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Prensa y canon

«Artes de imitación. De la necesidad de su estudio metódico. Carta I»

Autor del texto editado
Revilla, José de la (1800-1859)
Título de la obra
Cartas españolas, o sea Revista semanal histórica, científica, teatral, artística, crítica y literaria, Cuaderno 38, 09-02-1832
Autor de la obra
Carnerero, José María de (dir.)
Edición
Madrid: Imprenta de J. Sancha, 1832
Paginación
pp. 167-170
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de la Hemeroteca Digital Hispánica. (texto completo)
Información técnica
Editor: Mercedes Comellas
Encoding: Fátima Rueda Giráldez
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
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Sevilla, 21 julio 2025

ARTES DE IMITACIÓN

De la necesidad de su estudio metódico

Carta I


Señor editor de las Cartas Españolas: mi apreciable amigo, grande es el empeño en que me pone usted obligándome a que le manifieste mi opinión en una materia que yo considero ya como apurada. Dígolo así atendiendo a lo mucho que se ha hablado sobre la necesidad de hacer un estudio metódico de las artes de imitación para llegar a la posible perfección en ellas. Que el arte debe caminar de acuerdo con la naturaleza, es para mí una proposición tan sencilla como palpable, y tan demostrada por la marcha gradual de los conocimientos humanos, que no puede quedar de ello la menor duda. Por lo mismo, creo que desde el momento en que Horacio la anunció en su famosa carta consignó en ella un axioma contra el cual no hay argumentos.

Mas sucede a veces que los principios fundamentales que deben servir de base a las artes de imitación pierden con el tiempo su primitiva fuerza, y caen en el abandono o en el desprecio. Semejantes en esto a las máximas luminosas que arroja de suyo la experiencia de los siglos que nos han precedido, apenas servirían para arreglar por ellos nuestras operaciones si de tiempo en tiempo no procurásemos despertar en el ánimo las impresiones que los mismos le produjeron.

El olvido o acaso el desdén, que muchas veces por necia presunción afectan algunos hacia aquellos principios, da margen a sentar proposiciones falsas que, lisonjeando al amor propio, dan aliento a la incuria y, por consiguiente, a la ignorancia. El artista que llega a presumir que la buena disposición natural, o sea el genio, basta para producir grandes cosas en las artes se envolverá en un error grosero, con el que se perjudicará a sí propio y juntamente a los progresos del arte a que se dedique. El genio, no hay duda, es el primer elemento de un imitador de la naturaleza: sin él, todo cuanto le rodea carece de vida y de atractivo; todo en sus manos estará yerto como su corazón. Pero ¿sin otro auxilio que sus propias sensaciones, llegará muchas veces al término de una imitación verdadera? ¿No se extraviará, no se ofuscará con el cúmulo de sensaciones que percibirá simultáneamente? ¿No marchará casi siempre a merced de las más ajenas de su objeto principal? ¿Y se fijará fácilmente en uno que tenga este carácter, y será único y constante en su obra? ¿No caerá tal vez cuando creía elevarse, o no se remontará a las nubes cuando creía caminar por la tierra? En fin, ¿no producirá las más veces monstruos y quimeras? El ingenio sin el auxilio del arte es un potro desbocado, cuya briosa lozanía hallará su término en un precipicio inevitable.

Vuelvo a repetirlo, amigo mío: el poeta, el pintor, el músico, el cómico, y todos cuantos tienen a su cargo representar la naturaleza según sus diversas modificaciones deben contar, en primer lugar, con el temple de su alma; en segundo, con el arte. Separados estos dos agentes de la imitación, será casi nulo el poder de cada uno de ellos. Inútilmente nos afanaríamos en probar lo contrario; siempre concluiríamos que es indispensable que obren de consuno. El alma ve y concibe; el arte rige y ordena. Las concepciones de la primera, cuando carece de guía, son oscuras, tumultuosas y de acción simultánea; la severidad ordenada del segundo es inútil si no tiene sobre quién ejercerla.

