«¿Ha sido juzgado el Don Quijote según esta obra merece?»
- Autor del texto editado
- Salva y Pérez, Vicente (1786-1849)
- Título de la obra
- Álbum pintoresco universal, tomo 3, 01/01/1843
- Autor de la obra
- Oliva, Francisco (dir.)
- Edición
- Barcelona:
Imprenta de Francisco Oliva,
1843
- Paginación
- pp. 333-337
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de la Hemeroteca Digital Hispánica. (texto completo)
Información técnica
Editor: Carmen Calzada Borrallo
Encoding: Fátima Rueda Giráldez
Encoding: Fátima Rueda Giráldez
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Sevilla, 21 julio 2025
CONTINUACIÓN
¿Ha sido juzgado el Don Quijote según esta obra merece?
No sería menos difícil conservar los bellos juegos de palabras que resultan de emplear consecutivamente un verbo en dos significados, como en aquel paréntesis del cap. III de la primera parte: Y fuera mejor que se curara, porque fuera curarse en salud; de tomar una misma dicción ya como sustantivo, ya como verbo, v. g. en el epígrafe del capítulo XXXVIII de la parte segunda: Donde se cuenta la que dio de su mala andanza la dueña Dolorida; o, por fin, de que haya de colegirse el nombre que falta del verbo que va expreso, según se advierte en la parte primera, capítulo VIII: De aventurarlo todo a la (aventura) de un solo golpe. En esto, igualmente que en todo lo demás, es inimitable Cervantes; y, si bien pocas veces leemos un libro sin que nos ocurra otro que le iguala o exceda en una u otra parte por lo menos, cuando meditamos un capítulo, una página o unas cuantas cláusulas del Don Quijote, no solo doblegamos dóciles nuestras cabezas, reconociendo la imposibilidad de aspirar a acercarnos a un modelo tan elevado, sino que apenas podemos concebir que nuestra alma, alada con los vínculos groseros de la carne y sujeta a la pequeñez de los afectos, pasiones y miserias humanas, sea capaz de volar tan alto y por el largo tiempo que debió costar de componer aquella obra peregrina. Esto mismo nos hace conocer que no es susceptible de retoque alguno, y que, de consiguiente, lo ejecutado por don Agustín García de Arrieta en la edición del Quijote hecha en París el año de 1826 ha sido mayor profanación que si hubiera corregido cualquier pasaje de Homero o de Virgilio, o si les hubiese cercenado sus episodios. Las repeticiones, el desaliño, los descuidos y aun las contradicciones del Quijote, que saltarán a la vista de todos y ofenden tanto la de los semieruditos, evidencian que subsiste cual se lo dictó a Cervantes una inspiración superior, y, según se halla, es tan grande su importancia, que bastare este libro por sí solo para que los extranjeros de todos tiempos estudien la lengua en que se ha escrito, y para que hagan lo mismo los españoles cuando el trascurso de los siglos nos desvíe tanto de esta como nos hemos separado ya de la latina.
Después de haber hablado de la invención, estilo y lenguaje del Don Quijote y de haber tributado el debido homenaje de admiración a su sobresaliente mérito, confío se me oirá con alguna indulgencia al examinar si su publicación, al mismo tiempo que hizo desaparecer las extravagancias de los libros caballerescos, apagó el espíritu de valentía y pundonor que su lectura inspiraba.
El Ingenioso hidalgo no fue recibido al principio con la indiferencia que algunos suponen, pues sabemos que estando todavía incompleta la obra, se publicaron dos ediciones 1 de la primera parte en Madrid por Cuesta en 1605, se hicieron otras tres en el mismo año, la una en Valencia y dos en Lisboa, y hasta nueve en diferentes puntos en el espacio de solos diez años, siendo de notar que nueve ediciones en aquellos tiempos equivalen a cincuenta en la actualidad, atendiendo lo mucho que se ha ensanchado el círculo de las personas que saben leer y que tienen el gusto de comprar libros. No debe, pues, sorprendernos que Cervantes haga decir al bachiller Sansón Carrasco en el capítulo III de la parte segunda, hablando de la primera: «Tengo para mí que el día de hoy están impresos más de doce mil libros de la tal historia… los niños la manosean, los mozos la leen, los hombres la entienden y los viejos la celebran; y, finalmente, es tan trillada y tan leída y tan sabida de todo género de gentes, que apenas han visto algún rocín flaco cuando dicen, allí va Rocinante; y los que más se han dado a su lectura son los pajes: no hay antecámara de señor que no halle un Don Quijote, unos le toman si otros le dejan, estos le embisten y aquellos le piden. Finalmente la tal historia es del más gustoso y menos perjudicial entretenimiento que hasta agora se haya visto». Así lo confirmó después el propio don Quijote cuando dijo a don Diego de Miranda (cap. XVI), «que andaba ya en estampa en casi todas o las más naciones del mundo. Treinta mil volúmenes, prosigue, se han impreso de mi historia, y lleva camino de imprimirse treinta mil veces de millares, si el cielo no lo remedia».
