«¿Ha sido juzgado el Don Quijote según esta obra merece?»
- Autor del texto editado
- Salva y Pérez, Vicente (1786-1849)
- Título de la obra
- Álbum pintoresco universal, tomo 3, 01/01/1843
- Autor de la obra
- Oliva, Francisco (dir.)
- Edición
- Barcelona:
Imprenta de Francisco Oliva,
1843
- Paginación
- pp. 345-346
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de la Hemeroteca Digital Hispánica. (texto completo)
Información técnica
Editor: Carmen Calzada Borrallo
Encoding: Fátima Rueda Giráldez
Encoding: Fátima Rueda Giráldez
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
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Sevilla, 21 julio 2025
CONCLUSIÓN
¿Ha sido juzgado el Don Quijote según esta obra merece?
No dudemos que se adelantaría mucho para tan loable objeto, restableciendo el gusto a los libros caballerescos, no cargados con el cúmulo de patrañas e inverosimilitudes que los desacreditaron, sino reformados como lo deseaba Cervantes (capítulos XLVII y XLVIII de la primera parte) cuando puso en boca del canónigo y del cura la siguiente doctrina: «Con todo cuanto mal he dicho de tales libros, hallo en ellos una cosa buena, que es el sujeto que ofrecen para que un buen entendimiento pueda mostrarse en ellos, porque dan largo y espacioso campo por donde sin empacho alguno pueda correr la pluma, describiendo naufragios, tormentas, reencuentros y batallas, pintando un capitán valeroso con todas las partes que para ser tal se requieren, mostrándose prudente, previniendo las astucias de sus enemigos, y elocuente orador, persuadiendo o disuadiendo a sus soldados; maduro en el consejo, presto en lo determinado, tan valiente en el esperar como en el acometer; pintando ora un lamentable y trágico suceso, ora un alegre y no pensado acontecimiento; allí una hermosísima dama, honesta discreta y recatada; aquí un caballero cristiano valiente y comedido; acullá un desaforado bárbaro fanfarrón; acá un príncipe cortés, valeroso y bien mirado; representando bondad y lealtad de vasallos, grandezas y mercedes de señores, ya puede mostrarse astrólogo, ya cosmógrafo excelente, ya músico, ya inteligente en las materias de estado, y tal vez le vendrá ocasión de mostrarse nigromante, si quisiere. Puede mostrar las astucias de Ulises, la piedad de Eneas, la valentía de Aquiles, las desgracias de Héctor, las traiciones de Sinón, la amistad de Eurialo, la liberalidad de Alejandro, el valor de César, la clemencia y verdad de Trajano, la fidelidad de Zópiro, la prudencia de Catón, y finalmente todas aquellas acciones que pueden hacer perfecto a un varón ilustre, ahora poniéndolas en uno solo, ahora dividiéndolas en muchos. Y siendo esto hecho con apacibilidad de estilo y con ingeniosa invención, que tire lo más que fuere posible a la verdad, sin duda compondrá una tela de varios y hermosos lizos tejida, que después de acabada tal perfección y hermosura muestre, que consiga el fin mejor que se pretende en los escritos, que es enseñar y deleitar juntamente… porque la escritura desatada de estos libros da lugar a que el autor pueda mostrarse épico, lírico, trágico, cómico, con todas aquellas partes que encierran en sí las dulcísimas y agradables ciencias de la poesía y de la oratoria: la épica tan bien puede escribirse en prosa como en verso… Por esta causa son más dignos de reprensión los que hasta aquí han compuesto semejantes libros sin tener advertencia a ningún buen discurso, ni al arte y reglas por donde pudieran guiarse y hacerse famosos en prosa, como lo son en verso los príncipes de la poesía griega y latina».
