Prensa y canon · Textos historiográficos · Polémicas
«Variedades. Extravagancias literarias»
- Autor del texto editado
- José Joaquín de Mora (1783-1864)
- Título de la obra
- Crónica científica y literaria, n.º 61, 28/10/1817.
- Autor de la obra
- Mora, José Joaquín de (dir.)
- Edición
- Madrid:
Imprenta de Repullés,
1817
- Paginación
- pp. 3-4
Fuentes
Transcripción realizada sobre el ejemplar de la Hemeroteca Digital Hispánica. (texto completo)
Información técnica
Editor: Carmen Calzada Borrallo
Encoding: Fátima Rueda Giráldez
Encoding: Fátima Rueda Giráldez
Edición preparada para el Proyecto I+D "La institución del Siglo de Oro. Procesos de construcción en la prensa periódica (1801-1868)" (SILEM III) PID2022-136995NB-I00 http://www.uco.es/investigacion/proyectos/silem/index.php
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Sevilla, 24 junio 2025
VARIEDADES
Extravagancias literarias
No se crea que es de ayer la oposición que muestran ciertas gentes a la literatura clásica y al gusto severo: esta manía se ha reproducido en diferentes épocas, siempre con el mismo carácter de extravagancia sofística. En tiempo de los Sugeros, de los Abelardos, de los Sarisberi se levantó una secta de insensatos llamados cornificianos, los cuales, repugnando toda especie de belleza literaria, hacían consistir la verdadera cultura del entendimiento en una dialéctica sutil y tenebrosa, cuyo resultado nunca podría ser otro que aumentar los errores y oscurecer más y más la verdad. Agitaban en sus escuelas las cuestiones más ridículas, como si la vaca era llevada por la cuerda o por el hombre, si el que alquilaba un caballo alquilaba también su sombra, y otros por este estilo. En sus argumentaciones se multiplicaban de tal modo las partículas negativas, que se servían de habas para llevar la cuenta de ellas, a fin de saber si las proposiciones eran negativas o afirmativas.
No menos absurdo, aunque menos ingenioso, es el sistema de los modernos detractadores de los buenos modelos de la antigüedad. La base de sus desatinos es la inspiración, y con esta se suple la falta de invención, de imitación, de ingenio; de modo que en sintiendo el impetus sacer no hay más que abandonarse a su impulso, y salga lo que saliere.
Dos naciones han sobresalido en esta carrera de extravíos: los ingleses y los alemanes, los primeros guiados por la adoración con que miran las obras de su gran poeta trágico; los otros seducidos por una sensibilidad excesiva y por un errado concepto de la imitación artística, sin que falten en ambos pueblos excelentes literatos y profundos eruditos. Pero raro son entre ellos mismos los que se libertan de tal cual paradoja literaria. Tal consistencia han tomado estas opiniones, que ya se dividen en dos grandes familias todos los que cultivan las letras: clásicos y ossiánicos. Los primeros tienen la desgracia de seguir las huellas de Horacio, Virgilio, León y Racine, los otros se arrojan a los espacios imaginarios en pos de un tal Ossian, cuya existencia es dudosa, y cuyos cantos son los mejores del mundo… para quien los entiende.
Los ossiánicos alemanes han sometido a su sistema la literatura y la mitología de todos los pueblos conocidos desde el Wodan de los escandinavos hasta los fetiches de los indios. La poesía española ha entrado en turno, y los alemanes del nuevo plan hacen gran caso de Montalbán y Calderón. Este último es el genio de los genios, el perfume matizado, el despertar de Adán, la ópera sin música, elogios que copio al pie de la letra y cuya profundidad no está al alcance de los pobres clásicos. Las ideas ossiánicas no se limitan a vanas especulaciones, influyen en el carácter, en la conducta y hasta en las opiniones religiosas. Un ente de estos debe gustar de las cuevas, creer en las simpatías, temer lo vago de las pasiones, y mirar con entusiasmo la luna, procurando morir enfrente de ella si es posible. Sobre todo, cierta irritabilidad nerviosa es muy del caso, y la ciencia diplomática de la vida, como ellos dicen, consiste muchas veces en convertir en enemistad la divergencia de opiniones y en odiar al que sobresale, si sobresale con reglas y si se burla de los que no las siguen.
¿Pero qué es lo que estos hombres ilusos ponen en lugar de la regularidad que tanto, los ofende? Una metafísica tenebrosa, unos raciocinios sin razón, una poética arbitraria, la más propia que se pudiera imaginar para extirpar toda afición a lo bueno y a lo bello. Véase, por ejemplo, si se pueden acumular mayores dislates que los siguientes: «El hombre debe ser sucesivamente animal o espíritu, a menos que no se encuentre un término medio, un modo conciliatorio que satisfaga a la vez las dos inclinaciones. Este término medio es la poesía, la cual produce su efecto de dos modos: o dando cuerpo al espíritu, o espiritualizando la materia. Lo primero es la poesía didáctica, lo segundo la lírica, pero, como el hombre es más propenso a sentir que a pensar, de aquí nace que la poesía lírica es mejor que la didáctica… El sentimiento es un estado medio entre el pensamiento y la sensación… Homero es de una época en que en lugar de razón los hombres no tenían más que un dichoso instinto… Los romanos conocieron la diferencia entre la razón y la sensación, y por eso Virgilio compuso églogas y Horacio sátiras…».
¿Entiendes, Fabio, lo que voy diciendo?
—¡Y como si lo entiendo!
— Mientes, Fabio, que yo soy quien lo digo, y no lo entiendo.