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Prensa y canon · Textos historiográficos · Polémicas

«LITERATURA. Sobre clásicos y románticos»

Autor del texto editado
Carnerero, José María de (1784-1843)
Título de la obra
Cartas Españolas, o sea Revista semanal histórica, científica, teatral, artística, crítica y literaria, Cuaderno 39, 16-02-1832
Autor de la obra
Carnerero, José María (dir.)
Edición
Madrid: Imprenta de J. Sancha, 1832
Paginación
pp. 197-201
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de la Hemeroteca Digital Hispánica. (texto completo)
Información técnica
Editor: Mercedes Comellas
Encoding: Fátima Rueda Giráldez
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
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Sevilla, 17 julio 2025

LITERATURA

Sobre clásicos y románticos


Señor Editor de las Cartas Españolas:

Amigo mío, apuro es el en que usted me pone cuando quiere que le diga mi parecer acerca de la gran contienda que divide ahora el mundo literario: esto es, acerca de los dos partidos de clásicos y románticos. Mucho he oído disputar sobre este particular, pero siempre he tenido la desgracia de quedarme al fin de tales disputas en la misma ignorancia que al principio, sin que jamás haya podido ni siquiera formarme una idea de lo que se entiende estrictamente por clásico y romántico, de cuáles son las diferencias esenciales de estos dos géneros y cuáles los caracteres peculiares a cada uno de ellos. He sacado en consecuencia que ninguno de los que disputaban tenía ideas claras acerca de lo que defendía o reprobaba, y, como, al fin y al cabo, es preciso que las disputas terminen de algún modo, venía uno que no pudiendo desatar el nudo gordiano lo ataba, y echaba el montante diciendo que no hay más que dos géneros: el bueno y el malo, y todos satisfechos de la solución se retiraban para empezar de nuevo la disputa al día siguiente. Pero esa dichosa solución no hace más que alejar la dificultad. Ciertamente, en literatura, lo mismo que en todo lo de este mundo, no hay más que dos géneros: el bueno y el malo; aquel se debe admitir, este reprobar; pero está la dificultad en conocer lo que es bueno y es malo, y aquí nos hallamos en otro atolladero, porque vemos muy frecuentemente que lo bueno para unos es malo para otros; y, si nos limitamos meramente a ir recogiendo los votos, no solamente nos hallaremos en una gran perplejidad, sino que a veces será el resultado muy opuesto a la verdad, pues el parecer de cada persona depende de muchas circunstancias; y, si todos pueden dar su voto, pues para eso tienen lengua, no el voto de todos merece ser igualmente apreciado.

Deseando pues satisfacer en algo su deseo de usted, me pondré a discurrir haciéndome cargo de las diferentes opiniones que he oído emitir, y veremos si podemos llegar a algún resultado satisfactorio, advirtiendo que cuanto diga se limita casi a la poesía dramática, por ser el asunto en que más divididos están los dos contrarios bandos.

Partiendo del principio incontestable anteriormente enunciado de que no hay más que dos géneros, el bueno y el malo, creo que la dificultad está en saber si hay medios de hacer bien lo que se puede ejecutar mal. Yo veo que en todas las artes y en todos los oficios hay su aprendizaje, sus preceptos, sus reglas, en fin, que se siguen constantemente por todos, porque ha acreditado la experiencia que siguiéndolos se acierta y faltando a ellos se yerra. Ahora bien, ¿será solo la literatura excluida de esta ley general? Mientras todo en este mundo reconoce una guía segura, un norte fijo adonde dirigirse para no descarriarse, ¿sola la literatura campeará libre e independiente, sin freno, sin timón, sin gobierno alguno y a merced del capricho y de la inconstancia? No así se había creído hasta ahora; y, bien al contrario, tres mil años ha que las naciones más cultas y que más se han distinguido en este ramo interesante y ameno del saber humano han estado en la persuasión de que la literatura, como todo, tenía sus principios fijos e inalterables, y todos sus esfuerzos se habían dirigido a indagar y establecer tales principios para dejar abierta y desembarazada la única senda que puede conducir al acierto. Pero he aquí que se presentan unos novadores rebelándose contra los principios establecidos. «¿Quién les dio autoridad —dicen— a Aristóteles, Horacio y demás preceptistas para erigirse en legisladores del Parnaso? ¿Con qué derecho han pretendido avasallar nuestro entendimiento y cortar las alas a la imaginación? Ya es tiempo de libertarse de esta esclavitud y quebrantar los lazos en que hasta aquí nos ha tenido enredados un respeto o una superstición mal entendida». Razón tendría, con efecto, si tales legisladores hubiesen establecido las leyes que nos han dado por su propia autoridad; pero no es así. Los modelos en todo género han precedido a los preceptos; antes que existiese Aristóteles, admiraba la Grecia a Homero y a Sófocles. En esto se ha seguido la marcha general del entendimiento humano en todas sus producciones. Inventa uno un arte cualquiera, y, como que es el primero, trabaja únicamente bajo la inspiración de su ingenio. Le sigue otro, y en la experiencia del primero evita lo que ha visto que en aquel desagradó y sigue lo que en él mereció un aplauso general; otro después de ellos se aprovecha de la experiencia de ambos; y así sucesivamente, hasta que el arte se perfecciona; y entonces, comparándose las obras de todos, se examinan las causas que motivaron el buen o mal éxito de cada una de ellas: se ve que siempre que los autores marcharon por tales y tales caminos consiguieron agradar, que lo contrario sucedió cuando se desviaron de ellos, y se dedujo por consecuencia que aquellos caminos eran los únicos que se debían seguir para conseguir el acierto; y los preceptistas dijeron a los poetas venideros: «He aquí los medios que procuran la gloria a vuestros predecesores: si queréis igualarlos, emplead estos mismos medios»; y los nuevos poetas se sujetaron a ellos, no por respeto a la autoridad, sino por convencimiento.

