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Prensa y canon · Textos historiográficos · Polémicas

«Artículo remitido»

Autor del texto editado
Alcalá Galiano, Antonio (1789-1865)
Título de la obra
Crónica científica y literaria, n.º 137, 21/07/1818
Autor de la obra
Mora, José Joaquín de (dir.)
Edición
Madrid: Imprenta de Repullés, 1818
Paginación
pp. 3-4
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de la Hemeroteca Digital Hispánica. (texto completo)
Información técnica
Editor: Carmen Calzada Borrallo
Encoding: Fátima Rueda Giráldez
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
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Sevilla, 21 julio 2025

ARTÍCULO REMITIDO


Señor editor: en valiente berenjenal (perdone usted a nuestra antigua amistad esta franqueza), en valiente berenjenal ha ido usted a meterse. ¡Mal haya la hora en que le ocurrió a usted suscitar una enfadosa disputa acerca del mayor o menor mérito de Racine y Molière o Calderón y Solís! ¿Estaba usted endiablado? ¿Pues que no hay más sino de buenas a primeras quitarse la mascarilla, denostar a nuestros autores antiguos, indicar sin rebozo sus faltas y, transformado en don Quijote literario, salir a plaza sustentando la causa de escritores extraños contra la turbamulta de celosos patricios, empeñados por honor y afición en defensa de los propios? ¡Brava zambra ha armado usted! ¡Plegue al cielo que no caiga sobre su cabeza!

Y no ha sido para usted poca suerte que los literatos de Madrid hayan sufrido con paciencia y calladitos sus desafueros literarios. Asimismo es cosa que causa grima ver que en Sevilla, donde no faltan hombres de vastos conocimientos y gusto exquisito en materia de letras humanas, tampoco haya habido un defensor de la gloria nacional que alzase su voz y esgrimiese su pluma contra los artículos pecadores de la Crónica. Nada digo de Granada, de Barcelona, de otros pueblos no menos cultos, en los cuales se ha notado igual desidia. Pero, amigo, donde menos se piensa (dice el refrán) salta la liebre. Cádiz ha oído a usted con escándalo; en Cádiz ha hallado refugio y defensa el honor de nuestros poetas por usted mancillado. Los literatos de Cádiz (¡formidable escuadrón!) se atumultúan, se encrespan, empuñan, las péñolas y… ;tremendo nublado veo formarse sobre usted, mi buen señor Editor.

Pero diz que dicen que el primer campeón literario que ha salido a romper lanzas contra usted, que este estupendo crítico, blasón del Diario (Mercantil), no es español ni cosa que lo parezca, sino un alemán hecho y derecho, y por cierto natural vecino de una ciudad hanseática no menos afamada por su amor a las letras que lo es nuestro Cádiz. Pues, señor, yo no lo creo. Ello es verdad que su estilo, si bien generalmente castizo, de cuando en cuando echa unos tufos de no ser su autor cristiano viejo, esto es, castellano rancio; verbi gratia, aquello de la característica que tengo para mí que el buen don Pedro Calderón de la Barca, si resucitara, se haría cruces al verse elogiado por una cosa para él no conocida. No es posible, con todo, que el celo que respira en los escritos de este defensor de la antigua dramaturgia española sea hijo del patriotismo de un extranjero. Al cabo si es así, será caso lastimoso que haya habido que recurrir a los extraños a falta de buenos abogados entre los propios; mas hágase el bien, y venga de donde viniere.

Mayor vergüenza para usted, señor Editor, que un legítimo discípulo, un paisano de Schlegel, venga a enmendarle la plana en un papel taraceado todo de versos de Calderón que muestra el profundo estudio que de él ha hecho. Textos por aquí, textos por allí sobre todos puntos, y Calderón a todo, que esa es su Enciclopedia. Así relucen a un tiempo la erudición del autor y la de su jamás como se debe celebrado modelo. ¡Y usted no se convierte, señor Editor, a tan poderosos argumentos! ¡Y usted sigue en su rebeldía! ¡Ah, español espurio! Pero voy tomando tono de predicador y, una vez metido en ello, quiero por su bien de usted dictarle una abjuración de sus yerros, a la cual le exhorto a que suscriba.

