«¿Ha sido juzgado el Don Quijote según esta obra merece?»
- Autor del texto editado
- Salva y Pérez, Vicente (1786-1849)
- Título de la obra
- Álbum pintoresco universal, tomo 3, 01/01/1843
- Autor de la obra
- Oliva, Francisco (dir.)
- Edición
- Barcelona:
Imprenta de Francisco Oliva,
1843
- Paginación
- pp. 301-303
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de la Hemeroteca Digital Hispánica. (texto completo)
Información técnica
Editor: Carmen Calzada Borrallo
Encoding: Fátima Rueda Giráldez
Encoding: Fátima Rueda Giráldez
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Sevilla, 21 julio 2025
¿Ha sido juzgado el Don Quijote según esta obra merece?
Pocas preguntas pudieran hacerse en literatura que llevasen el aire de una paradoja tanto como la presente. Los muchos literatos distinguidos que han consagrado sus tareas a ilustrar, comentar y analizar este prodigio de los partos del ingenio, parece que hayan debido decirlo todo, particularmente cuando los nombres de Mayans, Garces, Sarmiento, Capmany, Ríos, Bowle, Pellicer, Eximeno, Navarrete y Clemencín son abonados fiadores de la extensión, solidez y tino con que han tratado cuantas materias han emprendido. No obstante, sin que se entienda que pretendo rebajar la justa reputación de los escritores que he mencionado, se me permitirá apuntar ciertos olvidos, muy esenciales a mi ver, que han padecido, contentándome en este articulo con hacer ligeras indicaciones, pues si les diese la debida latitud, formarían un volumen bastante abultado.
El Don Quijote debe examinarse como obra literaria y como libro moral. Bajo el primer punto de vista ha de considerarse su plan, su estilo y su lenguaje; y bajo el segundo, el fin que se propuso, cómo lo consiguió, y si el resultado ha sido ventajoso o perjudicial a las costumbres y, de consiguiente, a la sociedad. Sobre ambos extremos procuraré repetir lo menos que pueda de lo que otros hayan dicho, pues mi objeto es refutar lo que en mi sentir son errores, y errores que están generalmente admitidos; extendiéndome algo más en las observaciones que los comentadores, analizadores y apologistas han pasado en absoluto silencio, o se han contentado con indicar solamente, siendo así que debieran fijar la atención de todo hombre observador. No hay otro medio de dar alguna novedad a estos apuntes, para que no se desdeñen de leerlos los que suponen la materia del todo agotada.
Voltaire dijo que el primer tipo del Don Quijote había sido el Orlando de Ariosto; Ríos sostuvo que es una imitación de la Ilíada de Homero, Pellicer lo encontró vaciado en el Asno de oro de Apuleyo, y no faltará quien se fatigue todavía en nuevas investigaciones para averiguar el modelo que tuvo a la vista el escritor complutense. Cervantes no se propuso imitar a nadie, porque los ingenios colosales, cuando obran inspirados, no tienen más guía que el estro que los anima, y sus obras, cuando las dicta el numen de que rara vez se ven poseídos los mortales, son las que debemos admirar y acatar, como que están exentas de los fríos retoques del saber y de la lima. Una de las razones por que es un portento el Quijote es por haber sido tan sensato su autor, que no volvió a poner la mano en la obra, ni siquiera para corregir los descuidos y contradicciones que se le escaparon en el primer calor, y mucho menos para enmendar las frases y las palabras.
Mas de una vez dio a entender Cervantes que no era otro su deseo que poner en aborrecimiento de los hombres las fingidas y disparatadas historias de los libros de caballería (parte II, capítulo LXXIV); pero al cabo él no compuso sino una novela de este mismo género. Su objeto, pues, no fue satirizar la esencia y fondo de los libros caballerescos, puesto que aumentó su número, sino purgarlos de los disparates e inverosimilitudes que expresó por boca del canónigo en los capítulos XLVII y XLVIII de la primera parte.
