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Prensa y canon · Textos historiográficos

«Folletín. Conferencias del Ateneo. Mérito literario de Moratín, considerado como poeta dramático»

Autor del texto editado
Sin firma
Título de la obra
El Correo Nacional, N.º 470, 01-06-1839
Autor de la obra
Borrego, Andrés (dir.)
Edición
Madrid: Imprenta de la Compañía Tipografica, 1839
Paginación
pp. 1-2
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de la Hemeroteca Digital Hispánica. (texto completo)
Información técnica
Editor: Mercedes Comellas
Encoding: Fátima Rueda Giráldez
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
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Sevilla, 21 julio 2025

FOLLETÍN

CONFERENCIAS DEL ATENEO

Mérito literario de Moratín, considerado como poeta dramático


El objeto de las últimas conferencias literarias del Ateneo, cada vez más animadas, sabrosas y concurridas, ha sido analizar el verdadero mérito y valor de las comedias de nuestro célebre poeta don Leandro Fernández de Moratín. Dificultad, y no poca había en este trabajo; ya por ser empresa punto menos que imposible ejercer la sana crítica en este periodo de confusión literaria, cuando apenas existen reglas y principios fijos que nos guíen en el examen, puestas en duda y desvirtuadas como están casi todas las máximas que antes se consideraban a manera de axiomas infalibles para apreciar los partos del ingenio, ya porque los juicios dados en diferentes épocas acerca de Moratín aparecen sumamente contradictorios y opuestos. Sin embargo, el asunto se ha tratado detenida y maestramente en el Ateneo, y deber es de la prensa trasmitir al público el juicio que ha de formarse de las encontradas opiniones allí sostenidas con el brillante adorno de la elocuencia, con tanto mayor motivo cuanto que ha habido en ellas puntos notables de aproximación, y acaso no es difícil el conciliarlas.

Severo, si bien ilustrado y erudito crítico se mostró el señor. Alcalá Galiano con Moratín; más indulgente y casi apasionado por la fama del autor del Sí de las niñas estuvo el señor Pidal; y conciliador cual siempre y, como era de esperar, favorable al poeta fue el discurso con que terminó la discusión el señor Martínez de la Rosa.

Estos literatos volvieron a ocupar sus antiguas posiciones, que, por lo visto, no están dispuestos a abandonar, desempeñando cada uno el papel que había escogido en las noches anteriores, y guardando consecuencia con sus respectivas doctrinas. Parece el señor Galiano destinado a defender las ideas modernas que se han introducido en literatura, siendo el verdadero y casi el único representante de un romanticismo que pudiera llamarse moderado; en tanto que el señor Pidal, con un gran caudal de erudición clásica, se atrinchera en su escuela y difícilmente hace concesiones. Colocado el señor. Martínez de la Rosa entre ambos, pero más ladeado al segundo, se le ve ceder no sin un tanto de repugnancia a los principios románticos, pero sin ser esclusivo y procurando tomar lo bueno de una y otra escuela.

El juicio que en varias ocasiones se ha formado de Moratín ha sido casi siempre exagerado, y las más veces parcial. Desde principios del siglo presente hasta hace pocos años la fama de este poeta apenas ha sido disputada, considerándose sus dramas como un tipo de perfección y el modelo más acabado que debiera seguir la juventud, y tener presente todo autor de comedias. Así es que la mayor parte de las que se han dado a luz en ese periodo tienen un cierto sabor a Moratín, que al momento se percibe. No han faltado con todo críticos de cuenta que, reconociendo su indisputado mérito, señalaron al mismo tiempo algunos graves defectos en que incurriera. Basta citar a Munárriz, y aun a nuestro distinguido poeta Quintana, que en el apreciable periódico que se daba a luz en esta corte en 1804, titulado Variedades de ciencias, literatura y artes, analizó muy detenida y acertadamente La mojigata, censurando su plan y lo asainetado de algunas de sus escenas, cuyo estilo bajo y chabacano era impropio del buen tono y cultura que debían resaltar en una comedia de costumbres.

Andando el tiempo vinieron otras ideas y con ellas el desdén hacia la escuela a que pertenecía Moratín, considerado hoy día por muchos con indiferencia, si no con menosprecio. Tan injusto y apasionado es este fallo como el primero.

