estuardo; los Países Bajos eran el teatro de todas las desdichas inseparables de la emancipación de un pueblo, con el duque de Alba por enemigo; en España multiplicaba Felipe II los autos de fe y asesinaba a su hijo; principiaba Wallenstein en Alemania, y en Francia, tierra la más cercana de su país, se dibujaban a los ojos del poeta las matanzas de San Bartolomé. El genio, pues, de la época se encarnó en Shakespeare, y los dramas innumerables que se representaban en torno suyo no solo le inspiraban los propios, sino que también ofrecían asuntos sin número a Schilller, Otway, Corneille y Alfieri, herederos de su arte. Así que este arte, como reflejo exacto y fiel de la época, debió de ser por necesidad grande, salvaje y lúgubre como ella.

En aquella creciente de pasiones, de supersticiones y de crímenes, la imaginación del poeta solo podía divisar figuras grandes y severas, espectros, brujas y espíritus maléficos, arrastrando consigo al abismo aquellas vírgenes inocentes y puras que se le aparecían a veces con sus amores de ángel, vagas sombras osiánicas, pálidas y leves como un rayo de la luna. Todos los misterios del alma, todos los enigmas del corazón debían de presentarse claramente a la vista del poeta con sus fieros combates o con sus apacibles armonías, en un tiempo y en una sociedad en que la fisonomía moral de los hombres era tan enérgica y pronunciada, ora en sus impulsos más elevados y sublimes, ora en sus ridículos y flaquezas. ¿Cómo, pues, pedir serenidad y terso y unido curso a este torrente que nacía en las asperezas de las montañas, que caía despedazado de roca en roca y que solo en algún valle misterioso y escondido podía mostrar sus ondas cristalinas y sosegadas? ¿Cómo ajustar los vuelos de esta águila altiva a la voz de un halconero? ¿Cómo encerrar en la prisión de las reglas a este Sansón que tenía fuerzas de sobra para cargar con sus puertas y hasta para lanzarlas contra las murallas enemigas? Así que sería soberanamente injusto medir la estatura del coloso con el anteojo clásico, que apenas puede recorrer uno por uno los detalles de una obra de arte, para que sea capaz de reunir en su foco el imponente conjunto de tan al tas creaciones.

Supuestos todos estos preliminares, ¿habrá quien crea el teatro de Shakespeare adaptable en un todo a nuestra época, a nuestras creencias, a nuestras costumbres y civilización? Juzgamos que no; y juzgamos asimismo que nadie dista más de esta idea que el laborioso traductor de Macbeth. Las nieblas de la Escocia, su naturaleza agreste, sus magas, sus apariciones y el carácter abstracto y visionario de los hombres de aquel tiempo distan, en verdad, infinito de nuestro sol de fuego, de nuestro cielo azul, de nuestros campos aromáticos, de nuestro desenfado y del giro casi del todo esterior y desenvuelto de la imaginación meridional. Hay muchas disonancias en las esterioridades del dramático inglés y de nuestros opulentos dramáticos, para soñar nunca en ajustarías estrechamente a nuestro modo de sentir. Hasta este punto creemos que todos estamos acordes.

Pero ¿es un lujo vano de esteriorídades y apariencias lo que compone la grandiosa creación de Macbeth? ¿No consiste el mérito indisputable de Shakespeare (y le llamamos indisputable porque clásicos y románticos están de acuerdo sobre él) en el estudio profundo, penetrante y sin igual del corazón humano, de sus vaivenes y combates? Y la actividad, la vida, el poder de este corazón no es en el fondo la misma en todos los hombres y en todos los países? ¿Los amores de los hijos del primer hombre se diferencian en la esencia de nuestros amores? La fraternidad, la caridad, la filantropía, todos los sistemas que la filosofía ha podido bosquejar, que la religión ha desenvuelto y animado con su inspiración y con sus colores, ¿tienen otro cimiento, por ventura, que la uniformidad de los sentimientos del hombre?