Poco importa ahora deslindar si esta ingeniosa fábula pertenece a la escuela clásica o a la romántica. En ambas se puede sobresalir, por muy encontradas que a algunos parezcan; y, así, lo que se necesita siempre es entrar a escribir con el lleno de ideas, conocimientos y calor que la materia requiera. A la cumbre del Parnaso han llegado por distintos caminos y en ella se hallan laureados con inmortales coronas, Tasso y Ariosto, Moliere y Shakespeare. La verdad sospechosa, comedia arregladísima de Ruiz de Alarcón, siempre podrá compararse con las mejores de Lope de Vega y Tirso de Molina. Sin embargo, no defraudemos al romanticismo de la gloria de poseer el mejor libro de cuantos se han escrito.
El arrobo mental que movió la pluma de Cervantes desde que lo principió no le abandonó hasta el fin, a pesar de haber transcurrido diez años entre la impresión, y acaso entre la formación de una y otra parte. Pero el lugar en que se engendró la primera, que fue en una cárcel donde toda incomodidad tiene su asiento, y donde todo triste ruido hace su habitación, le proporcionó al autor ser más original que en la segunda, en la que por tener más a mano los libros, y por estar menos agitado, se descubre una que otra vez al escritor por entre los destellos de la luz superior que le dirige. Esta circunstancia no recomienda poco la primera parte, porque para mí la dote principal del Quijote es la originalidad, a causa de lo difícil y casi imposible que es conseguirla en estos tiempos en que empleamos la mayor parte de muestra vida en leer y estudiar lo que otros han dicho. Homero y Hesíodo tuvieron poco que trabajar para ser originales, si ya no quiere suponerse que se han perdido los escritos sobre que ellos formaron los suyos; mas, si nosotros repetimos alguno de sus pensamientos, aunque nos haya venido naturalmente, no podremos librarnos de la nota de plagiarios o imitadores. La necesidad de parecer eruditos nos priva del fruto que sacaríamos de nuestra propia meditación, y pocos han sabido amalgamar una vasta lectura con su producción, de modo que constantemente sobresalga el ingenio del escritor, como sucede en el Don Quijote, singularmente en la parte primera.
Con paz sea dicho de don Vicente de los Ríos, de Navarrete y de cuantos han sostenido lo contrario; si Cervantes no confirmó el fallo dado por él mismo (parte II, cap. IV) de que nunca segundas partes fueron buenas, hizo patente por lo menos que siempre son inferiores a las primeras. Si don Quijote cree, al comenzar su carrera andante, que los seis mercaderes toledanos son otros tantos caballeros y un pobre labrador el marqués de Mantua; si luego se figura que el sabio Fristón ha hecho desaparecer el cuarto donde estaba la librería; si arremete después a los molinos de viento y a los dos monjes de san Benito, si le apalean los yangüeses y le deshace las quijadas el arriero por recobrar su coima; si las dos manadas de carneros se presentan en su fantasía como otros tantos ejércitos, cuyos capitanes y gentes enumera; si la aventura del cuerpo muerto y la horrísona de los batanes se lo parecen en realidad; si encuentra con un barbero, y su bacía se le figura el yelmo de Mambrino pintipirado; si pelea con Cardenio en defensa de la reina Madásima, socorre a Dorotea teniéndola por una princesa, y batalla con dos cueros de vino suponiéndolos gigantes; si se cree eternamente encantado cuando le ata Maritornes de la muñeca; si la contienda, alboroto y confusión de la venta le recuerdan la discordia del campo de Agramante; si puesto en una jaula y en un carro se reputa encantado de veras; y si, por fin, después de la inopinada contienda con el cabrero, acomete a la procesión de los disciplinantes que llevaban a la Virgen en unas andas, todos estos acontecimientos, con otros muchos que pudieran acumularse, son casuales, y como el lector no los prevé, le sorprenden agradablemente.