Moratín es poeta que debe tenerse en estima y cuyos trabajos han sido sumamente útiles al teatro nacional. Preciso es haber leído las desatinadas producciones de los Comellas, de los Zamoras y demás turba de dramaturgos que al expirar el siglo pasado y comenzar el actual tenían infestada nuestra escena de comedias pésimas y de peor moralidad para valuar dignamente el importante servicio que ha hecho Moratín saliendo por la honra de las letras españolas y vengándolas del baldón que las tenía oscurecidas. Compárese [en] su primera producción El viejo y la niña, que seguramente no es la más perfecta de todas, su colorido puramente español, la belleza de su dicción y diálogo con Federico II o María Teresa de Austria, que, a su vez no son los peores de Comella, y se comprenderá más el mérito del ingenio distinguido de quien tratamos. Mucha fe y constancia debió tener para no desmayar en su carrera, porque también conviene recordar que el gusto del público estaba completamente pervertido en su tiempo, y aficionado extraordinariamente a detestables espectáculos corría ansioso al coliseo y los aplaudía con furor. No es pequeña gloria, pues, para Moratín haber acometido con valor la misma empresa que Cervantes, y conseguido su intento de ahuyentar a tanto genio maléfico de la escena nacional, abriendo una nueva senda, si no ancha, florida al menos. El teatro desde entonces siguió otro rumbo, y adquirió y ganó considerablemente en regularidad y belleza.

El gran yerro que en sentir nuestro cometió Moratín fue que en lugar de acudir a nuestro excelente teatro antiguo, donde tantas bellezas de primer orden tenía que imitar, tomó el material de sus composiciones en la literatura francesa, planta exótica que no era dable se aclimatase en nuestro suelo con vigor y lozanía. Mas esta falta, en parte fue hija de las ideas que entonces reinaban, en parte del género de talento de que la naturaleza había dotado a Moratín. Las producciones de los poetas del siglo de Luis XIV se consideraban entonces en España por los literatos de nota como el non plus ultra de la perfección, y con seguir sus huellas debían contentarse cuantos escritores ambicionasen el dictado de entendidos. Por otra parte, el temple de Moratín, su imaginación de poco vuelo, su manera acompasada, se avenían mal con la rica y lozana fantasía de Calderón y con el lujo poético prodigado a manos llenas en las creaciones de nuestros dramáticos antiguos. De manera que las preocupaciones de su época y hasta el carácter peculiar y la timidez de su genio le obligaron a abrazar la senda que emprendió y en la que fue precedido con menos fortuna en verdad por algunos ensayos del tan laborioso escritor como mal poeta don Tomás Iriarte.

Acabamos de sentar que Moratín no tenía a su disposición una imaginación fecunda, y prueba de ello es el corto número de comedias que publicó y la pobreza de invención que en casi todas se nota. Muchas de las bellezas de sus obras son imitaciones de Moliere; pero, aunque a fuer de españoles nos duela decirlo, preciso es confesar que las más veces quedó inferior a su modelo. Entre uno y otro poeta hay no pequeña distancia: Moliere es un gran conocedor del hombre interno, un filósofo profundo que retrata los defectos de la especie humana por el lado del ridículo, y con la risa en los labios y con un corazón frió e indiferente se mofa de los vicios y flaquezas de los demás. Moliere también imita, y aun se apropia lo que en otros encuentra de bueno, mejorándalo, porque, según una espresión suya, dispone de su patrimonio donde quiera que lo haya. Moliere, en fin, es el poeta de la humanidad entera, y, aun traducidas sus producciones a otro idioma y despojadas de parte de su gracia primitiva, gustarán eternamente. No nos atrevemos a decir otro tanto de Moratín. Mucho han contribuido a su celebridad el colorido local que españoliza sus dramas, los chistes peculiares del país de que están salpicados, la naturalidad y sencillez del estilo, bellezas todas que más dicen relación con la forma que con el fondo, y que, trasladadas a otra lengua, pierden su encanto nativo y nunca serán bastantemente comprendidas por los estranjeros. Aseméjanse estas comedias a los cuadros de Fóscoro, que deslumbran por su colorido, pero que, bien examinados si hacer caso de este realce, se nota la incorrección del dibujo y mil defectos de ejecución.

Pero no porque Moratín sea inferior a Moliere ha de decirse que es un autor adocenado, no. Moliere está a una grande altura en su género, casi a la misma altura que Shakespeare y Calderón, y es muy superior como hombre de imaginación a Racine. Puede muy bien un poeta cómico serlo mucho menos que el autor del Tartufe y del Avaro, y, sin embargo, quedar muy por encima de otros dramáticos. Esto le sucede en nuestro concepto a Moratín respecto de muchos españoles y estranjeros, de los cuales citaremos entre los últimos a Goldoni y Regnard. En sentir del señor Galiano Picard es quien más se acerca al mérito del escritor que analizamos.