Yo (diga usted conmigo) N. de T., puesto de hinojos, contemplando desde aquí la hermosa fachada del Hospicio, obra inmortal que transmite a los siglos el buen gusto de nuestros mayores, cuando Churriguera ideaba edificios y Calderón escribía comedias, digo y declaro que me pesa haber sido origen de escándalo a mis compatricios, desmandándome a tildar las producciones de nuestros antiguos dramáticos; que, si bien es cierto que los he elogiado en una u otra ocasión, ha sido siempre con reserva, pero de hoy en adelante los confesaré impecables; más digo, celebraré en ellos cabalmente lo mismo que antes censuraba; que con todas mis fuerzas me opondré a la introducción del gusto griego, latino (Dios nos libre) en nuestro parnaso; que para mejor fomento de las artes y letras sostendré que la imaginación jamás debe sujetarse a reglas, sino correr desbocada según y como le plazca, siquiera se despeñe, así como al caballo jamás debe sujetársele a picadero (reservando empero el coartar a los vendedores de pan y carne la libertad que concedo a los artistas); que miraré con odio encarnizado a los dramáticos franceses, pues aunque los demás países son para nosotros tan extranjeros como estos, no son con todo rivales tan temibles; que haré alianza con los críticos alemanes, y hasta elogiaré sus producciones aunque extrañas, a guisa de aquellos dos médicos que recíprocamente se aprobaban el emético y la sangría para no quedar desairados. Que el objeto de esta alianza será mover guerra literaria a la literatura clásica, señaladamente la latina y francesa (a la griega se le perdona por el bien parecer, aunque tratemos de alejarnos de ella todo lo posible), a las cuales miraremos con un rencor parecido al que profesan los pobres a los ricos; y, en fin, que, adulando las preocupaciones vulgares, señalaré como malos españoles a los que no miren con igual respeto a Garcilaso y a Góngora, a Rioja y a Calderón, a Herrera y a Solís, a los que prefieran la columnata de la plaza de San Pedro de Roma o (lo que es peor) la fachada del Louvre en París a la de San Sebastián en Madrid, y a todos los que, celebrando cosas de allende de los Pirineos, traten de introducirlas y naturalizarlas en España, aun cuando sea de utilidad palpable. Y ruego a Dios que destierre el buen gusto que tanto va cundiendo en Madrid y que hace que las tragedias traducidas del francés o del italiano Alfieri atraigan numeroso auditorio, ínterin el teatro de la Cruz está desierto cuando retumban en sus bóvedas los versos de Calderón y sus secuaces. Así espero que mi patria me agradecerá mis esfuerzos para impedir sus adelantos, que el crítico germano-gaditano me mirará con piedad, y aun tal vez lograré su aprecio y el de los demás literatos que lo miran como caudillo.

Qué tal, señor Cronista; esta, esta es la abjuración capaz de desarmar al adversario que usted mismo se ha suscitado. Yo acá inter nos digo a usted que si estuviera en su lugar la haría, porque veo la cosa mala, y el enemigo va poniendo «cara fera», y sería diablura que en un santiamén echase un fallo por el cual perdiese la Crónica su crédito. Mire usted, señor Cronista, que me han asegurado que este hombre tiene en su mano dar y quitar reputaciones literarias, que sus contrarios-tiemblan a su ceño, y aun diz que es amigo del autor del Tontorrontón y Varapalo; y ¡ay de nos, si este escribe algunos versillos sobre el asunto!, que solo de pensar en que habría de leerlos me horripilo y espeluzno. No sea usted, por Dios, ocasión de que pasemos tan mal rato, que no se lo perdonarla su amigo



A. A. G.

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