Puede, pues, asegurarse que ninguna otra obra, en los tiempos antiguos ni en los modernos, ha hallado en el de su publicación tan general y favorable acogida como el Don Quijote, y que no hubo ninguna necesidad para darlo a conocer del Buscapié, folleto de cuya existencia dudo, aun después del respetable testimonio de don Antonio Rui Díaz. Cuando así no lo demostrasen lasa repetidas ediciones de la obra, los pasajes citados de su autor y algunos que pudieran añadirse de sus coetáneos, nos removería toda duda sobre el particular la desaparición casi instantánea de los muchos libros de caballería que entonces se imprimían. Más de cien cuerpos de libros de estos, dice Cervantes (cap. VI de la primera parte) se hallaron en el aposento de don Quijote, quien expresa después (capítulo XXIV) a Cardenio que en su aldea podría darle más de trescientos libros, que eran el regalado de su alma y el entretenimiento de su vida, en cuyo número o hubo exageración o incluyó las otras novelas y los libros de poesía que también tenía. De esta manera se salva la veracidad de don Quijote, al que no supongo bibliómano, para que tuviese varias ediciones de una misma obra, pues siendo así, no habría dificultad en que poseyese unos trescientos volúmenes de caballerías en castellano, porque bien los habrá comprendidas sus reimpresiones, cuando tengo recogida hasta el día la noticia de unos 250, y ya comprendía más de doscientos la que publiqué en Londres sobre esta célebre parte de nuestra literatura, en el tomo cuarto del Repertorio americano.
Basta comparar tan crecido número con el cortísimo de las novelas de otra clase que entonces existían para confesar que Cervantes fue el ángel exterminador de las primeras. No recuerdo que estuviesen puestas en nuestro romance más que las de Boccaccio, Bandello y Giraldo Cintio y Los diez libros de fortuna de amor, ni que tuviésemos otras originales sino las tres Dianas, el Desengaño de celos, el Pastor de Iberia, el de Filida, Ninfas y pastores de Henares, el Guzmán de Alfarache, el Lazarillo de Tormes, el Premio de la constancia y pastores de Sierra Bermeja, y la Galatea, porque los demás libros que se conocían de diversión y entretenimiento, pertenecen propiamente los unos al teatro y los otros al Parnaso. Solo puede suponer que los de caballerías andaban muy caídos a la sazón, y que Don Quijote no hizo más que dar el último empuje al coloso que amenazaba ya una próxima ruina, quien no se halle bien enterado de la especie de fanatismo que entonces reinaba por lo maravilloso, según lo comprueban los festejos hechos en Bins al emperador Carlos V por su hermana la reina de Hungría; 2 ni de las declaraciones que contra semejante manía leemos en Vives, Cano, Vanegas, Diego Gracián, Granada, Arias Montano, Malón de Chaide y otros doctos varones de aquella centuria. El mismo Cervantes se hubiera desacreditado por el solo hecho de combatir con tanto empeño a un cadáver, como se hubieran mofado todos del padre Isla si los predicadores de su tiempo no mereciesen ser ridiculizados en el Fray Gerundio. Habiendo pasado ya la moda o hallándose en una inevitable y rápida decadencia, no se atreviera a estampar Cervantes en el prólogo de su libro que no lo escribe con otra mira que para deshacer la autoridad y cabida que en el mundo y en el vulgo tienen los libros de caballerías, que, si bien los aborrecen muchos, son alabados por muchos más; expresando terminantemente que si esto alcanzaba, no habría alcanzado poco. Tal era el furor por estas composiciones, que santa Teresa de Jesús, mujer de extraordinario talento y a quien se atribuye haber escrito una en su juventud, nos refiere en el cap. II de su Vida la afición que ella y su madre tenían a su lectura, y que era tan en extremo lo que en esta se embebía, que si no tenía libro nuevo, no le parecía tener contento. Sin embargo, la aparición del Quijote hizo olvidar como por encanto la leyenda que con los suyos tenía fascinadas a las personas de todas clases y condicione, pues el don Policisne de Boecia cerró el catálogo de las obras caballerescas en 1602. 3 Y este milagro lo obró Cervantes, más que por haberlas puesto en ridículo, por haber producido una novela que las dejaba a todas a una inmensa distancia en la originalidad y en las gracias, donaire y pureza de la dicción.