Tal es, conceptuamos, nuestro Moratín; poeta con títulos muy justos a una reputación duradera; y, si bien no de aquellos que arrebatan escitando la admiración de la posteridad, muy merecedor de aprecio y digno de ser honrado ocupando un lugar distinguido en la literatura nacional.

De las comedias de Moratín, al El café sin disputa es la que está concebida con más talento, maestría e inspiración, y es obra doblemente apreciable por su tendencia y por su feliz desempeño. Allí cada personaje de por sí es un carácter trazado con admirable verdad; el de Pipí y don Serapio con solo cuatro pinceladas. Abundamos en la opinión del señor Galiano, que cree que Doña Mariquita es la figura más perfecta e interesante de aquel cuadro, si bien es difícil decidirse entre esta, el poetastro tan honrado y cándido como ignorante, el pedantón don Hermógenes, que tanto divierte al público con su pésima e intempestiva erudición, el sarcástico y taimado don Antonio, la incomparable doña Agustina, y el hombre de bien y severo, el grave y rudo don Pedro. Si a esto se agrega aquel diálogo tan fácil, aquella prosa que encanta por su naturalidad inimitable, aquellas escenas tan cómicas y chistosas y, sobre todo, el gran pensamiento de reforma que preside al drama, pocos habrá que disientan de nuestro parecer.

En El sí de las niñas Moratín se desvió algún tanto de su género, dándole un baño de sentimiento dulce y apacible y sembrándole de escenas y situaciones que arrancan lágrimas, no de dolor, porque su autor está muy lejos de ser el poeta de las sensaciones fuertes, sino de deliciosa ternura. Quizás doña Paquita aparece a veces sobrado candorosa, y entonces finge, porque se muestra harto ignorante de la vida, siendo así que había ya entregado su corazón a otro hombre, con quien en secreto alimentaba relaciones amorosas. Doña Irene es toda una creación que honra al talento de Moratín: es un fiel traslado sacado del mundo positivo, donde son muy frecuentes estos caracteres, que es preciso ir a buscar en el hogar doméstico. El sí de las niñas, en fin, modelo de estilo sencillo y familiar, obra de profunda y sólida moralidad, es un drama que no acierta uno a soltarlo de las manos.

Anterior a ella es La mojigata, tomada la mayor parte del Tartuffe, del Avaro y de la Escuela de los maridos; pero la imitación es poco feliz. El carácter de la protagonista está errado completamente, como ya han advertido otros críticos antes que nosotros, y seguramente no es el personaje más odioso. Mucho más perverso es Perico, y mucho más contribuye al progreso y enlace de la fábula. Hay que admirar, sin embargo, en esta producción lo que en todas las de Moratín, la versificación [sic] y el diálogo.

El viejo y la niña es lánguido, y se prevé su desenlace desde las primeras escenas, razón por la que no escita gran interés en el espectador, y solo se sostiene por las graciosísimas, características y bien versificadas escenas de don Roque y de Muñoz , cuyas eternas disputas han llegado a ser proverbiales.

El Barón es la más débil producción de Moratín.

Más quisiéramos habernos estendido al hablar de este poeta, pero ni los límites en que ha de encerrarse un artículo de periódico lo consienten, ni sería ya tarea provechosa.

Con lo dicho creemos haber espresado, por encima, el concepto que nos merece como autor dramático uno de los ingenios más exageradamente alabados, y después más injustamente deprimidos del pasado siglo; su nombre será siempre apreciado de los literatos, pues, como reformador de nuestra escena y como dramático, reúne prendas sobresalientes y de valía. Así como también aseguramos que sus composiciones sueltas no pasan de medianas las más de ellas, si bien hay algunas dignas de alternar con lo más puro y acabado de nuestro riquísimo tesoro lírico.

Con impaciencia aguardamos la primera sesión del Ateneo, porque en ella ha de ponerse a discusión el mérito de Meléndez, que en esa última calidad se halla colocado en la misma situación que Moratín, puesto que uno y otro fueron reformadores, uno y otro crearon o resucitaron un género particular de poesía, imprimiéndole el sello peculiar de su talento.

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