El evangelio, cuyo impulso libre, social civilizador por todos es reconocido, ¿no fuera una teoría semejante a los torbellinos de Descartes, si los hombres no tuvieran un elemento primitivo, idéntico y común? Y suponiendo, como todos suponen, en Shakespeare la inteligencia, la dominación de este elemento, ¿podrá negarse, desconocerse siquiera, el influjo de su poderosa poesía en cualquier país que sea? Sin duda alguna que lunares de mayor cuantía afean a veces el magnífico semblante de su musa; pero, aun calculando matemáticamente, ¿no son más y mayores sus bellezas que sus defectos? ¿No debiera esto haber bastado para contener a una gran parte del auditorio en los límites de un respetuoso silencio? ¿Tan poco puede en ciertas gentes el sentimiento de lo grande, que no les merezca veneración alguna la santidad de una memoria que ha atravesado las tinieblas de los tiempos resplandeciente y sublime, y que alumbrará siempre el mundo del arte y de la belleza? La duda, la indecisión y hasta la frialdad del público la hubiéramos comprendido y quizá aun disculpado; todo lo demás ha sido para nosotros una sorpresa dolorosa, y lo creemos sucedido en mengua del criterio nacional. Shakespeare ha visto tejer coronas a su busto venerable bajo el hermoso cielo de la Italia. Alemania entera se entusiasma y conmueve con los héroes de nuestro Calderón, ¡y nosotros hemos negado hospitalidad en el suelo de este mismo Calderón al príncipe de la literatura dramática!

Ocupémonos ya en el examen de las principales bellezas de Macbeth, puesto que ni los límites de un artículo de periódico, ni nuestra capacidad nos permiten hacer una reseña circunstanciada y completa de todos sus rasgos notables.

Entre los muchos personajes que desenvuelven y llevan a cabo esta obra, no hay uno siquiera que se asemeje al otro; todas sus fisonomías son peculiares y esclusivas; todas sus acciones y palabras son completamente distintas. ¿Cuándo los misterios y la gradación del crimen se han personificado de un modo tan cabal, tan filosófico y profundo como en Macbeth? ¡Qué criatura tan noble, tan valerosa y tan sencilla hasta que el oráculo maldito comienza a derramar en su alma las tinieblas de la ambición! Y desde este primer vislumbre de delito, ¡cuántos y cuán acerbos combates hasta lanzarse en su abismo, y después de lanzado, qué desenfreno, qué resolución y qué amargura! Qué sola y árida está el alma de Macbeth al fin del drama, cuando, abandonado de todos, esclama:

La flor de la senectud,
cuyo aroma es la obediencia,
respeto en la juventud,
y de provecta virtud
honores y reverencia, 5
no guarda para mí el mundo,
ni me guarda un pecho amigo;
maldecir solo iracundo,
alto no, pero profundo;
y oculto hálito enemigo, 10
y fe que el labio pregona
y desmiente el corazón ,
circundarán mi corona,
mientras el pavor la festona...


Y más adelante al saber la muerte de su esposa:

Tránsito prematuro;
murió muerte temprana...
Mañana... ¡Sí! ¿Tal vez ese mañana
no se arrastra con paso imperceptible
y se encarna en el hoy de cada día? 5
Las horas le abren vía
hasta los lindes últimos del tiempo;
todos nuestros ayeres alumbraban,
mientras raudos pasaban
con su luz moribunda , 10
por el sendero de la huesa inmunda.
¡Afuera, luz umbría,
afuera! Huye de mí...


Macbeth es el hombre que mira con amor a la inocencia y cree en su perfume, pero que, una vez perdida, camina sin volver la vista atrás y solo tiene fe en la fatalidad y en la muerte.