He dicho anteriormente que no se propuso desterrar los romances de caballería, puesto que él aumentaba su número, sino que se purgasen de los desatinos, lubricidades e inverosimilitudes de que abundaban, y en la persona del canónigo nos manifestó su verdadera opinión al decir en el cap. XLVIII de la parte primera: «Yo he tenido cierta tentación de hacer un libro de caballerías, guardando en él todos los puntos que he significado, y si he de confesar la verdad, tengo escritas más de cien hojas, y para hacer la experiencia de sí correspondían a mi estimación, las he comunicado con hombres apasionados de esta leyenda, doctos y discretos, y con otros ignorantes que solo atienden al gusto de oír disparates, y de todos he hallado una agradable aprobación». Sin embargo, como el voto general de los lectores no se atemperó a los justos deseos de Cervantes, sino que los excedió dejando en absoluto olvido los libros caballerescos, y los novelistas se conformaron inconsideradamente con él, es preciso investigar si la nueva senda que adoptaron está exenta de los defectos de aquellos, o si también los tiene sin compensarlos con estímulos de valentía y pundonor. Pero conviene manifestar ante todo la necesidad que hubo de generalizar aquella lectura y el fin moral y político de los que la inventaron y mantuvieron.
En los siglos duodécimo y los tres siguientes, en que las continuas guerras y los muchos restos del gobierno feudal constituían a los hombres en una especia de vida errante, sin otra propiedad casi que la pecuaria, por ser fácil de transportar, u sin más apoyo que la lanza y el poder y la destreza de su brazo, importaba mucho fomentar extremadamente el valor, haciendo olvidar al guerrero la magnitud de los peligros que se pudieran ofrecer. Las damas y las doncellas no podían contar tampoco con que las leyes enfrenasen el sexo más fuerte, y les era de todo punto indispensable fiarse de su palabra en las solitarias entrevistas que procura el amor o hallar fácil recurso en cualquier caballero que protegiese su inocencia o vengarse del agravio que habían recibido. Todo debía tender por lo mismo a formar a los hombres justos, pundonorosos, afables, emprendedores y valientes, para sostener sus derechos y los de las personas que su amparo buscaban; y nada había tan propio para imbuirles en estas ideas como la descripción de los peligros en que podrían verse los caballeros, según lo hace pomposamente Don Quijote en el capítulo L de la parte primera, y de un modo más conciso en el VI de la segunda por estas palabras: «El buen caballero andante, aunque vea diez gigantes que con las cabezas no solo tocan, sino pasan las nubes, y que a cada uno le sirven de piernas dos grandísimas torres, y que los brazos semejan árboles de grueso y poderosos navíos, y cada ojo como una gran rueda de molino y más ardiendo que un horno de vidrio, no le han de espantar en manera alguna, antes con gentil continente y con intrépido corazón los ha de acometer y embestir, y si fuere posible, vencerlos y desbaratarlos en un pequeño instante, aunque viniesen armados de unas conchas de un cierto pescado, que dicen que son más duras que si fuesen diamantes, y en lugar de espadas trujesen cuchillos tajantes de damasquino acero, o porras ferradas con puntas así mismo de acero». Y el resultado natural en cualquiera que tuviese acalorada la fantasía con tales imágenes, sería poder repetir con don Quijote (cap. L, antes citado) «De mí sé decir que después que soy caballero andante, soy valiente, comedido, liberal, bien criado, generoso, cortés, atrevido, blando, paciente, sufridor de trabajos, de prisiones de encantos».