Cuando algún artista, desdeñando el arte, afirma que todo el éxito artístico depende del alma exclusivamente, incurre en una contradicción risible que entonces no conoce, porque no está a su alcance, pero que es muy fácil hacer manifiesta. Convendré de buena fe en que no todo lo que debe saberse se aprende por la teoría, y aún diré más: que hay en las artes ciertas delicadezas, ciertos secretos misteriosos, que solamente la práctica puede descubrir. Pero, concedido todo esto, aún tendremos derecho para exigir que igualmente se nos conceda que el estudio profundo de las teorías prepara el anticipado descubrimiento de aquellos mismos secretos. Vamos ahora a dejar manifiesta la contradicción anunciada.

Bien sabe usted, amigo mío, que, según el proverbio vulgar, nadie nace enseñado. Todos debemos la poca o mucha instrucción que tengamos, ya al estudio metódico, ya a un concurso de circunstancias favorables al desarrollo y dirección de nuestras facultades morales.

Dado este supuesto, yo quisiera preguntar a cualquiera que haga alarde de desdeñar el arte si cree obrar sin él en las imitaciones que hace de la naturaleza, y si no echa de ver por los resultados el poderoso influjo que ejerce en su entendimiento aquel secreto regulador de todas sus operaciones. Si se negase a reconocer ese influjo, no habrá más que presentarle sus mismas obras, manifestarle las razones que le obligaron a proceder de aquella manera con preferencia a otras, y demostrarle que tales motivos y consideraciones fundadas en razones de conveniencia componen en suma lo que todo el mundo llama arte. Usted le desdeñará cuanto quiera, podría decírsele; usted habrá descuidado su estudio, pero las advertencias de personas inteligentes, la propia observación y las lecciones de la experiencia, le han obligado a deducir principios estables, máximas ciertas, que usted mismo enseñará como tales siempre que quiera indicar el sendero de la buena imitación. ¿Qué importa que usted no haya estudiado previa y metódicamente su arte? Esos principios, esas máximas que usted adopta como garantes del acierto son el arte mismo, si bien con la circunstancia de que un estudio que, haciéndolo previo y metódico, habría podido reducirse a un corto período de tiempo, adquirido por el solo conducto de la práctica ha necesitado el transcurso de muchos años para que usted haya llegado a poder deducir las máximas y principios fundamentales de aquel arte. Triste recurso, del cual se comienza a recoger el fruto cuando el artista se acerca al sepulcro.

Es, pues, indudable que las imitaciones de la naturaleza se hacen siempre con la guía del arte. Hay muchos artistas que obran con la mayor sujeción a las leyes de aquel, y decimos de ellos hiperbólicamente que carecen de arte; otros saben ocultar diestramente el influjo de este, lo que hace su mayor elogio; porque el acercarse a la verdad posible, imitar el desconcierto aparente de la naturaleza, conservando, sin embargo, el orden, es justamente un esfuerzo sublime del arte mismo. De todas maneras, el arte nos guía en la imitación de los objetos naturales; y, si fuese posible figurarnos una creación imitativa, absolutamente libre de aquel, sus extravagancias y caprichos podrían dar margen a meditaciones profundas acerca de la teoría de nuestras sensaciones.

De cualquier modo que miremos la cuestión presente, si se concede que hay principios estables y máximas ciertas que guían al artista en las imitaciones que hace de la naturaleza; si estas son fruto de las artes, y han de llamarse artistas los que las ejercen, será siempre un contraprincipio inconcebible recusar al arte como ocioso, siendo el regulador principal de las operaciones del genio.

Estas breves razones expuestas con la concisión que corresponde a una carta, bastarán sin embargo para que usted desenvuelva otras muchas, que yo enunciaría con gusto si no creyese ofender su penetración. En otra carta indicaré cuáles auxilios reciben del arte las imitaciones que se hacen de la naturaleza y cuán necesarios son los escritos filosóficos aun para aquellas artes que menos acomodables parecen a teorías escritas.

Entre tanto, queda de usted, como siempre, afectísimo servidor y amigo, que sus manos besa.



J. de la R.

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