Lady Macbeth es un carácter criminal a sangre fría, una de esas contradicciones de la naturaleza que se complace en esconder bajo el seno mujeril algunas veces un corazón dotado de toda la fuerza de la perversidad y de la ambición. Horrible es, en verdad el contraste de su serenidad y previsión con el delirio de Macbeth después de cometer el delito, y aquella seguridad de lavar con unas gotas de agua todas sus huellas y vestigios. Pero ¡qué idea tan sublime la de presentar esta alma diabólica, presa de los remordimientos y del crimen a la vez, en la horrible escena del sonambulismo, doloroso apéndice de una vida más dolorosa todavía y que se va a acabar muy en breve! Esta escena sola equivale a un drama, y es preciso toda la elevación del genio para concebir y trazar semejantes rasgos.

Macduff, que es un personaje secundario al lado de estos dos, aparece sublime como padre cuando Rosse le cuenta la muerte de su esposa y sus hijos:

MACDUFF.- ¿Y así acabaron
mis hijuelos también?
ROSSE.- Esposa, hijos,
tus comensales todos y criados.
MACDUFF.- ¡Y no estaba yo allí! ¿También mi esposa?
ROSSE.- Ya lo he dicho.
MALCOLM.- Macduff, juntos hagamos
de espantosa venganza medicina
para curar tu pecho emponzoñado.
MACDUFF.- ¡Macbeth no tiene hijos!


Este rasgo está aislado y no tiene par en el mundo dramático. Salva, no obstante, la opinión de no pequeña parte del público, que juzgó conveniente acogerlo con risas, derecho que no disputamos, puesto que se compra por la módica cantidad de dos pesetas.

El carácter de Banquo, severo, reservado y leal, es también una muy afortunada creación, y no se desmiente en un punto. No hablamos de los demás personajes, porque el drama gira sobre estos principalmente, y no tenemos espacio, por otra parte, para señalar sus bellezas con detención.

Hemos oído decir a personas que nos merecen respeto que de todas las creaciones de Shakespeare Macbeth es la menos adaptable al teatro en general y sobre todo a nuestra escena. Podrán tener razón, pero lo que firmemente creemos es que en ninguna se ha desplegado el genio de Shakespeare de un modo más atrevido y más completo. Aquella es la Escocia que el autor tenía delante; aquellas son las brujas que espantaban a las gentes crédulas y sencillas; aquellas las sombras en que imaginaciones meditabundas personificaban el remordimiento; aquel, en fin, el mundo de desorden y de barbarie que se reflejaba en la fantasía del poeta. En ninguna pieza es Shakespeare tan idéntico a sí propio y a su época como en Macbeth.

«Shakespeare se cuenta en el número de los cuatro o cinco genios que han bastado para nutrir el pensamiento, de esos genios madres que parecen haber parido y amamantado a todos los demás. Muchas veces se reniega de estos maestros supremos, y se revelan las gentes contra su autoridad: se les acusa de pesadez, de estravagancia y de mal gusto, sin perjuicio de robarles al paso para engalanarse con sus despojos; pero es en vano el forcejear y el reluchar bajo su yugo. Todo se tiñe con sus colores; por do quiera se estampan sus huellas; abren horizontes de donde brotan oleadas de luz; siembran ideas, gérmenes de otras mil, y sus obras son minas inagotables o las entrañas mismas del espíritu humano».

«Semejantes genios ocupan la primera línea; su inmensidad, su variedad, su fecundidad, su originalidad les dan a conocer desde luego por leyes, por ejemplares, por tipos de las diversas inteligencias, Y cuenta con insultar los desórdenes en que algunas veces caen estos seres potentes; no imitemos a Cham el maldito; no nos riamos si encontramos desnudo y dormido a la sombra del arca, varada sobre los montes de Armenia, al único y solitario marinero del abismo. Respetemos a este navegante diluviano que comenzó de nuevo la creación después de agotadas las cataratas del cielo; piadosos hijos bendecidos por nuestro padre, cubrámosle honestamente con nuestro manto».

Cuando Chateaubriand bosquejaba este brillante trozo, ¿le predeciría el instinto del genio que en alguna parte había de ser necesario? En un próximo artículo hablaremos de la representación y de la traducción de este drama.



E. G.

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