Es cierto que aquellas novelas exageraban sobrado los riesgos y el denuedo que debía ponerse para superarlos, formando más bien una escuela de hombres calaveras que de verdaderos valientes, pero tal es nuestra condición que conviene aconsejarnos los extremos para que nos quedemos en un buen medio. «Como me cupo en suerte –decía don Quijote al caballero del verde gabán (cap. XVII de la segunda parte)– ser uno del número de la andante caballería, no puedo dejar de acometer todo aquello que a mí me pareciere que cae debajo de la jurisdicción de mis ejercicios, y así el acometer los leones que ahora acometí derechamente me tocaba, puesto que conocí ser temeridad exorbitante, porque bien sé lo que es valentía, que es una virtud que está puesta entre dos extremos viciosos, como son la cobardía y la temeridad, pero menos mal será que el que es valiente toque y suba al punto de temerario, que no que baje y toque en el punto de cobarde, que así como es más fácil venir el pródigo a ser liberal que el avaro, así es más fácil dar al temerario en verdadero valiente, que no el cobarde subir a la verdadera valentía; y en esto de acometer aventuras, créame vuesa merced, señor don Diego, que antes se ha de perder por carta de más que de menos, porque mejor suena en las orejas de los que lo oyen el tal caballero es temerario y atrevido, que no el tal caballero es tímido y cobarde».
Tampoco negaré que los libros de caballerías llenaban la imaginación de seres fantásticos y ridículos, hacían consistir el honor en lo que no debe formar su base, obligaban a los hombres, a guardar su palabra hasta un punto indebido, e inducían a las jóvenes a que, fiadas en la honradez a toda prueba del caballero que les pedía una entrevista por la ventana o a la puerta de un jardín, le introdujesen poco cautas en su aposento. Pero ¿hemos adelantado mucho en esta parte con las novelas que reemplazaron a las caballerescas? ¿Son más honestos sus amoríos ni más decorosas las frases de que se visten las pasiones? ¿Procuran sus autores cubrirlas siquiera con un velo para darles más atractivo, o las presentan, por el contrario, en toda su desnudez, y tan mal ataviadas que su asquerosa vista revuelve al lector menos delicado? No hablo aquí de tantos libros como la Francia en particular ha abortado, que son la escuela privativa del desenfreno y de la más soez obscenidad, cuyos títulos no pueden ser pronunciados donde se tenga en algún aprecio el pudor, ni de los de una clase menos lúbrica, cuales son Felicia, las Amistades peligrosas y el Faublas, obras que tampoco pueden engendrar sino desenvoltura y corrupción, y aludiendo solo, si se quiere, a los que se hallan en manos de personas que se curan algo más del decoro, me contentaré con citar el juicio que Rousseau hace de su Julia o la nueva Heloisa en el prólogo por estas palabras: «Este libro puede ser útil a las mujeres que en medio de una vida desarreglada han conservado algún apego a la honestidad. No diré lo mismo respecto de las muchachas: ninguna que sea verdaderamente casta debe leer novelas; y yo he puesto a la mía un título bastante claro, para que se adivina cual puede contenido. La doncella que, no obstante lo que dice su portada, se atreva a leer una sola página, es una mujer depravada, pero que no achaque su estrago a mi libro, porque el mal ya estaba hecho».
Después de leer el fallo de un escritor veraz cuanto profundo, ¿qué nos resta sino desear que los novelistas abandonen el rumbo adoptado de doscientos años acá, que resuciten el gusto de nuestros mayores, y que podamos decir con verdad lo que Calderón en la jornada primera de El maestro de danzar,
¿Las locuras
de Esplandián y Belianís,
Amadís y Beltenebrós,
a pesar de
Don Quijote,
hoy a revivir han vuelto?
No teman por eso dejar de ser leídos, pudiéndoles servir de estímulo lo que sucede con las novelas de sir Walter Scott, cuyo principal mérito consiste en haber reproducido los tiempos, máximas y artificio de los libros caballerescos. Sus cuentos son lo que principalmente se leen en toda Europa; aunque son muchos, se refieren los más a sucesos de la historia de Inglaterra, y tienen en mi sentir tres defectos, dos de ellos muy reparables para todos los que no han nacido en aquel país. Es el primero no resaltar bastante en general los protagonistas, los cuales desempeñan las más veces un papel subordinado, por lo mucho que ocupan al autor otros personajes, cuyas sobresalientas prendas llegan a colocarlos en el primer término del cuadro: el segundo consiste en ser un resorte muy débil el amor, y esto se hace muy notable en los climas que reciben más directo el influjo de aquel astro que vivifica a la naturaleza y la convida a reproducirse; y debe contarse como tercero el uso sobrado frecuente del dialecto escocés, singularidad que había adoptado antes Goldoni, introduciendo en sus comedias personas que hablan el veneciano y que tres siglos hace empleó ya en la Serafina y Tinelaria nuestro Torres Naharro, llevándola al extremo de hacer hablar a los interlocutores en castellano, latín macarrónico, italiano, francés, portugués y valenciano.
