«Artículo remitido»
- Autor del texto editado
- G.J.G.
- Título de la obra
- Crónica Científica y Literaria, n.º 163, 20/10/1818
- Autor de la obra
- Mora, José Joaquín de (dir.)
- Edición
- Madrid:
Imprenta de Repullés,
1818
- Paginación
- pp. 1-2
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de la Hemeroteca Digital Hispánica. (texto completo)
Información técnica
Editor: Mercedes Comellas
Encoding: Fátima Rueda Giráldez
Encoding: Fátima Rueda Giráldez
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
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Sevilla, 17 julio 2025
ARTÍCULO REMITIDO
Señor Editor: He leído con gusto el artículo sobre la pureza del lenguaje que nos dio usted en su Crónica del Correo de 11 del corriente, pero, hablando con la debida franqueza, me he quedado con ganas de más, pues en mi sentir es materia a que merece consagrarse a un largo artículo; digo largo, y me quedo corto, porque ,a haberse de tratar como en sí merece, hay tela cortada para toda una obra entera. ¡Cuántos volúmenes en folio han producido otros de menor monta!
Con efecto, amigo, la pureza del lenguaje es el coco con que se hace miedo a los asombradizos. Estamos tan acordes, que varias veces he tenido mis inspiraciones de decir algo sobre esto; y, ya que ahora viene a cuento, no quiero desaprovechar la ocasión.
Hay ciertas gentes que, preciadas de puristas (señor Editor, permítame usted el terminillo, porque —con perdón del señor Iriarte— es voz que trae el Diccionario de la Lengua), hay ciertas gentes, decía, que tienen una fastidiosa atención en que no se les escape voz, frase ni modo que no esté en Gaspar Gil Polo, Cervantes, fray Luis de León, Granada y otros clásicos. Es cierto que el que haya tomado por modelo estos divinos maestros de la lengua, debe, si no es desaprovechado, ser puro, castizo y elegante. Pero pregunto: ¿la dilatada esfera de los conocimientos humanos tiene limitada su extensión al compás de estos grandes hombres? Siempre se ha dicho, y es una proposición de eterna verdad, que el entendimiento humano es capaz de aprovechar todos los idiomas. Los nuevos descubrimientos producen nuevas voces, y con ellas se enriquece no sólo el sentido natural, sino también el figurado o metafórico. Digan lo que quieran los rigoristas: las trabas son los enemigos más declarados de todo progreso. Varias veces he estado, sin perder un ápice, observando la embarazosa y atada producción de estos escrupulosos que ponen el mayor cuidado en ir compaseando de las palabras y en concertar la expresión para que no discrepe de las reglas gramaticales la conversación más trivial e indiferente; y se me figuraban entendimientos de parto, que hacen sufrir a los que les escuchan el fastidio consiguiente a toda pesadez. Es cierto que nadie puede acusar a tales hombres de haberse tomado la menor libertad en su discurso; pero ¿les tendrá alguien que agradecer una sal, un chiste, un pensamiento agudo expresado con gracia y libertad? Todo su conato lo ponen en hablar bien; pero a ninguno hacen gracia: estos hombres valían para domines cuanto pesan.