Para poner término a este artículo, concluiré copiando lo que el juicioso Nicolás Antonio asienta en el § XXVII del prólogo de su Biblioteca, al tocar esta materia. «No quiero entrar en contienda con los varones doctos que reprueban tanto los libros que nosotros llamamos de caballerías, que los condenan y juzgan dignos del fuego… No intento defender los que contienen amores deshonestos y cuentos de viejas sin chiste ni gracia… Pero ¿qué deberemos decir cuando carecen de estos defectos y es útil su lectura, de modo que pueden colocarse entre los apólogos y las historias doctas, aunque fingidas? Así como el Ciro de Jenofonte, el Aquiles y Ulises de Homero, y el Eneas de Virgilio son reyes descritos por sus autores como héroes valerosos, prudentes, piadosos y magnánimos, cuales los pintaría un artista en el lienzo, no como fueron en realidad, sino bajo el colorido que mejor le conviniese, de la misma manera nuestros libros representan a los caballeros sostenedores de lo justo y lo recto, enemigos de la tiranía y la prepotencia, y acometedores de ilustres empresas. ¿Merecerá por ventura alabanza un mismo asunto cuando se escribe en verso, y vituperio si se refiere en prosa? Las fuertes y gigantescas hazañas, así del espíritu como del cuerpo, que estos novelistas atribuyen a sus fingidos personajes suelen inflamar tanto a los lectores en el deseo de la gloria, debida de justicia a las proezas, que sirven a los que se dedican a las armas como de una coraza para fortalecer sus pechos y sacudir el miedo de las heridas y de la muerte. Refiere la historia que la fingida de los libros de esta clase inspiró en el ocio de la juventud a don Fernando de Ávalos, marqués de Pescara, el brío que acreditó después con sus hechos singulares y heroicos en el campo y en los combates… En la época en que tuvieron principio y agradaron semejantes leyendas, convino sin duda aguijar el corazón de los militares a la gloria y el valor. Importa poco que sea verdadero o fingido lo que nos proponemos imitar, con tal que sirva de verdadero acicate al ánimo y la imaginación se vea burlada con utilidad. Por lo que toca a las demás prendas de la historia, si se tratan los amores con honestidad y decoro, se ponen ejemplos para moderar más bien que para acalorar esta y otras pasiones, señalando cómo deben haberse las personas de uno y otro sexo en su trato y conversaciones, y se describen otros pasos de la vida social dentro de los límites del pudor y de la modestia; no descubro por qué deben mirarse estos libros como inútiles y dañinos, sino al contrario los tengo por provechosos y saludables».
Me parece que resulta de lo que he expuesto, tanto con reflexiones propias como citando las de varones esclarecidos, y en especial del mismo Cervantes, que nunca fue ni debió ser su intención desterrar una lectura de la que, bien manejada, pudieran reportarse tantas ventajas; que convino rectificarla y no proscribirla; y que, ciertamente, ni la parte más amable del género humano ha ganado con los perversos seductores y libertinos que han sustituido en las novelas a los comedidos y pundonorosos caballeros de las antiguas. Aunque se debiera, pues, al Quijote en gran parte un mal, que lo es de trascendencia para la sociedad, no puede imputarse con justicia a su autor, ni menoscabar el mérito de una obra que reconozco como el primero. De ella no me cansaré de afirmar, parodiando lo que dijo Quintiliano (lib. X, cap. I de las Instituciones orat.) del padre de la elocuencia romana: que cualquiera a quien no agrade la inventiva de tan inimitable historia, el que no aplauda sus chistes, no se saboree en las sales y donaires de su dicción, y no se deje arrastrar por las regiones de lo serio o de lo burlesco, de la verdad o de la ficción que con tanta maestría y originalidad recorre su autor, ni ha saludado el estudio del habla castellana, ni tiene la instrucción y el tacto fino que se necesita para apreciar las dotes de un libro; y, en una palabra, que debe pronosticar muy mal de sus luces, conocimientos y gustos, el que no admire las infinitas gracias y bellezas del Don Quijote.