En medio del desenfreno a que estamos como avezados, todavía leemos con placer lo que el rey don Alfonso el onceno previno al principio de su Ordenamiento de la Banda, diciendo que «la primera manera de lealtad es guardarla a su señor, y la segunda amar verdaderamente a quien se hobiere de amar, especialmente aquella en quien pusiese (el caballero) su intención», y que así los caballeros que entrasen en al Orden de la Banda debían mantener estas tres cosas más que los otros caballeros, a saber, «ser leales a sus señores e amar lealmente a aquella en quien pusiesen su corazón, e tenerse por caballeros más que otros para facer las más altas caballerías». 4 Todavía resuenan en nuestro corazón las palabras con que Suero de Quiñones se dirigía al rey don Juan Segundo 5 diciendo: «Deseo justo e razonable es los que en prisiones o fuera de su libre poder son desear libertad; e, como yo vasallo e natural vuestro sea en prisión de una señora de gran tiempo acá, en señal de la cual todos los jueves traigo a mi cuello este fierro, segund notorio sea en vuestra magnífica corte e reinos, e fuera dellos por los farautes que la semejante prisión con mis armas han llevado. Agora pues, poderoso señor, en nombre del apóstol Santiago, yo he concertado mi rescate, el cual es trescientas lanzas romper por el asta con fierros de Milán de mí e destos caballeros». Siguen después en el párrafo sexto las condiciones del reto, siendo la vigésima segunda que «si la señora cuyo yo soy pasare por aquel lugar, que podrá ir segura su mano derecha de perder el guante, e que ningún gentilhombre fará por ellas armas si non yo, pues que en el mundo non ha quien tan verdaderamente las pueda fascer como yo».
Estúdiese en la relación de este público y autorizado desafío la delicadeza y acatamiento con que eran miradas las damas, y hallaremos en los §§ 20 y 54 la competencia suscitada entre los caballeros, para librar los guantes de cinco señoras que casualmente pisaron los términos del pavo; en el 57 la petición y reto de Lope de Sorga para que fuese de cargo suyo librar los guantes de cuantas señoras acudiesen sin caballeros, y en el 53 que Pero, hijo de Alvar Gómez, hizo armas con Pero Vázquez de Castilblanco por poner en libertad el guante de la dueña Inés Álvarez de Biedma. Las señoras son ciertamente las que más han perdido con el destierro de los libros caballerescos y de las máximas que su lectura inculcaba. A buen seguro que no se propasaría entonces ningún joven, por atrevido y lenguaraz que fuese, a vanagloriarse entre sus compañeros de los favores recibidos, y mucho menos de los soñados ni de las hermosuras que entretiene, engaña y burla para excitar los aplausos y la emulación de sus iguales. Porque las novelas que han reemplazado a las antiguas han dejado de imbuirnos aquellos sentimientos de fidelidad, honradez y pundonor que, si bien exagerados, eran cuales los necesita la juventud para que hagan impresión en una edad que fácilmente se desentiende de los buenos principios morales.