Pero la segunda parte principia por nueve capítulos que, si bien abundan en diálogos graciosísimos, no refieren suceso alguno, y tampoco lo hay de grande importancia desde el capítulo XVII hasta el XXI. La aventura del caballero del Bosque, referida en los capítulos XII, XIII y XIV, aunque llena de chistosos incidentes y alegres circunstancias, pierde mucho de su mérito por estar preparada por el bachiller Sansón Carrasco, y desde que en el capítulo XXX reciben a don Quijote los duques, personas que gustaban divertirse, nos parecen ya menos maravillosas la aparición de Merlín, la aventura de la Trifaldi, la venida de Clavileño, el gobierno de Sancho, el gateamiento, la batalla con e! lacayo Tosilos y la resurrección de Altisidora. De igual catadura son la cabeza encantada y la visita de las galeras, dispuestas ambas cosas por don Antonio Moreno, caballero rico y discreto, y amigo de holgarse a lo honesto y afable, a quien Roque Guinart había comunicado cuál era la especie de locura de don Quijote. Son forzadas y traídas por los cabellos las diatribas contra la segunda parte de Avellaneda, que se hallan en los capítulos LIX, LXX y LXXII, siendo un poco más natural lo que sobre este particular se dice en el LXXIV.
En cambio de lo mucho que se debilitan lodos los acontecimientos que acaban de mencionarse, por no causar verdadera sorpresa al lector, la producen sin disputa la trasformación de una labradora en Dulcinea del Toboso del capítulo X, la aventura de los leones del XVII, la escena del titerero del XXVI, la del rebuzno del XXVII, la del barco encantado del XXIX, la entrevista con la dueña Rodríguez, del XLVIII, las aventuras de las santas imágenes, de las contrahechas pastoras de la Arcadia y de la torada del LVIII, el combate con el caballero de la blanca luna del LXIV, el atropellamiento de los cerdos del LXVIII; y sobre todo es igual, si ya no superior a lo más bello de la primera parte, la descripción de cómo bajó a la cueva de Montesinos y de lo que allí vio don Quijote, según lindísimamente se refiere en los capítulos XXII y XXIII. Este trozo es uno de los más delicados e ingeniosos de toda la obra. No obstante, resulta de la reseña que llevo hecha que en la invención, que es la circunstancia principal en los libros de esta clase, tiene que ceder la palma la segunda parte, aunque se halle más despejada de episodios y se sujete más, si se quiere, a los límites de la narración histórica. Estas dotes por si solas no atestiguan su superioridad, así como nadie disputa la del plan y lenguaje del Persiles sobre los del Quijote, sin que por eso crea igual el mérito de ambas obras, pues la posteridad ha fallado definitivamente a favor de la última, condoliéndose de que su autor mirase con tanta predilección a la primera.
El estilo del Don Quijote ha sido reputado siempre por todos los buenos hablistas como uno de los más castizos, fluidos, graciosos y variados del siglo de oro de nuestra literatura. Sin embargo, le lleva ventajas, según poco ha he indicado, el del Persiles, que se aparta más de la construcción latina, seguida a veces afectadamente en el Quijote. No se entienda por eso que juzgo fundados todos los reparos que insinúa Capmany en las páginas 433 y 534 del Teatro de la elocución española, ni menos que tengo por desaliñadas y viciosas todas las locuciones que Clemencín nota de tales en su Comentario, ni por necesarias mucha de las variantes del texto que ha adoptado.
Las palabras son en general propias, oportunas y selectas, y su colocación admirable, según lo comprueba una observación que me parece concluyente. El que sabe de memoria un capítulo del Quijote no puede recibir placer de leerlo, porque el texto no le dirá más de lo que le recuerda aquella; pero si está enterado solamente de los pormenores de alguna aventura, y aun cuando lo esté de lo más principal de la narración y del diálogo, siempre halla escrito el pasaje con una gracia que le embelesa. Luego el chiste y donaire del Don Quijote consisten no solo en lo bien dispuesto de las escenas, en la belleza de las descripciones, en estar perfectamente sostenidos los personajes y en ser naturales y entretenidos sus discursos; sino en lo escogido de las palabras y en la misma colocación de ellas, que son las únicas pequeñeces que solemos tener olvidadas los que tantas veces hemos leído y estudiado al Ingenioso hidalgo.