Hace pocos días que, tratando esta misma materia con un amigo cuyo talento y luces respeto mucho (bien que no estamos acordes sobre este punto), le dije: «Amigo, no me puede usted negar que nuestra lengua ha tenido sus pérdidas, es decir, se han arrinconado, sin que se sepa el porqué, varias voces y frases hermosas que expresaban tanto o más que las sustituciones que se les han hecho. Tales son: "avezar", "conhortarse", "apesgar", "frisar un genio con otro", "esquivar la servidumbre", "afrontarse", "empecer", "lastar", "ayuntar", "yantar", "puridades", "señero", "mañera", "asaz", "aina", "guisa", etc. Junte usted a esto que, habiendo abundado en nuestra patria los escritores ascéticos más que los de otro género, han hecho una propiedad —digámoslo así— suya, exclusiva, de voces que a todos pertenecían en otro tiempo. Decíase, por ejemplo, antiguamente —y aún ahora se dice, aunque con poca frecuencia— el “gentil continente de una dama” por su “aire y talento personal”; pero tanto “continente” como “continencia”, empleadas siempre en los libros de casuistas en diferente sentido, han dejado ya casi de usarse en su primitiva acepción. Las voces “espiatorio”, “piedad”, “conciencia”, “salvación”, “compurgación” y otras muchas son ya un particular patrimonio de los libros místicos; nada más puesto en razón: eran voces de la lengua, y tenían los escritores de esta clase un justo derecho a ellas, pero sin que por eso las perdieran los demás hasta el extremo de tener en el día a ciertas palabras un supersticioso respeto, de forma que pocos o ninguno se atreven a usarlas fuera de los escritos insinuados. Me acuerdo que en el cartel de toros de la novena corrida de este año se puso: “Su majestad se ha servido señalar el lunes próximo para la nona corrida de toros”. Se creyó sin duda profanar la palabra “novena”, que es más castellana, usual y correcta; y así se la sustituyó por “nona”, que, sin embargo de que está también en el Diccionario de la Lengua en el mismo sentido, al fin es voz latinizada y gongorina, y no creo que haya conexión alguna entre la novena misión y la novena corrida de toros para que en uno y otro caso deje de poderse decir “novena”. Síguese, pues, de aquí que, si perdiendo siempre una lengua no hiciere el reemplazo de sus pérdidas con nuevas adquisiciones, llegaría con el tiempo a quedar tan reducida que apenas serviría más que para explicar las ideas más familiares y comunes. Resultaría, en fin, lo que usted dice: pretender que el comercio de Inglaterra se hiciese con la escasa moneda de Lacedemonia».
No quiero decir con esto que se adopten como por elegancia los galicismos, que se hable francés con voces españolas, ni que la construcción francesa se tome por finura y fluidez de estilo. «¿Cómo encuentra usted la comedia Indulgencia para todos?» —preguntaba un elegante a otro, hace pocas noches, a la entrada del café del Príncipe—; «En cuantas modernas he visto, no conozco de más graciosa», respondió el preguntado. «¿Recibe usted siempre figurines?», preguntó otra elegante a un oficial joven, pero tan español como Pelayo. Tales contrabandos son inadmisibles, ridículos, tontos y fastidiosos; así como los laconismos de moda que se van introduciendo como una polilla en el lenguaje familiar: «Voy a Rusia el miércoles, el jueves a Francia y el sábado a Nápoles», dicen las damas del gran tono cuando se trata de asistir a los bailes o tertulias de los señores embajadores extranjeros. Tales locuciones son ridículas —repito—, y debe evitarlas tanto en su conversación como en sus escritos todo el que no quiera pasar por un grandísimo majadero a los ojos de los hombres sensatos. Pero pretender por un extremo opuesto que se coarte la expresión de la idea a la fórmula y la rutina, y que no separándose de una servil imitación se diga todo en el mismo gusto, con las mismas reglas, modos y estilos que lo hicieron los clásicos, sin separarse un ápice de sus trilladas sendas, ni tomarse la menor libertad, es pretender que nunca salgamos de copistas e imitadores, y que echemos un candado a la imaginación, convirtiéndonos en simples telégrafos de sus conceptos, pensando por la razón de otros y no por la nuestra, y hablando por boca ajena sin hacer uso de la propia. La expresión y comunicación de las ideas exige, como las ciencias, las bellas artes y demás adelantamientos, cierta independencia y libertad, sin la cual bien podemos renunciar a todo progreso y, de consiguiente, a la perfección.
Sírvase usted, señor Editor, insertar, si no tiene inconveniente, estas reflexiones en su periódico, mientras queda de usted su atento servidor.
Madrid, 23 de septiembre de 1818.
G. J. G.