«Mal hecho —responden los románticos—; siempre fue poner trabas a la imaginación, y esta se apoca y envilece cuando se mira esclava. Solo cuando se ve libre puede remontarse a la altura de que es capaz; solo entonces mostrarse grande, sublime y admirable cuanto cabe». Pudiera responderse que en tal caso puede, como Faetonte [sic], alzarse tanto y acercarse tanto al sol, que la cera de sus alas se derrita y caiga la mísera en horrible despeñadero; pero, dejando a un lado símiles, ¿quién dice a los románticos que los preceptos cortan los vuelos a la imaginación y la impiden elevarse a la mayor altura? Al contrario sucede. Esos preceptos, esas trabas tan odiadas, son tal vez las que nos conducen a las mayores bellezas. Nada en la naturaleza, ni en lo físico, ni en lo moral, nos es concedido sino a costa del trabajo. Todos nuestros conocimientos, todos nuestros goces tenemos que conquistarlos, y cuanto más preciosa es la adquisición tanto más arduo ha de ser el combate. En esta lucha cede y queda postrado el débil; mas el genio fuerte sale triunfante ,y cobrando nuevas fuerzas de las resultas de la contienda, se muestra entonces verdaderamente superior y grande. La demasiada facilidad, además del inconveniente de abrir las puertas a la medianía, enerva al mismo ingenio y le hace caminar floja y desmayadamente.

Difíciles y arduas son las reglas de la versificación: no puede haber trabas mayores ni más incómodas que las que pone al escritor; sin embargo, siempre el poeta se elevó en la sublimidad del estilo a mucha mayor altura que el prosista; siempre lució más las galas de la imaginación y se entregó a raptos más prodigiosos y atrevidos; ¿le estorbaron para ello las trabas que le sujetan? No, pues no fueron trabas; fueron más bien puntos de apoyo que le sirvieron para elevarse donde el escritor en prosa apenas puede divisar su vuelo. Así, todas las demás reglas y preceptos son igualmente favorables al que, sabiendo buscar sus dificultades, se eleva por medio de ellas a la perfección, resultando tal vez de los mismos choques y combates que tiene que dar las bellezas que en él más admiramos.

Es cierto que en las producciones sujetas a las reglas hay multitud de frías, insípidas y soporíferas; pero, ¿es esto efecto de las mismas reglas o de la falta de ingenio en los autores? Pruébese que si estos autores hubiesen escrito sin sujeción alguna estarían exentos de aquella frialdad que tanto se moteja; pero no, fríos serían de un modo, fríos de otro. Las reglas no dan talento, ni tampoco lo da el libertarse de ellas. Sirven, sí, para guiar al que nació con él e impedir que se extravíe, como les ha sucedido a tantos genios sublimes que o no las conocieron o las despreciaron en perjuicio de su gloria. Faltando a las reglas se han producido ya millares de obras frías, extravagantes y cuya lectura es insufrible; y todavía estamos amenazados de otra mayor inundación de ellas. Es cierto que, aun así, un genio privilegiado puede distinguirse y captar la admiración de los hombres, si no en obras del todo perfectas, en muchas partes de estas obras; pero ¿qué no haría él mismo si reuniese a su talento el buen gusto y sano juicio que guían a la perfección? Así es como hasta ahora los grandes autores que respeta el orbe literario, y a los cuales nada superior ha producido aun el romanticismo, han conseguido en el templo de la gloria el alto puesto de que, sin duda, nunca se les arrojará. Sus producciones sublimes, leídas mil y mil veces, serán el encanto de todas las edades. ¿Qué puede echarse de menos en ellas? Regularidad, combinaciones sabias, planes diestros y admirables, situaciones tiernas, patéticas, terribles, fuego, pasión, lenguaje, sonoridad, armonía encantadora, todo lo tienen; y el delirio calenturiento de los románticos jamás llegará a imaginar un efecto de que no se halle un ejemplar en los autores clásicos, o no se le pueda oponer otro igual o superior. Mas diré: de esa misma riqueza de los autores clásicos nacen las extravagancias que hoy pretenden entronizar. Como el campo de la literatura, por vasto que sea, tiene al fin sus límites, los primeros que siegan en él encuentran una cosecha abundante y se apoderan de lo más bello y precioso que existe. Los que vienen después, aun con igual talento, apenas hallan otra cosa más que espigar, y sus esfuerzos no salen coronados con iguales sucesos. ¿Qué hacen, pues? Viendo la dificultad de marchar por la misma senda que ilustró a sus antecesores, tratan de abrirse otras nuevas; y, como regularmente no hay más que una que conduce al buen fin, se descarrían y se pierden.

Así es como en todas las naciones que se han dedicado con buen éxito a las letras, a la época de buen gusto ha sucedido otra de malo. No es nuevo ahora el declamar contra los clásicos, ni el apartarse de las reglas sancionadas por el buen gusto. Siempre ha habido novadores que con más o menos talento han combatido los sanos principios, y han logrado seducir y arrastrar a la multitud por algún tiempo; pero siempre los clásicos han vencido, y al fin y al cabo se ha vuelto a ellos, olvidándose los delirios de sus antagonistas.

Basta por hoy, amigo mío: mucho queda que decir para dejar tratada la cuestión. En ésta solo he querido probar a usted que para acertar se necesitan reglas; que estas reglas no son arbitrarias, y que, en vez de estorbar al ingenio, le ayudan y elevan. En otra carta trataré de más cerca la cuestión, examinando los diferentes argumentos que alegan a su favor los románticos.

El literato rancio

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