Esto prueba también que no puede traducirse en otra lengua, y que perdería muchísimo con la variación de trasladarlo al castellano corriente de nuestros días. Que se me diga, si no, cómo retendríamos al presente la concisión y sal de las muchas elipsis que se hallan esparcidas por toda la obra del género de las siguientes: «Os ruego que escuchéis el cuento que no le tiene de mis desventuras» (parte I, cap. XXVII). «En término le veo que, no usando el que debe, usará el de la fuerza» (cap. XXVIII). «Todo esto se acabó en un punto, llegándose uno donde se atropellaron respetos» (ibid.). «Con pensamiento que ellos miran el mío ajeno de la honestidad» (cap. XXIX). «Quiero leerla por curiosidad, quizá tendrá alguna de gusto» (cap, XXXII). «Pues que en efecto él ha de salir a plaza, quiero que sea el archivo de tu secreto» (capítulo XXXIII). «La cual le recibía y regalaba con mucha voluntad, por entender la buena que su esposo le tenía» (ibid.) «Con la cual poniendo la cabeza de vuestro enemigo en tierra, os pondrá a vos la corona de la (tierra) vuestra en la cabeza en breves días» (cap. XXXVII). «Conservar la memoria de haberla ganado (la memoria) la felicísima (memoria) del invictísimo Carlos V, como si fuera menester para hacerla eterna, como lo es y será, que aquellas piedras la sustentarán» (cap. XXXIX). «En verdad que yo la he tratado (la verdad) con mi amo» (cap. XLI). «A poner por obra esta que a mí me parece tan buena» (ibid.). «No es sino señor de lugares, respondió Clara, y el que él tiene en mi alma» (cap. XLIII). «Movido a lástima de las que vio que hacía vuestro padre» (capítulo XLIV). «Como de verse en punto que no sabía el que tomar en tan repentino y no esperado negocio» (ibid.). «Vos habéis alegado y probado muy mal de vuestra parte. No la tenga yo en el cielo, dijo pobre barbero» (cap. XLV). «Esto me basta para la seguridad de mi conciencia, que la formaría muy grande» (cap. XLIX). «Redúzcase al gremio de la discreción y sepa usar de la mucha que el cielo fue servido de darle» (ibid.). «Os contaré una verdad que acredite lo que ese señor ha dicho, y la mía» (cap. L). «Primero que alguno de sus muchos pretendientes cayese en la cuenta de su deseo, ya ella teníale cumplido» (cap. LI). «Comenzar alguna aventura, luego me pusiera en camino, porque vos la tuviérades buena» (capítulo LII). «No acabaremos en toda la vida. Mala me la dé Dios» (cap. III de la parte segunda). «Las personas que estorbaren tu tercera salida, que no la hallen en el laberinto de sus deseos» (cap. VII). «Comenzó de nuevo a dar asalto a su caldero con tan buenos alientos, que despertó los de don Quijote» (cap. XX). «Que mostráis en vuestras aguas las que lloraron vuestros hermosos ojos» (cap. XXII). «A mí me pesa, señor caballero de la triste figura, que la primera que vuesa merced ha hecho en mi tierra, haya sido tan mala como se ha visto; pero descuidos de escuderos suelen ser causa de otros peores sucesos. El que yo he tenido en veros, valeroso príncipe, respondió don Quijote, es imposible ser malo» (cap. XXX). «Querría que vuesa merced me la hiciese» (cap. XXXI). «Aquellas tocas más las trae por autoridad y por la usanza que por los años. Malos sean los que me quedan por vivir, respondió Sancho» (ibid.). «Contenga en sí las partes que puedan hacerla famosa en todas las del mundo» (cap. XXXII). «Aunque los sucesos son de mucha pesadumbre, los llevo sin ella» (cap. LXXII). «En fin llegó el último de don Quijote» (cap. LXXIV).
(Se continuará)