Por fortuna, el teatro, esa concurrencia de diversión y de buen gusto, al paso que sostenía el lustre de nuestro Parnaso cuando no podía leerse en ningún poeta de los que escribían fuera de él, y mientras formaba con su excelente y castizo lenguaje una contraposición singular con el truhanesco e ininteligible de los malos predicadores que zaherían, perseguían y condenaban las comedias sin conocerlas; era al mismo tiempo, bajo el concepto que nos ocupa, la verdadera escuela de las costumbres, porque representaba las de nuestros mayores, señalándolas como el tipo a que todos los españoles debían ajustarse. Las damas y galanes de Calderón, Montalbán, Moreto, Rojas y Solís no eran sin disputa los que se estilaban en su tiempo, y aun Zamora y Cañizares probaron en la primera mitad del siglo XVIII que estudiaban con provecho a Lope de Vega, Tirso de Molina, Ruiz de Alarcón, Vélez de Guevara y a los demás padres del drama español, que tan empapados estaban en los principios de nuestra fina galantería. Y gracias a estos escritores, que ni en la versificación ni en el lenguaje pagaron tributo al contagio general de su época, 6 nuestras costumbres han conservado siempre un sabor de respetable antigüedad, y el pundonor y probidad española han quedado como proverbiales en todos los ángulos de la tierra. A estos preciosos vestigios de nuestro carácter primitivo debemos indudablemente el ventajoso juicio que de nosotros hizo un escritor tan eminente como Alfieri cuando dijo en el capit. XII de la Época tercera de su vida, año de 1772: «De Sevilla me gustó mucho el hermoso clima y las facciones originalísimas y españolísimas que se conservan aun en aquella ciudad más que en ninguna otra del reino, pues yo siempre he preferido los originales, aunque malos, a las mejores copias. La nación española y la portuguesa son efectivamente casi las únicas de Europa que conservan en la actualidad sus costumbres, en especial las clases ínfimas y medianas. Y, no obstante que el bien anda como náufrago en medio del mar de preocupaciones de todo género que allí dominan, todavía creo que aquel pueblo es una excelente materia primera, que puede amoldarse fácilmente a las cosas grandes, particularmente a las virtudes militares, porque posee todos los elementos en grado supremo: el valor, la perseverancia, la honradez, la sobriedad, la obediencia, el sufrimiento y la elevación de ánimo».
Si las calamidades que nos agobian en todo lo que va de este siglo, la guerra con nuestros vecinos y las disensiones domésticas hacen que esta pintura no pueda aplicársenos con tanta justicia como en el anterior, trabajemos por reparar las funestas consecuencias de tanto desastre, poniendo en práctica para conseguirlo el consejo que el Rey Sabio daba a sus contemporáneos en la ley XX del título XXI de la Partida segunda, diciendo «Ordenaron (los antiguos) que así como en tiempo de guerra aprendían fecho darmas por vista et por prueba, que otro sí en tiempo de paz lo aprisiesen por oída et por entedenmiento; et por eso acostumbraban los caballeros cuando comíen, que les leyesen las historias de los grandes fechos de armas que los otros fecieran, et los sesos et los esfuerzos que hobieron para saber vencer et acabar lo que queríen, et allí do non habién tales escripturas, facíenselo retraer a los caballeros buenos et ancianos que se en ello acertaron; et sin todo esto aun facien más, que los juglares non dijesen antellos otros cantares, sinon de gesta o que fablasen de fecho darmas. El eso mesmo facién que cuando non podiesen dormir, cada uno en su posada se facié leer et retraer estas cosas sobredichas; et esto era porque oyéndolas les crescían los corazones, et esforzábanse faciendo bien queriendo llegar a lo que los otros fecieran o pasara por ellos».
Aprovechemos los restos de probidad que todavía nos quedan para reedificar sobre tan buenos cimientos la moral pública. No obstante la corrupción que reina, tal es el prestigio que ejercer la virtud en nuestros corazones, que aún admiramos sobre las tablas a esos caballeros que nunca vacilaban en exponer la vida para prestar su auxilio a cualquiera dama que se veía ofendida, ultrajada o burlada. ¡Cuánto nos enamoran esos galanes que, fieles al príncipe y a la amistad, no dejaban de serlo al amor, 7 y los que no faltaban a sus leyes puestos en los mayores conflictos, y menos a las de la generosidad, la más noble y desinteresada de todas las virtudes! 8 No tengamos, pues, por imposible la reforma, ni nos abandonemos al desaliento hasta el punto de repetir con don Quijote (parte II, capítulo I): «No es merecedora la depravada edad nuestra de gozar tanto bien como el que gozaron las edades donde los caballeros tomaron a su cargo y echaron sobre sus espaldas la defensa de los reinos, el amparo de las doncellas, el socorro de los huérfanos y pupilos, el castigo de los soberbios y el premio de los humildes». Reunamos, por el contrario, todos nuestros esfuerzos para que desaparezcan las combinaciones del frío cálculo, las miras del interés propio y los proyectos de utilidad personal, si han de excluir los afectos del corazón, los sentimientos de humanidad, la deliciosa comunicación de las almas y el anhelo de acometer grandes empresas sin reparar en los obstáculos y sacrificando, si es menester, nuestras pasiones más halagüeñas.
(Se continuará)